El ruido, entre las grietas de la razón
"Uno debería ser siempre un poco improbable".
Oscar Wilde
La razón instrumental triunfante en nuestra época, nos ha impuesto el ritmo de sus latidos y los objetivos de su ética.
Hoy ya no tenemos tiempo de sentir o de desear, en medio de los apurones de nuestra vida pautada entre el trabajo, el matrimonio y la profesión. La "estabilidad" es el nuevo valor social predominante.
Se acabaron las revoluciones.
Los graffiti del mayo francés ya son historia. El "Che" Guevara pasó de las banderas libertarias a un estampado de moda en las remeras. "Soviet" es una marca de ropa informal unisex, ni siquiera la sombra de aquel fantasma que recorría europa. Las utopias que venian "encantando" a la humanidad se desmoronaron una a una y el Muro de Berlín es un souvenir fragmentado en trocitos.
La política se eclipsó frente a las estrellas surgidas del espectáculo, los medios de comunicación y el deporte.
Pareciera que no quedan valores que no hayan sido metabolizados por la gran máquina de la sociedad capitalista. El mundo se transformó en una gran empresa: cada vez más ancha, cada vez más ajena.
"Buen día Lexotanil"
Parafraseando un slogan publicitario, se podrían ver las cosas de ésta forma: "Cuando se apaga la esperanza, se enciende la ilusión".
Esta época racional opuso, al desencantamiento del mundo, la ilusión del consumo.
El progreso, hoy, es la tenencia y la portación de bienes. El hombre dejó de buscar la satisfacción de sus necesidades alejandose inclusive de registrarlas en el cuerpo. Si ya no vamos al encuentro de nuestras necesidades, "otras" satisfacciones vendran a nuestro encuentro. Claro que no coinciden. Solo habrá una lógica de mercado en ese encuentro, no lógica de la sensibilidad.
Ilusión de felicidad o al menos de una vida tranquila ("-Buen día Lexotanil, -Buen día señora, -Buen día doctor").
Cuando el vínculo que un sujeto establece con el mundo, es un vínculo ilusorio, no busca satisfacer sus necesidades -quizás ni sabe cuales son-, sino adecuarse a los mandatos sociales, al status, y a una serie de valores y pautas que la sociedad dicta.
El lugar del sujeto
A la ética racional de la existencia, amante de la objetividad y de las ciencia exactas, de la estabilidad y del mercado regulador, podríamos oponerle otros valores que, aunque no supremos ni absolutos, nos pueden ayudar a salir del marasmo donde estamos encallados.
Podríamos por ejemplo, reivindicar el error, la confusión, el azar, y las "huellas de subjetividad en los textos".
Pensado desde la teoría de la comunicación sería algo así como poner el "ruido" en el centro: ya no como una interferencia física en el canal de comunicación entre un emisor y un receptor, como decían los funcionalistas, ni como lo "tercero" presente en cada vínculo, para la teoría psicoanalítica.
El "ruido" es el mensaje. O mejor dicho, aquello que circula y no sabe de si mismo.
El "ruido" -síntesis de subjetividad y confusión, de error e intento- es el sujeto mismo inscripto en el proceso de la comunicación. Es el razgo personal, la voz cascada, el gesto enigmático, el discurso fragmentado, el chasquido molesto o el rubor ante unos ojos que miran.
Es la marca personal, el estilo de cada uno puesto en juego en un intercambio concreto.
Aquello que no obedece tiempos impuestos, lo que puede "aparecer como síntoma" cuando es negado.
Visto de ésta manera, el "ruido" no dificultaría la comunicación. Tampoco sería un elemento a decodificar. Sólo habría que dejarlo resonar dentro nuestro.
El "ruido" es lo que agrieta la sólida construcción de la realidad que hace el individuo. Por esos pliegues entra el deseo y la necesidad, aún sin invitación expresa.
El "ruido" no es racional y su lógica no es productiva: es esa imagen del primer amor que aparece inesperadamente cuando yá tenemos el juego de muebles comprado y estamos a punto de casarnos.
En el "ruido" no se expresa un supuesto "orden natural", sino las percepciones contradictorias. Rompe la logicidad dejando paso a que irrumpa el conflicto humano, con su carga de azar y necesidad.
Mucho ruido
El "ruido" es, para ésta ética actual y racional, lo que debe eliminarse, lo que entorpece el ritmo productivo, la "comunicación clara", una orden impartida. No hay criterio de verdad para la ciencia si el "ruido" entromete sus narices y con él el estigma de la subjetividad. Es el loco de la comunicación, el subversivo, el marginal, el "otro".
Por eso el "ruido" puede salvarnos.
Creernos a nosotros mismos, intentar nuestros deseos, seguir nuestras intuiciones. Escuchar el ruido, ininteligible pero cierto, de nuestro tiempo interno.
El "ruido" es la marca del sujeto en el "sentido" producido, en un texto.
"Sentido" no atado a lógicas instrumentales. El progreso sería su continua circulación y no la llegada a un supuesto estado superior: una explicación, una clasificación, un diagnóstico.
Ante el actual desencantamiento del mundo -¿abono de un nuevo fundamento práctico-moral?-, ésta sería mi propuesta:
Mucho ruido... que las nueces vendrán solas.
Román Mazzilli
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