Experiencia de trabajo grupal en una institución geriátrica

"La ancianidad es una experiencia común, ligada a lo humano como tal. Y, no obstante, es la única etapa del desarrollo que no se disfruta como un estatuto social positivo; al contrario, en nuestra sociedad, se la considera negativamente.
(...) Sin embargo, tanto la experiencia como la investigación demuestra que la vejez puede ser un tiempo propicio para el crecimiento".
Renée Salomon

 

 
 
INTRODUCCIÓN
 
Desde la abolición de los asilos (de carácter benéfico, destinado fundamentalmente a ancianos indigentes y abandonados) y su sustitución por residencias geriátricas, estas últimas han ido pasando por diversas variantes en cuanto a prestigio e imagen social. Es los años setenta que en nuestro país, secundando un proceso que ya se había iniciado en otras naciones con posterioridad a la II Guerra Mundial (P. Rodríguez, 1995), se considera seriamente empezar a abolir la institución del asilo y se plantea una alternativa sustitutoria que llegará a ser más adelante un sistema público de servicios sociales. La sociedad se mueve y, con ella, la institución.
Entre las circunstancias que explican el incremento en los años setenta de la demanda de plazas residenciales nos encontramos, en primer lugar, con que ya empezaba a dejarse notar la escasez del recurso que había sido desde siempre el tradicional en el suministramiento de cuidados durante la vejez, es decir, el la atención prestada dentro del seno familiar (Rodríguez Rodríguez, 1994); y en segundo lugar, una inexistencia de otros recursos de atención - como la atención domiciliaria - que dirigen la vejez hacia la institucionalización.
 Las variaciones en el cuidado familiar de las personas mayores puede entenderse desde las modificaciones sociales que se han venido produciendo a lo largo de los últimos cincuenta años y que han supuesto transformaciones importantes en el sistema de vida familiar, estos cambios han afectado considerablemente a la situación , necesidades y atención de los miembros que la componen. De las últimas décadas, respecto de la familia, podríamos destacar :
- La modificación de la posición de las mujeres en la sociedad con su participación en el ámbito público y el mundo laboral.
- Reducción en el tamaño de la familia con una clara tendencia progresiva hacia el modelo nuclear.
- Inestabilidad de la institución familiar : duración no siempre prolongada del matrimonio, uniones de hecho, cambios de pareja etc.
- Aumento de la esperanza de vida y baja natalidad.
"La familia satisface una variedad de necesidades para sus componentes : físicas (alimentación, vivienda, cuidado de la enfermedad), psíquicas (autoestima, afecto, amor, equilibrio psíquico) y sociales (identificación, relación, comunicación, pertenencia al grupo). La satisfacción de estas necesidades ha variado profundamente en las últimas décadas con el transito de una sociedad agraria a una sociedad urbana industrializada." ( R. Moragas, 1991, pp.137). 
 
 
 
El cambio social inició el tambaleo de los valores vinculados a la familia tradicional y al reparto de papeles en su seno. Estos factores de cambio, unidos a una mayor calidad y esperanza de vida, hace que el planteamiento del cuidado de las personas mayores sea fuente de preocupación para los servicios sociales y la administración. Las evoluciones sufridas dentro de la familia han implicado también una serie de cambios relativos a la atención en la vejez.
 Ahora bien, aunque algunas de las necesidades de la familia (educación reglada, curación de la enfermedad, cuidado de los ancianos...) las cubren organizaciones que son ajenas a ella, las decisiones básicas se siguen tomando en el seno de la misma (Moragas, 1991). Las familias deciden a qué colegio asistirá su hijo o si es conveniente institucionalizar a un miembro de la misma para su cuidado. No podemos obviar que la familia juega un papel fundamental en la toma de decisiones que afecta a alguno de sus miembros. Cuando se ha pensado institucionalizar al anciano para su cuidado, excepto en casos puntuales, es la familia quien ha tomado la iniciativa de tal decisión.
 Se escucha muy a menudo una polémica que surge de la cuestión de si el anciano está mejor atendido en casa o en la residencia. Como en toda polémica, hay diversos puntos de vista y muchas valoraciones a hacer, quedando la posibilidad dicotómica de "si" o "no" descartada por completo. No se trata de "si" o "no", quizás, como sugiere Pilar Rodríguez, el lema más ajustado sea : "en casa mientras sea posible, en la residencia cuando sea necesario".
 En la actualidad, con todos los recursos de que dispone nuestra sociedad en atención y servicio social, muchos de los problemas que se argumentan sobre la necesidad de institucionalización de las personas mayores se justifican en base al imaginario social sobre la vejez. Resulta difícil luchar contra este estereotipo que genera determinadas actitudes prejuiciadas y que, además, no se fundamenta en hechos, sino en la ignorancia y la deformación que produce una visión sesgada sobre la vejez. Al considerarse la edad madura desde esta perspectiva limitada y errónea, se pone el énfasis en una necesidad de atención y cuidado constante a manos de personas especializadas. "De la familia pueden destacarse sus limitaciones como grupo o institución, pero cualquier alternativa a la misma cuenta con mayores inconvenientes que las familias normales". (Moragas, 1991, pp. 138) La atención social ha de evolucionar y enfocar la intervención hacia una política de soporte más que hacia una política de sustituciones. Los cambios en nuestra sociedad requieren de una serie de modelos a nivel de intervención que puedan responder a la forma de actuar de la familia, el medio social, y las instituciones y profesionales dedicados al cuidado de la vejez (J.L. González, 1995).
Los prejuicios sobre la vejez, como la mayoría de prejuicios, los adquirimos durante la infancia y con el tiempo los vamos asentando y racionalizando, provocando una respuesta emocional directa. Un prejuicio es una actitud negativa que carece de fundamento y está referida a grupos. Cuando asociamos vejez al estereotipo de declinación mental y física, inconscientemente acabamos rechazando tanto el proceso de envejecimiento como a las personas que son portadoras de él. Según este estereotipo, las personas mayores ya no pueden acrecentarse ni hacer nada para sí mismas ni por sí mismas, puede parecer, erróneamente, que ni siquiera lo deseen ya (Salvarezza, 1991). La vejez se considera una etapa negativa de la vida y la información sobre su potencial real es escasa (Moragas, 1991), se destacan las limitaciones biológicas, psíquicas, sociales y existen claras barreras para recibir información objetiva sobre el verdadero potencial de la persona mayor. Desafortunadamente, demasiadas personas mayores lo aceptan así, dando por sentado que ya no pueden crecer, renuncian , al negarlas, a la aspiraciones de crecimiento. El error fáctico que produce el estereotipo sobre el grupo estereotipado es algo tan complejo y sencillo a la vez como la adaptación por parte de dicho grupo a lo que se supone se espera de él (para algunos autores sería la denominada profecía de autocumplimiento) Es una acomodación que ayuda a reducir la disonancia que provoca el peso del estereotipo - especialmente, como en el caso de la vejez, cuando este es negativo -.
 Algunos autores han favorecido esta visión prejuiciada con diversos estudios sobre la vejez, buscando teorías que intentaban dar explicaciones totalizadoras para la misma. Tal es el caso de la teoría elaborada por Cumming y Henry (1961), o los estudios realizados por Rose (1965). La vejez, igual que en otras etapas del proceso evolutivo, consta de diferentes estadios. Por ejemplo, en nuestra cultura es habitual marcar los 65 años como frontera de la jubilación, es un ritual de transición que marca poderosamente al individuo ; pero, parece obvio, que habrá notables diferencias entre una persona de 65 años y una de 87, a pesar de que socialmente se les incluye a ambos en el bloque compacto "tercera edad". Así pues, más allá de la etiqueta globalizadora, nos hallamos sobre todo ante un proceso que forma parte del desarrollo vital de las personas. Para Strieb (1965) es la sociedad quien obliga a las personas mayores a formar parte de una minoría, alejándolas de la vida activa habitual. Atchley (1971) plantea desde su Teoría de la Continuidad que "la adaptación social a la vejez, a la jubilación y a los acontecimientos del mismo género está determinada principalmente por el pasado" (Mishara y Riedel, 1984 pp. 68) Nosotros nos atrevemos a añadir que al pasado hay que sumarle las circunstancias personales y la forma de aprehender la vida. Como matiza J. Aragó (1986), envejecer es un proceso, no un cambio que sucede de la noche a la mañana, de forma repentina, sino que ocurre de forma gradual y progresiva. Al ser modificaciones que se van produciendo a lo largo del tiempo, es bien seguro que en estos cambios intervienen gran cantidad de factores, variables diversas, y que, según sea su actuación, irán configurando a la persona que envejece.
El peor prejuicio sobre la vejez es aquel que nos obliga a verla como una enfermedad y no como una parte del proceso de la vida. Es demasiado frecuente, incluso entre los profesionales que trabajan con personas mayores, ver a los "viejos" (palabra que se usa a veces con cierta carga negativa) como enfermos o incapacitados, estableciéndose una fuerte sinonimia entre "vejez igual a enfermedad" que entraña un riesgo enorme. En una sociedad de masas como la nuestra, el peligro aparece cuando sustituimos la opinión racional, basada en hechos, por la opinión basada en mitos. Y nuestros mitos sobre la vejez se fundamentan mayoritariamente en actitudes y estereotipos negativos. Para concluir este apartado me gustaría transcribir una parte de las reflexiones realizadas por un grupo multidisciplinar de trabajo y presentadas en el Boletín extraordinario de mayo (1995) de la S.E :P.T.G. El escrito tiene especial interés por intentar abordar la cuestión de la salud desde su misma concepción (¿Qué significa salud ?), transcribo el siguiente párrafo :" También el signo de deterioro o ausencia de bienestar psíquico - vejez, incapacidad intelectual, trastornos emocionales y sociales, y otros - es su significado que determina el sentirse bien o mal. Si ponemos el énfasis en su significado, algo que podemos compartir y que nos permite comunicarnos, podríamos pensar que el sentimiento de malestar se produce y aumenta en función del significado de diferencia, de exclusión y de incomunicación entre la persona afectada y el resto de la comunidad"
En el X Congreso de Médicos y Biólogos de Lengua Catalana (1976), la salud se define como: "Aquella manera de vivir que es autónoma, solidaria y gozosa" ("Salut és aquella manera de viure que és autónoma, solidària i joiosa")3 La edad no es un factor excluyente de esta definición.
 
EXPERIENCIA EN LA INSTITUCIÓN GERIÁTRICA
"Yo veo la vejez como un enriquecimiento, como un acumular saberes y experiencias. Pero también como una conservación de la vida. Y mientras se vive, se mantiene la capacidad de entusiasmo. Mientras se vive hay que esperar la vida cada día". Vicente Aleixandre

 

 
Una vez introducidos estos aspectos, la experiencia que voy a presentar a continuación es, por diversas cuestiones, un reflejo de lo expuesto hasta ahora. En primer lugar, la residencia en la que presté mis servicios por el periodo de un mes y una semana (Junio/Julio, 1996), tenía serias dificultades para separar vejez de enfermedad e incapacidad, aceptando activamente los prejuicios sobre la vejez a los me he referido anteriormente y creando un sentimiento creciente de dependencia entre sus residentes, lo que dificultaba seriamente el trabajo e interfería constantemente en el lento progreso de los mismos. En segundo lugar, a excepción de los casos de residentes con enfermedad de Alzheimer en fase avanzada que hacían comprensible su internamiento, el resto - salvo alguna excepción - habían sido depositados allí por sus familias, sin ser consultados ni informados previamente de su nueva situación, encontrándose la mayoría en un estado de "espera" que no les permitía la adaptación al nuevo lugar. La pregunta que acostumbraban a hacer a cualquiera de las cuidadoras siempre giraba en torno a lo mismo : "¿Cuando vendrá mi hijo/a para llevarme a casa ?"
Quisiera hacer un inciso, en este sentido, sobre la gran importancia que tiene poder realizar una intervención a nivel familiar, aspecto que me parece básico en gerontología. Este tipo de intervenciones, indispensables para afrontar el cambio que supone la nueva situación tanto para el residente como para los familiares, no se desarrollan con la frecuencia que debieran, siendo una de las asignaturas pendientes en este campo.
Tal como describen J. Yanguas y F. J. Leturias, los programas de intervención familiar deben tener una serie de características, de las que describen estos autores, me gustaría destacar las siguientes :
- Los programas de intervención familiar, deberían estar incluidos en un plan general de intervención.
- Tener un carácter procesual, con fases consecutivas en las que tienen que participar tanto la persona mayor como el resto de la familia.
- El trabajo con familias debe basarse en la formación.
Según los mismos autores, los niveles de intervención se podrían desarrollar en diferentes fases y tendrían que incluir :
- Atención y trabajo individual con las familias de cada anciano
- Trabajo grupal y multifamiliar (grupos de autoayuda, grupos de formación...)
- Intervenciones abiertas a todas las familias a nivel cognitivo y lúdico.
Bajo mi criterio, el trabajo con familias no debería empezarse una vez que se ha efectuado el ingreso de la persona mayor, sino con anterioridad, a partir del momento en que se contempla la posibilidad de acudir a un centro geriátrico como solución.
Volviendo a la experiencia en la institución, se requiere mi intervención en dicho centro geriátrico como profesional especialista en gerontología, los responsables del centro que se ponen en contacto conmigo y justifican la necesidad de mi intervención argumentando que es una residencia "problemática" porque los residentes presentan actitudes difíciles que les preocupan, la frase exacta fue : "No hay modo de ponerlos en marcha" (como si de objetos inanimados se tratara). Hasta la fecha habían intentado resolver el problema con "animadoras" cuya misión consistía en dinamizar a los ancianos organizándoles juegos y cualquier tipo de distracción que les hiciera salir de la apatía en la que, según los directores, se hallaban. Ninguna de estas experiencias cuajó entre los residentes estos, obstinadamente, persistían en su actitud de "no querer colaborar". Las declaraciones de la directora me preocupan, pienso que los residentes deben estar cansados de ver circular personas a su alrededor que, en más o menos tiempo, les dejan. Intento pensar en cómo deben vivir esta experiencia, cómo deben sentirse, qué debe suponer para ellos verse repetidamente abandonados, cómo elaborarán estas pérdidas
Mi primer día en la residencia me sirve para comprobar que la "ruta" que realizan los residentes es siempre la misma : de la habitación al sofá o los sillones del salón, del sofá al comedor, del comedor al sofá y después de volver a pasar por el comedor para cenar, concluye en la habitación para dormir, continuando la siesta que empezaron de buena mañana en el sofá. Excepto algunos de ellos que muestran una mayor autonomía y se desplazan a su aire, la mayoría, por ejemplo, sólo usan el jardín cuando el personal de enfermería les obliga a salir y a veces lo hacen de mala gana, "tenemos frío", "estamos mejor dentro" son los argumentos habituales, aún cuando el calor del verano empieza a dejarse sentir. Un primer contacto me sirve para realizar una valoración previa de la situación y compruebo que, efectivamente, la desmotivación entre los residentes es considerable. En general hay una desgana por vivir, nada aparentemente les llama lo suficiente la atención. La residencia, con 23 inquilinos, tiene un importante problema por resolver. La existencia de dificultades para aplicar algunos principios de animación socio-cultural en el centro son obvios, a los ancianos no les interesan en lo más mínimo ninguna actividad que se les pueda proponer. Recuerdo que nada más llegar, me encontré con una mujer de unos 65 años con importantes problemas de movilidad, se acerca a mi y me pregunta quien soy, le respondo amablemente y me contesta : "Conmigo no cuentes para hacer nada", gira su silla de ruedas y se va. Entiendo donde está el fracaso de las anteriores animadoras e intento no repetir el error. Mi primer paso consiste en acercarme individualmente a su necesidad de ser escuchados y atendidos en sus quejas - que eran muchas -. No querían ninguna imposición de actividades, necesitaban sentirse respetados emocionalmente. Debo decir que este primer encuentro contó inicialmente con algunas resistencias, muchos de ellos cansados de ver personas nuevas que después les "abandonaban", temían que se produjese una nueva pérdida, el tiempo les daría la razón. En estos primeros encuentros me dediqué única y exclusivamente a trabajar con cada uno de ellos, a escucharles, a acoger sus quejas y su dolor mientras que, paralelamente intentaba establecer con los responsables de la residencia un diálogo que posibilitase un poco de insigth sobre cómo influía la institución el la actitud de los residentes. A veces tenía la sensación de que me escuchaban en alguna de las señalizaciones que realizaba con mucho tacto y mano derecha. Otras estaba segura de que no querían hacerlo, o de que no estaban preparados para ello. Aprendí a valorar los límites de la institución y los míos propios respecto de ella. Comprendiendo con qué contaba, mi objetivo durante el trabajo que preveía realizaría por poco tiempo fue, como dice Foulkes (1975)5 lograr el máximo de comunicación y conocimiento mutuos entre los residentes. Pensé que si podía conseguir este objetivo, al menos les dejaría una herramienta - el encuentro - para que el propio grupo pudiese ir generando cambios a posteriori.
Cuando empezaron a disminuir las resistencias iniciales de los residentes, una vez se fue estableciendo un vínculo de confianza, descubría con cada nueva historia personal todo lo que cada uno de ellos podía ofrecer. Puedo asegurar que, a pesar de la situación en que se hallaban, tenían mucho por dar individual y colectivamente ; y también tenían una gran necesidad de recibir, sobretodo afecto. Empezamos a establecer los lazos personales que me permitirían realizar un primer diagnóstico de las relaciones internas del grupo. En general, el contacto entre ellos era escaso, apenas se conocían los unos a los otros, se comunicaban muy poco entre sí y cada cual parecía vivir aisladamente. Sólo se establecían intentos de contactar entre algunas de las personas que compartían habitación. En esta estructura grupal estaban presentes elementos muy destructivos que se manifestaban a veces en enfrentamientos verbales e incluso físicos entre alguno de los miembros (tuve que separar a dos residentes que se peleaban porque uno acusaba al otro de haberle "robado" un objeto de su habitación - concretamente una radio -. La radio había sido guardada por una de las enfermeras dentro de un cajón para evitar que se extraviase)
En este primer periodo me dediqué también a analizar la relación PERSONA MAYOR - CUIDADOR/ CUIDADOR - PERSONA MAYOR. Esta relación aportaba a las personas mayores la seguridad de saberse atendidos en sus necesidades básicas (comida, cuidados, higiene...), pero en el aspecto de las relaciones, sienten que falta comunicación, que nadie escucha sus problemas ni les preguntan lo que de verdad desean. Se ha creado, por las particularidades de la residencia, un vínculo importante de dependencia del anciano respecto de sus cuidadores; a la vez que los cuidadores dependen de este vínculo para hacer valer su "autoridad". La Sra. A. (87 años) me comenta que antes de ingresar en la residencia salía a pasear y podía ir de compras, prepararse la comida o realizar tareas sencillas, desde su ingreso en el centro (según ella, contra su voluntad) hace ocho meses, dice que "casi ya no se acuerda de andar y tiene la cabeza embotada" Como "no me dejan hacer nada, se me olvida todo" . El Sr. M. (83 años) explica, "moza, nosotros ya no mandamos nada. Cuando nos dicen a comer, pues a comer y cuando nos dicen a dormir, nos acostamos. ¡Si ya no valemos !". Otra de las personas mayores (Sra. J., 77 años) decía que aquello era como "estar en una cárcel". La queja más generalizada era que "perdían la memoria" sintiéndose incapaces de recordar "nada" de lo que se les ordenaba. Esta dependencia, que era a veces vivida con mucha hostilidad por ambos lados, gira en torno a un circuito cerrado. Los ancianos se acomodan a "depender" y el personal sanitario a tener una actitud sobre cuidadora que a veces resulta exacerbante.. En realidad parece que el trato no va dirigido a adultos con criterio propio, sino a bebés. Inconscientemente se prefiere ancianos dependientes y manejables. Frente al individuo "desvalido" que depende, la institución si sabe lo que le conviene y necesita. Contra más dependientes se sienten, más disminuye su autoestima y aumenta la sensación de inutilidad. En el ambiente flota lo siguiente : "estoy aquí porque ya no sirvo para nada". Cuando esto puede verbalizarse en uno de los grupos, surge la angustia que ello provoca y nos permite abordar este aspecto.
La residencia atiende a ancianos válidos y ancianos no válidos, el trato que se da a ambos grupos es igualitario. De los ancianos no válidos debo destacar que padecen algún tipo de enfermedad degenerativa que afecta a su psiquismo, como es el caso de la enfermedad de Alzheimer. Concretamente los ancianos que entran en esta categoría son cuatro, de estos cuatro una de ellos se halla en un grado cinco de incapacidad física (Escala de incapacidad física de Cruz Roja) Otros dos residentes, la Sra. Ma. y el Sr.R. padecen de hemiplejía, mientras la Sra. Ma no tiene una afectación grave en el lenguaje, el Sr. R. si. A pesar de ello, eran habituales en las sesiones de grupo y se hacían entender muy bien, por señas si era necesario. Los demás gozan en general de una bastante buena salud física y mental, exceptuando algunos problemas que son solucionados puntualmente por la doctora que asiste a los residentes tres veces por semana aproximadamente. Como la única persona que les escucha, dicen, es la doctora, el día de consulta hay largas colas para visitarse. Cualquier excusa vale, si no les duele nada se lo inventan, cayendo una vez más en otra rueda de dependencia difícil de romper (medíqueme, estoy enfermo = necesito que me escuchen) A más "enfermedad", más posibilidad de ser escuchado.
Empecé a valorar no sin preocupación en torno a qué podríamos vertebrar la vida comunitaria de aquella residencia. En la residencia, como en todo organismo vivo, lo que no es desarrollo se convierte en deterioro (G. Berzosa, 1995), y el centro parecía tener importantes dificultades para desarrollar algo que no estuviera ligado a la pulsión de muerte. Sabiéndose solos y sin palabra, el mensaje que les llegaba a los residentes sofocaba cualquier intento de rebelión e independencia, devolviéndoles una imagen de si mismos más próxima al esperpento de la vejez que a una vejez sana.
A medida que vamos profundizando en el vínculo, me resulta menos costoso que acepten mi presencia entre ellos. Poco a poco fui pasando de la relación inicial mucho más individual, a formar pequeños grupos con los residentes. No parecían muy interesados en la experiencia, pero tampoco la rechazaban. La primera función del grupo fue conectarlos entre ellos, dialogar, aprender a conocerse, llegar a un cierto grado de comunicación que permitiese una cohesión. Una vez pudieron articular lo común, la comunicación sufrió un importante y favorecedor cambio. Los residentes parecían muy receptivos y se operaron modificaciones importantes en este sentido, aprendieron a reunirse entre ellos y a hablar de sus cosas, al margen de mi presencia.
Estos grupos, en principio abiertos, no tenían un número constante de miembros y se realizan en una parte del jardín - la residencia me comunica que no dispone de espacios para realizar esta experiencia, también me hace saber que la consideran innecesaria y de resultado dudoso -, afortunadamente, estamos en verano y el tiempo nos acompaña. Primero se incorporan al grupo cuatro personas que serán los componentes fijos del mismo : Sra. R. (69 años), Sr. M (83 años), Sr. J (74años), Sra. An. (80 años). Más adelante - dos sesiones después - también se incorporan la Sra. A (87 años) y la Sra. P. (79 años), además de un número variable de personas que vienen a "probar" que es esto de los grupos. En estos tanteos por curiosidad siempre hay alguien que se añade en sesiones posteriores. En la sesión más numerosa llegamos a ser doce personas. Elijo la modalidad de grupo abierto, previa aceptación de todos los integrantes, para evitar las exclusiones, que son vividas como un rechazo por los residentes. Aunque la estructura del grupo se va modificando con la incorporación de estos miembros "móviles", parece que para los asistentes fijos esto no supone ningún problema, lo aceptan de buen grado. A diferencia de los asistentes esporádicos, prácticamente ninguno de los asistentes fijos del grupo vuelve a pedir una atención individual. Los grupos se realizan después del desayuno y antes de que llegue la hora de la visita médica o de los familiares. Realizamos dos sesiones semanales de aproximadamente 1h. ya que tengo dificultades en mantener el espacio más tiempo, se cansan mucho, y yo también ; lo que va surgiendo es a veces de una dureza considerable. Vamos marcando nuestro ritmo y formando nuestra idiosincrasia y nuestras características como grupo. Por mi parte, la experiencia requiere un buen trabajo de valoración, reflexión y elaboración después de cada sesión. Si elijo realizar dos sesiones semanales es porque el grupo mismo me marca la necesidad de dos encuentros semanales, ya que "se olvidan" de las cosas si distanciamos demasiado los encuentros. Realizamos un total de siete encuentros, y el cambio que se fue produciendo se reflejaba en la actitud vital del grupo. No tengo un registro grabado de las sesiones, por tanto no puedo transcribirlas, pero de mis anotaciones posteriores puedo referir que los temas que surgieron fueron los siguientes :
- Sentimiento de abandono e incomprensión de la situación en la que se hallan.
- Miedo a "perder el conocimiento y enloquecer"
- Necesidad de recibir visitas más a menudo de la familia.
- Sentimiento de inutilidad, baja estima
- Hostilidad e impotencia
- Miedo a la enfermedad, al sufrimiento
- Miedo a morir solos
Con los residentes que no llegaron a incorporarse a las sesiones de grupo, realizo un trabajo de atención más individualizado e intento que compartan actividades con el resto, como por ejemplo, salidas del centro, rehabilitación psicomotriz, ejercicio físico, implicándoles de algún modo en las actividades grupales, pero respetando sus decisiones.
Cuando llegamos a la mitad de nuestra andadura como grupo sucedió algo que me dejó muy preocupada. La Sra. An., compañera de habitación de la Sra. A., que últimamente estaba muy alterada porque, decía, sus hijos no la visitaban desde hacía diez días, parecía haber perdido todo contacto con la realidad. La Sra. An. tenía bastantes problemas con la memoria reciente y, además, le costaba mantener la atención. A pesar de estas limitaciones, era una mujer animosa y alegre que acostumbraba a dar una nota de color a las sesiones, en una de ellas incluso llegó a cantar una jota de su tierra para demostrara la alegría que sentía cuando nos reuníamos todos juntos. Era una mujer con una necesidad tremenda de recibir y dar afecto. La realidad es que sus hijos sólo hacía tres días que no la visitaban, pero a ella le parecían diez. Añadiré que a ella estar en el centro la angustiaba terriblemente. "¿Tu sabes por qué me han dejado aquí ?", me preguntaba fuera y dentro de las sesiones. Cuando le parecía que sus hijos tardaban más de la cuenta se desorientaba incluso espacialmente. Como aquella mañana su estado era realmente penoso, pregunté al grupo si había sucedido algo que provocase aquella situación y me contestaron que el día anterior había ingresado una persona nueva en el centro y que aquel ingreso había supuesto un cambio de dormitorio para la Sra. An. Primero pensé que habían trasladado a la Sra. An. y a la Sra. A. a otra habitación de la residencia, pero después, como me aclararía la Sra. A., en realidad habían cambiado únicamente a la Sra. An., pasando a ocupar un cuarto que tenía que compartir con la Sra. M.(96 años) que acababa de llegar. Este cambio la alteró considerablemente, estuvo toda la sesión llorando o diciendo "incoherencias". Todos estabamos preocupados, la Sra. A. no hacía más que repetirle que ella misma iría a hablar con los directores para que le devolviesen a su habitación, pero a la Sra. An. parecía no importarle nada de lo que se pudiera decir o sugerir. "Lo que quiero es morirme", decía, para luego mirar a la puerta del jardín y comentar : " Has visto que guapo está mi hijo P.?". Al finalizar la sesión intenté hablar con la dirección sobre este incidente que para ellos, dicen, "es normal" Su argumento es que la Sra. An. no rige muy bien, está enferma, y que ya lo arreglará la doctora recetándole algún medicamento para tranquilizarla. Afortunadamente la doctora, que comparte mi opinión, también solicita que se devuelva a la Sra. An. a su antigua habitación con su anterior compañera, pero esto es denegado aduciendo problemas de distribución ( ?). Costó mucho que la Sra. An. pudiese expresar, por una vía diferente a la que había accedido, los sentimientos que le provocaron aquel cambio. El grupo pasó a una posición activa para intentar ayudar a la Sra. An. a salir de la situación en la que se encontraba. Aún así, la Sra. An. no volvió a ser la de antes. Sus hijos estaban también muy preocupados porque cuando la visitaban veían que "perdía la cabeza" muy a menudo. El miedo a perder la cabeza había surgido con una cierta insistencia dentro del grupo.
Uno de los logros que nos proporcionó un importante sentimiento de independencia fue conseguir que los enfermos que lo deseasen pudieran salir a pasear fuera de la residencia. Hasta aquel momento solo tenían "permiso" dos de los residentes, que cada mañana iban a tomar su café. Las puerta del jardín siempre permanecía cerrada con llave, contribuyendo a dar un clima de ghetto. La vida dentro de la residencia transcurría al margen de la comunidad en la que se encontraba ubicada. Conocer el barrio, saludar a los vecinos, fue uno de nuestro primeros objetivos. A partir del momento en que conseguimos ganar este terreno, realizábamos una salida semanal.
A principios del mes de Julio se me comunica que la dirección del centro quiere hablar conmigo. Preveo problemas, de entrada se están retrasando una semana en el pago de mis honorarios. Cuando abordo el tema de mi paga, se me cita en el despacho - de una segunda residencia - que tiene la dirección del centro en Barcelona. Sin muchos preámbulos me comunican que mi trabajo, "muy bonito" (palabras textuales) es un lujo que la residencia no puede costear. Los ancianos pagan poco y ellos no pueden mantener un sueldo más. Esta es la última resistencia de la institución, la económica. En aquel momento me pagan mis honorarios a modo de liquidación y cierre. Siento tristeza al tener que abandonar un trabajo que creo dejar a medias, y me preocupa la repercusión en los residentes que tendrán que afrontar una pérdida más. Solicito poder despedirme de ellos y tener una última sesión en la que tengamos la posibilidad de elaborar la separación. Me es denegada. Estoy profundamente afectada.
 
A MODO DE CONCLUSIÓN
 
A pesar de las dificultades con las que me encontré en mi trabajo, valoro la experiencia como positiva por los avances que se produjeron en el grupo y lo que tuvo de enseñanza para todos. Lo que andamos como grupo nos fortaleció ante las circunstancias y crecimos en comprensión y esperanza. Aprendimos a comunicar sentimientos y necesidades, a conectar más con el propio deseo y a reivindicar la independencia desde los espacios que íbamos ganado. Conseguimos la llave de la puerta y pudimos salir a la calle, conocer a nuestros vecinos, entender que formábamos parte de una comunidad frente al sentimiento de estar aislados. Se estableció diálogo y comunicación entre los miembros. Seguramente si hubiéramos tenido la posibilidad de continuar en nuestra andadura, hubiésemos llegado un poquito más allá. Cada vez que íbamos avanzando, ni que fuera un poco, marcábamos de un modo claro que la residencia no era sólo un lugar para vivir, sino que también podía ser un espacio de desarrollo personal y grupal.
De lo expuesto en esta páginas quisiera matizar que algunas de las cuestiones comentadas en esta experiencia relativas a actitudes y conductas que presentaban los residentes y que eran fuente de conflictos, se observan con cierta frecuencia entre algunos ancianos institucionalizados : agresividad generada por las relaciones de dependencia, rigidez relacional, necesidad constante de reafirmar la identidad, aislamiento y retraimiento, desorientación. Ingresar en una residencia siempre supone un cambio importante de vida, la persona mayor suele sentirse muy vulnerable, y muchos de estos factores tienen que ver con una mala resolución en la adaptación a la nueva situación. Si además, en este cambio, los aspectos personales no acompañan (problemas familiares, mal estado afectivo, dificultades personales, físicas etc.) las posibilidades de fracaso en este proceso de adaptación son muy elevadas. Un factor determinante en este sentido es la voluntariedad en el ingreso : cuando la persona mayor está de acuerdo o bien, por las circunstancias que sea, ha sido el/ella quien ha tomado la decisión de su ingreso, el proceso de adaptación no suele presentar problemas.
Ha sido en elaboraciones posteriores de esta experiencia que he podido apreciar hasta que punto la institución focalizaba el problema en los residentes, era tal la intensidad que no había modo de que pudieran ver qué parte de implicación tenían ellos en la situación. Como el problema se colocaba en los "otros" (los residentes, las animadoras socio-culturales, yo misma) el mecanismo de negación supuso un escollo insalvable para dar continuidad a la experiencia. Por lo que respecta a mi, consideraban que el trabajo que realizaba con las personas mayores carecía de efectividad (nunca conseguí que jugasen al Bingo como ellos pretendían, o que bailásemos rumbas en el jardín), eran incapaces de comprender las necesidades afectivas de los residentes más allá de los cuidados materiales/físicos (en este sentido estaban muy bien atendidos) que les podían dispensar, bienestar -para ellos - significaba tener a los residentes todo el día distraídos y de fiesta ; cuando empezaron a cambiar actitudes dentro del grupo que podían modificar el grado de dependencia de los residentes respecto de sus cuidadores, de un modo significativo deciden cortar la relación laboral. Desde el principio hubo una "incapacidad" para comprender cuál era mi propuesta de trabajo, a pesar de las diferentes reuniones puntuales que tenía con la dirección del centro. Siempre acababan proponiéndome que realizase las actividades en las que los profesionales anteriores fracasaron, actividades que - por otro lado - los residentes no querían realizar. Querían a alguien más experto, pero constantemente cuestionaban la "efectividad" del trabajo ( su actitud era : "nadie mejor que nosotros sabe lo que necesitaban los "abuelitos"). Sobre las necesidades reales de las personas mayores, ni podían contemplar la posibilidad de que hubiera tales necesidades.
Para terminar me gustaría subrayar que aunque los programas de intervención en centros geriátricos son de gran importancia, difícilmente pueden instaurarse si no forman parte de la cultura de la organización de la propia residencia como empresa generadora de calidad de vida (G. Berzosa, 1995). La intervención comporta un proceso de interferencia e influencia y persigue un cambio (Yanguas y Leturia, 1995) Si a través del programa de intervención conseguimos independizar al anciano dependiente, hemos de asegurarnos de que la institución participe en un proceso en el que está incluida. A veces, tal y como me sucedió a mi en esta experiencia, surgen fenómenos relacionales y de resistencia que requieren estrategias muy potentes de intervención. Las variables que intervienen son múltiples y deben ser atendidas en su interrelación y complejidad.
Las diferentes fases que puede tener un modelo de intervención psicosocial en un centro geriátrico, surgen de las diversas necesidades que se plantean en el mismo. Los tres pilares de intervención son : Residencia - Persona Mayor - Familia. Si la intervención (por el motivo que sea) solo puede llevarse a cabo en uno de ellos, puede suceder que las modificaciones que se vayan produciendo en el proceso no puedan ser integradas por el resto, ya que afectan a la estructura mantenida. No hay posibilidad de consenso entre las partes, porque el cambio que se produce en una de ellas parece - como en nuestro caso - que genera rechazo y no aceptación en la otra. Cuando se solicita mi ayuda, evidentemente la residencia sólo ve un problema de actitud en los residentes y quieren que yo cambie esa actitud con mi intervención, al no tener consciencia de cuál es el problema real, no aceptaban nada que pudiera modificar la estructura en la que se amparan. Si no es posible ver la complejidad del problema, este queda reducido tan solo a una visión parcial del mismo centrándolo en un aspecto (por ejemplo, "la actitud problemática"), con lo que la intervención tiene relativas garantías de éxito. Como explica E. Goffman (1988) existe cierta dificultad desde la propia institución para el cambio, pues uno de los principios por los que se rige es la inmovilidad, la tendencia al no cambio. En esta experiencia es evidente que el problema no estaba sólo en la actitud de los residentes.
Nos damos cuenta de la importancia que tiene poder realizar un trabajo de intervención institucional cuando podemos comprender la institución como un todo que incluye : residentes, familia, personal sanitario, trabajadores, dirección... en el que se necesita fomentar el encuentro interpersonal y grupal, instaurar la comunicación y el diálogo. Este es el punto de partida para asentar las bases de la salud y el bienestar social.
 
Montse Fornós Esteve
 
 
Referencias bibliográficas 
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