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- Katia
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- Katia se hace pis continuamente. La conozco
de sobra como para percibirla aún en sus hábitos
más íntimos. Mientras descargo el peso de bolsos
y mochilas en el sillón de cuero, imagino la escena que
ahora mismo está ocurriendo. Inventar el presente es una
forma de negarlo. La verdad es que preferiría ver las
cosas como son. No sea que me pase como a ese hombre que soñó
tanto con una flor ideal que, al toparse un día con una
rosa de verdad, la acusó de mentirosa, vulgar, traidora.
- Katia, ahora, está realmente sentada
en el inodoro. Al propósito o al descuido ha dejado la
puerta del baño semiabierta: lo que veo desde lejos es
apenas un rectángulo de luz. Unas rodillas. Busco, mientras
tanto, leña de secos abedules y enciendo un fuego. El
frío supera largamente al esfuerzo de las llamas. La casa
parece un burdel. Yo sigo viendo, como sin querer, el desnudo
perfil que asoma en el retrete. Hasta siento su olor. De repente
escucho el leve sonido de la orina cayendo finamente en lo oscuro.
- Imagino, porque no puedo ver detalles,
los muslos tenues, el pelo en declive, la entrepierna ligeramente
húmeda por el acto de indudable alivio. Por fin sale del
baño y se sorprende de verme así, como suspendido
en una idea abstracta.
- --¿Comemos?
- Le digo que sí mientras abro con
desgano una lata de sardinas, pelo unas batatas y renuevo té
en el samovar. Amo-te, le miento en portugués.
Es el momento en donde vuelve a producirse la vieja discusión.
Katia anuncia que no va a dormir conmigo esa noche. Me pide que
no lo tome a mal pero que está, son sus palabras, "agotada
por el viaje".
- Lo dice en ruso pero no conozco la fonética
exacta de la frase como para reproducirla en el idioma original.
Le recuerdo que hace un rato, bien pegada a mi cuerpo, se había
ofrecido con generosidad a mis caprichos de varón alzado.
- --Eso fue hace un rato--, masculla como
si respondiera a mis oscuros pensamientos. O como si escupiera
tabaco sin darle al caso demasiada importancia. Y tantea, al
pasar, una cuchara en el cajón lleno de corchos, puntas
de soga y otras rarezas propias de una casa que hace tiempo nadie
ordena o desordena.
- Nadie.
- La peor palabra.
- Me refugio entonces, con la cabeza confundida,
en el humo diluido de Olga y su vestido de flores pintadas. Ella,
supongo, no hubiera dudado. Pero el espectro ya se ha ido. Mejor
dicho: viene y se va. Es su forma de existir. Debo acostumbrarme
a esas visitas como los desconcertados astronautas que rondaban
el mar vivo de Solaris. Katia es preferible a la ausencia del
viento y de la nieve. Aún con su aliento de ramera fina,
con sus pies sucios, con sus nalgas resplandecientes, si bien
algo caídas.
- Hoy vivo, creo, sin fantasmas. Me apropio
al fin de un marco de referencia. Al menos tengo marco. En mis
notas subrayo al menos. Un vacío con borde, un cuadro
sin dibujos, sin tela, sin alambrecito para colgar. Todo podría
imprimirse en la invisible trama de los días. Lo que queda
es con lo que empiezo. Aunque por ahora -como dice Thomas Bernhard-
sólo dispongo de lo injusto.
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