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Inocencia
Por Victoria Larrosa
Se trata de una intuición,
de una percepción, se trata de un deseo: lo que urge es
la afimación de la vida, la afimación de la inocencia.
En clave nietzscheana, la inocencia define a las acciones productoras
de sentidos y valores nuevos que no tienen ninguna finalidad
preestablecida por estatutos trascendentes a la superficie en
la que vivimos, actuamos y pensamos.
La inocencia es a la vez un territorio a "ocupar sin medir"
y el modo de expresión temporal de lo efímero.
Se encarna en figuras que navegan construyendo puentes dispuestos
a desaparecer una vez transitados.
En Nietzsche, el niño.
En Deleuze todos los devenires minoritarios, mujer, niño,
imperceptible, devenir "como todo el mundo".
Para cada uno de nosotros, la gestación del estilo.
Habitamos un mundo en el que la desmesura de lo "demasiado
humano" impotentiza el encuentro con la diferencia radical
que es la presencia del otro.
La destrucción del planeta, la llamada guerra por la paz
y el orden mundial, la apertura de una brecha gigante entre el
ansia de expansión ignorante, hoy tras el petróleo,
mañana...y los movimientos de resistencia expresados en
cada rincón de la tierra; la misma brecha que parece ganarle
cada vez más terreno al mar en nuestro país entre
el q.s.v.t. y un llamado a elecciones en el que la propuesta
más vital se presenta, reiteradamente, como la opción
por lo "menos nocivo", son sólo unos pocos ejemplos
que testimonian la vigencia de la voluntad de poder de negación
dirigiendo el tránsito de la vida colectiva.
Sus estrategias se direccionan hacia la homogeneización,
la parálisis, la anestesia y la rigidización de
las identificaciones determinadas de una vez y para siempre mediante
perfiles de puestos.
En este mundo TEG la subjetividad como producción parece
regularse según movimientos que trocan el dolor por heridas
cada vez más íntimas, a veces erotizadas, con las
que se predica que tenemos que aprender a convivir.
Son heridas interpretadas como el resultado previsible de organismos
sociales, familiares, religiosos, políticos, psíquicos
etc. Organismos e instituciones que al mantenerse escindidos
o con relaciones básicamente de uni o multideterminación,
generan la ilusión de ser eternos y naturales.
Causas reconocibles generan efectos predecibles.
Otra regulación apunta a direccionar ese mismo lugar asignado
en pos de ciertos triunfos, en donde el éxito se erige
en unidad de medida que valora y determina el sentido de las
acciones.
Se trata entonces de alcanzar las causas inamovibles del dolor,
reconocerlas como propias, casi como lo más propio que
puede tenerse en propiedad y/o alcanzar el horizonte del éxito
garantizado con mucho sacrificio o poco esfuerzo según
lugar asignado de raza, sexo, edad, clase social, sitio geográfico.
Ser idéntico en cada punto del trayecto al punto de partida
o consecuente con sus ramificaciones e implicaciones, calcar
sus prolongaciones en los cuerpos organismos y ellos sobre los
mismos cuerpos organismos, llegar en fin a la certeza de que
el lugar que ocupamos en el mundo tiene y nos da una razón
de ser.
Razones de ser.
Identidades.
Modos de una subjetividad capturada en formalizaciones que erotizando
el dolor, tanto como idealizando el "éxito",
reproducen sedentariamente binarismos letales.
El dolor como potencia, la alegría de lo efímero,
la experimentación como política de la libertad,
la sorpresa ante lo que pulsa, el respeto por lo que vibra, quedan
relegados a ser velocidades inadecuadas, impertinentes, en un
mundo ocupado en deshacer tejidos consistentes.
Tal vez lo sean.
El asunto es abrirles un lugar y un tiempo en el que puedan resonar
en desiertos mundanos hambrientos de tribus ligeras.
Porque sucede que entre las líneas afiladas de los diagnósticos,
pronósticos y tratamientos, en las distintas capas ojaldradas
de este agenciamiento, hay un mundo poblado de otras intensidades
que, poco dispuesto al aplastamiento de su potencia, clama más
que por buscar razones de ser, por darle la bienvenida siempre
a la inocencia del devenir.
No otro mundo, sino las fuerzas anudadas a su poder de transvalorar
lo filoso del borde por un Afuera que consiste en la sonoridad
de todo lo que vive.
De la amenaza de caída del mundo de todos aquellos o todo
aquello que no se formalice según este régimen
a una invitación a "seguir".
Seguir es para Deleuze y Guattari una actitud científica
que refiere a la diferencia en la repetición de las singularidades
de la materia.
Asi, la producción de subjetividad desatada de regulaciones
identitarias y utilitarias despliega su nombre propio.
La potencia de las resistencias radica en la creación
de trayectos que se definen por la inclusión de pensamientos,
acciones, sentimientos, valores, estéticas y políticas
que no suponen puntos de partidas ni objetivos a alcanzar que
detengan su velocidad estableciendo patrones de medida trascendentes
y universales.
Son resistencias e insistencias vitales que no se confunden con
modos reactivos, son reactivaciones que no hallan correspondencias
de opuestos ni modelos.
La subjetividad como producción no es ni secundaria ni
primaria respecto del mundo, es una máquina más
que debe su existencia a la conexión con otras.
Desde esta perspectiva la práctica clínica se asume
como una experiencia estética, como una instalación
artística que a partir de proporcionar un mínimo
de organización invite al destello de las singularidades
a afirmar su potencia efímera.
"Lo múltiple hay que hacerlo a fuerza de sobriedad...n-1",
nos advierten en Mil Mesetas.
Se escucha con insistencia que la práctica clínica
debe abrir paso a la dimensión de lo social, como si no
existiera en virtud de un socius que le da existencia y la legitima,
como si la subjetividad fuera la interioridad que a lo sumo agrega
una dimensión colectiva, como si lo social existiera sin
una subjetividad que desea.
Nomadizar la subjetividad, estetizar la experiencia, generar
en el encuentro con el otro mínimos soportes que permitan
el advenimiento de la desrostrificación, es lo que me
convoca en el trabajo terapéutico.
Tarea simultanea a una desidentificación profesional que
apunta a hacer del máximo extensivo de la teoría,
un mínimo intensivo.
Es preciso abandonar la ilusión de los tecnicismos que,
sostenidos en organismos conceptuales, reeditan en cada encuentro
clínico un interior subjetivo y un exterior social.
Afirmar la inocencia en el trabajo terapéutico, pasará,
entre otros trayectos, por la artesanía de generar cuerpos
teóricos poéticos, urbanos, literarios, prácticos,
cuerpos teóricos como espacios públicos.
Cualquier escrito, cualquier práctica por más "bienintencionada"
que sea, corre el riesgo de ser tomada como un manual.
De cualquier material se pueden instituir escuelas, corrientes,
ismos. En este sentido la práctica llamada esquizoanalítica
o pragmática no constituye una excepción.
Supongo, deseo, intuyo, que se trata de seguir.
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