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- La playa
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- Vuelvo sin querer a la menuda figura de
Olga derivando en la playa ventosa, parada al pie de un médano
cubierto en parte con uñas de gato, esas hojas de carne
tierna que al partirse exudan una especie de leche densa y pegajosa.
Lo cierto es que aquel día la vi como siempre soltándose
el pelo para volver a sujetarlo al instante, su entrecejo reñido
con la marea en pleno asedio, la visible molestia causada por
la tenacidad del aire en movimiento; observé los pequeños
granos de arena clavándose en la blanquísima piel
de las piernas y sus pechos, casi desnudos, y el agua inquieta
a pocos metros, la sensación de intemperie, todo mucho
antes, claro, del viaje que luego emprenderíamos hacia
la zona oscura, lejos de todo y más cerca de la nada en
que transcurríamos como amebas luminosas.
- Habíamos caminado como drogados
bajo el sol en dirección directa a la nube más
alta, un lugar sin nombre ni coordenadas precisas: algunos roqueríos
escarpados, un santuario con virgen y exvotos improvisado a mitad
del camino y descuidadamente montado sobre los acantilados, una
hostería en decadencia, autos robados y luego llevados
al desarmadero de sueños, poca gente, el sonido de un
alambre golpeando obsesivo contra el mástil.
- Ahí nos quedamos, sin embargo,
salvando instantes del naufragio y mirando a lo lejos el espectro
informe de edificios vacíos, olas quebradas, el vendaval
de flores y un sol que a esa hora especialmente resultaba cegador
e intolerable. Y entonces, porque sí, la repentina decisión
de regresar cuando el cielo no se había ni siquiera despeinado.
Seguir caminando a tientas como conejos que saltan a deriva,
eludiendo médanos y planicies, parando un rato en la casa
azul en cuyo techo alguien había puesto unos duendes de
yeso despintado, Olga y yo, como suspendidos en el tiempo, sacamos
algunas fotos de esos muñecos más bien siniestros
y continuamos la marcha iluminada otra vez por la frescura infinita
del océano.
- Bajar a la playa, en tales condiciones,
fue como bailar; de tanto en tanto jugar al tenis con la espuma,
esquivar con los pies la basura expulsada al mar por el caño
malamente agrietado de la cloaca, asombrarnos juntos de la increíble
desidia y hasta del barco encallado entre dos lunas, jugando
a encontrar peces vivos en los huecos de las piedras. De pronto
vimos uno. Era rojo o creímos que lo era. Traté
de tomarlo con la mano pero Olga me rogó que no lo molestara.
Dejé al pez en paz y al mundo en ese estado de alegría
efímera, con palabras y gestos que no acaban nunca de
mostrar sus puñales.
- Y para qué seguir con algo que
continúa no siendo; la historia terminó cuando
por fin se apagó el hechizo y miré a Olga desde
el futuro, ella, tan delicada, temible y fugaz, vaporosa como
la luz del atardecer entre los muelles, cuando cae el sol y el
viento frena en sesenta segundos de reloj, y la luz dura lo que
dura un beso antes de hundirse como lenguas en el agua.
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