| |
Tláloc
Creo que la primera vez que la besé
fue a los pies de Tláloc dios del agua blanda- cerca
de la entrada del Museo de Antropología. El señor
de la humedad no pareció inmutarse ante nuestros arrumacos.
Cuántos gestos de ese tipo habrá visto mientras
se dedicaba a salvar cosechas lejanas con sus aguaceros.
Yo había viajado a México como enviado de Clarín,
o sea, nada especial. Al diario le importaban las playas, las
ruinas de Yucatán, las mujeres en tetas de Cancún.
Pero a mí, siempre en otra, me interesaba más el
mundo de Frida Kalho, de Café Tacuba, de los chavitos
voceando diarios, de las revistas con títulos catástrofe
y fotos de mujeres desnudas, el desmadre en las avenidas Juárez,
Cuauhtémoc y Bravo. La verdad duele más que la
ficción pero resulta siempre más seductora. Y el
DF es una forma singular de lo real.
Lupe, que así se llama la niña, me contó
algunas cosas de Tláloc. Pensé: la mejor guía
turística que podemos conseguir es aquella que, en algún
momento, podemos besar en la boca. Ella me contó que Tláloc
había dormido durante siglos en el lecho de un río,
a unos cincuenta kilómetros de ahí. Yo no la escuchaba
con demasiada atención. Todo me parecía raro y
ajeno. Y además estaba aturdido y casi ahogado por la
Ciudad: la manada de taxis, los gritos, la humareda de los tacos
en parrilla, los presuntos zapatistas del Zócalo con sus
cartelitos al cuello, la paquetería de La Alameda, los
quinientos piquetitos en el cuerpo eternamente castigado de Frida.
La cosa es que tomé a Lupe de la cintura y caminamos,
luego de visitar el museo, por el bosque Venustiano Carranza
de Torreón, un nombre más grande que el sitio mismo.
Lupe se reía y me empujaba, quería que subiéramos
a los carros chocones, que le comprara dulces, que fuéramos
a los columpios, que nos abrazáramos una vez más
entre los pinavetes del lugar.
Yo no estaba de humor. Había pasado la mañana en
Coyoacán, había visto la casa de Trotsky la
tumba en el jardín-, había entrado a la mansión
de la coqueta y ya muerta Dolores Olmedo para ver los cuadros
de mi artista preferida. Por si fuera poco almorcé tarde
con la actriz Ofelia Medina (que me leyó versos de Rosario
Castellanos) y hasta me saqué una foto con ella junto
a un vendedor de tortillas.
Le dije a Lupe que no entendía ni jota del DF. Que eso
para mí era una babel sin centro, caótica, frenética,
peligrosa por donde se la mire. Ella reía, por momentos
cantaba (corazón apasionado/disimula tu tristeza)
y, luego, la nenita de los autos chocadores se comportaba como
si ella fuera la mismísima Tlazoltéotl, diosa azteca
de la inmundicia y la fecundidad, de los humores terrestres y
humanos, la divinidad de los baños de vapor, del amor
sexual (de hecho habíamos ya ejercido en un hotelito de
las afueras) y de la fatal confesión.
Creo que la besé por última vez en la Ciudadela,
más precisamente en un pasillo del puesto que vende ángeles
oscuros del estado de Guerrero. Lupe también era (y es)
un ángel guerrero. Y con alas o sin ellas se fue volando
hasta posarse, tal vez, en los durísimos hombros de Tláloc,
dios de lluvia efímera.
|