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Clínica bioenergética
Mentalidad nueva
en cuerpo viejo
Por Gerardo Smolar
¿Qué nos enferma emocionalmente?
En términos generales, podríamos afirmar que nos
enferman las situaciones traumáticas. Consideramos situaciones
traumáticas, a aquellas experiencias que superan energéticamente
nuestra posibilidad de asimilación y/o respuesta defensiva
y nuestra capacidad de comprensión, o resolución
mental, como está comprobado que ocurre en los niños
de edad temprana, que presencian escenas sexuales de los padres,
y las graban en su memoria con un fuerte impacto energético
emocional.
También puede ocurrir, que el ataque provenga a nivel
físico de un accidente, un abuso sexual, y el shock energético
emocional queda impreso en el organismo, en la memoria celular.
Aunque de menos intensidad, suele ser traumática la repetición
de la situación estresante, ya que conduce finalmente
a un agotamiento de las defensas. Por ejemplo, las amenazas mortificantes
de castigo en un niño; o el riesgo permanente de pérdida
de trabajo en un adulto.
La anticipación imaginaria que se produce al verse ya
castigado, o muriéndose literalmente de hambre y sin trabajo,
lleva progresivamente a la desesperación, la desesperanza
y el agotamiento.
Agota mucho más el hecho temido, bajo amenazas, que si
se produjera. De una paliza, un chico se repone rápidamente.
Al perder un trabajo, el organismo se activa para la lucha por
la vida, y se puede salir a la calle, con ilusión y esperanzas.
Nos enfermamos cuando estamos impedidos de reaccionar de alguna
manera, que nos permita restablecer el equilibrio en el que nos
encontrábamos antes del trauma.
La amenaza nos carga energéticamente de tensión
y sensaciones desagradables. Si podemos expresarnos y/o actuar
frente a la agresión, se produce la descarga energética
compensadora y el alivio de la tensión.
Estudios biológicos, demostraron que si una ameba es sometida
a distintos tipos de ataques, si puede, incorpora y digiere al
atacante.
Si ésto no le es posible trata de alejarse. Y si tampoco
puede huir, reduce su tamaño, comprimiéndose y
tomando forma esférica, para ofrecer la menor superficie
posible de ataque al "enemigo".
De manera similar sucede esto en cada célula de nuestro
organismo. El dolor y el miedo nos comprime, nos achica. El placer
y el bienestar nos expande, nos deja una sensación de
levitación.
Cada vez que nos tensamos frente a una agresión podemos
luego recuperarnos, nos distendemos y relajamos volviendo al
equilibrio. Pero la repetición del peligro, puede llevar
a un agotamiento y se instalan tensiones musculares crónicas
que limitan nuestra vitalidad y capacidad de expresión
y reacción.
Nuestros propios sentimientos, sensaciones y comportamientos
pueden ser vividos como peligrosos, temiendo no ser aceptados
o queridos por nuestro medio (padres, maestros, amigos). Un recurso
efectivo al que echamos mano muy tempranamente, es privar de
la energía necesaria a cualquier sentimiento, pensamiento
o acción que pueda ser conflictivo. Es decir, como todas
nuestras manifestaciones vitales, necesitan de energía
para que se puedan dar, si le decimos que no al paso de la energía
necesaria para expresarnos, quedamos detenidos en pleno nacimiento
de un impulso. Ejemplificando; si movido por un disgusto que
estoy sintiendo vívidamente, me apresto con mi cuerpo
a responder físicamente con alguna expresión o
acción agresiva, si esto está severamente censurado
fuera o dentro de mi ser, siento una violenta contraorden que
me obliga a detenerme, contrayendo con tensión precisamente
todos los músculos que estaban por actuar.
Tal como nos enseñó Wilhelm Reich, el super yo
se instaló en el cuerpo y especialmente en la musculatura.
De acuerdo a estas observaciones, podemos afirmar, siguiendo
a Alexander Lowen, creador del Análisis Bioenergético,
que en toda tensión muscular crónica, hay emociones
y movimientos expresivos, detenidos prematuramente, debido al
conflicto no resuelto entre el sí y el no, a la misma
reacción.
Se puede ver cómo se van generando estos mecanismos siguiendo
de cerca a los niños en su evolución. Un niño
deambulador que empieza a reconocer y tocar todo su entorno,
cuando se acerca a algo desconocido, mira al adulto que lo acompaña,
buscando algún gesto de aprobación: a veces es
la mirada del sí o el no; otras veces, un grito ansioso
o autoritario, o una voz suave y persuasiva. Cualquiera que sea
el estilo de comunicación, provoca en general que el niño
se anime a avanzar o que desista de la acción iniciada.
Si el adulto que educa al niño, por alguna causa razonable
o emocional, le prohibe demasiadas cosas serán muchas
las "CACAS" en la vida que no se deben encarar. Se
irá formando un niño y futuro adulto, lleno de
inhibiciones y tensiones. Lo veremos con los brazos hacia atrás,
sin saber qué hacer con ellos. Puede llegar a un estado
en que no tenga ganas de nada, porque "casi todo" le
fue vedado, en su pequeño mundo infantil.
Este cuerpito joven, fue "modelado" por mentes en algunos
casos viejas, anticuadas o rígidas. Estas mentes son internalizadas
y terminamos viendo niños y jóvenes "viejos",
que nos llaman la atención por su inmovilismo. Sus patrones
psicomotrices están "fuera de época".
Pero también podemos ver mentes jóvenes, en cuerpos
viejos, rigidizados. Esto suele verse en personas que han trabajado
sobre sí mismo. Que ya saben muy bien que quieren, de
donde vienen, hacia donde van, pero sus cuerpos estructurados,
los traicionan y no les permiten actualizarse orgánicamente
y concretar sus ansias de cambio en el comporatamiento y el sentir.
El viejo conflicto ha encarnado en sus cuerpos y no ven cómo
salir. Se sienten encarcelados y no siempre se dan cuenta de
que es su propia estructura corporal que los limita. Se van encadenando
las autolimitaciones: si el cuerpo está muy tenso, no
pueden respirar bien. Si no pueden respirar bien, la oxigenación
de las células se reduce. El metabolismo se reduce con
la disminución de oxígeno. Se dispone entonces
de menos energía para la vida. Disminuyen los movimientos
y la expresividad. Todo esto conduce a una limitación
en el sentir; y si sentimos menos también hay menos motivación
para motorizar una acción. Es decir que se produce un
prematuro envejecimiento corporal que induce con el tiempo el
mismo curso en la mente, último baluarte que podría
revertir este proceso. Y el cómo, está en la clara
conciencia de recuperar la salud y la juventud del cuerpo. A
esto apuntan la Bioenergética y las demás psicoterapias
corporales. Son también recursos invalorables, la vida
sana, la práctica de deportes, gimnasia, masajes y sobre
todo volver a poner amor en nuestros cuerpos.
Podemos ver una pequeña muestra de cómo encaramos
esta problemática en BIOENERGETICA a través de
una sesión:
M llegó a la sesión muy contento, haciendo un balance
positivo de su vida actual: sus hijos, su trabajo, su nueva pareja
(enamoradísimo). Se sentía bien en todo y no sabía
de qué hablar. (Aclaro que M ya venía hablando
extasiado sobre su relación, en el curso de varias sesiones.
Su entusiasmo era contagioso. Compartimos su alegría así
como antes compartimos el profundo dolor que le ocasionó
la ruptura de su matrimonio).
Le pedí que caminara y se conectara con sus sensaciones
corporales. Lo primero que vi, fue lo fuertemente cargada que
estaba su espalda. Su cabeza gacha, estaba avanzada y miraba
hacia abajo, con la mirada perdida y concentrado en sí
mismo. Al rato se conectó con la tensión de la
espalda y hombros y empezó a hacer estiramientos con los
brazos y a abrir el pecho, acercando los omóplatos. Largó
2/3 suspiros de alivio, mientras relajaba su espalda. Le comenté
que yo también veía su tensión de la espalda,
que estaba realmente muy cargada y encorvada y, que evidentemente,
no correspondía a su estado de ánimo actual, sino
a viejas cargas históricas, que lo doblegaron, y no le
permitieron mirar de frente, cara a cara a la vida, encarando
de manera más definitoria sus conflictos. (M retomó
su análisis al separarse recientemente). Agregué
que había cambiado mucho en estos últimos años
y sobre todo mentalmente. Estaba mucho más lúcido,
más consciente y más libre espiritualmente, pero
atrapado hoy en día en su cuerpo, defendido rígidamente.
"Tenés una mentalidad nueva en un cuerpo viejo".
Le gustó las expresiones que utilicé, eso de encarar
y que el conflicto encarnó en su espalda y se mostró
motivado para trabajar su cuerpo.
Le propuse que tomara con ambas manos un bastón en sentido
horizontal y que le imprimiera un movimiento circular frente
a él; al mismo tiempo que adelantaba un pie y hacía
un vaivén con todo su cuerpo hacia delante y atrás,
trasladando el peso de un pie al otro. Todo esto coordinado con
el movimiento del bastón. Cuando el ejercicio lo hizo
avanzando con el pie izquierdo, trastabilló, perdió
el equilibrio y no se sintió seguro. En cambio se mantuvo
equilibrado y estable cuando invirtió la posición
de las piernas, avanzando con el pie derecho.
Le comenté que se solían conectar las piernas con
ambos padres. Hizo un gesto expresivo de soltar el bastón,
diciendo jocosamente que no los quería tener a ninguno
de los dos en sus piernas.
Festejé con una carcajada su ocurrencia y le propuse ver
qué le pasaba, según la disposición de las
piernas que utilizara.
Acordamos hablar de una pierna que avanza y otra que propulsa
y sostiene el avance.
Le dije a M, que en mi experiencia, observo habitualmente que
se identifica la pierna derecha con el padre y la izquierda con
la madre; me respondió que nunca sintió que el
padre lo estimulara mucho, ni que lo respaldara, en cambio la
madre lo había estimulado siempre. Le recordé que
en realidad la madre lo había sobrexigido, esperando grandes
cosas de él y que nunca le parecía suficiente lo
que él conseguía. En esta sesión su postura
encorvada, recuerda a Atlas teniendo que sostener la Tierra sobre
su espalda. Su madre no había llegado a no a ningún
lado, no había tenido un desarrollo personal al separarse,
ni había formado nunca más una pareja.
Curiosamente cuando avanza con la pierna izquierda (mamá)
y se propulsa con la derecha (papá), ni avanza con seguridad,
ni se siente bien respaldado para hacerlo. Es una posición
sumamente inestable, insegura. Esas piernas están "separadas"
como sus padres y no coordinan, apuntando a un objetivo común.
Su padre al separarse, siguió avanzando en su vida, creciendo
(aunque en forma egoísta) y formó una nueva y armoniosa
pareja; con una mujer que también tuvo un buen desarrollo
personal y profesional.
M puede identificarse positivamente con el padre, cuando avanza
con su pierna derecha y es propulsado por su pierna izquierda,
que representa a su madre esperando de él importantes
pasos.
Cuando M se preguntó qué hacer ahora... le respondí
que quizás seguir con su simpático gesto inicial
de no tenerlos en sus piernas a ninguno de los dos. Tratar de
ser él mismo y tomar de ellos lo que le sirve.
Desde un libre albedrío, podemos identificarnos con algunas
funciones útiles de ambos. M puede cambiar y avanzar como
el padre, prescindiendo de su egoísmo. De su madre puede
tomar su deseo de ver a su hijo destacándose, pero sin
ceder a su ambiciosa exigencia, que le dobla la espalda y no
le permite mirar adelante. Poder sacar pecho, "apechugar",
dar los pasos que realmente puede dar, encarando su futuro y
confiando en sus posibilidades".
(Publicado en "Campo Grupal" Nº 8,
octubre de 1999)
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