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La isla
Agua rodeada de tierra. Juncos. Ramas quebradizas. El viento solar es hijo de la luna. Escucho voces que ensucian el aire. El aire es asombrosamente dulce. La brisa escribe poemas en el agua. No le gustan. Pero enseguida los vuelve a hacer y a deshacer como pañuelos de barro. Las garzas erizan la piel y los juncos se curvan hasta desaparecer. Ahora, desde la torre abandonada, soy un vigía de naufragios nocturnos. No hay barcos. Apenas un ahogado sin nombre que está bajo la tierra. La tierra es asombrosamente amarga. El cielo es un pozo. Quisiera hundirme bien adentro de sus piernas. El humo de su boca no quiebra el sosiego de las cañas. Los fantasmas no hablan. Pero conversé a veces con lagartos extraviados. La isla. Burbuja de silencio en el desierto de los ruidos. Un sueño parecido a un pájaro nervioso. La noche copula con la selva. Y la selva ronca su placer entre las cañas. Las cañas también se doblan, también mueren. Las luces callan. Todo es nube. La noche es una reina con estrellas en el pelo. La isla. El fin del mundo no la incluye. Y ninguna parte de su cuerpo se cansa de existir. La tierra y el agua me rodean. La isla es un dios que vela por nosotros. |