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Preguntas a la esperanza
¿Cuántas veces debe fracasar
una esperanza para que por fin la abandonemos? ¿Podemos
renunciar a un sueño sin asumir uno nuevo de inmediato?
Son sólo dos de las veinticinco preguntas que formuló
el escritor suizo Max Frisch como parte de los cuestionarios
que incluyó en sus Diarios. Perturbadoras, cargadas
de una inocencia sólo aparente, las preguntitas de Frisch
nos ponen de pronto contra la pared. ¿Es que toda utopia
se ha tornado inútil? Y más aún, ¿podemos
llegar a pensar nuestra vida, el mundo o la historia misma sin
la esperanza de un futuro diferente?
Lo más asombroso de estos interrogantes es que nos permiten
comprender hasta qué punto la existencia está hecha
de la misma materia que los sueños. Hombres y mujeres
decididamente imperfectos se empeñan una y otra vez en
causas que parecen perdidas de antemano. Persiguen a veces un
deseo que no tiene nombre ni lugar. Acaso ver el mar, viajar,
tener trabajo, vivir en una casa rodeada de árboles, encontrar
un amor que sea eterno mientras dure. Y esta curiosa obstinación
se comporta como el verdadero motor de la historia humana.
¿A qué secreto sueño personal ya renunciamos?
Y si todavía no lo hicimos, ¿por qué seguir
alimentándonos de eternos imposibles? Se podría
arriesgar en este punto una hipótesis tan insensata como
seductora. Decir por ejemplo que de una manera o de otra todos
buscamos justamente eso que la vida nos mezquina. La belleza
que se oculta en la espuma de los días. El lado oscuro
o luminoso de la intangible luna. O decir, también, que
la desilusión nunca es total. Que hasta los que pierden
la fe guardan por lo bajo una carta marcada, y esperan, como
todo el mundo, enormes cambios en el último minuto.
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