|
Experiencia de trabajo grupal en una institución
geriátrica
- "La ancianidad es una experiencia común, ligada
a lo humano como tal. Y, no obstante, es la única etapa
del desarrollo que no se disfruta como un estatuto social positivo;
al contrario, en nuestra sociedad, se la considera negativamente.
- (...) Sin embargo, tanto la experiencia como la investigación
demuestra que la vejez puede ser un tiempo propicio para el crecimiento".
- Renée Salomon
-
-
- INTRODUCCIÓN
-
- Desde la abolición de los asilos (de carácter
benéfico, destinado fundamentalmente a ancianos indigentes
y abandonados) y su sustitución por residencias geriátricas,
estas últimas han ido pasando por diversas variantes en
cuanto a prestigio e imagen social. Es los años setenta
que en nuestro país, secundando un proceso que ya se había
iniciado en otras naciones con posterioridad a la II Guerra Mundial
(P. Rodríguez, 1995), se considera seriamente empezar
a abolir la institución del asilo y se plantea una alternativa
sustitutoria que llegará a ser más adelante un
sistema público de servicios sociales. La sociedad se
mueve y, con ella, la institución.
- Entre las circunstancias que explican el incremento en los
años setenta de la demanda de plazas residenciales nos
encontramos, en primer lugar, con que ya empezaba a dejarse notar
la escasez del recurso que había sido desde siempre el
tradicional en el suministramiento de cuidados durante la vejez,
es decir, el la atención prestada dentro del seno familiar (Rodríguez
Rodríguez, 1994); y en segundo lugar, una inexistencia
de otros recursos de atención - como la atención
domiciliaria - que dirigen la vejez hacia la institucionalización.
- Las variaciones en el cuidado familiar de las personas
mayores puede entenderse desde las modificaciones sociales que
se han venido produciendo a lo largo de los últimos cincuenta
años y que han supuesto transformaciones importantes en
el sistema de vida familiar, estos cambios han afectado considerablemente
a la situación , necesidades y atención de los
miembros que la componen. De las últimas décadas,
respecto de la familia, podríamos destacar :
- - La modificación de la posición de las mujeres
en la sociedad con su participación en el ámbito
público y el mundo laboral.
- - Reducción en el tamaño de la familia con
una clara tendencia progresiva hacia el modelo nuclear.
- - Inestabilidad de la institución familiar :
duración no siempre prolongada del matrimonio, uniones
de hecho, cambios de pareja etc.
- - Aumento de la esperanza de vida y baja natalidad.
-
- "La familia satisface una variedad de necesidades
para sus componentes : físicas (alimentación,
vivienda, cuidado de la enfermedad), psíquicas (autoestima,
afecto, amor, equilibrio psíquico) y sociales (identificación,
relación, comunicación, pertenencia al grupo).
La satisfacción de estas necesidades ha variado profundamente
en las últimas décadas con el transito de una sociedad
agraria a una sociedad urbana industrializada." ( R.
Moragas, 1991, pp.137).
-
-
- El cambio social inició el tambaleo de los valores
vinculados a la familia tradicional y al reparto de papeles en
su seno. Estos factores de cambio, unidos a una mayor calidad
y esperanza de vida, hace que el planteamiento del cuidado de
las personas mayores sea fuente de preocupación para los
servicios sociales y la administración. Las evoluciones
sufridas dentro de la familia han implicado también una
serie de cambios relativos a la atención en la vejez.
- Ahora bien, aunque algunas de las necesidades de la
familia (educación reglada, curación de la enfermedad,
cuidado de los ancianos...) las cubren organizaciones que son
ajenas a ella, las decisiones básicas se siguen tomando
en el seno de la misma (Moragas, 1991). Las familias deciden
a qué colegio asistirá su hijo o si es conveniente
institucionalizar a un miembro de la misma para su cuidado. No
podemos obviar que la familia juega un papel fundamental en la
toma de decisiones que afecta a alguno de sus miembros. Cuando
se ha pensado institucionalizar al anciano para su cuidado, excepto
en casos puntuales, es la familia quien ha tomado la iniciativa
de tal decisión.
- Se escucha muy a menudo una polémica que surge
de la cuestión de si el anciano está mejor
atendido en casa o en la residencia. Como en toda polémica,
hay diversos puntos de vista y muchas valoraciones a hacer, quedando
la posibilidad dicotómica de "si" o "no"
descartada por completo. No se trata de "si" o "no",
quizás, como sugiere Pilar Rodríguez, el lema más
ajustado sea : "en casa mientras sea posible, en
la residencia cuando sea necesario".
- En la actualidad, con todos los recursos de que dispone
nuestra sociedad en atención y servicio social, muchos
de los problemas que se argumentan sobre la necesidad de institucionalización
de las personas mayores se justifican en base al imaginario social
sobre la vejez. Resulta difícil luchar contra este estereotipo
que genera determinadas actitudes prejuiciadas y que, además,
no se fundamenta en hechos, sino en la ignorancia y la deformación
que produce una visión sesgada sobre la vejez. Al considerarse
la edad madura desde esta perspectiva limitada y errónea,
se pone el énfasis en una necesidad de atención
y cuidado constante a manos de personas especializadas. "De
la familia pueden destacarse sus limitaciones como grupo o institución,
pero cualquier alternativa a la misma cuenta con mayores inconvenientes
que las familias normales". (Moragas, 1991, pp. 138)
La atención social ha de evolucionar y enfocar la intervención
hacia una política de soporte más que hacia una
política de sustituciones. Los cambios en nuestra sociedad
requieren de una serie de modelos a nivel de intervención
que puedan responder a la forma de actuar de la familia, el medio
social, y las instituciones y profesionales dedicados al cuidado
de la vejez (J.L. González, 1995).
- Los prejuicios sobre la vejez, como la mayoría de
prejuicios, los adquirimos durante la infancia y con el tiempo
los vamos asentando y racionalizando, provocando una respuesta
emocional directa. Un prejuicio es una actitud negativa que carece
de fundamento y está referida a grupos. Cuando asociamos
vejez al estereotipo de declinación mental y física,
inconscientemente acabamos rechazando tanto el proceso de envejecimiento
como a las personas que son portadoras de él. Según
este estereotipo, las personas mayores ya no pueden acrecentarse
ni hacer nada para sí mismas ni por sí mismas,
puede parecer, erróneamente, que ni siquiera lo deseen
ya (Salvarezza, 1991). La vejez se considera una etapa negativa
de la vida y la información sobre su potencial real es
escasa (Moragas, 1991), se destacan las limitaciones biológicas,
psíquicas, sociales y existen claras barreras para recibir
información objetiva sobre el verdadero potencial de la
persona mayor. Desafortunadamente, demasiadas personas mayores
lo aceptan así, dando por sentado que ya no pueden crecer,
renuncian , al negarlas, a la aspiraciones de crecimiento. El
error fáctico que produce el estereotipo sobre
el grupo estereotipado es algo tan complejo y sencillo a la vez
como la adaptación por parte de dicho grupo a lo que se
supone se espera de él (para algunos autores sería
la denominada profecía de autocumplimiento) Es
una acomodación que ayuda a reducir la disonancia que
provoca el peso del estereotipo - especialmente, como en el caso
de la vejez, cuando este es negativo -.
- Algunos autores han favorecido esta visión prejuiciada
con diversos estudios sobre la vejez, buscando teorías
que intentaban dar explicaciones totalizadoras para la misma.
Tal es el caso de la teoría elaborada por Cumming y Henry
(1961), o los estudios realizados por Rose (1965). La vejez,
igual que en otras etapas del proceso evolutivo, consta de diferentes
estadios. Por ejemplo, en nuestra cultura es habitual marcar
los 65 años como frontera de la jubilación, es
un ritual de transición que marca poderosamente al individuo ;
pero, parece obvio, que habrá notables diferencias entre
una persona de 65 años y una de 87, a pesar de que socialmente
se les incluye a ambos en el bloque compacto "tercera edad".
Así pues, más allá de la etiqueta globalizadora,
nos hallamos sobre todo ante un proceso que forma parte del desarrollo
vital de las personas. Para Strieb (1965) es la sociedad quien
obliga a las personas mayores a formar parte de una minoría,
alejándolas de la vida activa habitual. Atchley (1971)
plantea desde su Teoría de la Continuidad que "la
adaptación social a la vejez, a la jubilación y
a los acontecimientos del mismo género está determinada
principalmente por el pasado" (Mishara y Riedel, 1984
pp. 68) Nosotros nos atrevemos a añadir que al pasado
hay que sumarle las circunstancias personales y la forma de aprehender
la vida. Como matiza J. Aragó (1986), envejecer es un
proceso, no un cambio que sucede de la noche a la mañana,
de forma repentina, sino que ocurre de forma gradual y progresiva.
Al ser modificaciones que se van produciendo a lo largo del tiempo,
es bien seguro que en estos cambios intervienen gran cantidad
de factores, variables diversas, y que, según sea su actuación,
irán configurando a la persona que envejece.
- El peor prejuicio sobre la vejez es aquel que nos obliga
a verla como una enfermedad y no como una parte del proceso de
la vida. Es demasiado frecuente, incluso entre los profesionales
que trabajan con personas mayores, ver a los "viejos"
(palabra que se usa a veces con cierta carga negativa) como enfermos
o incapacitados, estableciéndose una fuerte
sinonimia entre "vejez igual a enfermedad" que entraña
un riesgo enorme. En una sociedad de masas como la nuestra, el
peligro aparece cuando sustituimos la opinión racional,
basada en hechos, por la opinión basada en mitos. Y nuestros
mitos sobre la vejez se fundamentan mayoritariamente en actitudes
y estereotipos negativos. Para concluir este apartado me gustaría
transcribir una parte de las reflexiones realizadas por un grupo
multidisciplinar de trabajo y presentadas en el Boletín
extraordinario de mayo (1995) de la S.E :P.T.G. El escrito
tiene especial interés por intentar abordar la cuestión
de la salud desde su misma concepción (¿Qué
significa salud ?), transcribo el siguiente párrafo :"
También el signo de deterioro o ausencia de bienestar
psíquico - vejez, incapacidad intelectual, trastornos
emocionales y sociales, y otros - es su significado que determina
el sentirse bien o mal. Si ponemos el énfasis en su significado,
algo que podemos compartir y que nos permite comunicarnos, podríamos
pensar que el sentimiento de malestar se produce y aumenta en
función del significado de diferencia, de exclusión
y de incomunicación entre la persona afectada y el resto
de la comunidad"
- En el X Congreso de Médicos y Biólogos de Lengua
Catalana (1976), la salud se define como: "Aquella manera
de vivir que es autónoma, solidaria y gozosa" ("Salut
és aquella manera de viure que és autónoma,
solidària i joiosa")3
La edad no es un factor excluyente de esta definición.
-
- EXPERIENCIA EN LA INSTITUCIÓN GERIÁTRICA
- "Yo veo la vejez como un enriquecimiento, como un
acumular saberes y experiencias. Pero también como una
conservación de la vida. Y mientras se vive, se mantiene
la capacidad de entusiasmo. Mientras se vive hay que esperar
la vida cada día". Vicente Aleixandre
-
- Una vez introducidos estos aspectos, la experiencia que voy
a presentar a continuación es, por diversas cuestiones,
un reflejo de lo expuesto hasta ahora. En primer lugar, la residencia
en la que presté mis servicios por el periodo de un mes
y una semana (Junio/Julio, 1996), tenía serias dificultades
para separar vejez de enfermedad e incapacidad, aceptando activamente
los prejuicios sobre la vejez a los me he referido anteriormente
y creando un sentimiento creciente de dependencia entre sus residentes,
lo que dificultaba seriamente el trabajo e interfería
constantemente en el lento progreso de los mismos. En segundo
lugar, a excepción de los casos de residentes con enfermedad
de Alzheimer en fase avanzada que hacían comprensible
su internamiento, el resto - salvo alguna excepción -
habían sido depositados allí por sus familias,
sin ser consultados ni informados previamente de su nueva situación,
encontrándose la mayoría en un estado de "espera"
que no les permitía la adaptación al nuevo lugar.
La pregunta que acostumbraban a hacer a cualquiera de las cuidadoras
siempre giraba en torno a lo mismo : "¿Cuando
vendrá mi hijo/a para llevarme a casa ?"
- Quisiera hacer un inciso, en este sentido, sobre la gran
importancia que tiene poder realizar una intervención
a nivel familiar, aspecto que me parece básico
en gerontología. Este tipo de intervenciones, indispensables
para afrontar el cambio que supone la nueva situación
tanto para el residente como para los familiares, no se desarrollan
con la frecuencia que debieran, siendo una de las asignaturas
pendientes en este campo.
- Tal como describen J. Yanguas y F. J. Leturias, los programas
de intervención familiar deben tener una serie de características,
de las que describen estos autores, me gustaría destacar las
siguientes :
- - Los programas de intervención familiar, deberían
estar incluidos en un plan general de intervención.
- - Tener un carácter procesual, con fases consecutivas
en las que tienen que participar tanto la persona mayor como
el resto de la familia.
- - El trabajo con familias debe basarse en la formación.
- Según los mismos autores, los niveles de intervención
se podrían desarrollar en diferentes fases y tendrían
que incluir :
- - Atención y trabajo individual con las familias de
cada anciano
- - Trabajo grupal y multifamiliar (grupos de autoayuda, grupos
de formación...)
- - Intervenciones abiertas a todas las familias a nivel cognitivo
y lúdico.
- Bajo mi criterio, el trabajo con familias no debería
empezarse una vez que se ha efectuado el ingreso de la persona
mayor, sino con anterioridad, a partir del momento en que se
contempla la posibilidad de acudir a un centro geriátrico
como solución.
- Volviendo a la experiencia en la institución, se requiere
mi intervención en dicho centro geriátrico como
profesional especialista en gerontología, los responsables
del centro que se ponen en contacto conmigo y justifican la necesidad
de mi intervención argumentando que es una residencia
"problemática" porque los residentes presentan
actitudes difíciles que les preocupan, la frase exacta
fue : "No hay modo de ponerlos en marcha"
(como si de objetos inanimados se tratara). Hasta la fecha habían
intentado resolver el problema con "animadoras" cuya
misión consistía en dinamizar a los ancianos organizándoles
juegos y cualquier tipo de distracción que les hiciera
salir de la apatía en la que, según los directores,
se hallaban. Ninguna de estas experiencias cuajó entre
los residentes estos, obstinadamente, persistían en su
actitud de "no querer colaborar". Las declaraciones
de la directora me preocupan, pienso que los residentes deben
estar cansados de ver circular personas a su alrededor que, en
más o menos tiempo, les dejan. Intento pensar en cómo
deben vivir esta experiencia, cómo deben sentirse, qué
debe suponer para ellos verse repetidamente abandonados, cómo
elaborarán estas pérdidas
- Mi primer día en la residencia me sirve para comprobar
que la "ruta" que realizan los residentes es siempre
la misma : de la habitación al sofá o los
sillones del salón, del sofá al comedor, del comedor
al sofá y después de volver a pasar por el comedor
para cenar, concluye en la habitación para dormir, continuando
la siesta que empezaron de buena mañana en el sofá.
Excepto algunos de ellos que muestran una mayor autonomía
y se desplazan a su aire, la mayoría, por ejemplo, sólo
usan el jardín cuando el personal de enfermería
les obliga a salir y a veces lo hacen de mala gana, "tenemos
frío", "estamos mejor dentro" son los
argumentos habituales, aún cuando el calor del verano
empieza a dejarse sentir. Un primer contacto me sirve para realizar
una valoración previa de la situación y compruebo
que, efectivamente, la desmotivación entre los residentes
es considerable. En general hay una desgana por vivir, nada aparentemente
les llama lo suficiente la atención. La residencia, con
23 inquilinos, tiene un importante problema por resolver. La
existencia de dificultades para aplicar algunos principios de
animación socio-cultural en el centro son obvios, a los
ancianos no les interesan en lo más mínimo ninguna
actividad que se les pueda proponer. Recuerdo que nada más
llegar, me encontré con una mujer de unos 65 años
con importantes problemas de movilidad, se acerca a mi y me pregunta
quien soy, le respondo amablemente y me contesta : "Conmigo
no cuentes para hacer nada", gira su silla de ruedas
y se va. Entiendo donde está el fracaso de las anteriores
animadoras e intento no repetir el error. Mi primer paso consiste
en acercarme individualmente a su necesidad de ser escuchados
y atendidos en sus quejas - que eran muchas -. No querían
ninguna imposición de actividades, necesitaban sentirse
respetados emocionalmente. Debo decir que este primer encuentro
contó inicialmente con algunas resistencias, muchos de
ellos cansados de ver personas nuevas que después les
"abandonaban", temían que se produjese una nueva
pérdida, el tiempo les daría la razón. En
estos primeros encuentros me dediqué única y exclusivamente
a trabajar con cada uno de ellos, a escucharles, a acoger sus
quejas y su dolor mientras que, paralelamente intentaba establecer
con los responsables de la residencia un diálogo que posibilitase
un poco de insigth sobre cómo influía la
institución el la actitud de los residentes. A veces tenía
la sensación de que me escuchaban en alguna de las señalizaciones
que realizaba con mucho tacto y mano derecha. Otras estaba segura
de que no querían hacerlo, o de que no estaban preparados
para ello. Aprendí a valorar los límites de la
institución y los míos propios respecto de ella.
Comprendiendo con qué contaba, mi objetivo durante el
trabajo que preveía realizaría por poco tiempo
fue, como dice Foulkes (1975)5
lograr el máximo de comunicación y conocimiento
mutuos entre los residentes. Pensé que si podía
conseguir este objetivo, al menos les dejaría una herramienta
- el encuentro - para que el propio grupo pudiese ir generando
cambios a posteriori.
- Cuando empezaron a disminuir las resistencias iniciales de
los residentes, una vez se fue estableciendo un vínculo
de confianza, descubría con cada nueva historia personal
todo lo que cada uno de ellos podía ofrecer. Puedo asegurar
que, a pesar de la situación en que se hallaban, tenían
mucho por dar individual y colectivamente ; y también
tenían una gran necesidad de recibir, sobretodo afecto.
Empezamos a establecer los lazos personales que me permitirían
realizar un primer diagnóstico de las relaciones internas
del grupo. En general, el contacto entre ellos era escaso, apenas
se conocían los unos a los otros, se comunicaban muy poco
entre sí y cada cual parecía vivir aisladamente.
Sólo se establecían intentos de contactar entre
algunas de las personas que compartían habitación.
En esta estructura grupal estaban presentes elementos muy destructivos
que se manifestaban a veces en enfrentamientos verbales e incluso
físicos entre alguno de los miembros (tuve que separar
a dos residentes que se peleaban porque uno acusaba al otro de
haberle "robado" un objeto de su habitación
- concretamente una radio -. La radio había sido guardada
por una de las enfermeras dentro de un cajón para evitar
que se extraviase)
- En este primer periodo me dediqué también a
analizar la relación PERSONA MAYOR - CUIDADOR/ CUIDADOR
- PERSONA MAYOR. Esta relación aportaba a las personas
mayores la seguridad de saberse atendidos en sus necesidades
básicas (comida, cuidados, higiene...), pero en el aspecto
de las relaciones, sienten que falta comunicación, que
nadie escucha sus problemas ni les preguntan lo que de verdad
desean. Se ha creado, por las particularidades de la residencia,
un vínculo importante de dependencia del anciano respecto
de sus cuidadores; a la vez que los cuidadores dependen de este
vínculo para hacer valer su "autoridad". La
Sra. A. (87 años) me comenta que antes de ingresar en
la residencia salía a pasear y podía ir de compras,
prepararse la comida o realizar tareas sencillas, desde su ingreso
en el centro (según ella, contra su voluntad) hace ocho
meses, dice que "casi ya no se acuerda de andar y tiene
la cabeza embotada" Como "no me dejan hacer
nada, se me olvida todo" . El Sr. M. (83 años)
explica, "moza, nosotros ya no mandamos nada. Cuando
nos dicen a comer, pues a comer y cuando nos dicen a dormir,
nos acostamos. ¡Si ya no valemos !". Otra
de las personas mayores (Sra. J., 77 años) decía
que aquello era como "estar en una cárcel".
La queja más generalizada era que "perdían
la memoria" sintiéndose incapaces de recordar
"nada" de lo que se les ordenaba. Esta dependencia,
que era a veces vivida con mucha hostilidad por ambos lados,
gira en torno a un circuito cerrado. Los ancianos se acomodan
a "depender" y el personal sanitario a tener una actitud
sobre cuidadora que a veces resulta exacerbante.. En
realidad parece que el trato no va dirigido a adultos con criterio
propio, sino a bebés. Inconscientemente se prefiere ancianos
dependientes y manejables. Frente al individuo "desvalido"
que depende, la institución si sabe lo que le conviene
y necesita. Contra más dependientes se sienten, más
disminuye su autoestima y aumenta la sensación de inutilidad. En
el ambiente flota lo siguiente : "estoy aquí
porque ya no sirvo para nada". Cuando esto puede verbalizarse
en uno de los grupos, surge la angustia que ello provoca y nos
permite abordar este aspecto.
- La residencia atiende a ancianos válidos y ancianos
no válidos, el trato que se da a ambos grupos es igualitario.
De los ancianos no válidos debo destacar que padecen algún
tipo de enfermedad degenerativa que afecta a su psiquismo, como
es el caso de la enfermedad de Alzheimer. Concretamente los ancianos
que entran en esta categoría son cuatro, de estos cuatro
una de ellos se halla en un grado cinco de incapacidad física
(Escala de incapacidad física de Cruz Roja) Otros dos
residentes, la Sra. Ma. y el Sr.R. padecen de hemiplejía,
mientras la Sra. Ma no tiene una afectación grave en el
lenguaje, el Sr. R. si. A pesar de ello, eran habituales en las
sesiones de grupo y se hacían entender muy bien, por señas
si era necesario. Los demás gozan en general de una bastante
buena salud física y mental, exceptuando algunos problemas
que son solucionados puntualmente por la doctora que asiste a
los residentes tres veces por semana aproximadamente. Como la
única persona que les escucha, dicen, es la doctora, el
día de consulta hay largas colas para visitarse. Cualquier
excusa vale, si no les duele nada se lo inventan, cayendo una
vez más en otra rueda de dependencia difícil de
romper (medíqueme, estoy enfermo = necesito que me
escuchen) A más "enfermedad", más
posibilidad de ser escuchado.
- Empecé a valorar no sin preocupación en torno
a qué podríamos vertebrar la vida comunitaria de
aquella residencia. En la residencia, como en todo organismo
vivo, lo que no es desarrollo se convierte en deterioro (G. Berzosa,
1995), y el centro parecía tener importantes dificultades
para desarrollar algo que no estuviera ligado a la pulsión
de muerte. Sabiéndose solos y sin palabra, el mensaje
que les llegaba a los residentes sofocaba cualquier intento de
rebelión e independencia, devolviéndoles una imagen
de si mismos más próxima al esperpento de la vejez
que a una vejez sana.
- A medida que vamos profundizando en el vínculo, me
resulta menos costoso que acepten mi presencia entre ellos. Poco
a poco fui pasando de la relación inicial mucho más
individual, a formar pequeños grupos con los residentes.
No parecían muy interesados en la experiencia, pero tampoco
la rechazaban. La primera función del grupo fue conectarlos
entre ellos, dialogar, aprender a conocerse, llegar a un cierto
grado de comunicación que permitiese una cohesión.
Una vez pudieron articular lo común, la comunicación
sufrió un importante y favorecedor cambio. Los residentes
parecían muy receptivos y se operaron modificaciones importantes
en este sentido, aprendieron a reunirse entre ellos y a hablar
de sus cosas, al margen de mi presencia.
- Estos grupos, en principio abiertos, no tenían un
número constante de miembros y se realizan en una parte
del jardín - la residencia me comunica que no dispone
de espacios para realizar esta experiencia, también me
hace saber que la consideran innecesaria y de resultado dudoso
-, afortunadamente, estamos en verano y el tiempo nos acompaña.
Primero se incorporan al grupo cuatro personas que serán
los componentes fijos del mismo : Sra. R. (69 años),
Sr. M (83 años), Sr. J (74años), Sra. An. (80 años).
Más adelante - dos sesiones después - también
se incorporan la Sra. A (87 años) y la Sra. P. (79 años),
además de un número variable de personas que vienen
a "probar" que es esto de los grupos. En estos tanteos
por curiosidad siempre hay alguien que se añade en sesiones
posteriores. En la sesión más numerosa llegamos
a ser doce personas. Elijo la modalidad de grupo abierto, previa
aceptación de todos los integrantes, para evitar las exclusiones,
que son vividas como un rechazo por los residentes. Aunque la
estructura del grupo se va modificando con la incorporación
de estos miembros "móviles", parece que para
los asistentes fijos esto no supone ningún problema, lo
aceptan de buen grado. A diferencia de los asistentes esporádicos,
prácticamente ninguno de los asistentes fijos del grupo
vuelve a pedir una atención individual. Los grupos se
realizan después del desayuno y antes de que llegue la
hora de la visita médica o de los familiares. Realizamos
dos sesiones semanales de aproximadamente 1h. ya que tengo dificultades
en mantener el espacio más tiempo, se cansan mucho, y
yo también ; lo que va surgiendo es a veces de una
dureza considerable. Vamos marcando nuestro ritmo y formando
nuestra idiosincrasia y nuestras características como
grupo. Por mi parte, la experiencia requiere un buen trabajo
de valoración, reflexión y elaboración después
de cada sesión. Si elijo realizar dos sesiones semanales
es porque el grupo mismo me marca la necesidad de dos encuentros
semanales, ya que "se olvidan" de las cosas
si distanciamos demasiado los encuentros. Realizamos un total
de siete encuentros, y el cambio que se fue produciendo se reflejaba
en la actitud vital del grupo. No tengo un registro grabado de
las sesiones, por tanto no puedo transcribirlas, pero de mis
anotaciones posteriores puedo referir que los temas que surgieron
fueron los siguientes :
- - Sentimiento de abandono e incomprensión de la situación
en la que se hallan.
- - Miedo a "perder el conocimiento y enloquecer"
- - Necesidad de recibir visitas más a menudo de la
familia.
- - Sentimiento de inutilidad, baja estima
- - Hostilidad e impotencia
- - Miedo a la enfermedad, al sufrimiento
- - Miedo a morir solos
- Con los residentes que no llegaron a incorporarse a las sesiones
de grupo, realizo un trabajo de atención más individualizado
e intento que compartan actividades con el resto, como por ejemplo,
salidas del centro, rehabilitación psicomotriz, ejercicio
físico, implicándoles de algún modo en las
actividades grupales, pero respetando sus decisiones.
- Cuando llegamos a la mitad de nuestra andadura como grupo
sucedió algo que me dejó muy preocupada. La Sra.
An., compañera de habitación de la Sra. A., que
últimamente estaba muy alterada porque, decía,
sus hijos no la visitaban desde hacía diez días,
parecía haber perdido todo contacto con la realidad. La
Sra. An. tenía bastantes problemas con la memoria reciente
y, además, le costaba mantener la atención. A pesar
de estas limitaciones, era una mujer animosa y alegre que acostumbraba
a dar una nota de color a las sesiones, en una de ellas incluso
llegó a cantar una jota de su tierra para demostrara la
alegría que sentía cuando nos reuníamos
todos juntos. Era una mujer con una necesidad tremenda de recibir
y dar afecto. La realidad es que sus hijos sólo hacía
tres días que no la visitaban, pero a ella le parecían
diez. Añadiré que a ella estar en el centro la
angustiaba terriblemente. "¿Tu sabes por qué
me han dejado aquí ?", me preguntaba fuera
y dentro de las sesiones. Cuando le parecía que sus hijos
tardaban más de la cuenta se desorientaba incluso espacialmente.
Como aquella mañana su estado era realmente penoso, pregunté
al grupo si había sucedido algo que provocase aquella
situación y me contestaron que el día anterior
había ingresado una persona nueva en el centro y que aquel
ingreso había supuesto un cambio de dormitorio para la
Sra. An. Primero pensé que habían trasladado a
la Sra. An. y a la Sra. A. a otra habitación de la residencia,
pero después, como me aclararía la Sra. A., en
realidad habían cambiado únicamente a la Sra. An.,
pasando a ocupar un cuarto que tenía que compartir con
la Sra. M.(96 años) que acababa de llegar. Este cambio
la alteró considerablemente, estuvo toda la sesión
llorando o diciendo "incoherencias". Todos estabamos
preocupados, la Sra. A. no hacía más que repetirle
que ella misma iría a hablar con los directores para que
le devolviesen a su habitación, pero a la Sra. An. parecía
no importarle nada de lo que se pudiera decir o sugerir. "Lo
que quiero es morirme", decía, para luego mirar
a la puerta del jardín y comentar : " Has
visto que guapo está mi hijo P.?". Al finalizar
la sesión intenté hablar con la dirección
sobre este incidente que para ellos, dicen, "es normal"
Su argumento es que la Sra. An. no rige muy bien, está
enferma, y que ya lo arreglará la doctora recetándole
algún medicamento para tranquilizarla. Afortunadamente
la doctora, que comparte mi opinión, también solicita
que se devuelva a la Sra. An. a su antigua habitación
con su anterior compañera, pero esto es denegado aduciendo
problemas de distribución ( ?). Costó mucho
que la Sra. An. pudiese expresar, por una vía diferente
a la que había accedido, los sentimientos que le provocaron
aquel cambio. El grupo pasó a una posición activa
para intentar ayudar a la Sra. An. a salir de la situación
en la que se encontraba. Aún así, la Sra. An. no
volvió a ser la de antes. Sus hijos estaban también
muy preocupados porque cuando la visitaban veían que "perdía
la cabeza" muy a menudo. El miedo a perder
la cabeza había surgido con una cierta insistencia
dentro del grupo.
- Uno de los logros que nos proporcionó un importante
sentimiento de independencia fue conseguir que los enfermos que
lo deseasen pudieran salir a pasear fuera de la residencia. Hasta
aquel momento solo tenían "permiso" dos de los
residentes, que cada mañana iban a tomar su café.
Las puerta del jardín siempre permanecía cerrada
con llave, contribuyendo a dar un clima de ghetto. La
vida dentro de la residencia transcurría al margen de
la comunidad en la que se encontraba ubicada. Conocer el barrio,
saludar a los vecinos, fue uno de nuestro primeros objetivos.
A partir del momento en que conseguimos ganar este terreno, realizábamos
una salida semanal.
- A principios del mes de Julio se me comunica que la dirección
del centro quiere hablar conmigo. Preveo problemas, de entrada
se están retrasando una semana en el pago de mis honorarios.
Cuando abordo el tema de mi paga, se me cita en el despacho -
de una segunda residencia - que tiene la dirección del
centro en Barcelona. Sin muchos preámbulos me comunican
que mi trabajo, "muy bonito" (palabras textuales)
es un lujo que la residencia no puede costear. Los ancianos
pagan poco y ellos no pueden mantener un sueldo más.
Esta es la última resistencia de la institución,
la económica. En aquel momento me pagan mis honorarios
a modo de liquidación y cierre. Siento tristeza al tener
que abandonar un trabajo que creo dejar a medias, y me preocupa
la repercusión en los residentes que tendrán que
afrontar una pérdida más. Solicito poder despedirme
de ellos y tener una última sesión en la que tengamos
la posibilidad de elaborar la separación. Me es denegada.
Estoy profundamente afectada.
-
- A MODO DE CONCLUSIÓN
-
- A pesar de las dificultades con las que me encontré
en mi trabajo, valoro la experiencia como positiva por los avances
que se produjeron en el grupo y lo que tuvo de enseñanza
para todos. Lo que andamos como grupo nos fortaleció ante
las circunstancias y crecimos en comprensión y esperanza.
Aprendimos a comunicar sentimientos y necesidades, a conectar
más con el propio deseo y a reivindicar la independencia
desde los espacios que íbamos ganado. Conseguimos la llave
de la puerta y pudimos salir a la calle, conocer a nuestros vecinos,
entender que formábamos parte de una comunidad frente
al sentimiento de estar aislados. Se estableció diálogo
y comunicación entre los miembros. Seguramente si hubiéramos
tenido la posibilidad de continuar en nuestra andadura, hubiésemos
llegado un poquito más allá. Cada vez que íbamos
avanzando, ni que fuera un poco, marcábamos de un modo
claro que la residencia no era sólo un lugar para vivir,
sino que también podía ser un espacio de desarrollo
personal y grupal.
- De lo expuesto en esta páginas quisiera matizar que
algunas de las cuestiones comentadas en esta experiencia relativas
a actitudes y conductas que presentaban los residentes y que
eran fuente de conflictos, se observan con cierta frecuencia
entre algunos ancianos institucionalizados : agresividad
generada por las relaciones de dependencia, rigidez relacional,
necesidad constante de reafirmar la identidad, aislamiento y
retraimiento, desorientación. Ingresar en una residencia
siempre supone un cambio importante de vida, la persona mayor
suele sentirse muy vulnerable, y muchos de estos factores tienen
que ver con una mala resolución en la adaptación
a la nueva situación. Si además, en este cambio,
los aspectos personales no acompañan (problemas familiares,
mal estado afectivo, dificultades personales, físicas
etc.) las posibilidades de fracaso en este proceso de adaptación
son muy elevadas. Un factor determinante en este sentido es la
voluntariedad en el ingreso : cuando la persona mayor está
de acuerdo o bien, por las circunstancias que sea, ha sido el/ella
quien ha tomado la decisión de su ingreso, el proceso
de adaptación no suele presentar problemas.
- Ha sido en elaboraciones posteriores de esta experiencia
que he podido apreciar hasta que punto la institución
focalizaba el problema en los residentes, era tal la intensidad
que no había modo de que pudieran ver qué parte
de implicación tenían ellos en la situación.
Como el problema se colocaba en los "otros" (los residentes,
las animadoras socio-culturales, yo misma) el mecanismo de negación
supuso un escollo insalvable para dar continuidad a la experiencia.
Por lo que respecta a mi, consideraban que el trabajo que realizaba
con las personas mayores carecía de efectividad (nunca
conseguí que jugasen al Bingo como ellos pretendían,
o que bailásemos rumbas en el jardín), eran incapaces
de comprender las necesidades afectivas de los residentes más
allá de los cuidados materiales/físicos (en este
sentido estaban muy bien atendidos) que les podían dispensar,
bienestar -para ellos - significaba tener a los residentes todo
el día distraídos y de fiesta ; cuando empezaron
a cambiar actitudes dentro del grupo que podían modificar
el grado de dependencia de los residentes respecto de sus cuidadores,
de un modo significativo deciden cortar la relación laboral.
Desde el principio hubo una "incapacidad" para comprender
cuál era mi propuesta de trabajo, a pesar de las diferentes
reuniones puntuales que tenía con la dirección
del centro. Siempre acababan proponiéndome que realizase
las actividades en las que los profesionales anteriores fracasaron,
actividades que - por otro lado - los residentes no querían
realizar. Querían a alguien más experto, pero constantemente
cuestionaban la "efectividad" del trabajo ( su actitud
era : "nadie mejor que nosotros sabe lo que necesitaban
los "abuelitos"). Sobre las necesidades reales
de las personas mayores, ni podían contemplar la posibilidad
de que hubiera tales necesidades.
- Para terminar me gustaría subrayar que aunque los
programas de intervención en centros geriátricos
son de gran importancia, difícilmente pueden instaurarse
si no forman parte de la cultura de la organización de
la propia residencia como empresa generadora de calidad de vida
(G. Berzosa, 1995). La intervención comporta un proceso
de interferencia e influencia y persigue un cambio (Yanguas y
Leturia, 1995) Si a través del programa de intervención
conseguimos independizar al anciano dependiente, hemos de asegurarnos
de que la institución participe en un proceso en el que
está incluida. A veces, tal y como me sucedió a
mi en esta experiencia, surgen fenómenos relacionales
y de resistencia que requieren estrategias muy potentes de intervención.
Las variables que intervienen son múltiples y deben ser
atendidas en su interrelación y complejidad.
- Las diferentes fases que puede tener un modelo de intervención
psicosocial en un centro geriátrico, surgen de las diversas
necesidades que se plantean en el mismo. Los tres pilares de
intervención son : Residencia - Persona Mayor - Familia.
Si la intervención (por el motivo que sea) solo puede
llevarse a cabo en uno de ellos, puede suceder que las modificaciones
que se vayan produciendo en el proceso no puedan ser integradas
por el resto, ya que afectan a la estructura mantenida. No hay
posibilidad de consenso entre las partes, porque el cambio que
se produce en una de ellas parece - como en nuestro caso - que
genera rechazo y no aceptación en la otra. Cuando se solicita
mi ayuda, evidentemente la residencia sólo ve un
problema de actitud en los residentes y quieren que yo cambie
esa actitud con mi intervención, al no tener consciencia
de cuál es el problema real, no aceptaban nada que pudiera
modificar la estructura en la que se amparan. Si no es posible
ver la complejidad del problema, este queda reducido tan solo
a una visión parcial del mismo centrándolo en un
aspecto (por ejemplo, "la actitud problemática"),
con lo que la intervención tiene relativas garantías
de éxito. Como explica E. Goffman (1988) existe cierta
dificultad desde la propia institución para el cambio,
pues uno de los principios por los que se rige es la inmovilidad,
la tendencia al no cambio. En esta experiencia es evidente que
el problema no estaba sólo en la actitud de los
residentes.
- Nos damos cuenta de la importancia que tiene poder realizar
un trabajo de intervención institucional cuando podemos
comprender la institución como un todo que incluye :
residentes, familia, personal sanitario, trabajadores, dirección...
en el que se necesita fomentar el encuentro interpersonal
y grupal, instaurar la comunicación y el diálogo.
Este es el punto de partida para asentar las bases de la salud
y el bienestar social.
-
- Montse Fornós Esteve
-
-
- Referencias bibliográficas
- - Bondevik, M. ; Skogstad, A. (1996).
Loneliness among the Oldest Old. A Comparison between Residents
Living in Nursing Homes and Residents Living in the Community.
En : Aging & Human Development. A Journal
of Psichosocial Gerontology. Volumen 43, Nº3. New York :
Kastenbaum.4742 + Estevez, A. ; García, C. (1995).
Enfermedad de Alzheimer. Cuando se destruye la memoria. Barcelona :
Colimbo.
- - Fornós, M. (1996) Estereotipos,
Prejuicios y Vejez. La Tardor, Revista gerontológica,
nº1 III Epoca pp. 9-12.
- - Foulkes, S.H. (1981) Psicoterapia Grupo
- Analítica. Método y principios. Barcelona :
Gedisa
- - Goffman, E. (1988). Internados.
Buenos Aires : Amorrotu
- - Grupo multidisciplinar de trabajo (1995)
El grupo de análisis, espacio social de salud.
Boletín de la S.E.P.T.G., nº Extraordinario,
mayo 1995, pp.127-137
- - González, J.L. (1995). Envejecer
con discapacidad. En : Setenta y más,
Nº126. Madrid : INSERSO
- - Laforest, J. (1989) Introduction à
la gérontologie. Québec : Éditions
Hurtubise HMH Ltée
- - Mishara, B. ; Riedel, R.G. (1986)
El proceso de envejecimiento. Madrid : Morata
- - Moragas, R. (1991) Gerontología
Social.. Barcelona : Herder
- - Salvarezza, L. (1991) Psicogeriatría.
Teoría y clínica. Buenos Aires : Paidós
- - Sociedad Española de Geriatría
y Gerontología (1995). Residencias para personas mayores.
Barcelona : S.G. Editores.
|