LA ÉTICA ANTE LA CAÍDA DE LA LEY

Raquel Bozzolo

 

    - Lo que ocurre es que siempre piden que se hagan ateneos o supervisiones y después nadie viene, y los pocos que vienen, ponen la cara pero es como si no estuvieran, están ausentes. Esto es un quilombo.

    -A los que venimos, además nos pone locos que a los que no aparecen nadie les dice nada, por no venir. ¿Entonces para qué vas a venir? Bah, ¿para qué vinimos hoy acá?

(De una primera reunión de una intervención institucional realizada en septiembre del 2001, en un plantel de residentes de Salud Mental)

 

    En la CNN bombardean Afganistán, eso dice la leyenda bajo la pantalla, en la imagen hay luces verdes... (Hago zapping..., me empiezo a aburrir, me detengo... percibo algo feo...)

    Una pareja habla a la conductora (Marcela Tinayre) — nos dijeron que a la beba, la salvamos por unos diez minutos, porque no bien la sacamos de la bolsa de residuos le dimos calor, en el patrullero, con la calefacción...

    Conductora -- (A la pareja que está sentada a su lado) Yo creo que Marta debe haber pensado que alguien la tenía que encontrar, cuando la dejó, seguro que ella tenía esa esperanza...Ya conversamos con la pareja que encontró a la beba, no se si llamarla Camila o María Esperanza, como la llamaron ustedes. (Dirigiéndose a un hombre joven que está a su lado, con muestras evidentes de incomodidad) ¿cómo la van a llamar?

    Joven: No sé...

    Conductora — (Dirigiéndose a detrás de cámara) Marta? Estas ahí ¿no? Bueno ahora sabés que la bebita está bien, que sobrevivió gracias a que le dieron calor. Vos necesitás ayuda, todos te van a ayudar, ¿no es cierto? Al joven: tenés que ayudarla a Marta, porque vos sos el papá y la beba es bellísima... (A cámara) Marta va a poder si la ayudan, (Al joven) Vos contás que con la otra nena, la que no es tuya, ella era buena madre...durante esos nueve meses que salían... (A detrás de cámara) —Marta, vos a vas a poder, si te ayudan, ¿vas a dejar que te ayuden?

    Marta- (detrás de cámara, es tomada por otra cámara, dos lágrimas se descuelgan de sus ojos y menea la cabeza mirando fijo)...No...

(De un programa de televisión, octubre del 2001)

 

(¿Qué es esto? ¿Tiene algo que ver con la ética? ¿Porqué lo introduzco en esta ponencia? En la primera ocasión estoy trabajando como analista institucional, es decir como profesional, en la segunda hago zapping, soy una simple espectadora, mientras espero para dar una charla sobre la subjetividad de hoy...,me digo: tengo que hablar de esto... pero ¿qué decir?

 

Crisis en los sentidos de nuestras prácticas

En la mayor parte de las actividades profesionales que realizamos, como psicoterapeutas, docentes, peritos, asesores, supervisores o como analistas o consultores institucionales, resulta fácil advertir una fuerte crisis (cuando no la caída) en los sentidos que sostenían subjetivamente las prácticas como psicólogos. El sufrimiento es similar en aquellas profesiones dedicadas a lo que los estados nacionales denominaban "servicios sociales" (salud, justicia, educación). Experimentamos y experimentan aquellos que son destinatarios de nuestros procedimientos profesionales, un sentimiento de irrealidad, que aumenta la sensación de inermidad, a la que solemos calificar como desolación.

(Recuerdo cuando este sentimiento se presentó por primera vez con claridad. Tuvo que ver con cierta caída de las garantías supuestas en un orden social democrático. Era la dictadura y al nombrar a los compañeros que "eran llevados", en ausencia de la nominación desaparecido, decíamos "no sé donde estará en algún lado deben estar". La representación que organizaba nuestro enunciado era una cárcel estatal, o una casa como cárcel clandestina...donde los torturarían antes de blanquearlos o matarlos, pero no alcanzaba...Recuerdo las discusiones con colegas al defender la consigna "Aparición con vida". Nos parecía que nominados los desaparecidos, no reconocido su secuestro, el acto de enunciar aparición con vida era un acto instituyente que hacía existir a los desaparecidos. No aceptábamos la impugnación desde un realista "criterio de realidad". Hoy se suponen las garantías del régimen constitucional... ¿cuál será la realidad?¿habrá una realidad? ¿Será la de la TV?)

La ineficacia de viejas modalidades técnicas, la búsqueda de nuevos parámetros para el diseño de dispositivos que logren las transformaciones requeridas, así como la constatación de la ausencia de certezas que sostengan los nuevos procedimientos de intervención, se traduce en un estado de perplejidad.

(Esto es nuevo: en la época de la dictadura, en las prácticas dentro del movimiento de Madres, nos organizaba la resistencia ante el enemigo, si algo era útil para la lucha se lo tomaba. Así leímos a Bettelheim, y buscamos en otras experiencias políticas de terror, alguna línea teórica que legitimara nuestras prácticas, ya que no nos alcanzaba el psicoanálisis ni el marxismo. Hoy tampoco alcanza pero podemos pensar algo más, ya no esperamos encontrar y nos hemos lanzado a pensar. Parece que la perplejidad puede ser antesala para pensar con nuevas categorías.)

Las prácticas sociales, son apreciadas desde un ordenamiento valorativo del género "opinión en mesa redonda": "Esa es tu verdad, ahora vamos a escuchar al Licenciado...". Parecen estar relativizados al extremo los criterios desde los que se ordenaba el mundo, se evaluaba (interpretaba o juzgaba) e incluso se sancionaba un comportamiento social. Esta alteración produce en las subjetividades construidas en el mundo que fue, una sensación de caos, con repercusiones dolorosas ante lo que se presenta librado al imperio de las fuerzas en juego, sin tener claras las reglas del juego.

(¿A qué estaremos jugando? ¿Habrá reglas del juego?)

Se han producido fuertes alteraciones en los lazos sociales, en los sentidos de las prácticas (y no sólo profesionales), el Estado Nación como representación no organiza simbólicamente, no marca las existencias sociales de los habitantes. La ley del estado, la que organiza el conjunto, la que protege, da derechos y prohíbe, pone límites, la que prescribe y proscribe, esa ley que estudiábamos con Foucault, propia de las sociedades disciplinarias ¿donde está? ¿Está formulada en los papeles, pero no tiene vigencia efectiva? ¿Ya no moldea a los actores sociales?

Ley simbólica, ley jurídica y ley social

La articulación existente entre el mercado y el estado en las naciones, parece estar reemplazada por una azarosa conexión entre ambos términos. El estado ha probado su eficacia como dador de sentidos. Parte de nuestra tarea como analistas institucionales o en prácticas grupales y comunitarias, se basó en la elucidación de las significaciones sociales efectivas. El mercado no parece donar de sentidos de la misma manera, ni permitir la articulación entre los sujetos que lo integran. De ahí la actual desolación: no hay quien done sentidos unificados. El lazo entre los ciudadanos del estado era establecido por una semejanza en los lugares ante la ley. Hoy no puede sostenerse la igualdad ante la ley ni la suposición de coincidencia entre orden jurídico y justicia. Para el mercado somos de a uno, somos en cuanto cifra de consumo, en cuanto miembros de una serie, si queremos recurrir a metáforas sartrianas acerca de la constitución de un grupo. A propósito: en ese caso se puede apreciar la incidencia directa de esas transformaciones en una práctica profesional puntual como es el trabajo en grupos. Hemos planteado en numerosas ocasiones que el grupo mismo es una producción histórica fechable en cuanto a una cierta forma de distribución de fuerzas y poderes, que tuvo que ver con un orden social nacido en la modernidad. Hoy los grupólogos no hacemos los mismos grupos, hoy los grupos no son lo que eran. ¿Nosotros seremos los mismos?

La comunidad estatal se constituye por ley. Esta ley pauta cómo el pueblo soberano debe delegar la soberanía en sus representantes, debe delegar su poder en los poderes constituidos. La ley es la misma para todos y se ejerce a través de los representantes, pero rige para ambos; en ese punto los iguala. La delegación del poder constituyente, por parte del pueblo soberano, el monopolio de la fuerza y la imposición de la ley común por parte del estado forjan la subjetividad ciudadana. En el estado hay ley y es para todos los ciudadanos. El ciudadano parte de suponer la universalidad de la ley. La ley es el ordenador simbólico por excelencia. Esta forma de existencia social permitía una armonía entre las representaciones de ley simbólica propia del psicoanálisis, de la ley jurídica propia del estado y la ley social, que organizaba las prácticas y las comunidades.

Había ley, orden y trasgresión a la ley: perversión si era trasgresión al orden simbólico, delito si lo era a la ley del estado y crimen si transgredía la ley social. No intento confundir estos términos, pero es importante para lo que sostengo que nos interroguemos sobre su articulación histórica. Hoy la cosa no está tan clara. Las prácticas neoliberales de mercado han globalizado nuestras economías y lo estatal-nacional parece tener una existencia inercial, cuestionada por los teóricos de la expansión del mercado. Los flujos de capital no reconocen fronteras. Ocasionalmente, como en las banderas Norteamericanas ondeando en NY, los símbolos de nacionales cobran relevancia subjetiva, lo nacional, la referencia a la patria, que era sostenida por la organización del estado, sobre todo en nuestros países (no imperiales) no produce una consistencia masiva, más bien como plantea Ricardo Malfé, se produce una subjetividad peculiar, especie de identidad negativa, como si el ser de aquí sólo generara obstáculo.

Sostener que hoy el orden social está garantizado por un conjunto de reglas que rigen en el disciplinamiento de los sujetos que lo habitan, cuando no se percibe la capacidad de esas reglas para la organización subjetiva, ni su capacidad de sanción efectiva, resulta un anacronismo. ¿Cómo se expresa su presencia? ¿Cuánto pesa hoy el peso de la ley? Las dificultades de organización y reglamentación efectiva de los equipos de trabajo y la manera de relacionarse con el conjunto, con el otro y con la tarea en agrupamientos profesionales, las formas vinculares en los agrupamientos tradicionales, barrios, clubes, etc., presentan otra cosa que aquello que denominábamos comunidad. En la organización de familias y parejas, se producen fuertes transformaciones, que suelen ser vividos como trastornos de un orden (que ya no rige): la filiación y la parentalidad no producen los lazos que acostumbrábamos encontrar y cada vez más frecuentemente nos encontramos desorientados al ser interrogados como psicólogos y expertos en vínculos que deberíamos saber cómo se debe ser padre, hijo, esposo, madre, en que casos es legítimos autorizar una adopción, o una fecundación in-vitro.

En este estado de cosas, que Ignacio Lewkowicz suele denominar "galpón", se permanece como en un simple depósito donde cada quien está por su cuenta, sin ningún organizador más que el amontonamiento. Hemos encontrado muchos de esos rasgos en las equipos de trabajo profesional, en residencias hospitalarias, en la universidad u otros lugares de formación, como nuestras propias asociaciones profesionales, que solían generar fuertes vínculos a partir de compartir una experiencia. También los hemos encontrado en los asentamientos, en barrios marginales donde el enfrentamiento a muerte atraviesa los pasillos de la villa. En los lugares profesionales, en los agrupamientos universitarios, se han presentado mezclados restos más reconocibles de subjetividad estatal, ecos de subjetividad comunitaria, en las segundas generaciones de marginalizados, de vulnerables sociales, no parecen quedar rastros de esas marcas de estado que pautaban la relación con el trabajo, con el futuro, con el progreso.

Nuestro accionar profesional empieza a no tener piso firme para sus procedimientos técnicos y para sus reflexiones éticas. Me interesa puntuar algunos de los efectos de semejantes alteraciones en los vínculos y las subjetividades, que conspiran para un posicionamiento subjetivo transformador. La cuestión de la perversión ha perdido precisión, al ser extendida confusamente a posicionamientos subjetivos determinados socialmente, tal como la corrupción. El delito no parece ser el paradigma para el juzgamiento de la tortura y la desaparición, que en el caso del estado argentino, ya que por ley son exculpados. ¿Desde dónde hacer la discriminación, que parece necesaria social y subjetivamente, si la ley jurídica no lo hace? Con respecto al crimen habrá quienes consideran crimen a la ablación del clítoris en los países árabes y africanos, otros a la picana en las comisarías bonaerenses, otros a las muertes en el ataque a las torres gemelas, y no al bombardeo a Afganistán. Así se considera crimen el aborto, la elección del sexo para un niño por venir, o las prácticas del buen morir, o las operaciones quirúrgicas para cambio de sexo anatómico, por enumerar algunas cuestiones de las que se opina en los llamados medios de comunicación.

La humanidad contingente

La humanidad, que parecía ser universal y necesaria para un grado de evolución de la especie con inscripción en la cultura y en el lenguaje, ha devenido contingente: puede o no advenir. Se puede o no ser humano, pero también se puede haber sido y no serlo más. Las experiencias en los campos de concentración nazi han dejado algunas preguntas y cuestiones que requieren ser pensadas. La calificación de prácticas aberrantes e inhumanas coloca la cuestión de la naturaleza humana en un plano sustancial y abstracto y el juzgamiento en tribunales internacionales como crímenes de lesa humanidad, ratifica la naturalización y la universalización de lo humano. Giorgio Agamben trabaja algunas categorías que nos resultan útiles, al revisar esa experiencia. Para aquellos que hemos trabajado en el campo de los derechos humanos, que hemos podido acercarnos a los efectos de las prácticas de de-subjetivación realizadas en los campos de detención de la dictadura y hemos podido escuchar en otro registro que el jurídico o el mediático las voces de los ex-detenidos-desaparecidos, nos resulta imprescindible la producción de pensamiento de esas experiencias. El movimiento de los Derechos Humanos ha quedado en ocasiones preso del culto a la memoria, cuya consigna es recordar para no repetir..., y en cada acto de recordación se reproducen los padeceres que impiden el pensamiento. ¿Porqué insistimos en pensarlo?, ¿Para qué pensar eso denominado "el horror" nuevamente? ¿Tiene alguna utilidad en el presente?

Si las dos situaciones expuestas en los acápites de esta ponencia hacen a dos situaciones del presente, vale la pena preguntarse qué prácticas sociales hacen de un hombre un hombre y que hace de un hombre un...innombrable. En "La virgen de los sicarios", película francesa-colombiana, estrenada recientemente en Buenos Aires, un personaje tan marginal como los designados, llama "desechos"a sus pares. El traductor de Agamben menciona la dificultad de traducción que tuvo con ciertos vocablos del italiano y cita a un profesor colombiano quien plantea: "el término "matable"se ha hecho frecuente en su país, en una utilización claramente biopolítica para referirse a los marginados extremos, los llamados desechables, cuya muerte no entraña en la práctica consecuencia jurídica alguna".

No intento forzar la similitud que algunos colegas encuentran entre el prisionero del campo nazi y el excluido de la actualidad, o entre el desaparecido de la última dictadura militar argentina y el actual expulsado del mercado de consumo, pero las experiencias realizadas en esas situaciones políticas, permiten una operación de pensamiento que resultan útiles para intervenir en el presente. La diferencia entre estas existencias se basa en las prácticas que las producen: en el caso de los prisioneros del campo de concentración, los llamados musulmanes son el producto de una maquinaria de eliminación, son su producción, en el caso de los desaparecidos, con algunas diferencias en cuanto a lo que ocasiona su persecución, se produce algo parecido, ya que son los productos de una política represiva diseñada para la eliminación de los subversivos. ¿Qué ocurre con los actuales expulsados sociales? Pareciera que resultan restos o excrecencias de la operatoria del mercado de consumo: aquellos que no pueden consumir quedan por afuera de lo existente social, son un resto, un desecho, un subproducto. Las prácticas sobre ellos, son fundamentalmente de omisión: el mercado sólo los designa como caídos, no los registra como interlocutores al no dirigirse a ellos. Los todavía incluidos rehúsan la mirada ante lo que presentifica su amenaza: no pueden mirarlos, ni hablarles, con lo que refuerzan el borramiento de la existencia social. Es esta misma práctica de rehusamiento a la mirada, a la interlocución lo que va produciendo una desubjetivación en los todavía incluidos.

Agamben retoma una paradoja presente en los escritos de Primo Levi: el verdadero testigo de la desubjetivación, el testigo perfecto del campo, es el musulmán, es decir aquél que ha sido despojado de su habla, el que no puede hablar sobre su experiencia en el campo. Sólo se puede hablar, en el sentido de enunciar algo, cuando se efectiviza la función del testimonio. Esta función no se ejerce sino en actos de sujeto, en una enunciación que vale más por el hecho de producirse que por lo que enuncia. Agamben puede probar que se ha producido dicha enunciación cuando hay alguien que no puede enunciar (porque ha sido objeto de unas prácticas de desubjetivación: el musulmán) y alguien que sí puede hacerlo. Se es testigo de una imposibilidad de enunciación. Ya no hay personas, ya no hay personajes, hay enunciación.

¿A qué le llama Agamben desubjetivación? A la salida del lenguaje, a la transformación de un hablante en un viviente. No se está planteando que no sabe lo que significan las palabras, el viviente no puede efectuar una enunciación desde la primera persona gramatical. Desaparecen las personas de la conjugación que permitirían armar un acto de enunciación. Desaparece el otro, el semejante, de ahí que es muy difícil juzgar al musulmán, desde un código preestablecido, sus conductas son inscribibles en el restringido sentido de la preservación de lo que Agamben llama "nuda vida". Como podemos apreciar estamos hablando de posicionamientos subjetivos, no de simples lugares gramaticales, el testimonio puede incluso no tener que usar palabras y presentarse en un acto de enunciación mudo.

¿En qué contribuyen estas notas a la pregunta por la ética? ¿Qué es lo que nos permite una cierta orientación en las actuales condiciones?. La remisión a ciertos códigos de ética del profesional, o la formación de comités de ética que apliquen ciertos códigos en sanatorios, hospitales, etc., no logra salvar la dificultad de pensar el hacer en las actuales condiciones. Parece que nada logra reemplazar el acto subjetivo que permite instituir sentidos propios de la situación. Los juicios llamados éticos suelen quedar sostenidos solamente en una opinión moldeada en otra situación y orientada por ciertos valores morales, exteriores a lo que está en cuestión en cada caso.

El testigo, el testimonio

¿Qué tipo de posicionamiento subjetivo genera el diálogo de los residentes del acápite, cuál el de la madre de la niña con la conductora del programa de Televisión? ¿Cuál el de quien ve el programa de TV? Pareciera que estamos oscilando entre ser espectadores indiferentes o afectados, pero espectadores al fin. El posicionamiento crítico frente a los enunciados y las significaciones sociales que portaban dichos enunciados, se manifiesta agotado (como procedimiento princeps) en numerosas intervenciones donde lo único que logra es una cierta ratificación del nivel de determinación subjetiva que existe sin habilitar otros espacios de autonomía, que permitan apuntar a otros recorridos subjetivos, que determinen colectivamente otros sentidos a las prácticas realizadas.

Me pregunto si sería postulable la posición de testigo para estas experiencias al modo en que Agamben la postula para el musulmán o para lo no dicho de los campos. Ser testigo requiere una particular manera de experimentar subjetivamente la relación con el fenómeno del que se testimonia En el caso de la exclusión, demanda una forma de conexión con lo excluido social donde no existen dos términos de algo contradictorio -incluidos y excluidos- sino desde una conexión con la experiencia de expulsión o exclusión que resulta devastadora para la subjetividad, en cuanto cercena la capacidad de sujeto, su potencia enunciadora.

La posición de espectador es una consecuencia del dispositivo de la memoria, que además de mostrar ejemplos heroicos, al modo de los modelos de conducta, relata historias de vida, que suelen ser confundidos con el testimonio como función ya que son denominados por los medios, como "testimonio", en el sentido de relato en primera persona. Este relato no produce la enunciación de la hablamos, la enunciación de la desubjetivación y nos coloca en una exterioridad tal que es imposible superar desde ese lugar de espectador de un espectáculo. Sólo induce a reproducir enunciados y subjetividades instituidas. Este dispositivo se caracteriza por una insistencia en la denuncia de los hechos y así como el dispositivo jurídico se caracteriza por una constatación de ellos, al modo de pruebas para un juicio. El testimonio en cambio no vale por afirmar hechos, enuncia sobre una desubjetivación y en el mismo acto afirma una subjetivación que tiene lugar en la propia enunciación del testimonio.

¿Y la ética profesional?

Si en el testimonio, la producción subjetiva es tal que se prescinde de la existencia de personas, la ética de la enunciación obliga a una deconstrucción de los planteos acerca de los enunciados ideológicos o a los valores que estos refieren. Ético entonces sería un posicionamiento subjetivo tal en el que los procedimientos profesionales están al servicio de la invención del sujeto de la enunciación requerida por la situación.

Una cuestión a pensar es la relación entre el sujeto de la sanción social y el sujeto de la enunciación. Una vez promulgadas las leyes de Punto final y Obediencia debida, una vez dictado el indulto presidencial, la ausencia de castigo frente a los responsables de los secuestros, torturas y desapariciones en la pasada dictadura militar, sumado a la caída de la expectativa generada con la vuelta al régimen constitucional, produjo en el movimiento de los derechos humanos una situación de impasse, signado por el desaliento. He planteado en un escrito anterior la importancia de los llamados escraches propuestos y efectuados por la agrupación HIJOS , en cuanto a su carácter de acto de justicia, que produce una sanción social que le ley jurídica no realiza. He investigado las producciones subjetivas que produce y considero que tiene los efectos transformadores de un pleno acto de sujeto. Me interesa puntuar dos ejemplos de apropiación del escrache que merece nuestra atención ya que demuestra una manera de operar colectivamente ante la caída de la ley, que desmentiría la inexorabilidad de la vigencia de la ley del más fuerte. Las dos anécdotas me son comentadas por colegas. La primera se da en un asentamiento de La Matanza, donde viven muchos de los participantes de los últimos piquetes. Algunas mujeres se reunieron en una salita de salud, para charlar sobre un problema en común: sus maridos las golpean. Deciden que en caso de que vuelva a ocurrir con alguna de ellas, en primer lugar no llamar a la policía, en segundo lugar, avisar a las otras vecinas y en caso de no poder parar la situación, realizar un escrache al marido que la golpeó. El otro ejemplo es una propuesta de escrachar a la madre (que es la que tiene el respaldo jurídico y tiene la tenencia) que no deja que el padre vea a los hijos. Esta propuesta circuló hace poco en ANUPA (Asociación de Nuevos Padres), una red electrónica de padres que no pueden ver a sus hijos. Por lo que hemos podido estudiar en el caso de loa HIJOS, estos verdaderos actos instauran un cierto orden que nos interpela subjetivamente, ante la ausencia de una ley efectiva y nos obliga a repensar la articulación existente entre nuestra actividad profesional y el orden jurídico.

Apenas tenemos algunos indicadores que nos dicen si estamos en un rumbo correcto, al trabajar con estos agrupamientos. El desafío en el que nos hallamos es buscarlos en las situaciones de intervención propias de la clínica, en cuanto definimos a ésta como el trabajo con el sufrimiento que generan ciertas prácticas que disuelven sentidos e impiden su producción colectiva. Es posible que así podamos trabajar para una formulación autónoma de las reglas que organicen el agrupamiento, sin necesidad de apelar a una ley abstracta que ha quedado dislocada de quienes deben sostenerla.---