El Gólem
Profesionalidad,
Estado y disciplina
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- Por Gabriel Eira
- gabrieleira@yahoo.com
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- Primera Ventana:
- El Gólem
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- En los tiempos de Rodolfo II de Habsburgo
(1576-1612), y por efecto de su influencia, Praga se encontraba
sometida a la jerarquización de las disciplinas iniciáticas,
entre las que destacaban la alquimia y la magia. Amigo de las
Artes y de las Ciencias, concebidas al modo de su época,
el emperador se caracterizó por un mecenazgo radical que
compensaba su mediocridad en otros asuntos de Estado. Dentro
del castillo, en un espacio conocido popularmente como la callejuela
dorada, habitaban -bajo su protección- magos, alquimistas
y cabalistas provenientes de toda Europa. El Imperio Alemán
había capturar, entre otros, a figuras tales como John
Dee y Edward Kelley, que desplegaban sus estudios y discusiones
desde el ágora y los laboratorios que a tales afectos
habían sido dispuestos en la residencia oficial.
- Entre los personajes de la callejuela
dorada destacaba quien, por aquel entonces, era considerado
uno de los cabalistas más respetados: el mítico
e inquietante rabí Lew. Los judíos de Praga contaban
una curiosa historia sobre él. Según ellos, el
rabino había logrado crear, gracias a sus conocimientos
sobre la Cábala, un autómata de barro al que dio
vida colocando sobre su frente un pergamino con la palabra hebrea
emeth (verdad). Cada viernes Lew borraba la primera letra
de la palabra para que en el pergamino se leyera meth
(muerte), de este modo el ser perdía sus propiedades vitales
y volvía a transformarse en una masa de barro.
- Pero un viernes Rabí Lew olvidó
borrar la letra del pergamino. Dicen que éste se encontraba
en la sinagoga leyendo el salmo 92 cuando un griterío
proveniente del exterior lo alertó sobre los desastres
que su criatura estaba haciendo en la judería. El ser
se había liberado de sus ataduras y había comenzado
a sacudir violentamente los cimientos de las casas. Luego de
una breve lucha, el cabalista logró trasformar la emeth
en meth para que el peligro deviniera nuevamente en un
inofensivo muñeco de barro. Sin inquietarse demasiado,
y atendiendo a que la lectura del salmo 92 se había interrumpido,
ordenó que el mismo se leyera por segunda vez. A partir
de esta historia se explica que aún hoy -y cada viernes-,
en la sinagoga Alt-Neu de la judería de Praga,
la lectura del salmo 92 (tópico corriente en la liturgia
hebrea) se repite dos veces de forma intencional.
- De acuerdo a esta tradición, los
restos de la criatura fueron ocultados en el desván de
la sinagoga. Se dice que varios años después el
rabino Ezequiel Landau subió al desván para ver
sus restos. Cuando bajó de allí prohibió
que nadie, en el futuro, volviera a entrar en la habitación.
De todos modos, y siempre de acuerdo a la leyenda, cada 33 años
el autómata se deja ver, fugazmente por las calles de
Praga.
- La tradición del gólem
(así es llamada la criatura) no es patrimonio de Praga.
Historias similares se han contado en las juderías de
toda Europa. La traducción más literal del vocablo
vendría a ser "sin forma". El proceso para crear
este autómata imitaría los primeros pasos de la
creación, aunque sin llegar a terminarla. De acuerdo al
Talmud, las primeras doce horas del primer día de Adán
habrían transcurrido de la siguiente forma: "en
la primera hora la tierra fue aglutinada; en la segunda se transformó
él en un gólem, una masa todavía informe;
en la tercera fueron estirados sus miembros; en la cuarta se
inspiró el alma; en la quinta se puso en pie; en la sexta
dio nombre (a todos los vivientes) ( ...) ". En función
de su cualidad de obra inacabada e imperfecta, el gólem
carece de alma. El cabalista sólo puede inspirar en él
un nephesh (una suerte de hálito vital), pero es
incapaz de dotarlo de espíritu. Así, el gólem
no podría acceder más que a un mínimo entendimiento,
el necesario para que pudiera realizar tareas sencillas y recibir
órdenes, de ahí su cualidad de autómata.
- Ahora bien, hay otra historia sobre el
gólem que me gustaría rescatar, ya que ella nos
proporciona la utilidad más específica, en tanto
metáfora, a los efectos de este trabajo. Decíamos
que tales criaturas no son patrimonio exclusivo de las tradiciones
judías de Praga. El gólem aparece en casi toda
Europa, aunque cobra particular protagonismo en el misticismo
jassídico de Europa oriental, fundamentalmente en Polonia.
En 1808 y en una nota para su periódico comunitario, Jakob
Grimm rescata una tradición judeo-polaca que se despliega
a partir de otra figura mítica: el rabí Chelm.
La historia parece ser la de otro rabino descuidado. Esta vez
el hombre dejó que su criatura creciera tanto que llegó
a sobrepasarlo en altura, de manera tal que no llegaba a su frente
para borrar la e de emeth. Asustado por lo que
podría llegar a pasar, Chelm decidió inventar una
estrategia para deshacerse de su gigante. Le ordenó que
quitara las botas como excusa para que el autómata dejara
accesible su frente. Este obedeció y así el rabino
logró borrar la letra de su frente; pero el gólem
se había vuelto tan grande que cuando la mole de barro
cayó ésta terminó aplastando al respetable
rabino.
- Suficiente, por el momento minimicemos
esta ventana y pasemos a otro tema, dejando este asunto del gólem
archivado en la memoria inmediata.
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- Segunda ventana:
- Estado(s)
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- El Estado (estado, del latín
statu), literalmente, no remite a otra cosa que al congelamiento
del ser o, dicho de otra manera, a una situación
específica del estar. En otras palabras: cada uno
de los sucesivos modos de estar siendo (o, simplemente, ser,
para las lenguas de raíz latina) es fotografiado tras
esta palabra. Dado un proceso determinado, el objeto del proceso
delimita, en un lapso concreto, un modo particular de ser que
le confiere cualidades que hacen posible su discriminación
de aquellos lapsos que le anteceden y aquellos que le suceden.
Así, cada estado se estructura en una suerte
de situación que lo consolida como tal, o sea, como cosa
sujeta a influencias y cambios de condición que inauguran
dominios particulares de exterioridad e interioridad.
- En este sentido, el estado pasa
a denominar un orden que se ha establecido como tal. Este establecimiento
consolida un estado de cosas (status quo) que, gracias
a la magia monumentalizadora (es decir, acción de con-memorar,
de traer a la memoria) del enunciado detiene el tiempo en un
formato delimitado que le confiere propiedades de cuerpo (corpus;
aquello que hiere los sentidos o, en términos foucaultianos,
todo aquello que puede afectar o ser afectado).
- El estado (o más, precisamente,
lo estado) se estructura como lo que es, y precisamente
por ello deviene en, o a partir de, un cuerpo. Así, tenemos
estado de salud, de gracia, y de pecado,
nominando estares que refieren a un patrón codificador
que se constituye como cuerpo (la salud, la virtud, la infracción).
Tenemos estado civil (referido a un cuerpo jurídico)
y tenemos estados de la materia (que refieren a cuerpos físicos):
sólido, líquido o gaseoso.
Todo estado, entonces, remite a uno de esos precisos modos
de estar que se inscriben en una sucesión de estados
posibles. Hasta aquí, el estado y el estadio
podrían concuvinarse en una sinonimia.
- Sin embargo hay un estado que trasciende
la naturaleza del estadio. De forma tal que conjuga la
expresión más concreta del animal sedentario. Y
es tanto así que consigue un nombre propio significado
por el uso de la mayúscula: el Estado, máximo
monumento erigido en memoria de la sedentaridad y las tecnologías
que le son propias. Tenemos, entonces, un modo de estar
de las sociedades (el Estado) que trasciende el corte
cronológico para instituirse en una organización
societaria -axiomáticamente lícita e inapelablemente
pragmática- que por efecto del despliegue de sucesivas
épicas legitimadoras, pretende universalizarse a partir
del divorcio de los procesos históricos que le han dado
sentido. De esta manera, el Estado se erige antes como
el modo de ser de nuestras sociedades que como uno de
los tantos modos de estar posibles. El estado (o
lo que ha devenido estado, ha estado y -por ello-
continúa estando) se configura en lo que tal vez
sea la figura más paradigmática del pensamiento
sedentario. Una suerte de procedimiento lingüístico
dispuesto para exorcizar el destino caótico de todo sistema
ordenado (¿aquello a lo que la segunda ley de la termodinámica
denomina entropía?). Pero vale recordar esta objeción:
en última instancia, el Estado no refiere a nada
más (ni a nada menos) que a un Estado de cosas (status
quo), a un orden establecido, y no a una naturalidad ontológica.
- A partir de estos procedimientos, el Estado
abandona su procedencia procesual para devenir en un cuerpo político
de carácter estructural. El "cuerpo político
de una nación" o, en forma más precisa
(ya que Estado Nacional es sólo una de las formas
posibles del Estado, consolidada a partir del nacionalismo
del siglo XIX), la "denominación las entidades
políticas soberanas sobre un determinado territorio, su
conjunto de organizaciones de gobierno y, por extensión,
su propia extensión territorial". Es así
como el Estado no adjetiva el modo de estar de un cuerpo
sino que deviene en un cuerpo gubernativo. La sinonimia se establece,
ahora, entre el Estado y un Cuerpo Político
específico. Dispongamos, nuevamente, de un enlace con
la Encarta: "La característica distintiva del
Estado moderno es la soberanía, reconocida tanto dentro
del propio Estado como por parte de los demás de que su
autoridad gubernativa es suprema." Así, el Estado
se instituye como soberano, como última autoridad
en un orden territorial determinado. Y esta autoridad suprema
se legitima, en la Modernidad, a partir de una fábula
fundante proveniente del Siglo de las Luces: el Contrato Social.
De allí que el formato jurídico que se ha dado
para definir "nuestro" Estado no pueda evadir
cierta connotación rousseauniana: "la asociación
política de todos sus habitantes".
- Pero el mito de Rousseau no es, no ha
sido, la única épica legitimadora del Estado
en tanto Cuerpo Político, sino tan sólo
una más. Tal vez la que ha consolidado un mayor coeficiente
de credibilidad en las sociedades post-renacentistas, pero no
siempre ha sido así y todo parece indicar que no lo seguirá
siendo por mucho tiempo (aunque éste es otro tema). Lo
que resulta indiscutible es la necesidad de una épica
que lo legitime, una suerte de mítica racionalizadora
que produzca la necesidad de gobernar y de ser gobernado, ya
que su naturaleza reside precisamente allí. El Estado,
entonces, se configura como la tecnología política
paradigmática del ser (o self) sedentario.
- Pasemos, ahora, a otra ventana.
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- Tercera ventana:
- Del igualitarismo a la Cleptocracia
-
- A la hora de localizar una posible procedencia
del Estado o, más precisamente, una lógica
de sentido que explicara porqué ciertas sociedades pasaron
a aceptar ser gobernadas desde esta forma política, Marvis
Harris recurre a la Antropología Cultural. Es así
como se remite a las llamadas "sociedades primitivas"
que han logrado sobrevivir hasta el siglo XX para estudiar cómo
estas se las arreglaban ante el surgimiento de sujetos que buscaban
imponer sus designios sobre la comunidad (la referencia más
concreta es la de los grupos de Papúa-Nueva Guinea). La
respuesta resultó ser muy simple: cuando aparecía
alguno de estos señores, y en la medida en que el territorio
así lo posibilitaba, la comunidad se limitaba a recoger
sus cosas e irse hacia otra parte, dejándolo en soledad
(o con aquellos que quisieran acompañarlo, los cuales
no eran demasiados) para administrar el territorio sobre el cual
quería imponer su autoridad.
- Es desde allí que establece una
serie de pasos sucesivos, relacionados con la limitación
territorial, la amenaza externa y los excedentes de alimentos,
que terminan con el establecimiento de los proto-estados y las
castas gubernativas que les son inherentes. Así, habría
un primer estadio constituido a partir de lazos de reciprocidad
sin especialización de funciones, caracterizado por poblaciones
de tamaño reducido (decenas), de territorialidad nómada,
cuya organización política podría tipificarse
como horda, y sin una estructura de liderazgo que vaya
más allá de la autoridad moral (sin poder de decisión
sobre el colectivo). Un segundo estadio comprendería
poblaciones algo mayores (centenas), mayoritariamente asentadas
(aunque no necesariamente y, en el caso de que así sea,
en no más de una aldea), con una estructura de liderazgo
sostenida en la figura del cabecilla o gran hombre
(el cual no poseería otra autoridad que el prestigio personal,
debiendo apelar al consenso y a su capacidad de seducción
a hora de tomar decisiones), sin especialización de funciones
y con una organización política a la que se tipifica
como tribu. El tercer estadio se constituye con poblaciones
numerosas (miles), predominantemente sedentarias (una o más
aldeas), con una estructura de liderazgo centralizada en torno
a la figura del gran jefe (de autoridad relativamente
indiscutible, sostenida en lazos de sangre), con cierta especialización
de funciones (aunque relativa) y con una organización
política tipificada como jefatura. El cuarto estadio
comprendería al Estado propiamente dicho e implicaría
grandes poblaciones sedentarizadas (desde decenas de miles),
con una clara estructura jerárquica, una clase gubernativa
de carácter piramidal y, ineludiblemente, una mítica
épica legitimadora cuya figura paradigmática podría
ser un modo de religión institucionalizada y funcional
a las instituciones del Estado. El pasaje entre cada uno
de estos estadios ha sido trabajo extensamente en la obra de
Harris, y excede el espacio disponible para este trabajo. De
todos modos, es recomendable remitirse al texto del antropólogo
materialista norteamericano para profundizar en ello.
- Para terminar con Harris, es bueno citar
dos condiciones que el autor establece como necesarias para que
el estadio-Estado se haga posible:
- "La población no sólo
tenía que ser numerosa (de unas 10 000 a 30 000 personas),
sino que también tenía que estar circunscrita,
esto es, estar confrontada a una falta de tierras no utilizadas
a las que pudiera huir la gente que no estaba dispuesta a soportar
impuestos, reclutamientos y órdenes. La circunscripción
no estaba sólo en función de la cantidad de territorio
disponible, sino que también dependía de la calidad
de los suelos y de los recursos naturales y de si los grupos
de refugiados podían mantenerse con un nivel de vida no
inferior, básicamente, del que cupiera esperar bajo sus
jefes opresores. Si las únicas salidas para una facción
disidente eran altas montañas, desiertos, selvas tropicales
u otros hábitats indeseables, ésta tendría
pocos incentivos para emigrar.
- La segunda condición estaba
relacionada con la naturaleza de los alimentos con los que había
que contribuir al almacén central de redistribución.
Cuando el depósito del jefe estaba lleno de tubérculos
perecederos como ñame o batatas, su potencial coercitivo
era mucho menor que si lo estaba de arroz, trigo, maíz
u otros cereales domésticos que se podían conservar
sin problemas de una cosecha a otra. Las jefaturas no circunscriptas
o que carecían de reservas alimenticias almacenables a
menudo estuvieron a punto de convertirse en reinos, para luego
desintegrarse como consecuencia de éxodos masivos o sublevaciones
de plebeyos desafectos".
- Obvio es decir que todo intento de definir
estadios de cualquier desarrollo es necesariamente arbitrario.
No obedece más que a una necesidad operativa. Como ya
lo hemos dicho, la propia noción de estado (en
tanto estadio) no puede evitar desplegarse como una arbitrariedad.
¿Cómo establecer la frontera entre uno u otro?
Por otro lado, todas secuencias posibles se desarrollan en un
devenir saturado de variables (variaciones y discontinuidades)
que hacen de la propia secuencia una abstracción teorética,
un ficcionar -al decir de Deleuze-. Hecha esta advertencia vale,
no obstante, rescatar este ficcionar como un orden metodológico
para abordar el problema, orden que sólo puede llegar
a tener cierto grado de validez en la medida en que se atienda
a esta advertencia.
- La naturaleza del Estado introduce un
orden dilemático que la empiria inmediata no puede eludir.
La constitución de este orden, que inaugura sociedades
no igualitarias y sometidas a una elite burocratizada (es decir
un grupo que se especializa y se apropia de la administración)
impone la búsqueda de aquellos procedimientos que hacen
viable tal diagrama. En el mejor de los casos, algunos de los
efectos resultantes se relacionan con la prestación de
servicios cuyos altos costos los tornan imposibles para colectivos
reducidos. Pero en el peor de los casos (sobre los cuales ningún
Estado puede pregonar inocencia) funcionan como cleptocracias
(gobierno de ladrones) transfiriendo riqueza de la comunidad
hacia los sectores que se han apropiado de la administración.
El interrogante no debe orbitar sobre cómo las castas
que se benefician de dicho estado de cosas se consolidan
en tal lugar, sino -y fundamentalmente- en torno ¿cómo
es que la masa de trabajadores tolera este orden de cosas? Desde
los post-socráticos a Foucault (pasando por Marx, Nietzsche,
Prudhon y Compte) esta pregunta ha inquietado a todos aquellos
que se han dedicado a pensar las sociedades. Jered Diamond, etno-socio-biólogo
de la UCLA, sostiene que todas las cleptocracias han recurrido
a una mezcla de cuatro soluciones:
- "1. Desarmar al pueblo y armar
a la élite. Esto es mucho más fácil en nuestros
días de armamento y alta tecnología -producido
únicamente en plantas industriales y monopolizado fácilmente
por una élite- que en épocas antiguas de lanzas
y palos que podían hacerse fácilmente en casa.
- 2. Hacer felices a las masas mediante
redistribución de gran parte de los tributos recibidos,
de maneras populares. Este principio fue tan válido para
los jefes" de los proto-estados
"hawaianos como lo es para los políticos estadounidenses"
(y los nuestros) "de nuestros días.
- 3. Utilizar el monopolio de la fuerza
para promover la felicidad, manteniendo el orden público
y reprimiendo la violencia. Se trata potencialmente de una ventaja
grande y subestimada de las sociedades centralizadas sobre las
no centralizadas.
- 4.Construir una ideología" (la cual no es más que una religión
secular) "o religión que justifiquen la cleptocracia.
(...)Además de justificar la transferencia de riqueza
a los cleptócratas, la religión institucionalizada
reporta otros dos importantes beneficios a las sociedades centralizadas.
En primer lugar, la ideología o religión compartida
ayuda a resolver el problema de cómo han de vivir juntos
los individuos no emparentados sin matarse unos a otros; proporcionándoles
un vínculo no basado en el parentesco. En segundo lugar,
da a la gente una motivación, distinta del interés
genético, para sacrificar su vida en nombre de otros.
A costa de algunos miembros de la sociedad que mueren en la batalla
en su condición de soldados, la sociedad en su conjunto
se hace mucho más eficaz para conquistar otras sociedades
o resistir los ataques." Y también se hace más
eficaz a la hora de sostener al status quo.
- La pregunta ¿cómo es que
la masa de trabajadores tolera este orden de cosas? es radicalizada
por este último punto: ¿cómo es que la masa
de trabajadores no sólo tolera este orden de cosas sino
que, además, puede llegar a hacerse matar para sostenerlo?.
- El planteo de Diamond es atendible, pero
no suficiente. El asunto es mucho más complejo, y se complejiza
aún más en la medida en que los Estados
(o cleptocracias, como él los llama) se tornan
más complejos.
- Al breve lapso de la Modernidad le ha
tocado asistir a una sucesión de religiones seculares
emergentes que han proporcionado múltiples épicas
legitimadoras al aparato de Estado: desde el humanismo de la
Ilustración al nacionalismo, desde el socialismo marxiano
al liberalismo buqués, desde el fascismo a la tecnocracia,
desde el indigenismo al apartheid... Pero el sistema sobre codificador
de las religiones (seculares o no), no ha sido suficiente, al
menos no en nuestros Estados contemporáneos.
- La especialización de funciones
(cada vez más compleja en la medida en que las sociedades
también lo son) genera, además de una fragmentación
que produce, racionaliza y -por ello- sostiene la emergencia
de intereses corporativos (asociados a ciertos beneficios hacia
los titulares de la especialidad) compulsivamente embanderados
con un territorio propio, una trama de profesionalidades que
-en función de una particular lógica de sentido,
una fuerte impronta disciplinaria, y su propia matriz corporativa-
se traduce en un ejercicio técnico funcional al orden
del cual dan cuenta.
- El profesional, o más acertadamente,
el ejercicio profesional no puede abstraerse del territorio en
el cual, y para el cual, fue constituido. No atender esta dimensión
implica olvidar los efectos políticos de toda intervención
técnica y devenir, por ello, en agente cómplice
del estado de cosas que se está obviando.
- Minimicemos esta ventana y pasemos a otra.
No sin antes desplegar una tabla elaborada por Diamond que, de
alguna manera, sirve para ilustrar aquello de lo que venimos
hablando.
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- Cuarta ventana:
- El orden disciplinario
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- "DISCIPLINA: f. Doctrina, instrucción
de una persona // Arte, facultad o ciencia // Observancia de
las leyes y ordenamientos de una profesión o institución.
U.m. hablando de la milicia y de los estados eclesiásticos
secular y regular // Instrumento, hecho ordinariamente de cáñamo
(!!!), con varios ramales que sirve para azotar U.m. en
pl. // Acción de disciplinar o disciplinarse."
- La disciplina no trata de imponer férreas
fronteras, de escindir lo prohibido de lo permitido. El arte
de la disciplina trata más bien de encauzar accionares
en el instante mismo de su nacimiento, generando para ello los
ordenes del sí y el no. Porque la disciplina no limita
su ejercicio a la enunciación de la norma, su potencialidad
radica en una estrategia mucho más efectiva que la simple
interdicción; antes que constituirse en una aduana entre
los territorios de lo legal y lo ilegal, la disciplina diagrama
a dichos territorios, genera legalismos tanto como ilegalismos:
nada mas ni nada menos que una técnica específica
de administración del Poder.
- Foucault la describe como una suerte de
"ortopedia social" destinada a encauzar los
desarrollos en un patrón específico de discursos
y acontecimientos. El dispositivo disciplinario se abocará
a la tarea de prevenir los desvíos antes de que éstos
se constituyan en tales. Pero al hacerlo construirá la
propia posibilidad del desvío. Porque al generar el patrón
de lo aceptable generará también el lugar de lo
inaceptable, proporcionando dos territorios sobre los que transitar.
- Es la lógica binaria la que captura;
o se transita por un lado, o se lo hace por el otro. En todo
caso, la tercera opción será caminar por la cuerda
floja de la frontera pero, de última, la referencia será
el orden binario diagramado por las técnicas de la disciplina.
Aquellas formaciones a las que denominamos disciplinas científicas
no dejan de ser otra cosa que la materialización de esta
lógica en las tecnologías del conocimiento: la
disciplina discrimina, heterogeiniza, taxonomiza, para
aplicar técnicas adecuadas a cada situación en
particular y -de este modo- obtener efectos funcionales al orden
disciplinario en juego. La función de la academia será
la de disciplinar (de allí esta parcialización)
el devenir del conocimiento, diagramar la producción de
verdades, y encauzar la deriva de sus miembros: "mapear",
"estriar", la ruta de lo disciplinado.
- El saber, así, se despliega como
la más poderosa máquina de consensos. Esta enorme
y compleja factoría de los acuerdos colectivos encuentra
su legitimidad en la naturaleza de aquello que produce, con un
alto coeficiente de efectividad que se muestra capaz de asimilar
el disenso a partir de su racionalidad disciplinaria. En el binomio
Saber-Poder no hay exterioridad, porque la propia resistencia
contribuye eficazmente a la delimitación del territorio.
En el orden de lo binario, tanto lo erróneo como lo acertado
son producto de la misma lógica. Porque el carozo del
asunto se encuentra en el proceso de producción de las
verdades y las falsedades, antes que en el contenido final de
estos procedimientos.
- La génesis de la parcelación
disciplinaria del Saber en saberes locales y específicos
obedece, ante todo, a una necesidad política. Es el resultado
de una preocupación por la delimitación de un espacio
territorial: la búsqueda del cómo administrar los
dominios. Se clasifica para gobernar, la máxima cesareana
(divide y reinarás) no obedece tanto a la voluntad
de generar antagonismos entre los gobernados como a la oportunidad
de producir categorías ("provincias")
definidas, que permitan administrar eficazmente las relaciones
entre las mismas, así como controlar los aconteceres en
el interior de los territorios así constituidos. En la
territorialidad del Saber, hemos aprendido a definir parcelas
específicas a las disciplinas que les dan sentido, con
el fin prioritario de hacerlas inteligibles a cierto orden de
racionalidad y -de este modo- poder administrar los conocimientos
que allí se constituyen. Desde Aristóteles en adelante
(la propia taxonomía y la discriminación entre
el objeto y el sujeto) esta tecnología ha ido abandonado
el sentido de la instrumentalidad para materializarse en un credo
epistémico que parte de la naturalización (y por
tanto axiomática) de sus productos.
- En este orden, la validez de una producción
teórica se constituía en función de su coincidencia
con la praxis. El binomio teoría-práctica
instituyó no solo una frontera entre sus términos
sino que diagramó además el segmento que los relaciona:
debería haber una continuidad de sentido entre teoría
y práctica para que ambas accedieran al estatuto de la
legitimidad. Esto se despliega a partir de la creencia en un
Real ontológico (la preeminencia de un mundo material-concreto)
pasible de ser interpretado literal y certeramente por los hermeneutas
del mundo científico: el universo se limita a estar y
ser, ordenado en un Cosmos con objetos claramente definidos,
y a la espera de la luz del conocimiento que le haga develar
sus secretos. Así, se parte de una ficción ontológica:
los objetos son y su ser es producto de su propia materialidad,
por lo que pre-existen a las tecnologías destinadas a
descubrirlos (en este caso, las disciplinas). Sin embargo, el
propio devenir del conocimiento ha venido poniendo en cuestión
esta perspectiva, y ha sido Foucault quien ha propuesto el estallido
del binomio a partir de una inversión del segmento que
lo constituía; no se trataría de buscar continuidades
entre teoría y práctica sino de enfrentar a ambas
en una lucha instrumental que las integre; la teoría debe
servir para poner en cuestión a la práctica, la
praxis debe servir para poner en cuestión la teoría.
Y es así precisamente que se accede al objeto en tanto
constructo. El objeto no pre-existe a la disciplina sino que,
por el contrario, es el propio arsenal tecnológico de
la disciplina el que lo delimita a partir de sus lógicas
de sentido y, por tanto, el que lo constituye.
- Fundamentalmente a partir de las últimas
décadas, hemos asistido al estrellato de diversas teorizaciones
en torno a comunicaciones extra e inter territoriales de las
disciplinas. Es así como se han difundido numerosas, exhaustivas
y detalladas discusiones (y discriminaciones) en torno a lo multi,
inter y trans-disciplinario, así como a la constitución
de equipos que se despliegan a partir de dicho diagrama.
- Se ha buscado, con esto, atender a las
limitaciones que la parcialidad disciplinaria imponía
ante las demandas de la propia vida (aunque, o tal vez precisamente
por ello, sin escapar de la diagramación disciplinaria).
De todos modos (o tal vez también precisamente por ello),
la mayor parte de estas discusiones no han podido escapar de
la preeminencia del mundo material-concreto, lo cual se
manifiesta en la creencia en objetos discretos de naturaleza
pre-disciplinaria. Unos pretenden abordar a los objetos desde
los puntos de vista de diversas disciplinas (sin percibir que
cada una de ellas construye sus propios objetos y que, por lo
tanto, se refiere a cosas diferentes), y otros pretenden construir
la batería disciplinaria desde los objetos (sin percibir
que son las propias disciplinas las que los construyen). Más
allá de las jerarquías y los estatutos territoriales
que gobiernan las relaciones entre las disciplinas, estas búsquedas
se han encontrado con serias dificultades a la hora de establecer
líneas de fuga (es decir, líneas que
posibiliten la fuga de los segmentos binarios o las líneas
de segmentaridad dura) que pongan en cuestión la dictadura
del objeto en tanto real-ontológico.
- Es que las tecnologías del conocimiento,
en las que se inscriben las disciplinas académicas, se
inscriben -a su vez- en un dominio de saberes obsesivamente (el
adjetivo viene al caso) sedentarios. Lo cual no es más
que un diagrama Políticamente Correcto para las
necesidades del aparato de Estado (del mismo modo que
el Estado lo es para la sedentaridad). La épica
que legitima un estado de cosas debe sostenerse en la
épica de lo real-ontológico, para que dicha
épica legitimadora sea -a su vez- real-ontológica
ella misma (y, por tanto, trascendente e inapelable). Así
el pensamiento sedentario (y su correlato político-administrativo:
el Estado) busca perpetuarse a partir de un régimen
trascendente: trascender las condiciones de producción
que le dan sentido para erigirse más allá de ellas.
- La funcionalidad de las disciplinas académicas
(y/o científicas) al status quo se sostiene sobre
dos pilares fundamentales: el propio carácter disciplinario
(a partir del cual construyen y se construyen) que las
nomina, y las serias dificultades con las que se encuentran a
la hora de operar desde un registro no trascendente. Ello impone
formaciones subjetivas para las cuales la certeza se constituye
en un requisito indispensable de la existencia, certeza más
relacionada con una metafísica trascendente (deber
ser o, sencillamente, Ser), que con el plano inmanente
de las condiciones en las que se es (estar siendo
o, en otros términos, devenir).
- Ventana cerrada, pasemos a enlaces (o
links).
-
- Quinta ventana:
- Enlaces e hipervínculos / Profesionalidad,
Disciplina, Estado ... / El Gólem, su autonomización,
su caída, y la suerte del rabino Chelm.
-
- La Profesión (del latín
professione) es el "Empleo, facultad y oficio
que cada uno tiene y ejerce públicamente", pero
también remite al "acto de profesar".
Y es en el verbo profesar que se despliegan más
claramente los sentidos en juego. La procedencia etimológica
es latina (professus; participio de profiteri,
declarar) y su abanico de significados puede ser particularizado
en el siguiente esquema dual:
- 1-. Un orden de generalidad que lo identifica
con la acción pura, y que remite a un patrón desde
el cual se actúa (aunque acentuando la acción por
sobre la matriz de procedencia): "Ejercer (una ciencia
arte u oficio)"
- 2-. Un orden de especificidad que lo relaciona
directamente con el dominio disciplinario. Ya sea a partir de
la acción de disciplinar ("Enseñar en la
cátedra -una ciencia o arte- / Cultivar -una inclinación,
sentimiento o creencia- / Obligarse en una orden religiosa a
cumplir los votos propios de su instituto"), o bien
en lo que podría ser tipificado como efecto del disciplinamiento
("Hablando -de principios, doctrina, etc.-, adherirse
a ellos / Creer, confesar -algo-").
- Es así como la el ejercicio profesional
se relaciona con un hacer bien-encauzado y bien-encauzador, un
hacer disciplinado y disciplinador; la Profesión,
por tanto, emerge desde una profesión de fé.
En la primera de las acepciones atendemos a un ejercicio que
se sostiene fundamentalmente en la propia acción pero,
si atendemos al orden disciplinario que se despliega en la acción
de profesar, veremos que ésta se sostiene sobre
la adhesión a un sistema de creencias (el patrón
desde el cual se despliega dicho ejercicio). Ejercer una Profesión
implica, necesariamente, adherir al sistema de creencias
que le da sentido: ejercer la Profesión médica
implica profesar (predicar y creer en) la Medicina.
- La profesionalidad implica un orden instituido
que reconoce el diagrama en el cual las profesiones se incluyen
(y por lo cual son reconocidas), y éste no puede ser menos
que funcional al Cuerpo Político (el Estado)
en el que se inscribe. Así, el ejercicio profesional es
predominantemente (en tanto busque ser tipificado como tal) instituido
-al menos en lo referente a sus efectos políticos-, cercanía
que se sostiene desde los siguientes aspectos:
- El acto de fé: La ineludible confianza -siempre con algún
coeficiente de ceguera- hacia las disciplinas comprometidas en
el acontecer profesional (sin la cual se hace imposible operar).
Lo cual promociona el arte de la credulidad.
- La fragmentación: La progresiva complejidad del mundo del conocimiento
(y de sus correlaciones pragmáticas) impone la especialización
y la constitución de altos grados de desconocimiento,
obligando a la presunción de que alguna otra especialidad
resolverá cabalmente aquello que no podemos llegar a comprender.
- La racionalidad consensual: La apelación a un régimen epistémico
que jerarquiza una forma específica de racionalidad (el
logos), de carácter consensual, que proporciona
la materia prima adecuada para construir las épicas legitimadoras
del estado de cosas,
- La trascendencia: A partir de los procedimientos citados, las producciones
disciplinarias (y el ejercicio profesional que de ellas se desprende)
se imponen como un plano trascendente que se pretende (por tal)
autónomo frente a las condiciones socio-históricas
que las hicieron posibles.
- La naturalización: Muy relacionado con el procedimiento anterior,
este aspecto consiste en naturalizar las producciones
(y los ejercicio) disciplinarias(os) en un dominio ontológico,
y se constituye como un efecto inevitable del plano de trascendencia.
- En la agonía del segundo milenio,
el orden disciplinario al que denominamos profesionalidad
se constituyó como un dominio estratégico para
las Máquinas de Estado, dominio que entrega el
referente fundamental para las formaciones subjetivas que lo
sostienen. Devenido en religión secular, este orden ha
sustituido al nacionalismo y a esas otras formaciones a las que
hemos aprendido a tipificar como religiones propiamente
dichas. Durante los últimos mil años, ha sido (fundamentalmente,
y en Occidente) la Iglesia quien ha cargado con la tarea de diagramar
las lógicas del conocimiento, así como su posible
deriva. Sin embargo, en el siglo XX nos ha tocado asistir a un
giro en el cual los teólogos se han visto obligados recurrir
a la comunidad científica para racionalizar el Dogma.
La entrevista del Papa con la vanguardia de la Física
contemporánea (destinada a encontrar en la hipótesis
del big bang una legitimación del Génesis)
no constituye más que una muestra sobre el asunto. Por
si fuera poco, la creciente tecnocratización de las clases
gubernativas (en la que los economistas y asesores de imagen
destacan como superstars) ha transformado el propio debate
político en una sub-especialidad del marketing:
la politicología. Pese al mito de Rousseau,
el Estado siempre nos ha sido ajeno, pero nunca tanto como ahora.
- Hemos construido un Gólem
que ha logrado superar a sus creadores. Autómata perverso,
nuestro monstruo de barro ha logrado funcionar por sí
mismo más allá de los procedimientos cabalísticos
que le han dado origen. Su tamaño se ha multiplicado en
modo tal que ha llegado a ocupar toda la superficie del planeta
(así como sus inmediaciones), su aliento vital (nephesh)
se ha sofisticado hasta el grado de confundirse con todos los
aspectos de la vida sobre los que impone su presencia: su nephesh
se confunde con el nuestro.
- La pregunta con que corolábamos
a Diamond sufre, necesariamente, una nueva transformación:
¿cómo -en la vida cotidiana y el ejercicio profesional-
podemos evitar ser cómplices de un Gólem
al que ya no podemos destruir?.
- El fundamentalismo anti-estatista (es
decir, un nuevo plano de trascendencia) sólo puede
llevarnos a correr la misma suerte del rabino Chelm. La trascendencia
(es decir, la necesidad trascendente de borrar la e de
emeth más allá del lugar en el que el cabalista
se localiza) condujo a la eliminación del respetable anciano,
sepultado por el barro al que su disciplina había dado
vida. Si Chelm hubiese atendido a las condiciones de producción
de su gólem, al contexto en el que transitaba,
tal vez -sólo tal vez- hubiera preferido subirse a una
escalera en lugar de morir aplastado.
- Como no domino las tecnologías
de la cábala, como carezco de conocimientos talmúdicos,
y como ni siquiera soy judío, no poseo la más mínima
autoridad que me permita proponer una línea de fuga
más o menos plausible. Sólo dispongo de objeciones
y advertencias.
- El único camino abierto e inevitable,
se relaciona con el combate a la trascendencia y la atención
al plano de inmanencia: atender a las condiciones de producción,
no sólo del campo de visibilidad constituido por la técnica,
sino a la propia técnica y a las lógicas que le
dan sentido. Esta dimensión se fuga de la intervención
técnica propiamente dicha (y, por ende, del ejercicio
profesional) para trasladarse a la propia vida..., pero éste
es otro tema.
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