Jardín de instantes

1/ Va a llover, ya está lloviendo, las gotas se destrozan con placer en el mosaico. Debo tener ocho años, a lo sumo diez. Descalzo, feroz,
empiezo a pegar saltos de indígena australiano. Sólo me faltan los tatuajes en la espalda y los tambores que llaman a la guerra. La guerra es un ruido muy lejano. Derivo por el patio hasta desembocar en el jardín. También la tortuga ha salido a corretear bajo la lluvia. Todavía el perro no tragó su cabeza. Todavía no murió mi padre. Y mi hermana (todavía) no se volvió loca. Adán y Eva no fueron expulsados. Mis hijos no nacieron. No conocí a esa mujer que luego olvidaría. No voy a llorar. Salto en alto, salto con los pies, triple salto mortal. Soy un maorí desacatado y sin moral. Me bajo el cierre del pantalón, orino contra el ligustro, aplasto con los pies unos cuantos caracoles, imito el gesto escurridizo de la iguana. Mamá, desde la puerta, agita sus brazos y me llama. Para que no me vea trepo al naranjo del fondo. Porque en el fondo todos somos buenos.
2/ Las espinas del tronco me lastiman. Y yo sigo colgado en la nada con las manos. Mientras subo siento en la cara el oscuro latigazo de las
ramas. Estoy llegando cada vez más alto. Aquí no van a descubrirme. Pronto voy a volar como un globo en el cielo gris. Abajo, muy abajo, se vive de recuerdos alegres. Aquí arriba no llueve y nadie ha muerto. Aquí no hay violaciones ni perros ni disparos. Debo estar pisando el paraíso sin saberlo. Mi madre se ha cansado de gritar: debe estar haciendo la revolución en algún lado. Un pájaro se ha posado en mi cabeza. Ahora es mi padre el que amenaza. Ya no hay nubes ni escaleras. Debo tener quince o veinte años. A lo sumo treinta. Mi hermana dio el último portazo y se fue. Una desconocida cuelga la ropa interior recién lavada. Después se sienta en un sillón de mimbre y lee con desgano. Puedo espiarla mientras se toca entre las piernas. Un hombre la besa con gesto de lagarto. Estoy mareado y solo. Mejor me duermo, mejor me callo, mejor me rindo.
3/ La casa de los muertos fue vendida al menudeo. El padre ya no está en la foto. La madre no recuerda nada. Alguien le pide peras al olmo (son deliciosas). La novia arroja el ramo a las estrellas. El jardinero ha enterrado su último plantín. La entrepierna de la dama todavía está mojada. La brisa ya es viento y el viento un temporal. Oscuramente vuelan por el cielo las hojas amarillas. La tortuga descansa en paz, los divinos hijos han nacido, Adán y Eva discuten por una cuenta sin pagar. Alguien enciende una fogata para apagar los ecos. Dan un poco de pena las cortinas, los libros consumiéndose de a poco, la mesa de roble convertida en súbita ceniza. Queda una marca de uñas en el tronco, una huella de zapato en el césped y un para siempre borroneado en un papel. Va a llover, ya está lloviendo, que el último apague la luz endemoniada.

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