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Del grupo reflexivo a los procesos de subjetivación
Lic. Osvaldo Bonano
Un campo problemático
Alrededor de 1990, en uno de los equipos de los que formo
parte, creímos inventar un nuevo dispositivo de intervención:
los grupos reflexivos, aunque la nominación en
sí tardó quizá un tiempo más en advenir
como tal.
La invención de dispositivos de intervención novedosos
es exigida por un problema propio de la coyuntura por la que
viene atravesando nuestra sociedad nacional: constituir procedimientos
que habiliten la elaboración subjetiva de radicales alteraciones
socio-históricas. Los dispositivos de tramitación
subjetiva que en anteriores coyunturas habían probado
disponer de una cierta eficacia, mostraron su esencial inadecuación;
en primer lugar porque la alteración del suelo que los
vio nacer desconectó la congruencia entre el procedimiento
y las constituciones subjetivas, y en segundo lugar porque la
Psicología Social que se estableció desde 1930,
lo hizo sobre el horizonte problemático de la "articulación"
inviable entre un sujeto psíquico individual y una sociedad
pensados en exterioridad sustancial uno con la otra.
La dificultad para "articular" lo que fue pensado en
oposición y exterioridad fue efecto por un lado del horizonte
cartesiano de la relación sujeto / objeto, y por el otro
de las tesis de la modernidad de un ciudadano individual, sujeto
a la ley y centrado en su conciencia, enfrentado a una sociedad
concebida como contexto histórico y político.
Todo esto afectó a ciertos modos de concebir los dispositivos
grupales. Jugó allí una convicción grupalista
que ha sido y sigue siendo una de las matrices persistentes en
las prácticas de intervención a través del
grupo. Se trata de una noción primordial que apunta a
la potencia transformadora de lo grupal en sí, en la medida
que se postula al grupo como 'eslabón perdido' y por lo
tanto intermediario articulador entre lo individual y
lo social. Desde la vieja tesis de la influencia del grupo sobre
el individuo en la transformación de las actitudes, típica
de la Psicología Social de los '40, hasta una cierta asimilación
de lo grupal a movimientos colectivos de transformación
de lo social-histórico, tan propio de los ' 60.
El núcleo más ambiguo y equívoco de esta
tesis acaso consista en la postulación implícita
de una equivalencia (no elucidada): grupal equivale a colectivo.
Toda mutación en este linaje teórico, pasa en primer
lugar por romper esa equivalencia. Lo colectivo no es igual a
número; lo social-histórico no se constituye por
interacción intersubjetiva. Lo colectivo es propio del
sujeto político, e implica el interés desinteresado
en la transformación universal de lo subjetivo humano.
Lo grupal, a su vez, bien puede ser vehículo de reestructuraciones
individualistas, y herramienta activa de conformación
de subjetivaciones instituidas, expresivas de un modo histórico
de subjetivación propio de la modernidad y que Michel
Foucault elucidó como singularidad en el siglo XX de las
prácticas de sí. Así lo muestran
el impresionante muestrario de experiencias más o menos
gruposas o intersubjetivas, que en la segunda mitad del siglo
se ofertaron y se siguen ofertando dentro de los bienes de
salvación espiritual, como los llamara en su momento
R. Castel. No hay propiedad intrínseca de lo grupal que
sirva de salvoconducto infalible para sortear estos destinos
posibles.
Nuestro dispositivo compartió y acaso aún comparte
esta matriz, aunque hoy está en un punto de viraje al
respecto. Se trata, entonces y en primer lugar de un dispositivo
grupal. Tal dispositivo implica una mutación dentro
de un linaje. El linaje es fácil de percibir: se trata
de los grupos de reflexión, artefacto que si bien
nunca dispuso de una definición teórica cabal,
representó una modalidad muy utilizada de los grupos operativos,
procedimiento central dentro del tronco que instauró Enrique
Pichon Rivière en las prácticas grupales en Argentina.
Transformación en los dispositivos de intervención
Nos vimos ante la necesidad de modificar dispositivos
de intervención ante lo que fue sin duda uno de lo grandes
problemas que exigieron respuestas profesionales: el procesamiento
colectivo del terrorismo de estado. El dispositivo "grupo
de orientación" -utilizado en el movimiento de Derechos
Humanos por Raquel Bozzolo y Marta L'Hoste como integrantes del
Equipo de Asistencia Psicológica de Madres de Plaza de
Mayo- pasaba por la forma de una charla inicial que modelizaba,
al transmitir la experiencia, más que nada política,
realizada por las Madres, a la vez que intentaba generar condiciones
de participación intensa. Este dispositivo abría
condiciones para la subjetivación, en la medida que se
daba al interior de prácticas sociales instituyentes.
Pero las condiciones sociales fueron variando, y ante la comprobación
que esa charla modelizadora, en otras condiciones y otros territorios,
obturaba la participación de los integrantes de diversos
agrupamientos, introdujimos las primeras experiencias con un
dispositivo modificado, puesto ya en la línea del grupo
de reflexión, en un taller realizado en las Jornadas de
Homenaje a Enrique Pichon Rivière en 1989.
Para los integrantes de nuestro equipo tal tarea fue una continuidad
de experiencias anteriores que habíamos realizado en psiquiatría
social del Hospital Evita de Lanus en 1970/76, en psicología
comunitaria en el Hospital Piñero en 1971/73, en el trabajo
con los afectados por Malvinas en 1982, en la fundación
del Departamento de Extensión a la Comunidad de la Escuela
de Enrique Pichon Rivière (1982/84); en prácticas
de psicología preventiva, en el barrio obrero de Berisso.
La continuidad de esas experiencias concierne a dos cuestiones
centrales: a) dar cuenta de los puntos de anudamiento de la subjetividad
en lo socio-político-histórico y b) construcción
de dispositivos grupales que posibiliten a sus integrantes recorrer
un cierto tramo en la elaboración de acontecimientos sociales.
Durante varios años siguientes desplegamos una serie de
trabajos cuyo nombre más general fue: los grupos en
la elaboración del trauma social. Partíamos
de la convicción acerca de la capacidad de los espacios
grupales para proveer sostén a las crisis que sufren los
sujetos cuando se deterioran o derrumban los apuntalamientos
que sus psiquismos ponen en las significaciones sociales, los
agrupamientos y las instituciones.
Apelamos a un grupo de reflexión modificado como recurso,
por la singularidad que suponía la tramitación
de lo que en aquel momento nominamos "trauma social".
El trabajo elaborativo con respecto a la memoria, sobre la que
se insistió tanto en aquellos años, a partir de
la consigna "Nunca más", estaba condicionado
por la tesis que la memoria se construye con los otros y en espacios
públicos. El grupo, en tanto representación común,
es espacio de intimidad que propicia la elaboración subjetiva,
pero a la vez es público en tanto está inscripto
siempre en un orden institucional.
Esta dimensión institucional y colectiva en el
sentido apuntado más arriba, era indispensable para tramitar
el material psíquico ligado al horror y lo siniestro.
Los integrantes de un agrupamiento natural o de un dispositivo
artificial de intervención, como lo son los grupos de
reflexión, despliegan todo el tiempo referencias a las
significaciones que los implican a las instituciones que organizan
sus prácticas; es en el vector de la tarea de cada grupo,
donde esas significaciones se concentran especialmente. Sostener
que esas significaciones son organizadoras del agrupamiento en
su plano de consistencia, con la misma fuerza que las producciones
vinculares intersubjetivas (pactos, mitos, contratos, ilusiones)
y las intrasubjetivas (fantasías, miedos, imagos), fue
un punto de partida indispensable y obligó a una tarea
de transformación de los procedimientos heredados.
Los grupos de reflexión
Los grupos de reflexión, como especificación
de los grupos operativos, en tanto explícitamente grupos
organizados desde una tarea que no sea exclusivamente la remodelación
psíquica, pudieron tener, bajo esa contraseña,
distintas objetivos y tareas; y por lo tanto se ofrecieron desde
saberes y prácticas profesionales como respuestas a necesidades
y urgencias sociales diversas. Otro aspecto de la concepción
operativa de grupos aportó una condición decisiva:
la posición abstinente del coordinador respecto de cómo
el grupo constituye sus objetivos y va gestionando su tarea,
acerca el procedimiento al eje de la autogestión.
La denominación "grupo operativo", por razones
históricas que no es el caso desplegar acá , quedó
demasiado pegada al grupo de formación en el que
los operadores psicosociales se matrizan como tales el interior
de las escuelas de Psicología Social: grupos pequeños
de muy larga duración, estables y cerrados, en los que
están solidificadas la pertenencia y la llamada mutua
representación interna, que destinan una parte muy considerable
del espacio-tiempo grupal para trabajarse en función
del aprendizaje del proceso grupal, y que articulan una intensa
carga en las relaciones transferenciales.
Este modelo que podemos llamar purificado del grupo operativo,
no se produjo como despliegue riguroso de la concepción
operativa de grupos como teoría, sino como efecto de prácticas
sistemáticas en la formación de psicólogos
sociales, y tal vez sea eso lo que le otorga un cierto carácter
inercial, ciego. Toda vez que un psicólogo social formado
canónicamente debe implementar un dispositivo de intervención,
que correspondería sea adecuado a las características
singulares de un agrupamiento, tiende a repetir inercialmente
el modelo que la máquina del grupo de formación
le grabó.
Ahora bien, los muy diversos tipos y tamaños de agrupamientos
que podrían beneficiarse con procedimientos de intervención
que incluyan herramientas grupales, malamente se dejan
tomar por ese modelo. Generalmente son agrupamientos de muy diverso
tamaño, el problema presentado no tolera centrar
el trabajo del grupo en el aprendizaje de los fenómenos
grupales, la red transferencial no tiene ninguna centralidad
en el coordinador y habitualmente la dimensión institucional
no es "contexto", sino objeto mismo del intercambio.
Allí entonces se supo implementar "grupos de reflexión",
sin que esto implicara la definición rigurosa de un campo
y un procedimiento.
Dadas así las cosas, en una extensa variedad de situaciones
en las que un agrupamiento se vio ante un problema que demande
revisar aspectos y cuestiones dudosas de sus objetivos y su tarea
y a la vez transformar algo de su propia trama interna, se apeló
a un "grupo de reflexión", sobre todo cuando
se trataba de disponer de un procedimiento de operación
para equipos al interior de un establecimiento. Ejemplos: grupo
de docentes en conflicto con su rol, dificultades en su tarea
y líos en las relaciones entre ellos; equipo de psicólogos
de hospital público agobiados por la lista de espera,
en conflicto por su condición de no estar rentados y con
una pelea sorda con su jefatura y el resto del servicio. Muchas
veces se optó por denominarlos grupos de reflexión
y no grupos operativos a secas por la connotación
con que éstos quedaron impregnados.
Es conveniente recordar que el bautismo oficial de los "grupos
de reflexión" se dio en 1970 , como procedimiento
formativo de la Asociación Argentina de Psicología
y Psicoterapia de Grupos (A.A.P.P.G). Se los define como grupos
de entrenamiento y aprendizaje, originariamente destinados a
la formación de psicoterapeutas grupales. Se recuerda
como antecedente que en el Borda en un curso con médicos
residentes en psiquiatría, se implementaron grupos especiales,
denominados grupos de reflexión, que tuvieron como
objetivo permitir elaborar las tensiones que se generaban
en la labor con pacientes psiquiátricos y en las distintas
actividades con los profesores y coordinadores de la institución
asistencial. Se trató de pequeños grupos,
de entre 10 a 14 integrantes, sin tema prefijado, cuyo objetivo
fue indagar la problemática del aprendizaje y de la inserción
de los alumnos en la institución que los acoge. Estas
apretadas citas muestras la contigüidad del grupo de reflexión
con el grupo operativo tal como lo describimos más arriba.
Es constituido como grupo de formación en el terreno
de las prácticas curativas y su objetivo es elaborar
tensiones.
Cabe tomar en cuenta que desde hacía por lo menos
dos décadas estaban disponibles otras posibilidades de
nominación de perfiles grupales. En el texto mencionado
de Dellarrosa, por ejemplo; se habla de grupos de estudio,
de grupos reunidos para elaborar ideas, de grupos
reunidos para la toma de decisiones, de grupos de tarea
centrados en un tema. Por su parte en el texto que se relata
la experiencia Rosario que fue llevada adelante por el IADES
(Instituto Argentino de Estudios Sociales) en 1958, se califica
a la misma dentro de la estrategia de laboratorio social,
se enuncia que se utilizó como táctica lo grupal
y se define a la técnica como grupos de comunicación,
discusión y tarea, en los que el papel del coordinador,
de acuerdo a los principios de la indagación operativa,
consiste en lograr una comunicación activa y creadora,
y en dinamizar, resolviendo discusiones frontales que ocasionan
el cierre del problema.
Como se ve en estas definiciones hubo otra perspectiva de la
concepción operativa, que en absoluto estaba centrada
en la salud mental ni en las aplicaciones terapéuticas,
y en la que ni siquiera el aspecto específicamente psíquico
era demasiado relevante. El instituto era de estudios sociales
a secas, el laboratorio social es un experimento científico
de la Sociología, según el mismo texto, y el
estereotipo no solo no es remitido a la lógica del fantasma,
sino tampoco a los miedos. Este movimiento que se proponía
la modificación de actitudes mediante grupos de comunicación,
discusión y tarea y que aún no había sido
colonizado por los saberes psi, pese a que sus protagonistas
-que se concebían como psicólogos de la ciudad-
eran psiquiatras y psicoanalistas, parece haber sido inhibido
o sofocado, según ya sugerimos en un texto anterior .
Sin embargo ninguna de estas denominaciones, técnicas
y enfoques tuvieron el éxito y la difusión que
gozaron los grupos "de reflexión", nominación
que terminó aplicándose indiscriminadamente a toda
experiencia grupal que basara su operatoria en alguno
de sus atributos más o menos definitorios, o que sin poder
asimilarse rigurosamente al grupo operativo quería parecérsele
en todo lo posible. Ha dominado desde entonces una inestabilidad
en las denominaciones, las teorías de referencia y la
definición de las técnicas y procedimientos, que
ha sido propicia para que distintos usuarios produjeran recorridos
singulares y propios
Del grupo de reflexión al grupo reflexivo
Dimos este rodeo para describir algunas de las condiciones
que constituían parte del suelo respecto del cual se habilita
lo novedoso de nuestro procedimiento. La concepción operativa
de grupos supone un haz complejo de remisiones. De un lado está
cierta oposición al uso entre grupo operativo / grupo
terapéutico, que bien puede fundarse en una desmarcarcación
del eje salud, bien en la postulación de un núcleo
básico universal (diría Enrique Pichon Rivière)
según el cual todo grupo si es operativo tiene, entre
otros efectos el terapéutico, aunque la curación
no figure expresamente entre sus intenciones.
Pero acaso el eje demarcatorio principal pase por que en tanto
grupo operativo, tiene tarea; o mejor: la tarea es organizador
principal del grupo, y desde allí se puede decidir
una diferencia neta con la perspectiva curativa o terapéutica,
si su prescripción de tarea no lo centra en la remodelación
psíquica de sus integrantes. Es la dimensión del
trabajar, en su oposición con la de trabajar-se
que bien puede ser puerta abierta a la captura en un grupismo
afectivista y fusional, centrado en el puro goce de estar en
racimo.
El eje de la tarea, en su generalidad y universalidad, es el
ombligo que conecta al agrupamiento con la circulación
social de prácticas y por lo tanto con significaciones
sociales que nunca van a poder reducirse a contenidos y procesos
psíquicos. Pero esto todavía es demasiado genérico.
La posición abstinente del equipo de coordinación,
y su prescripción de no reemplazar al agrupamiento en
la gestión de su tarea y la definición de sus metas
dejó en la invisibilidad que en verdad la dimensión
de tarea está impuesta por la institución en la
que el agrupamiento despliega sus actos. La tarea está
instituida y esta dimensión institucional, como ya veremos
más extensamente, es precisamente el límite los
grupos operativos. Un texto nuestro de 1991, sostenía
al respecto las siguientes tesis:
Entendemos nuestra tarea como desplegada en el campo de intervención
psicosocial, trabajado desde el campo de análisis que
nos ofrecen por un lado categorías y conceptos psicoanalíticos,
por ejemplo la relación de apuntalamiento recíproco
entre la dimensión propiamente psíquica, la interacción
grupal y la dimensión socio-histórica y material-simbólica;
y por otro lado elementos del análisis institucional,
respecto de nociones como implicación, atravesamiento,
analizador. Los dispositivos que instituimos son típicos
de las intervenciones psicosociales, puesto que se trata de estrategias
que dan respuesta a ciertas urgencias y necesidades sociales
(Foucault) (...) se trata, sobre todo, de construir diferencialmente
un dispositivo que respete y se ajuste a la singularidad del
campo (...) tener en cuenta permanentemente las propias implicaciones
históricas y políticas pero también libidinales,
de los operadores y un trabajo crítico sobre ellas.
Desde entonces, llamamos grupos reflexivos a un dispositivo
de intervención que se caracteriza por:
¸ Variabilidad en cuanto al problema abordado (conflictos
institucionales, tramitaciones subjetivas de situaciones de orden
socio-histórico, equipos profesionales que reflexionan
sobre sus prácticas, etc.)
¸ Cuestiones estratégicas, que definen el posicionamiento
de la coordinación, orientadas a la elucidación
de las significaciones sociales que transversalizan al agrupamiento
en sus tareas.
¸ Inicio de la tarea grupal a partir de disparadores, propuestos
por el equipo coordinador, elegidos desde la particularidad del
problema a tratar. En general se trata de anécdotas breves
y de desenlace incierto, de sentido ambiguo e impacto dramático.
¸ Número de integrantes variable, desde 8 a 20,
aunque ocasionalmente hemos coordinado grupos amplios, y coordinación
compartida entre dos o tres coordinadores.
Se percibe en esta descripción, que estos dispositivos
conservan del grupo de reflexión el eje de ser grupos
centrados en una tarea o en un tema, y la posición abstinente
de la coordinación respecto de la definición del
problema, pero aquí la tarea no está ya centrada
en "elaborar tensiones", que aunque vagamente remite
siempre a una suerte de trastorno psíquico, sino en la
elucidación de las significaciones sociales.
Nuestro grupo reflexivo no es un "grupo operativo",
en el sentido que más arriba elucidábamos, ni un
"grupo psicoanalítico", pero tampoco deja de
serlo, en la medida que una cantidad de herramientas propias
tanto de la concepción operativa como de la perspectiva
psicoanalítica estaban y están integradas de un
modo sumamente activo. Pero nuestro procedimiento no podía
ser enunciado o nominado ni al interior del lenguaje psicoanalítico
ni del de los grupos operativos. En verdad no podía ser
enunciado al interior de cualquier lenguaje consolidado como
saber. Por eso era un dispositivo: un conjunto heterogéneo
que encuentra su consistencia en un eje estratégico: lo
que al principio llamamos análisis de las implicaciones
y luego se transformó en la elucidación
de las mismas. Hoy, a ese vector lo llamamos destitución
de subjetividades instituidas, pero tal perspectiva ya se ubica
en un momento posterior.
El despliegue de nuestro dispositivo se acompasa con la construcción
de una teoría de la subjetividad que desplaza sus formulaciones,
haciendo palanca sobre el obstáculo que representan el
pensamiento y la lógica conjuntista-identitaria, que ha
impedido partir de una concepción apropiada de la Institución,
como creación permanente en el dominio de lo histórico-social
. El modelo de referencia de esta teoría de la subjetividad
es el que se instaura y detecta en el campo de la implicación.
La implicación muestra una concepción de sujeto
producido-productor en los procedimientos de la institución
histórico-social. El grupo reflexivo es un dispositivo
metodológico que habilita la tramitación de estas
dimensiones, se funda en el linaje de la intervención
institucional, e implica las siguientes prescripciones:
¸ Análisis crítico del encargo y demanda
sociales
¸ Detección y trabajo sobre los analizadores, que
suministran el material central del proceso elaborativo.
¸ Análisis crítico de la implicación
y posición reflexiva.
La introducción de la dimensión institucional en
el análisis hace estallar las fronteras del grupo. Lo
específico del análisis institucional es constituir
una subversión del dispositivo de análisis "microsocial"
del grupo. El análisis institucional es un análisis
colectivo y en tanto tal, político, de lo impensado y
lo impensable de las prácticas de grupo. Una agrupación
es la resultante de una cantidad infinita de determinaciones
sociales (políticas) cuya piedra de toque es el estado,
que atraviesa transversalmente al agrupamiento De acuerdo a esta
perspectiva, el campo de análisis no se restringe a las
personas, ni a las interacciones, ni al grupo como objeto de
investidura común .
La separación entre lo individual y lo colectivo, entre
lo psíquico y lo social, son producto de matrices de pensamiento
disyuntivo y binario. Ya señalamos que las significaciones
sociales organizan al agrupamiento tanto como la dimensión
vincular. Pero la formulación precedente aún muestra
los efectos del esquema u operador de la separación, que
como señala C. Castoriadis no es pertinente en el dominio
histórico social. . Según la propiedad más
decisiva de la lógica de los magmas (opuesta a la lógica
conjuntista-identitaria) "una representación (significación)
no es un 'ser distinto y bien definido', sino que es todo aquello
que acarrea consigo". En suma, lo vincular intra e intersubjetivo
no es separable de la elucidación crítica de las
significaciones sociales . Todo esto es lo que subyace a nuestra
tesis más central: no hay elaboración psíquica
sin tramitación socio-histórica colectiva. No hay
transformación socio-histórica sin destitución
de las subjetividades instituidas, incluida claro está
la de los operadores.
Llamamos a nuestro dispositivo grupo reflexivo, por apoyatura
en las proposiciones de C. Castoriadis de una subjetividad autónoma
como proyecto, abierta a elucidar críticamente su posición
ante el conjunto de instituciones que ella misma encarna. C.
Castoriadis sostiene que lo reflexivo aparece cuando el
pensamiento se vuelve sobre sí mismo y se interroga no
solo sobre sus contenidos particulares, sino sobre sus presupuestos
y fundamentos. Ello requiere poner en suspenso los axiomas últimos,
en el supuesto que otros, todavía no seguros; acaso aún
desconocidos, podrán reemplazarlos. Es una actividad que
teniendo contenidos posibles, carece de un contenido determinado
y cierto. Para que esta posición reflexiva sea
posible hay que poder representarse a sí mismo no como
objeto, sino como actividad representativa. Se podrá apreciar
que la verdadera reflexión es ipso facto un cuestionamiento
de la institución dada de la sociedad, una puesta en cuestión
no solo de lo pensado sino también de las significaciones
desde las cuales se piensa.
El posicionamiento de la coordinación en el dispositivo
descrito, puede básicamente ofrecer y garantizar un espacio
reglado para la libre circulación de palabra para que
los sujetos del agrupamiento trabajen y sean trabajados por la
contienda de las significaciones. Pero si el propósito
es incidir desde el lugar de la coordinación en la producción
de pensamiento, se abre un nudo complejo, en el cual no es precisamente
un problema menor que los coordinadores pertenecen al mismo universo
de significaciones instituidas que los integrantes. Integrantes
y coordinadores de un grupo reflexivo se hallan por igual implicados
en el lenguaje de la situación. Es por ello que el análisis
de las implicaciones afecta en forma nuclear a los coordinadores,
sobre todo si se toma en cuenta que las significaciones sociales
no se "interpretan", se elucidan, y que la verdadera
elucidación sólo puede ser un proceso colectivo.
Esta perspectiva requiere la transformación de la subjetividad
instituida del operador. Incluimos en esta noción de subjetividad
a los posicionamientos, entrenamiento y disponibilidad para implementar
procedimientos y operaciones, teorías de referencia, adscripción
y pertenencias institucionales, etc.
Procesos de subjetivación y actos de sujeto.
Viejas subjetividades no sirven para enfrentar los nuevos
problemas. En los devenires de variadas experiencias fuimos captando
ciertos síntomas que conmovieron el aparato conceptual
y operacional del cual partimos y afectaron aquellas convicciones
"grupalistas" que postulan a lo grupal per se
como ámbito elaborativo. Por ejemplo, en un par de experiencias
clave constatamos que no se producía grupo, no se instalaba
una trama grupal tal que las resonancias entre los participantes,
respecto del padecimiento y experiencia del otro, permitieran
albergar la tramitación conjunta del sufrimiento institucional.
Claramente el plano de lo intersubjetivo, habitualmente remitido
a pretendidos universales estructurantes de lo humano, no constituía
de modo suficiente la trama, puesto que actuaban divergencias
decisivas en las significaciones con las que los integrantes
constituían la experiencia grupal y su sentido.
La actual crisis social afecta a las subjetividades instituidas,
perturba y torsiona la reproducción de las mismas y produce
pérdida de los parámetros con lo que se leían
hasta ese momento las situaciones . Caída y agotamiento
del estado-nación como institución general capaz
de donar significado y proporcionar sentido a las diversas prácticas
sociales; declinación, bajo el empuje imparable de la
globalización y el dominio del mercado y el consumo, de
aquellos emblemas de soberanía que supieron nuclear identidades
nacionales; agotamiento de las consignas, formas organizativas
e ideas que militancias de décadas anteriores proporcionaron
como apoyatura para los movimientos progresistas y combativos
de la cultura y los campos profesionales. Los fuertes trastornos
ocurridos en las últimas décadas en el plano socio-histórico,
y por lo tanto en los procesos de producción subjetiva,
nos llevaron a introducir más alteraciones teóricas
y técnicas ante el desacople entre unas prácticas
hondamente modificadas y las representaciones que las sostenían.
La fidelidad a la perspectiva de las transformaciones sociales
y subjetivas promueve el cambio de nuestras herramientas. Nuestra
estrategia gira en torno a que se transforme lo dado, es decir
el conjunto de significaciones, tramas institucionales y subjetividades
que juegan en la situación. El recorrido implica destituir
las identidades identitarias y habilitar procesos de apertura
a nuevas subjetivaciones.
Se constatan aislamientos, fragmentaciones, caída de la
responsabilidad, pérdida del sentido histórico
de las instituciones, desencuentros con la tarea primaria, sometimiento
ante saberes transformados en dogma, que ya no dan sustento a
las prácticas cotidianas. Se impone la invención
de procedimientos que pongan a trabajar lo impensable de la situación;
en ese trabajo, decidir el agotamiento de las viejas representaciones
implica sostener una apuesta subjetiva.¿Hasta qué
punto el procedimiento del grupo reflexivo sostiene su potencia
transformadora, en la actual coyuntura?. Ya vimos que el objeto
de la reflexión lo constituyen las implicaciones institucionales,
bajo el procedimiento de la elucidación crítica;
pero hoy se trata de concebir al mismo en conjunto con los procesos
de subjetivación.
Varios puntos problemáticos reclaman pensamiento creador.
Ya en su momento, en los años 91/93 la noción de
trauma social que manejamos no terminaba de cerrar. Nos negamos
sistemáticamente a aceptar una noción puramente
represiva del estado, sosteníamos por el contrario que
"el Estado dictatorial produce". Progresivamente nos
fuimos afirmando en la concepción de un exceso, y que
en tanto tal la elaboración no podía quedar vinculada
a la restauración de un estado anterior, sino a la producción
de algo nuevo en el terreno de las significaciones.
De este modo la concepción de lo real como exceso nos
puso en un impasse de salida respecto de toda tesis estructuralista
según la cual la operación de simbolización
se limita a hacerlo con lo que hay. El peso ontológico
de las tesis de C. Castoriadis nos permitieron afirmar que de
lo que se trata es de la creación de nuevas formas de
ser y hacer sociales, y en ese sentido nos desmarcamos de una
concepción banalizada de una "dialéctica entre
lo instituido y lo instituyente", que muchas veces se maneja
como un conjuro verbal vaciado de sentido. Por ejemplo hoy ya
es moneda común una noción inercial de lo
instituido, y no se capta que éste permanentemente se
está instaurando de modo activo. Claro que para ello a
su vez hay que entender que lo instituyente no es la aparición
de cualquier cosa más o menos novedosa o desconocida,
sino la creación de una forma social (y por lo
tanto también subjetiva) radicalmente nueva. Se trata
entonces de la producción de la realidad social
por la dimensión colectiva, propia del sujeto político,
de la subjetividad. Trabajamos con la idea de presentación-emergencia-producción
y enfrentamos hoy interrogantes respecto al proceso de emergencia
o creación de nuevas significaciones.
A partir de la neta distinción entre el dominio histórico
social y lo grupal, señalamos que en los agrupamientos
también se tiende a reproducir lo instituido, pero en
tanto en ellos se da el encuentro con el otro, se abren posibilidades
de subjetivación, en la medida que lo que no se puede
integrar en el rasgo identitario, lo radicalmente ajeno,
pueda ser soportado. En esta dimensión son útiles
algunas herramientas de trabajo del psicoanálisis grupal.
El proceso de subjetivación es, tal como lo entendemos,
un acto en un punto en el que irrumpe algo real, imposible
de enunciar y tramitar en los términos constituidos de
la situación dada, punto en el cual la posición
reflexiva y la elucidación crítica permiten destituir
un enclave de la subjetividad instituida. Los actos de sujeto
habilitan que otra situación se instituya; se producen
frente a lo que en la inmanencia de una situación se presenta
como un exceso que no puede ser pensado ni representado en los
términos del lenguaje disponible para quienes están
en esas circunstancias. Como se ve, nos apartamos de la idea
de un sujeto sustancial o meramente posicional; se trata de actos
de sujeto y prácticas de enunciación,
para los que los procesos mentales de esclarecimiento resultan
insuficientes y la distinción individual / colectivo no
es pertinente
Esta estrategia concibe a la alteración de la situación
bajo prácticas activas de enunciación. Si la noción
tan meneada de creatividad instituyente, ligada a la elucidación
de las significaciones sociales, queda apresada en la idea de
una mera toma conciencia del lugar en la estructura, se corre
el severo riesgo de retornar a forma ya agotadas de intervención.
Se trata de que los actos de sujeto no dependan para su emergencia
de una "imaginación radical" si ésta
es concebida bajo el sesgo de una potencia sustancial. Esos actos
asumen un acontecimiento que suplementa lo dado en cada situación,
y se despliegan en recorridos y procedimientos prácticos.
Buenos Aires, Julio 2001.
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