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Viaje erótico
Estoy solo, estoy libre, estoy triste.
Es el último día del año y quiero escapar
de las fiestas. Viajo entonces a Brasil para visitar a una amiga.
Ella está sola, está libre, está triste.
Su novio acaba de morir en un estúpido accidente. En el
micro todos los asientos están llenos. Todos menos el
de al lado. Minutos antes de salir el lugar es ocupado por una
mujer con sandalias de cuero y una especie de túnica que
permite adivinar las formas que contiene. Su pelo está
sujeto por un pañuelo color naranja. Me gustan las naranjas.
Me gusta la idea de viajar junto a una desconocida. La mujer
se sienta y me dice un hola pronunciado con acento extranjero.
Yo le sonrío y le digo las primeras tonterías que
se me ocurren. Pero ella, con voz entrecortada, me sugiere que
no entendió. Recurro entonces al inglés elemental
y ahí me entero que la viajera es holandesa, que se llama
Ana, que va a encontrarse con su boyfriend en Río
de Janeiro.
El ómnibus arranca por fin. Hablamos. Callamos. Nos espiamos.
En una parada nos tiramos en el pasto a comer fruta y miramos
la primera estrella; en la frontera se escuchan los clásicos
estruendos de fin de mundo mientras las cañitas voladoras
trazan rayones en el cielo. En el micro reina un clima de fiesta.
Con Ana ya nos pusimos de acuerdo en los nombres de algunos poetas
y músicos amados; hablamos por tercera o cuarta vez del
suicidio luminoso de Vincent y esbozamos algunas teorías
inútiles sobre el amor, el arte y sus miserias.
Falta una hora para medianoche. Las luces se apagan y es hora
de dormir. Lo menos que podemos hacer es despertar cuando sean
las doce. Algunos pasajeros compraron sidra en la terminal. Ana
reclina el asiento y se da vuelta para el otro lado en posición
fetal; y yo, con asombrosa naturalidad, la rodeo con el brazo
desde atrás. Ella no se opone; permanece callada y tensa.
Pienso: el invierno de la realidad oculta una Bella Durmiente.
Empiezo a acariciarla primero lentamente, después con
más franqueza, por debajo de la túnica. A esta
altura ya no necesitamos hablar. Ahora se da vuelta y me mira
con descarada intensidad. La beso casi desesperadamente. Siento
de pronto que estoy cruzando la frontera entre dos años,
dos cuerpos y dos países que podrían ser todos
y ninguno. El horizonte lejano se llena de cohetes y estrellas
fugaces. La oscuridad, vieja amiga, es la única sábana
que nos protege de las luces ajenas. Desde el asiento que está
junto al nuestro, pasillo por medio, una señora nos observa
sin disimulo. Su marido duerme, la cabeza apoyada contra la ventanilla.
Yo disfruto de esa espectadora casual. Ahora los pezones oscuros
de Ana brillan en la noche como estrellas solitarias. Ella no
se queda atrás. Introduce su mano delgada y blanca bien
adentro de mi alma. Y ahí se queda en lentísima
caricia, como una gaviota cansada de pelear contra el viento.
Y después, en posición devota, hunde su dulce pico
en un mar de fuego. Arrodillada a mis pies me hace creer que
llevo un dios entre las piernas. Y yo empiezo a rezar para que
la sagrada ceremonia continúe. Cuando suenan por fin las
campanadas deseo tocar, yo también, el fondo más
lejano de todos sus silencios. Y lo hago como si no hubiese nadie
alrededor. La señora de al lado nos sigue mirando con
extraña fascinación.
De pronto las luces del micro se encienden todas a la vez. Es
el principio del fin. Los pasajeros cantan a coro, se abrazan,
se felicitan. Nosotros permanecemos todavía en una isla
sin tiempo donde los siglos pasan como el agua de los ríos.
Ahí no hay gritos, no hay órdenes, no hay ilusiones,
no hay brindis obligados. Ana vuelve lentamente a su asiento
desde el suelo de nubes en donde yacía. Exhibe todavía
en sus mejillas la huella de lágrimas secas; los surcos
se prolongan hasta el entorno húmedo de la boca entreabierta.
Pronto llegaremos a Sao Paulo, pronto voy a despedirla con un
beso, pronto voy a prometerle cartas que jamás voy a escribir.
Hasta recién fuimos uno. Ahora nuevamente somos dos. ¡Feliz
año viejo!, alcanzo a decirle desde lejos en
la despedida. Y feliz año nuevo también.
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