Palabras, grafía y subjetividad

Por Gabriel Eira

gabrieleira@yahoo.com

 

1-. BLUDE RUNNER

Cuando, recientemente, el constante ronroneo de la parafernalia mediática logró entonar una melodía coral en torno a la impactante noticia de la clonación exitosa de una oveja en el Reino Unido, en nuestro país surgió un animado contrapunto que se erigió como respuesta inmediata ante el logro de los biólogos británicos. El pivote de este canto a varias voces, confundidas en el calor de una discusión demasiado similar al asesinato que de dicho arte hacen nuestros peores payadores, se constituyó a partir de dos categorías: la bioética y el horror.

Es que la gente estaba asustada. Y no era para menos. En los intersticios de la imaginería popular volvió a proyectarse lo que tal vez haya sido la escena más conmovedora de Blade Runner: el clon asistiendo a sus últimos instantes mientras sujeta una paloma en sus manos, la cual abandonará a su captor en el segundo en el que a éste lo abandona la vida.

Y se sucedieron las imágenes terroríficas. Imitando el estilo de las pesadillas orwelianas, cada ciudadano se transformó en una suerte de escritor de anticipación apocalíptica; se predijeron ejércitos de trabajadores subhumanos, laboratorios atestados de indefinidos mutantes, batallones de arios amenazando al mundo desde las bases nazis en la Antártida... Los más intelectuales recordaban al "Mundo Feliz" de Aldous Huxley, los más tradicionalistas a la obra maestra de Mary Shelley. Se ha dicho, no sin razón, que la Ciencia Ficción habla más de los miedos del presente que de las posibilidades del futuro. Esto es un ejemplo de ello. Si bien algo de acierto -tal vez mucho- hay en los temores del colectivo ante la manipulación genética, lo más curioso no fue este género de epifanía apocalíptica, sino lo que ocurrió a continuación.

El show bussiness californiano produjo una comedia light protagonizada por Michael Keaton y conocida en nuestros video-clubes por el significativo título de "Mis otros Yo". La anécdota es simple: un contratista sobreocupado recurre a los servicios de un laboratorio especializado en clonación para acceder a la utopía de la localización múltiple, de este modo el personaje podría disponer de tiempo para atender a su familia y dedicarse al golf. Lo demás no deja de ser el típico argumento de la comedia de enredos norteamericana.

Más allá de la buena o mala calidad del film, lo valioso del mismo es que da cuenta de una interrogante que ha generado múltiples polémicas en torno a la naturaleza humana: ¿biología es destino?. Se me ocurre una sola respuesta posible; si y no. Lo curioso es que el tema de la clonación haya desplegado nuestras fantasías en torno a la posibilidad de auto-duplicarnos cuando sabemos, desde hace ya tiempo, que esto no es posible.

Y no lo es por una sencilla razón. En la medida en que "avanzamos" en la escala evolutiva la información genética, en tanto determinante del accionar vital, pierde protagonismo en beneficio del medio. Es decir, el "afuera" del organismo va cobrando mayor importancia en la constitución del mismo en la medida en que éste se va haciendo más complejo.

Si hay algo difícil de poner en duda, esto es la complejidad del animal humano. Y en éste aparece una dimensión múltiple y compleja que no es posible localizar en el genotipo. Un diagrama móvil y significativamente determinante al que los antropólogos han acordado en llamar "Cultura". Es esta variante la que imposibilita la duplicación clónica del sujeto humano. Porque aún cuando la ingeniería genética logre duplicar un organismo éste sería un nuevo sujeto, que difiere absolutamente de aquel del cual proviene, ya que las experiencias vitales -inmersas en la complejidad de la cultura- del organismo matriz desaparecerían en la propia acción de la duplicación, generando una nueva "historia vital" constituyente del nuevo sujeto. Una "historia vital" constituida también en los intersticios y múltiples conexiones de una historia colectiva.

 

2-. CULTURA Y PROTOCULTURA

 

No hay nada, en el universo de los accionares de la vida de un animal, que ese encuentre absolutamente libre de la programación genética. Todas las capacidades de los organismos vivos se encuentran, de alguna manera, previstas ya en la compleja combinatoria de los ácidos nucleicos. Sin embargo, constituye una inocentada biologicista el pensar que esto es suficiente. En la medida en que vamos abandonando el universo de las bacterias y las amebas para trasladarnos a los mamíferos hasta llegar a los primates, se hace evidente que cuanto más complejo es un organismo más depende éste del aprendizaje para resolver los problemas que la vida le presenta. Es que la genética explica la diagramática de los circuitos nerviosos, sus capacidades, pero no el contenido. Cuanto más complejo es un organismo, sus estrategias de sobrevivencia implican accionares más complejos que dependen, ineludiblemente, de aquello que haya logrado aprender de su propia experiencia. No existe información genética específica que explique todas las opciones a las que se enfrentan los primates superiores (y dentro de ellos el Hombre). Si bien las capacidades y predisposiciones biológicas constituyen un punto de partida, el resto de la ruta se irá constituyendo a partir del propio tránsito, que en el animal humano se irá mojoneando a partir de las imposiciones de la cultura.

La mayor parte de los primates, y todos los homínidos, han aprendido a arreglárselas frente a la vida siguiendo el ejemplo de sus compañeros de grupo, fundamentalmente de sus mayores. Esto significa que estos organismos han podido hacer uso de un sencillo repertorio de técnicas transmitidas de generación en generación a partir de la interacción con sus congéneres, viendo cómo hacían las cosas sus padres y compañeros, y no a partir de la herencia genética. Esta forma particular de transmisión de estrategias de sobrevivencia, una suerte de "tradición" rudimentaria, es lo que los antropólogos han convenido en denominar "protoculturas". La diferencia fundamental entre éstas y las culturas desarrolladas radica simplemente en un coeficiente cuantitativo. Primates y homínidos poseen unas pocas tradiciones rudimentarias, el Homo Sapiens en cambio posee una multiplicidad casi infinita y -esto es lo más significativo- en constante proceso de cambio. A diferencia de sus primos más cercanos, el Hombre no puede enfrentar sus más simples actividades cotidianas (dormir, alimentarse, defecar, procrear...) prescindiendo de la programación cultural. La cultura, en tanto estrategia de sobrevivencia específica, constituye una variante fundamental a la hora de comprender la naturaleza del animal humano.

Nuestra especie lleva habitando el planeta poco más de 100 000 años, apenas unos segundos en la historia de la vida en la Tierra. En tan breve plazo ha pasado del vagabundeo nómada de la Edad de Piedra a contaminar toda la superficie del planeta con la basura tecnológica de las sociedades post-industriales de la actualidad. Nuestro antepasado más cercano (el Homo Erectus) dispuso de 1 300 000 años de existencia antes de la aparición del Sapiens. Mas de diez veces el lapso en el que nosotros hemos modificada radicalmente nuestro entorno. Da vértigo pensar en lo que podría llegar a pasar si dispusiéramos sólo de la mitad de ese tiempo hacia el futuro. Pero a pesar de contar con una capacidad craneana apenas inferior a la nuestra, el modo de vida del Erectus durante tan extenso lapso ha sido increíblemente el mismo. Al igual que un más reciente primo homínido, el Neadertal (cuya capacidad craneana era idéntica a la nuestra), el Erectus nunca logró pasar de la protocultura a la cultura plenamente dicha, motivo por el cual sus técnicas de sobrevida continuaron inconcebiblemente estancadas.

La causa de todo esto radica en un pequeño dispositivo orgánico localizado entre la laringe y la boca: la faringe. Este pequeño ingenio hace posible que las vocales i, e, y u (presentes en todas las lenguas humanas) sean posibles. Las mediciones de la base del cráneo, tanto del Erectus como del Neadertal, hacen suponer que sus órganos vocales carecían de faringe. Esto nos lleva a formular una hipótesis que, aunque aventurada, se hace imposible eludir: el despegue cultural de nuestros ilustres antepasados no pudo llegar a producirse porque su biología ha dificultado en extremo que se desplegara un paso previo ineludible a la cultura: el despegue lingüístico.

 

3-. CUANDO LOS MONOS HABLAN

 

Enseñar a hablar a los chimpancés, nuestros primos contemporáneos más cercanos, parece una tarea estéril, cuando no onanista. Sin embargo a ello se han dedicado, infructuosamente, Keith y Cathy Haynes con un ejemplar llamado Viki. Luego de seis años de esfuerzo sólo lograron hacer salir de sus labios (y bastante mal articuladas) cuatro palabras: "ma" (mamá), "pa" (papá), "cup" (taza) y "up" (arriba). Sin embargo, los chimpancés poseen una protocultura relativamente desarrollada. Con la emisión de un reducido número de sonidos, y el ejercicio de una algo mayor batería de gestos, ellos consiguen interactuar lo suficiente como para transmitirse todas las experiencias necesarias para la sobrevivencia. Pero carecen de nombres entre ellos, no pueden transmitir (y mucho menos producir) ideas abstractas, no pueden decirse lo que han hecho sin ser vistos ni preguntar por objetos concretos si éstos no están a la vista. La experiencia de los Haynes estaba destinada a estudiar la evolución de la "inteligencia" de los simios a partir de la adquisición de un lenguaje más complejo. Pero se olvidaron de un detalle fundamental: los chimpancés carecen de faringe, de modo que muy difícilmente podrían aprender a hablar.

A partir de 1966, y teniendo presente el asunto de la faringe, Allen y Beatrice Gardner comenzaron a trabajar a partir de la utilización de signos visuales (en lugar de auditivos) para enseñar a los simios a entablar un sistema complejo de comunicación: en cuatro años un chimpancé llamado Washoe adquirió un sistema de 160 signos que utilizaba en múltiples combinatorias para producir frases altamente complejas. Los resultados de la experiencia, posteriormente trasladada a otros ejemplares, fueron espectaculares. A preguntas abstractas los primates respondían de forma asombrosamente compleja. Ejemplo: "¿A que se parece una manzana?", "roja, redonda, menos apetecible que las uvas". Pero lo más extraordinario fue observar cómo los chimpancés adiestrados pueden enseñar a los no adiestrados este lenguaje visual sin mediación humana, y utilizar dicha técnica para comunicarse entre sí. Si bien la aptitud de los monos nunca superó la de un niño de tres años (y se iba perdiendo con el paso de las generaciones), la experiencia ha ilustrado (por si hacía falta) sobre la importancia del despegue lingüístico en el paso de la protocultura a la cultura. En algún momento de nuestra evolución como especie, nuestro lenguaje debió ser tan rudimentario como el utilizado en estas experiencias de laboratorio, pero en la medida en que nos fuimos haciendo más dependientes de los bienes y servicios generados a partir del colectivo que nos rodeaba, los gestos y sonidos fueron aumentando proporcionalmente hasta propiciar el despegue lingüístico que hizo factible la cultura.

 

4-. LENGUA Y SUBJETIVIDAD

 

El despegue lingüístico fue la emergencia de una tecnología fundamental para el animal humano. Sus estrategias de vida no sólo había superado la información genética a partir del aprendizaje que los sujetos hacían desde del ejemplo de sus congéneres, sino que pasaron a ser enriquecidas a partir de la disposición de un recurso que permitía la transmisión de los conocimientos adquiridos, de generación en generación. La constitución de un lenguaje complejo posibilitó la producción de entidades abstractas destinadas a mejorar lo aprendido y transmitir dichas mejoras a las posteriores generaciones, las cuales -a su vez- podrían operar sobre las mismas para adecuarlas a sus propias necesidades. Se inauguró así un nuevo tipo de programación -y base de datos- localizada en una suerte de universo virtual: la cultura.

Es que el animal humano aprendió a pensar en forma de construcción lingüística. La lengua, entonces, más que ser el vehículo del pensamiento se construyó como pensamiento mismo. La lógica gramatical, las lógicas de sentido inherentes a la palabra, pasaron a diagramar el pensar de manera tal que lengua y pensamiento pasaron a ser dos dimensiones de un mismo fenómeno. Es por ello que no me canso de decir que el hablante, lejos de hablar, es hablado por aquello que pretende decir.

Este dispositivo no sólo posibilitó la transmisión de conocimientos de una generación a otra, sino la producción de los mismos. Y con ello la constitución de formas específicas de existencia, modos de ver, de pensar y pensarse, hermenéuticas... En definitiva: subjetividad.

Pero, como es evidente, la producción lingüística no es nada más -ni nada menos- que un fenómeno colectivo y, por ende, una multiplicidad móvil inserta en el diagrama social-histórico por el cual la misma transita. En tal sentido, al hablar de subjetividad debemos evitar la simplificación facilonga de aplicar esta categoría al "ser y sentir" de un sujeto en particular. La subjetividad lejos de inclinar la balanza a favor de uno de los dos términos del binomio Sujeto-Objeto ("ser subjetivo") los transciende. Dicha categoría instrumenta el estallido de la frontera entre un "adentro" constituido por el Sujeto, y un "afuera" constituido por el Objeto. Porque, parafraseando a De Brasi, ¿quién define al Objeto sino el Sujeto que lo nomina como un no-yo?. No por obvio resulta innecesario redundar en el asunto; subjetividad implica colectivo, por ello no es aplicable a un sujeto en particular. No puedo hablar de "mi" subjetividad sino de las formas de subjetividad en las que esa singularidad a la que denomino "yo" se inscribe.

En palabras de Michel Foucault: "la subjetividad es un pliegue del afuera en el adentro". Es decir, la trama múltiple de un colectivo social-histórico que se pliega para conformar esa singularidad a la que llamamos sujeto humano.

En el despliegue de las formas de existencia, la palabra ocupa un lugar estratégico. En tanto dispositivo fundante, ésta ocupa un lugar privilegiado a la hora de diagramar los vectores de la subjetividad. Es a partir de ella que el Hombre crea y define los límites de la realidad y, al hacerlo, constituye las lógicas de su existencia. Hablamos, entonces, de un orden tecnológico a partir del cual creamos nuestro mundo. Cuando nuestra especie comenzó a hablar, agenció un dispositivo que posibilitó la territorialización de la cultura, espacio (tan abstracto como concreto) a partir del cual se inició el proceso de permanentes cambios y dis-rupciones tecnológicas que nos ha caracterizado como género.

 

5-. DISPOSITIVO Y SUBJETIVIDAD

 

Un dispositivo es aquello que se dispone para obtener un resultado. Proveniente de la voz latina disponere (colocar), al hablar de dispositivo nos referimos a la instrumentación de una serie de acciones destinadas a lograr algo. Dicho de otra manera: un despliegue de técnicas montado con un objetivo y, en definitiva, orientado a la producción de ciertos efectos.

Ahora bien, en la discriminación entre objetivos y efectos es donde se encuentra el mayor valor instrumental de la categoría "dispositivo". A grandes rasgos, los objetivos se relacionan con un valor enunciatorio, quizá volitivo, son aquellas cosas que el dispositivo enuncia como meta. Los efectos, en cambio, son aquello que efectivamente se produce. Aunque los objetivos sean alcanzados (lo cual, como es obvio, no siempre sucede), los efectos superan ampliamente a los mismos. En este sentido, el objetivo se inscribe en un cierto orden de predecibilidad (al menos a un nivel discursivo) mientras que en razón del carácter múltiple, polivalente e incontrolable, del universo de los efectos, estos se relacionan mayoritariamente con el orden de la incertidumbre.

Es precisamente a partir de los efectos que un dispositivo materializa su existencia. Más allá de los objetivos que éste se plantee, su existencia como tal se funda a partir de la funcionalidad de sus efectos al orden tecnológico en el que éste se inscribe. Evidentemente, en razón de la naturaleza procesual (o sea, en permanente cambio) de las tecnologías humanas, los efectos deben acompañar al movimiento de los territorios sobre los que transitan. Es por ello que el dispositivo debe ser lo suficientemente dinámico como para permitir que sus producciones sean funcionales al campo que lo justifica, de otra manera queda condenado a la extinción como tal.

Consecuentemente, estos ingenios son construcciones socio-históricas que obedecen a las demandas de la trama colectiva del mismo. Es ésta la cualidad a la que se hace necesario atender a la hora de comprender su papel en las formas de existencia del animal humano.

Foucault ha dedicado tres tomos de su bibliografía a estudiar el papel de la sexualidad, en tanto dispositivo, en la subjetividad del hombre occidental. Pero tal vez el trabajo suyo en el que aparecen más crudamente las relaciones entre los dispositivos y el colectivo social sea "Vigilar y Castigar". La deconstrucción que el filósofo francés ha hecho del dispositivo Panóptico ilustra claramente sobre el lugar privilegiado que este ha ocupado en nuestras sociedades. Al punto tal que la tecnología hegemónica (la disciplina) que le da sentido, lo ha llevado a nominar como "Sociedades Disciplinarias" a aquellas que suceden a la Revolución Francesa y a las que hoy asistimos a sus últimos momentos. Es que el efecto fundamental de todo dispositivo se puede resumir en una sola frase: son responsables de la diagramación de formas específicas de subjetividad.

La evolución del animal humano ha determinado que sus formas de situarse frente a las cosas, la manera en que éste se las arregla para enfrentar los problemas de la vida (lo dicho no es más que otro modo de referirse a la subjetividad), trasciendan a la programación genética y accedan al mundo de lo que puede llegar a ser denominado como "programación cultural". A las formas en que esta "programación" llega a materializarse o, dicho de otro modo, a los complejos despliegues técnicos mediante los cuales se diagraman los modos de existencia de un colectivo, hemos convenido en llamarlas "dispositivos".

Me referiré, a continuación, a ciertos dispositivos tecnológicos que también se constituyen en formas paradigmáticas del pensar de nuestra cultura.

 

6-. ESCRITURA, MONUMENTALIDAD Y TEXTO

 

a) Las ciudades del Edén

 

El Estado, o las formas de Estado, más arcaico que la arqueología ha identificado, ha sido localizado en la semi-isla mesopotámica delimitada por el Tigris y el Eufrates, en lo que en aquel entonces era un edén de riqueza natural ilimitada (tal vez el mito del Paraíso Terrenal provenga de este punto). Los pueblos que habitaban estas tierras (entre el 5000 y el 2000 AC) se llamaban a sí mismos "sumerios", y se nucleaban en ciudades-estado cuyos nombres posteriormente se transformaron en sinónimos de leyenda: Ur, Nínive, Uruk, Eridú, Samarra, Lagash, Nippur...

El agenciamiento de una tecnología específica, la agricultura, derivó en una forma de existencia particular que ha ido desplazando a las que le precedían hasta transformarla hoy en el paradigma de la civilización: la sedentaridad. Mucho se ha dicho sobre el Ser Sedentario y sobre el Estar Siendo del nómada (vale acudir a la obra de Deleuze y Guattari para profundizar en el tema), pero por ahora prefiero referirme a cierto dispositivo técnico que comenzó a desplegarse como corolario del sedentarismo y -fundamentalmente- de una forma concreta de sedentaridad: el Estado.

Alrededor del 5000 AC, a medida que los rebaños de cabras y ovejas (así como la cosechas de cereales; trigo y cebada) comenzaron a crecer, los granjeros empezaron a mantener el control de los animales con pictogramas en los que se graficaba la cabeza (por ejemplo) de una cabra con un conjunto de hoyos perforados a la derecha de la misma. De este modo registraban el número de animales a su cuidado. Posteriormente la invención pasó a complejisarse deviniendo en bulas. Las mismas consistían en bolas de arcilla utilizadas para realizar transacciones comerciales: los mercaderes presionaban (hasta dejarlas dentro) fichas de piedra sobre la superficie blanda de la arcilla y la dejaban secar, en caso de disputa la bula podía ser quebrada para observar la cantidad de fichas que había adentro. Hacia el 3300 AC esto se había transformado en un primitivo sistema de escritura que alcanzó su madurez en la escritura cuneiforme, entre el 3000 y el 2500 AC. Originada como técnica administrativa, los gobernantes de Summer (así como sus colegas del Egipto faraónico) no tardaron en comprender el valor político de la escritura. Y es desde entonces que éste dispositivo ha ido diagramando progresivamente nuestra subjetividad, durante casi 5 milenios, hasta alcanzar su máxima potencialidad a partir de la invención de Gütemberg. Es que más allá de su cualidad registral, más allá de multiplicar el valor de transmisión, que el lenguaje oral ya poseía (como hemos visto) hasta límites insospechados, la escritura contribuyó a transformar el discurso en monumento lo que, como veremos, hacía de ella una extraordinaria arma política.

 

c) Discurso, grafía y monumentalidad

 

El discurso no es más que una máquina productora de sentidos, el responsable de clasificar los hechos en un ordenamiento lógico para transformarlos, así, en acontecimientos.

En otras palabras: un hecho se transforma en acontecimiento cuando es capturado por una lógica de sentido que lo ubica en el interior de su diagrama; al accionar lingüístico que se ocupa de ello lo llamamos discurso.

El monumento (latín: monumentum) es lo que conmemora un hecho del pasado. Lo cual no es más que otra forma de decir que es aquello que recupera al pasado como acontecimiento. Esta recuperación (o captura) no se hace más que a partir de las lógicas de sentido del presente: quien conmemora lo hace desde sus necesidades identitarias, aquello recuperado es lo que -de alguna manera- se identifica con aquello el memorioso considera fundante en la línea de acontecimientos que explican su presente.

Ahora bien, el monumento (fetiche pragmático con el que construimos a nuestros muertos más queridos) se erige como lápida que sepulta los procesos ancestrales tras la inamovilidad de una lógica de sentido específica. El monumento, entonces, captura los hechos del pasado en una linealidad de sentido, por lo que lejos de describir la historia, la inventa y -al hacerlo- la detiene.

Pero sucede que el monumento, en tanto paradigmática construcción fetichista del animal sedentario, por el hecho de estar allí se constituye en una realidad fáctica inapelable: es visible, palpable, inmóvil. Lo cual lo transforma en el arma más efectiva de la quietud: auxiliar ineludible de las míticas del animal urbano. El monumento conmemora aquello que el hombre quiere creer acerca de su propio pasado.

Y es la escritura la que ha colaborado con la transformación del discurso político en un monumento. Entendámosnos: en la vieja Summer (como en la mayoría de las sociedades que precedieron a la imprenta) la actividad del escriba se relacionaba con un mundo mágico. Tanto a partir del servicio que cumplían para sus gobernantes, como del hecho de constituir una pequeña casta conocedora de técnicas misteriosas, los escribas eran para el común de la gente algo similar a los magos: podían hacer hablar a las cosas (piedras, tablillas, papiros...), y hacer que éstas les transmitieran palabras de antepasados perdidos entre las nubes del tiempo. Poseían, también, el secreto de transmitir mensajes hacia ignotos descendientes que habitarían la inmensidad del futuro. La escritura, entonces, no era más que una forma particular de magia: una muy poderosa. Y por todo ello un monumento, un registro probatorio de la veracidad de lo que ya se ha dicho, y un poderoso legitimador de sus lógicas de sentido.

En sus inicios, Summer se embarcó en la aventura de la escritura ante una necesidad específica del Estado: registrar cosechas, animales, transacciones. Poco después, en Egipto, la escritura jeroglífico (heredera de la cuneiforme, aunque posteriormente desarrollada por otro camino) surgió también ante una necesidad de registro: las periódicas crecidas del Nilo barrían con los límites de los terrenos, por le que se imponía algún dispositivo que diera cuenta de éstos cuando bajaran las aguas (fue también este tema el que los impulsó a crear la geometría). En ambos casos la escritura se impuso por una asignación administrativa, venía a colaborar con el ejercicio de la gobernabilidad. Lo escrito, volvía a traer aquello que se había perdido bajo el empuje de las aguas o tras la "amnesia" de los mercaderes. Un recordatorio; la escritura con-memora, documenta aquello que fue y que, por haber sido, se perdió. Proporciona el modelo de un pasado que posibilita la re-creación del mismo para satisfacer las demandas del presente. En dos palabras: un monumento.

El carácter monumental de la escritura, mas efectiva y resistente que la polisemia de la mayoría de las megaconstrucciones arquitectónicas, no tardó en ser percibido por el aparato político. Fue entonces que pasó a registrar las épicas legitimadoras de los gobernantes, así como la mítica fantástica de los teócratas: un formidable artefacto propagandístico, legitimador del presente a partir de la construcción del pasado; un pasado que se proyecta, desde el hoy, hacia el futuro al que se desea acceder. De este modo se construyó la materialización gráfica de los decires de un orden político, legitimada en la monumentalización de aquello que el presente impone como pasado. Es que toda historia, como ya lo ha dicho Benedetto Croce, es historia contemporánea, en el sentido de que por más alejados que estén en el tiempo los acontecimientos relatados, éstos acontecimientos se ligan, por efecto de las lógicas de sentido, a las situaciones presentes en las cuales esos acontecimientos tienen un valor. Fue Heidegger quien radicalizó la idea, hasta llegar a afirmar que la historia no sólo es la proyección del presente en el pasado sino también la proyección de la parte más imaginaria de su presente llevada hacia el pasado y proyectada hacia el futuro que se ha escogido. En definitiva, el arte de la historia es el arte de ficcionar: narrativa. La escritura proporcionó a esta narrativa la posibilidad de una materialización en un monumento que, al conmemorarla, accedió a un nuevo orden de legitimidad. De este modo, el gobernante pasó a construir su pasado de acuerdo su status presente y sus ambiciones hacia el futuro y, por medio de la escritura, logró potenciar los efectos de su legitimidad.

A modo de ejemplo, el mito de creación de Summer (val recordar: un orden político urbano, sustentado en la diagramática de las ciudades-estado) define los inicios del mundo de una manera muy particular. Para ellos en el principio era Eridú (la ciudad primigenia), a diferencia del Edén, paraíso primitivo de las religiones reveladas. Cuando los sumerios miraban hacia atrás, hacia el inicio del tiempo, no veían un jardín sino una ciudad, a partir de la cual se creó el mundo y, en él, nuevas ciudades que originarían nuevas creaciones. Estas ciudades serían propiedad (y creación) personal de dioses que delegaban su divinidad en la casta sacerdotal y en el señorío de los gobernantes. Las marcas cuneiformes de las tablillas (datadas aproximadamente en el 2000 AC) son claras al respecto: "No había crecido una caña, no se había creado un árbol, no se había construido una casa, todas las tierras eran mar, entonces se creó Eridú".

 

c) El Texto

 

Pero la magia de la escritura implica, necesariamente, la magia de la lectura. Y la lectura inauguró un orden de espejismos aún vigente en nuestros días. Aprendimos a pensar que lo escrito tiene un sentido por sí mismo, que las manchas de tinta sobre un papel (o en el caso de Summer: las cuñas sobre una tabla de arcilla), poseen su propio sentido y que la tarea del lector consiste simplemente en acceder a él. Así como los campesinos creían que los escribas podían hacer hablar a las piedras (y comprenderlas), nosotros hemos aprendido a creer que el sentido del texto está en el texto, y que nuestra tarea es encontrarlo.

Resulta difícil rebatir este punto ya que, como vector fundante en la diagramática de la subjetividad sobre la que transitamos, lo hemos naturalizado de tal modo que no se hace verosímil otra posibilidad.

Pero sucede que el sentido se produce en el contacto entre texto y lector. No está, sino que se produce. Y esto no sucede ni en el texto ni en quien lo lee, sino en el espacio virtual del "entre", en la propia dinámica del vínculo que se establece. Pero hemos aprendido a ver las cosas de otra manera, y esto también tiene su historia. Hemos buceado en ciertos acontecimientos arcaicos que nuestro presente ha seleccionado como antecedentes de nuestras lógicas de sentido, pasemos -ahora y progresivamente-

a una historia más cercana.

 

7-. LA BIBLIA Y EL LIBRO DE LOS LIBROS

 

Los Evangelios fueron escritos mucho después de la fecha en que efectivamente sucedieron los acontecimientos que relatan. Y no lo fueron por los testigos presenciales de los hechos en Palestina, sino por otros que vivieron mucho después que éstos fallecieran (hacia la segunda mitad del siglo II, recopilados por Marción, creador del primer Nuevo Testamento). Es más, los escritos más antiguos de nuestro Nuevo Testamento no son los Evangelios sino las epístolas de Pablo, que los contradicen en varios puntos.

Sin embargo, en razón de la estrategia política que la institución eclesiástica se impuso, y en razón de sangrientas rivalidades internas en búsqueda de la hegemonía, un libro que no resultó mas que de la recopilación de ciertas versiones (que encuadraron con la correlación de fuerzas resultante) se ha transformado más que en un libro fundamental para nuestra cultura en El Libro: La Biblia (griego: biblíon, libro), voz que desde el siglo XIV se ha impuesto para designar a la Sagrada Escritura. Hubo una compleja, y terrible, movida política al interior de la Iglesia caracterizada por la victoria de ciertas corrientes de opinión y la destrucción de aquellas menos afortunadas. Esta suerte de purga (hay toda una Historia Criminal -obsesivamente documentada- desarrollada sobre el tema, a cargo de

Karlheinz Deschner), impuso una ortodoxia (griego orthós; correcto, y doxa; opinión: opinión correcta = fé verdadera) absolutista caracterizada por la intolerancia y el combate a muerte de la disidencia. El dispositivo escritura había ya sido creado, faltaba apenas un toque para perfeccionarlo. Fue así que surgió la hermenéutica medieval, es decir, el arte de la interpretación del texto. Y no cualquier interpretación ni cualquier texto: la Interpretación Correcta (ortodoxa) de las Verdades únicas e inapelables presentes en la Palabra de Dios que habla desde El Libro (La Biblia). Es así como la Interpretatio Christiana deviene en Hermenéutica, la disciplina de la Verdad.

Así la Iglesia captura el sustantivo "Herejía", que designaba, para los autores clásicos, a cualquier corriente de opinión (sea ésta cual sea) y lo transforma en un adjetivo peyorativo. Era claro, la ortodoxia cristiana no se relacionaba con una opinión, sino con la Verdad, La Palabra de Dios. No se opina sobre la Verdad, no se cuestiona La Palabra, por ello "herejía" se instituye como descalificatoria, para designar a quienes se atreven a discutir la Doctrina.

Ahora bien, la oposición entre ortodoxia y herejía supone la existencia de una Verdad originaria y única que ha intentado ser contaminada por herejes de todas las épocas. Pero sucede que el cristianismo, en sus orígenes, distaba mucho de ser homogéneo; se trataba más bien de un conjunto de creencias y principios no muy bien articulados. Estos primeros cristianos incorporaron muchas, y muy distintas, tradiciones y formas. En la primera comunidad sabemos que ya había, al menos, una primera división: entre "hebraicos" (la Palabra es sólo para los circuncidados) y "helenizantes" (la Palabra es para la humanidad). Cuando surgió la nueva fé, ésta no era más que una secta judaica separada de la religión madre, la que posteriormente devino en varias comunidades enfrentadas entre sí.

Entre los años 160 y 180, en los que de acuerdo a la communis opinio surgió la Iglesia Católica, empezaron desde ya a surgir divisiones y partidos, cada uno de los cuales reclamaba su propia legitimidad. A comienzos del siglo III, el obispo Hipólito de Roma cita 32 sectas cristianas que hacia finales del siglo IV se habían multiplicado hasta llegar a 128 (más 28 "herejías" pre-institucionales) de acuerdo al testimonio del obispo Filastro, de Brescia.

Pero el dispositivo pasó a ser perfeccionado. El texto pasó a constituirse en El Texto (La Biblia), y los especialistas en la comprensión cabal de su sentido pasaron a ser los hermeneutas, agentes fanáticos de la Doctrina impuesta desde el Vaticano. Con la Reforma esto se modificó parcialmente, pero la forma específica de pararse frente a la palabra escrita (La Palabra escrita) continuó siendo esencialmente la misma: El Texto tiene la respuesta, su Verdad intrínseca, la tarea es interrogarlo hasta hacerla salir.

Esto pasó a diagramar no sólo nuestra forma de situarnos frente a la escritura, sino también las tecnologías a partir de las cuales nos relacionamos con el mundo. Cuando, en 1455, Gütemberg imprime la Biblia Mazarino (de 42 líneas), primer libro impreso de Occidente, da el paso fundacional de un nuevo tipo de Hombre, al que McLuhan ha designado, acertadamente, "hombre tipográfico". Es que el dispositivo escritura asume, desde entonces su máxima potenciabilidad. Con la progresiva "democratización" del arte de los escribas, es la tecnología con la que ellos se paraban frente a sus objetos la que pasa a diagramar las formas en que el colectivo social se posiciona frente a las cosas. El Universo pasa a ser percibido como un texto, la tarea de los investigadores -desde entonces-, ha sido la de los hermeneutas: interrogarlo hasta hacerle confesar cada una de sus Verdades definitivas.

En este diagrama, Newton fundó una ciencia de una vez y para siempre. Inapelable dogma de alcance universal, inauguró una nueva teología de leyes invariables donde todo era mecánicamente previsible, repetible y mensurable. Patriarca de nuestros modelos de conocimiento, generó una autoritaria casta sacerdotal amparada en el claustro del laboratorio, el mito de la ciencia positiva, y la lengua fundante de las matemáticas (considerada la koiné de todas las formas posibles de conocimiento). El abstracto substrato de la Verdad abandonó la -ya desprestigiada- metafísica para matrimoniarse con la legitimidad indiscutible de los hechos. De este modo, la Verdad (al igual que en la hermenéutica medieval) se configuró como un universo pre-existente a los hablantes que la conjugan. El Universo, insisto, pasó a ser un texto, y nosotros sus hermeneutas.

Todo comenzó con una bola de arcilla húmeda y unas fichas de piedra.

 

8-. LA DECADENCIA DEL HOMBRE TIPOGRAFICO

 

A las puertas del tercer milenio, se ha desplegado un despegue tecnológico tan fundamental como el despegue lingüístico, la frenética actividad de los escribas de Summer, o la fabulosa invención de Gütemberg. El hombre tipográfico cede su lugar ante una aldea planetaria que McLuhan no llegó a soñar.

El acelerado desarrollo de los medios audio-visuales da cuenta de nuevas territoriales, y nuevos ordenes de subjetividad, sobre cuyos efectos aún nos debemos un análisis. La irrupción de Internet y de la TV global satelizada inaugura un mundo virtual infinitamente múltiple posibilitando contactos multimedia intercontinentales en tiempo real. La textualidad es substituida por el imperio de la imagen y las tarjetas de audio.

Pero la tecnología binaria de los ordenadores, la comunicación instantánea y la polisaturación informativa de la red de redes no sólo instauran nuevos mediadores sino también nuevas formas concretas de existencia en las que el afuera es encerrado tras los barrotes de la seguridad privada, instituyendo así nuevos órdenes de exterioridad.

Mientras tanto, el cuarto mundo se multiplica, exhibiendo sus obscenas objeciones de la exclusión, desde las estaciones de Metro, los estacionamientos de los shoppings, los ghettos urbanos y las multitudes de refugiados.