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Prólogo de La carne
Los textos que siguen nacieron en su
mayoría de un amor que ya no existe.
Este libro es comparable (por eso mismo) a las flores que de
tanto en tanto aparecen entre las rocas de la alta montaña
con una obstinación que asombra. A veces ni siquiera el
viento helado que circula por las noches, a tres mil o cinco
mil metros sobre el nivel del mar, puede con ellas. Se me dirá
con razón que la literatura bien entendida debería
ser capaz de despegarse con espíritu crítico del
objeto que la inspiró. Y es verdad. Con atendibles fundamentos
podrá señalarse también que, en todo caso,
si lo que se pretende es alguna forma de la catarsis, se podría
recurrir tranquilamente al diario íntimo, a las cartas
que se escriben en secreto, a esas anotaciones inútiles
y al margen que mucho se parecen al simple acto de evocar un
tesoro que se ha perdido. En todo caso uno debería ser
capaz de imaginar personajes, máscaras, escenarios y diálogos
ficticios como esos que el escritor suele desplegar a la manera
de los grandes alquimistas del pasado. Debo decir que coincido
en lo esencial con esas posibles objeciones a este discurso deliberadamente
confesional, sólo que en este caso opté por eludir,
al menos en parte, el seguimiento fiel de esos principios rectores
del oficio literario. No creo ofender a nadie exponiéndome
en carne viva como aquí lo estoy haciendo. Y si yo es
otro, como aseguraba Rimbaud, probablemente sea otro el que aquí
se expresa. Pero además, y como si la impostura inicial
no bastara, los escritos presentados a continuación se
colocan naturalmente y sin querer al margen de los géneros.
Me resultaría casi imposible encuadrar estos fragmentos
deshilvanados sombras a la sombra de otras sombras
dentro de la prosa poética, el cuento, la narración
incipiente o el poema. Dado que tampoco en este caso sabría
cómo defender mis fueros, creo conveniente echar mano
a una idea que, hablando del asunto, esbozó alguna vez
un escritor que admiro. El hombre apuntó que un autor
no es cuentista ni poeta ni novelista, que se trata apenas de
una persona resignada que escribe lo que puede. Los géneros
literarios, creo que dijo también, son una ilusión
más: imaginamos cosas y lo único que realmente
hacemos es acatar una forma que siempre es anterior a las palabras.
Clasificar, en definitiva, no siempre es entender.
Me aferro sin énfasis a estas nociones básicas
para defender una escritura más o menos libre, dictada
por tal o cual experiencia parcial, reacia a los controles de
la conciencia, aunque trabajada, eso sí, con el cuidado
que toda obra merece. No hace falta aclarar que la mujer que
permanece escondida en varias de estas páginas se ha desdibujado
bastante para mí: sólo sé de ella lo que
seguramente ya no sigue siendo. Ni siquiera puedo imaginar, a
la hora de componer esta suerte de prólogo al uso o nota
aclaratoria, dónde se encuentra o qué será
de su vida. La menciono apenas a la manera de los antiguos griegos
cuando invocaban a las nueve musas de Tracia. Y dedico este libro
no sé si a ella o a ese perfume que a la hora de hacer
las valijas, y tal vez en el apuro por salir, no atinó
a llevarse.
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