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Psiquismo temprano y grupalidad
El anquilosamiento de la mano derecha de Schumann que, con
la idea de ampliarla en su extensión le produjo un aparato
de madera inmovilizador del anular, ejerce mayor efecto emocional
si algún crítico con lecturas elementales de Psicoanálisis
intenta ver allí una tendencia masturbatoria, causa primera
de la creación del Träumerei. Absurdo compartido,
marasmo mediante, por quienes sobrevuelan descreídos y
prejuiciosos, la lectura casi siempre tediosa de las investigaciones
del psiquismo del recién nacido. Si, despojados de todo
tipo de influencias instintivistas, en el Ateneo de especialistas
coordinado por T. Benedek y M. Mahler convocado en el Pozo de
Aveyron del conurbano bonaerense, se sugiere que el infante humano
se desgarra por la ausencia de la madre, la proliferación
de sonrisitas omnicomprensivas a los predicadores de kinderszenen*
sin el mate cocido, censura el empleo de la siguiente palabra:
aniquilamiento. Una psicología social básica solidaria
con los seguidores de la Escuela de Chicago, aceptaría
también que el niño sufre, pero que los términos
terror/ aniquilamiento, impregnan de una subjetividad romántica,
schumanniana, demagógica, esa experiencia de soledad.
Además de Melanie Klein, y junto con el filósofo
del Trauma del Nacimiento, Otto Rank, hubo aventureros más
osados, investigadores de los núcleos pre-natales del
psiquismo: Jung, Tausk, Sadger, Fodor, Abraham, Roheim, y Lietaert
Peerbolte. De Tausk, tomemos, por ejemplo, este fragmento de
sus estudios sobre la psicosis (que le valieron, entre otros
motivos, la amable segregación del movimiento psicoanalítico
por parte de su fundador): él habla de "una proyección
del propio cuerpo del enfermo en el útero materno"
lo que se constituiría en un "medio de defensa contra
una posición de la libido correspondiente al final de
la evolución fetal y al comienzo de la evolución
extrauterina".
Apuesto que al lector le resulta fatigoso y hasta estéril
imaginar una libido fetal, y que ya esta discutiendo con el ardoroso
amante de Lou Andreas Salomé, la repugnante carga ideológica
que conlleva la kraepeliniana noción de "lo enfermo"
en cuestiones emocionales.
Por eso hablaba más arriba, de los efectos de distancia
provocados por la lectura de autores especializados en psiquismo
del neonato.
Unos minutos ante el espejo bastan para escapar espantados por
la señal de la muerte del Scream de Edvard Munch, ideal
para el que tampoco soporta el peso, el espesor, de una frase
casi perfecta atribuida a Winnicott en relación a las
insondables cuestiones del autismo, y que merodea el inevitable,
anhelado cruce de lo clínico y lo ontológico: el
recuerdo perdido de una angustia impensable. A las tres de la
mañana, la perspectiva de recuperar el recuerdo, le hace
pegar un brinco de su cama a Bergman para poner sus demonios
delante del carro y escribir, atravesar su singular histórico-social
y no enloquecer (en términos convencionales) si es perseguido
por no pagar los impuestos al Estado sueco. No sé si el
Bergman internado rozó algún tipo de contacto con
su ser y si, de acuerdo con la definición de 'experiencia'
para Blanchot, hubo "renovación de sí mismo
en ese contacto". Más bien, me inclino por asemejar
cualquier encierro manicomial, con la experiencia de la falta
de palabras en la crianza de los niños del divertido Federico
II de Prusia, falta de la madre portadora de multiplicidades
simbólicas en sus fonemas, olores y calores. Un puente
medio frágil entre el rastreo del sociológico termino
díada aplicado al par madre-hijo, la noción de
grupalidad y el interés de grupalistas por la creación
y la estética, no equivale a poner el infantil ojo en
la cerradura del taller del demiurgo, ni tampoco invitar a émulos
de Spitz a diseñar comprobaciones experimentales para
medir el tiempo a partir del cual el sentimiento de existencia
de la madre no se altera, y no es obligatorio anotar la "z",
concepto de trauma para Winnicott. Sí, digámoslo,
un infante humano se desgarra por la ausencia de la madre. El
Das Ding lacaniano suena aquí como una cajita de música
consoladora, que a veces nos fuga como el sentido de la poesía
para Elliot, encurioseado en el uso del chaleco de fuerza conyugal.
Puede que la lectura invernal de "Los Maniquíes Desnudos",
compilada por Bernadac, facilite sí imaginar la rutina
de los campos de concentración, la de esa "prisión
sucia, miserable, mal ventilada y nauseabunda" que era el
Narrenturm de Viena, y la del intenso olor del guiso de postguerra
del Borda capitalino. Aunque, tal vez, al sugerir la contundencia
de tales estímulos, se presume como límite de la
imaginación, lo que sencillamente es la falta de interés
en la lectura de los autores ocupados del psiquismo del recién
nacido. Para decirlo sin rodeos, que los rancios poderes psiquiátricos
de las instituciones asilares al apropiarse de las construcciones
psicológicas de la indiferenciación psíquica
materno-filial en su concepción de la psicosis, nos obligan
a precisar, una vez más, que no es en el pezón
de la madre "anormalmente sensitiva" de Schumann, ni
en su fobia a los cuchillos y a los pisos altos, ni en el suicidio
de su hermana cuando él tenia 16 años, ni en su
asma post-adolescente, donde vamos a buscar la causa de la poesía
de su Sonata en fa sostenido, del opus 11 dedicada a Clara, su
mujer.
Ella siempre lo supo.
* Escenas de niños
Daniel Seghezzo
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