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Entrevista a Santiago Kovadloff
"No vivimos porque
la vida tenga
sentido, vivimos porque tiene fuerza"
Por Walter Vargas, Patricia
Mercado, Daniel Seghezzo
(Publicada en Campo Grupal Nº
10. Diciembre de 1999)
Santiago Kovadloff goza de
prestigio en más de una vereda. Ensayista, poeta, traductor
de literatura portuguesa en general y desvelado por la obra de
Fernando Pessoa en particular, autor de cuatro libros de relatos
para niños, y filósofo, aunque lo moleste un poco
que se le niegue a la filosofía su condición de
enunciado literario, con lo cual, después de "ensayista"
todo sería pura redundancia. De cualquier modo, basta
que se sienta convocado a la mesa
de la reflexión compartida para que se revele, redondamente,
como un hombre simple cuyos hipotéticos vigores proceden
de cierta intemperie existencial. Quizá por eso no transmite
ni agobio ni crispación a la hora de abordar tópicos
diversos: distinción entre preguntar e interrogar, lo
grupal de lo colectivo, maravillas y contraindicaciones de "la
salida a la cultura" y otras entidades ontológicas
en las que la desposesión no es vivida como castigo sino
como gracia.
D.S.- De los efectos que produce
la lectura de tus ensayos, quisiera proponerte reflexiones en
torno de la pregunta. El que pregunta lo hace desde un lugar
de poder, argumenta Canetti, la pregunta es la navaja del poder.
El rey, el psicoanalista, el juez, pero tenemos también
al que pregunta, como desvalido. ¿Podríamos verlo
de otra manera?
S.K.- En mi ensayo, "Qué significa preguntar",
desarrollo esta idea: pregunta el indigente y si no, no pregunta
nada. Trato de establecer una distinción entre el preguntar
y el interrogar, el interrogar remite al que tiene el poder;
el preguntar remite al que se ha quedado sin poder. Alguien que
está tratando de expresar mediante la pregunta su desvalimiento.
W.V.- ¿El que pregunta es ajeno a la violencia a diferencia
del que interroga?
S.K.- El que pregunta ha sido víctima de una destitución.
De la pérdida de una certeza, de una convicción,
de un dogma, de una transparencia. Algo ha caído y entonces
uno pregunta. Es un síntoma de la intemperie en la que
alguien se encuentra. Pero hay una tercer instancia además
del que interroga y del que pregunta, y es el que quiere saber:
"¿qué hora es? el saber ese, son las tres
y diez. El que interroga está dispuesto a obtener de otro,
bien dice Canetti, un saber que en principio el otro no estaría
dispuesto a dárselo si no fuese por las circunstancias
particularmente desfavorables en que se encuentra. Pero el que
pregunta ha caído en desgracia. Y en esa medida nos enseña
con su actitud algo fundamental y es que las preguntas no preceden
a las respuestas, le siguen. Sólo una respuesta destituida
da lugar a una pregunta, preguntamos cuando ha caído la
respuesta, si no, no preguntamos. En verdad la pregunta en ese
sentido remite a una situación de la existencia y no a
la carencia de información en un momento determinado;
en verdad, hay muy pocas preguntas, hay muchas cosas que saber
o hay mucho en torno a lo cual interrogar, pero hay muy poco
que preguntar.
W.V.- El que formula esas pocas preguntas, ¿espera
alguna recompensa?
S.K.- Yo creo que sí, espera la recompensa - la palabra
es preciosa - del diálogo con el otro con el cual sostener
la pregunta. No está atrás de un respuesta, no
va en busca de una salida del ámbito del preguntar. Está
buscando la interdependencia del diálogo para soportar
el efecto de las preguntas, porque las preguntas no tienen respuesta.
Tienen respuestas las cosas que se ignoran, en el sentido de
lo que no se sabe, pero lo que de veras se ignora, no tiene remedio.
No puede ser resuelto con una respuesta. Por ejemplo, "¿estoy
vivo?" puedo formularla en cualquiera de las dos modalidades
elocutivas, como afirmación o como pregunta, y dice lo
mismo. Al afirmar "estoy vivo", yo no estoy afirmando
sino una incógnita, no estoy resolviendo, la estoy afirmando,
la estoy poniendo en escena. Cuando digo "estoy muerto"
también estoy haciendo una pregunta, porque la muerte
no es lo que sigue a mi vida sino es concomitante de ella mientras
ella se produce. Es decir, yo estoy muriéndome; cuando
dejo de vivir, no paso a estar muerto, sino que la muerte se
extingue conmigo al terminar mi vida. Después no sé
qué es lo que hay, pero uno se muere mientras vive, no
se muere después.
W.V.- El cuerpo pasa a otro estado, como planteaba Spinoza.
S.K.- Si, eso es, pero en la medida en que el cuerpo pasa a otro
estado, uno no es el protagonista subjetivo, uno ha ingresado
de un modo general a un estadio que ya no lo tiene por productor
de significado. La nuestra es una sociedad que ha tratado de
transformar las preguntas en interrogaciones, para poder inscribir
en el campo de lo resolutivo lo que no tiene otro destino que
ser sostenido.
P.M.- Vos establecés una relación entre filosofía
y escritura, que va más allá de un vínculo
entre la búsqueda a través del pensamiento y su
expresión. Planteando que la filosofía se construye
en la escritura, ¿qué exorcismos habría
que hacer en una escritura con tal aspiración?
S.K.- Hay una reflexión de Maurice Merleau Ponty que viene
muy a cuenta sobre lo que preguntás. En "Elogio de
la filosofía", él distingue en el filósofo,
simultáneamente, el amor al rigor y la pasión por
la ambigüedad; en esa conjunción se concentra el
espíritu de lo que te voy a decir. La filosofía
es sin duda el despliegue de un pensar, pero ese pensar es un
modo elocutivo. O uno lo conjuga en la primera persona del singular,
o no filosofa; o uno pone en riesgo su propia vida, o no filosofa.
El riesgo del que hablo es encontrarse a filosofar en otro terreno,
que en el terreno de la identidad. Filosofar impide decir "yo
filosofo", en el sentido de yo soy alguien que tiene identidad
y una vez que esa identidad está constituida, la despliego
en el discurso. Se filosofa para ir en busca de lo que no se
tiene. Aquello que no se tiene no es algo que uno deba obtener,
sino que es algo que debe ser vivenciado por el discurso como
lo que no se tiene. No se trata de ir a otra parte, sino de
habitar ese territorio del no tener, y no tener es la dimensión
más rica de la identidad. Indentidad es fundamentalmente
lo que no tenemos. Y no tengo identidad en cuanto yo soy primordialmente
para mi un reservorio de incertidumbres, una incógnita
estimulante, pero no soy para mi un repertorio de certezas y
el espejo no me traduce tal como yo me vivencio. En consecuencia
lo que trato de hacer al filosofar es cederle la palabra al que
supe conquistar perdiendo mi identidad.
D.S.- En situaciones grupales, que exigirían ese descentramiento,
pocas veces tratamos de lanzarnos a la aventura de la esquizia,
en esos territorios ignorados por lo neurótico cotidiano.
S.K.- Es muy coincidente. En el fondo ese anhelo de escribir,
el afán que uno pone como artesano en construir su lenguaje
escrito, evidencia una lucha muy grande por no escribir desde
un sujeto que se monopoliza, que se tiene, sino del poder poner
en escena la palabra, la respiración del que desconociéndose
está consigo. Es el esfuerzo que para mí implica
la escritura y al mismo tiempo la compensación maravillosa
de leer algo que uno ha escrito, que uno sabe que está
bien cuando uno dice: yo no lo escribí.
W.V.- Vos sospechás, o inferís, o afirmás,
que hay cierto vigor en la contradicción. En "Males
Antiguos" decís que es doloroso, pero habría
que aceptar que no hay realidad fuera de las contradicciones.
S.K.- El concepto de contradicción, que está tan
teñido de hegelianismo, no es mi dilecto. Yo prefiero
la noción de lo trágico.
W.V.- Nietzscheana.
S.K.- No, mucho antes de Nietzsche. En el sentido de Sófocles,
y en el sentido de Heráclito, y en el de Jesús,
y aun en el de Moisés. En esa idea primordial según
la cual lo que distingue a un hombre libre de un hombre oprimido
es la calidad de los conflictos que no puede resolver; que un
chico no pueda resolver el problema de su trabajo es un conflicto
trágico, pero no es un conflicto interesante. Lo cual
no le quita dignidad social, le resta entidad ontológica.
La mayoría de los problemas que nosotros tenemos no son
interesantes, son graves. En general, los problemas interesantes
irrumpen cuando un individuo ha dejado de tener problemas graves.
Por ejemplo, podría decir que el hecho de que yo me esté
muriendo mientras goce de excelente salud, el hecho de no poder
discriminar muy bien lo diurno de lo nocturno en términos
de verosimilitud cartesiana, el estar a merced de mi inconciente
mientras hago un esfuerzo extraordinario por hablar con la mayor
coherencia posible, todo este tipo de confluencias antagónicas
ponen en evidencia lo que no tiene solución, que no pide
solución, tampoco. Esto pide convivencia. En en este sentido,
la dimensión de lo trágico tiene una jerarquía
moral excepcional. Es posible extraer una ética de la
comprensión de la dimensión de lo trágico,
que no es la ética de la resignación, la de quien
dice, "bueno, qué vamos a hacer, uno está
en manos de Dios". Sino que uno dice: "Puesto que
yo no soy mi dueño y puesto que ser dueño no es
la dimensión fundamental del ser, entonces respeto la
alteridad y respeto a la otredad porque yo la encarno".
Reconozco al otro como otro porque esa otredad es la experiencia
que tengo de mi mismo, en tanto soy capaz de vivirme como un
ser libre. En ese sentido, si volvemos al concepto de contradicción,
yo te diría, que es muy importante advertir qué
dilemas contradictorios merecen ser jerarquizados sin afán
de solución, y cuáles contradicciones no tienen
ninguna jerarquía ontológica y hay que resolverlas
eficazmente.
W.V.- Una preocupación tuya ha sido en "Sentido
y riesgo de la vida cotidiana" ha sido la palabra y la imagen.
Decías que el televidente sabe todo lo que pasa pero nada
le pasa con lo que sabe. ¿Podrías ampliar un poco
esa noción?
S.K.- Ustedes comprenderán, esas reflexiones se originan
en un profundo fracaso personal como televidente. Hay un orden
compulsivo en el suministro de información que tiene como
finalidad liberarnos, con nuestra complicidad de por medio, de
la responsabilidad de interpretar. Creo que hay un aspecto del
fetichismo, que funciona muy bien en la telecomunicación,
y es la posibilidad de quedar en éxtasis ante la imagen,
partiendo del presupuesto de que la visión permite realizar
la totalidad de nuestras responsabilidades. En consecuencia uno
se empacha y el empacho probaría que uno está lleno.
D.S.- Hay un entumecimiento sensorial, entiende Marshall,
un fenómeno similar, en algunos aspectos, al de la hipnosis.
S.K.- Claro. Esa vivencia de empacho es un sucedáneo del
ser. Al palpar esa redondez, existo. Hay un plus de identidad
que vendría compensar la ausencia de interioridad por
el grado de plenitud que da la visión, al homologar el
cansancio de los ojos a una sensación personal.
D.S.- Se traga con los ojos.
S.K.- Si, es la idea de la ingesta. Que no es más que
la proyección de una acumulación de objetos, en
el sentido en que Marx lo planteaba. Entonces, es evidente que
uno pasa a consistir en la cantidad de muescas que tiene en su
culata. ¿Quién soy? Soy eso: "mirá
cuántos maté", vi tantos programas, ahí
se produce una obturación del intercambio de ideas que
pasa a ser reeemplazado por el intercambio de información.
W.V.- Eso daría identidad.
S.K.- "Vos viste, sí, yo vi", "¿viste
que se cayó?", vos pasás a ser el que vio,
donde lo que importa es fundamentalmente el sujeto que es portador
del hecho, no de una interpretación. El análisis
se hace parcialmente, porque se acusa a los medios y creo que
hay que ver la vertiente psicopatológica. Es decir, como
dicen los lacanianos, qué goce aporta esto, qué
dimensión de la propia realización me está
dando a mi la posibilidad de ser un televidente. Los medios de
comunicación saben explotar, conciente o inconcientemente,
lo que el hombre necesita: desertar de su conciencia, de su responsabilidad
como intérprete.
W.W.- ¿ Sería una esencia eso o habría
una formulación específica de cada tiempo?
S.K.- Muy bien, pero no lo creo, si esto es esencial lo es tanto
como la insubordinación contra esto. Me inclino a pensar
que el hombre es un ser pendular y que según la coyuntura
histórica que le toca vivir verá más o menos
legitimada cualquiera de estas dos tendencias. Pero no cabe duda
que el hombre necesita renunciar a sí mismo; esta renuncia
es fundamentalmente la renuncia a su responsabilidad como intérprete.
Digamos, que en mí hay alguien que se empeña en
construir un estilo literario para poder expresarse con una cierta
videncia de riesgo y personalidad y, al mismo tiempo, detrás
de la ilusión de construir una obra, está la ilusión
de poder haberla hecho y ya no tener nada más que hacer.
W.V.- Y por qué renuncia, Santiago, ¿por la
insoportable pesadez del ser?
S.K.- Me parece que nosotros tenemos una deuda contraida con
la biología. En el mejor sentido freudiano. Yo creo que
la salida a la cultura nos ha llenado de resentimiento, también.
Sentimos en nuestra piel y debajo de ella la tentación
extraordinaria de volver a ser irresponsables, en el sentido
de la inscripción en el rebaño y en el mandato
de la especie. De renunciar al rasgo distintivo de nuestra idiosincracia
humana que es ser uno una única vez. Haber sido uno una
única vez es un destino, el destino de los miembros de
nuestra especie, pero no siempre es asumido, muchas veces es,
junto con una oportunidad, con un milagro, junto con eso hay
un verdadero un horror al hecho de haber sido uno una única
vez.
P.M.- En este mismo plano decías que la filosofía
es buscarse donde uno no es. Algo de este conflicto nuestro se
expresa en los códigos. A mí me pasa que en las
imágenes plásticas me encuentro con lo que no soy
de un modo más tangible, mientras que en la búsqueda
con la palabra es más fuerte la vivencia del horror que
de cierta completud, quizá por ser la de la escritura
una arquitectura donde las fisuras son más visibles.
S.K.- Me parece interesantísimo lo que planteás.
La dimensión semántica en la palabra es mucho más
lábil que en la imagen; yo no sé qué quiere
decir esto (señala una escultura) pero sí sé
que es infinitamente más claro que la palabra certeza.
Hay en la dimensión de lo sensible en el sentido literal
de la palabra estética un consuelo infinito y es que el
ojo puede cernir el límite. Esto es discutible en la pintura
abstracta, y en el campo estricto de la significación
del objeto; pero no cabe duda que donde el ojo puede cumplir
una primera función hospitalaria de recepción,
hay allí algo que permite neutralizar el efecto de intemperie
que generan los significantes, en el plano de la palabra. No
cabe ninguna duda de que la diferencia entre el amarillo y el
rojo es infinitamente más nítida no porque es intrínsecamente
más nítida sino porque interviene el ojo, intervienen
los sentidos y en esa medida la dimensión del significado
se ve neutralizada en su opacidad; los sentidos brindan percepciones
que nosotros no podemos poner en juego al trabajar con palabras.
D.S.- En la música, sin embargo, como oyente a veces
se experimenta la sensación de que no sobran las notas,
los silencios, mientras que hay demasiados escritos en los que
sí, sobran algunas palabras, sobran algunas texturas,
algunas notas.
S.K.- Es interesante esto que decís. Siempre tuve la
impresión de que la música nos plantea un escándalo
excepcional. La música es sentido sin significado. Esta
disociación tan tajante entre sentido y significado no
la experimentamos en otros campos del arte con la radicalidad
conque la experimentamos en el campo de la música. En
general los significados que irrumpen por el contacto con la
música son fuertemente autobiográficos. En rigor,
las Cuatro Estaciones de Vivaldi se podrían haber llamado:
"Julieta, cuatro momentos". No hay ningún elemento
objetivo en lo que estoy escuchando como para que el significado
prepondere sobre el sentido. Esto subsiste en todos los terrenos
de la cultura y de la vida espiritual, lo evidencia la pintura,
la ciencia, el psicoanálisis en lo que tiene de arte y
de ciencia, la filosofía. Por ejemplo, hasta 1890, 1895,
teníamos una profunda impaciencia en el campo de las ciencia
físico-matemáticas para todo lo que fuese la ambigüedad
de significado. Sabíamos que era una ciencia dura cuya
finalidad era la explicitación de un contenido. A partir
de 1898, 1900, 1905, con Einstein, con la física de Planck,
se empieza a producir la irrupción una dimensión
celebrada en la ciencia, que hasta ahí había sido
denigrada: la ambigüedad. Empieza a hacerse posible que
la ciencia fisico-matemática contribuya a la caracterización
de lo indeterminado como una dimensión de lo matemáticamente
significativo; sin que la indeterminación caiga en el
orden de lo cifrable. ¿Qué pasó entre la
dimensión metafórica de la matemática para
que empiece haber una acercamiento? ¿Qué pasa en
este momento? A mí me parece que lo que pasa es la crisis
de la subjetividad, en el sentido de la modernidad. El sujeto
moderno pierde su estatuto de sujeto inequívoco y empieza
a reconciliarse con su propia ambigüedad como una dimensión
de su identidad, mayor, y la traduce en la tolerancia hacia los
campos del saber donde la imprecisión se vuelve significativa
y no metodológicamente errónea. Nosotros pertenecemos
a una época paradójica, por esto: en el orden político
la tolerancia a la ambigüedad significativa es muy baja
y lo prueba el auge de los totalitarismos, pero en el orden epistemológico
ha ido creciendo notablemente la tolerancia a la ambigüedad
y su reivindicación.
W.V.- ¿Le das entidad, Santiago, a la idea de un sujeto
postmoderno o es una arbitrariedad de ciertos discursos?
S.K.- A mí me parece que es desmedido hablar de un sujeto
posmoderno si por ello se quiere entender un sujeto que ha quedado
liberado de los conflictos de la modernidad. En un ensayo "Adiós
a la posmodernidad", marco que la modernidad se sabe ajena
a su propia inocencia. La posmodernidad es la crisis de la modernidad
como discurso tético, en el sentido de Hegel, de una tesis
que está ahí y no se reconoce todavía. Cuando
se reconoce, sin liberarse de sí misma, en contradicción
consigo misma, se pertenece, pertenece al ámbito de lo
moderno todavía. Históricamente, podemos decir,
toda auténtica "post", por ejemplo, la posmedievalidad,
no aparece como una lucha contra lo medieval, aparece como la
alteridad alternativa, que se desentiende de lo previo. La modernidad
la vemos en el comienzo del "Discurso del Método"
de Descartes, en "Las meditaciones metafísicas",
según la enseñanza escolástica, ya está
él hablando de otra cosa, se despide de todo ese pasado,
tiene una propuesta enteramente distinta, deja atrás la
Edad Media, sin enfrentarse en una pugna.
W.V.- ¿No se alimenta, se desentiende de ese pasado,
no toma nada?
S.K.- Más allá de su voluntad, está atado
a su pasado. Quien combate radicalmente su pasado es un suicida.
W.V.- Sospechamos algún vigor en lo grupal, no per
se, pero hay cierto potencial a desarrollar ¿Qué
idea tenés de la noción de la grupalidad?
S.K.- Bueno, a mí me despertó la lectura de la
revista de ustedes mucho interés. Primeramente, porque
no me parecieron dogmáticos. Ahora ¿en qué
sentido lo grupal me importa? Como desmitificación de
lo colectivo. Si por colectivo entiendo la subsunción
de uno en el todo, de un uno en un nosotros anónimo; creo,
por lo que vi en la revista, que es una preocupación muy
grande de la responsabilidad personal con participación.
La idea de interdependencia tiene para mi una connotación
muy simpática, en el sentido literal de la palabra, porque
a mí no me cuesta confesar que yo soy un hombre religioso,
sin que sea un hombre dogmático ni de ritos demasiados
rígidos. La religiosidad la entiendo como un sentimiento
parental con lo que excede mi percepción conciente. No
se encuentra sin embargo fuera del campo de lo real, no en un
sentido lacaniano. Concibo la religiosidad como una interdependencia
que excede incluso mi propia capacidad de comprenderla y tolerarla.
No me cabe la menor duda que esta planta que me acompaña
a diario mientras yo dicto mis clases o leo en este sillón,
es totalmente distinta a mí, no se me escapa en absoluto
que está respirando como yo, y que hay un nivel de concomitancia
entre nosotros que a mí no me fuerza a llamarla mi hermana,
pero sí me obliga a darme cuenta de un cierto grado de
coetaneidad entre nosotros, que me resulta llamativo. La dimensión
axiomática de aquello que a los dos nos permite ser distintos,
se me impone como decisiva. Me interesa tenerlo en cuenta, porque
si traslado esta misma reflexión al terreno de la relación
con mis semejantes, con él corremos el riesgo inverso,
nos parecemos demasiado, hasta diría que somos hermanos,
y es peligroso también presumir que somos hermanos, que
estamos en lo mismo, y que más bien la tarea con el prójimo
pasa por la posibilidad de estar convencido de que la diferenciación
nos asegura el parentesco. Siempre me acuerdo de esa novela de
Hans Ruesch...
D.S.- El País de las Sombras largas.
S.K.- Sí, recuerdan esa escena. En la aldea lapona cuando
llega el explorador occidental, el jefe le ofrece la mujer con
toda cortesía, pero no puede, y como la rechaza lo matan,
porque él ha transgredido. Pensaba que la vivencia de
parentesco conque yo la asimilo la religiosidad, la vinculo con
lo grupal; me parece que estamos juntos para compartir no una
identidad sino una responsabilidad. Meditar la dimensión
trágica de Moisés puede ser un problema poco interesante
desde el punto de vista de la coyuntura, ahora, si yo no lo hago
no entiendo para qué estoy. Trato de hacerlo del mejor
modo posible, poniendo en juego con toda mi fuerza la incertidumbre
conque cargo el sentido de estos problemas que sin embargo son
muy predominantes.
W.V.- ¿Es una manera de poder con tu herida, "sereno
como alguien que puede con su herida", leí en uno
de tus poemas?
S.K.- Yo no quería decir que ya no tenía herida.
No quería hablar de una herida restañada, a veces
tengo la suerte de tener problemas con mi piel, se me hacen llagas,
que no cierran, desaparecen; es algo psicosomático, son
como una señal rica, no pobre. Poder con la herida es
no afanarse en encubrir, ya se afana el mundo por encubrir. Hay
mucho en nosotros que combate por su aspecto impecable, a mí
me parece que uno escribe para exponerse. Uno debe instrumentar
el sentido común en función de un proyecto, como
lo hacen Cortázar, Cioran, o Stevenson, es decir, las
palabras sufren los efectos de su trágico cotidiano, pero
uno puede instrumentar esa obviedad. Si lo hace con la finalidad
de exhibir la herida, puede ser que logre expresarse, pero si
lo hace con la finalidad de encubrir la herida, entonces traslada
a la escritura un enmascaramiento que trata de sostener por adentro.
W.V.- Me sorprende que nombres a Cioran. Me acuerdo de "Ese
maldito yo"; él dice que cada aforismo es un ensayo
condensado; tiene uno muy bello: "Todas las artes envidian
a la música".
S.K.- Dijo que al tener que eludir el proceso de exposición
uno debe concentrarse en el nivel más alto de tensión
del texto. A mí me parece que es un artista excepcional.
Lo que más me conmueve de Cioran es la calidad conque
dice las cosas con las que no coincido. Es un prosista maravilloso,
me fascina leerlo, es un provocador a quien no termino de creer.
Uno de los más grandes de este siglo. Hay en él
ideas que me gustan mucho, me interesó su visión
del judaísmo que Susan Sontag le combatió, su visión
del capitalismo, su visión de la música como el
aporte más original que la cultura occidental se habría
hecho a sí misma y al mundo puesto que en todos los demás
campos las otras culturas tienen expresiones igualmente notables.
P.M.-¿Cómo pensar la tensión interioridad-exterioridad
a partir de esta visión de parentesco que venías
planteando?
S.K.- Levinas, Buber, Teilhard de Chardin, toda la tradición
jasídica en el judaísmo, y a mi juicio, cierta
vertiente del pensamiento de la mística cristiana y San
Agustín. En ese sentido volvemos a tu planteo tan interesante
de que uno no deja atrás el pasado, si lo ha sabido cosechar,
no lo deja atrás. De hecho Marco Aurelio puede ser mi
contemporáneo. Todo depende de la calidad del diálogo
que entablemos. Me parece que nos hace mucha falta profundizar
esa vivencia de lo parental, no en función del unimismismo
sino que la ética más fecunda para mí es
la que se basa en la conciencia de la propia imponderabilidad
en términos de identidad discernible. Yo no soy para mí
un ser evidente, yo soy para mí un ser enigmático
y asiento mi respeto por el prójimo en la conciencia de
que su irrupción en mi horizonte es la irrupción
de mi propia alteridad. Digamos, yo lo amo como a mí mismo
en el sentido de que así como amo mi propia ajenidad lo
amo a él. Este amor no está basado en la autosuficiencia.
No es un amor basado en la idea de que yo le doy a él
parte de lo que ya tengo para mí, en el sentido de que
yo me siento pleno y entonces yo le doy a él parte de
esa plenitud, como un distribucionismo ontológico.
W.V.- ¿Te puedo hacer una pregunta más social,
menos ontológica? Estamos en esa letanía de que
el futuro es muy pesado, el ciudadano convertido en un consumidor,
en el homo videns. En un poema decís "que haya al
menos claridad donde no importa la luz", ¿en qué
zona de esta sociedad argentina encontrás claridad?
S.K.- Yo escribí en "Sentido y riesgo de la vida
cotidiana" contra ese espíritu; a mí me parece
que a nuestra sociedad le falta oportunidad para evaluar su experiencia,
trivializamos casi todo lo que tocamos, y las experiencias que
tenemos son muy ricas: por ejemplo, las del sufrimiento, la de
ser una nación que es capaz de producir de una manera
casi concomitante una figura como Videla y una como Cortázar;
tendemos a definir a la sociedad por la idealización,
pero prefiero el planteo polifónico, la posibilidad de
matizar la comprensión de nuestra realidad es mucho más
acorde con la complejidad de la experiencia. Nuestra sociedad
produce los desaparecidos y las Madres de Plaza de Mayo; por
supuesto que una cosa tiene que ver con la otra pero no necesariamente
en todos los contextos, en el nuestro sí; me parece que
el desencanto por el esquematismo religioso convencional nos
obligó a renunciar a la religión, pero no al esquematismo.
Hay un consuelo muy hondo en el autodiagnóstico: "somos
una verdadera mierda", "todo está mal";
hay una secreta alegría de tener la certeza de lo que
somos. En Córdoba, en una charla que giraba en torno a
la alegría de pensar, la gente no entendía muy
bien a qué me refería: "pensar es jodido,
más vale no pensar", este es el apotegma, vivir las
cosas superficialmete, mejor no pensar.
D.S.- Creo que Cioran habla de Gabriel Marcel como de alguien
que no pensaba en plazos fijos.
S.K.- Exacto, sí, Gabriel Marcel es maravilloso, un tipo
que era católico en la época en que el deber era
ser ateo; ahora el "Diario Metafísico" de Marcel
está vivo mientras la mayoría de las obras de Sartre
están muertas. ¿Por qué? Porque me parece
a mí que la alegría del optimismo no tiene que
ver con la convicción de que las cosas van a terminar
bien por oposición a lo mal que están, sino con
el hecho de que el hombre es un ser que extrae la alegría
no de las razones que tiene para vivir, sino que la alegría
lo toma, la esperanza lo toma, sin fundamento lógico.
Cuando uno abre la ventana de su casa y siente el aire de la
mañana, posiblemente no puede jerarquizar esa experiencia
porque está pensando qué va a comer a la noche;
pero lo concreto es que se levantó y abrió la
ventana. No vivimos porque la vida tenga sentido, vivimos porque
la vida tiene fuerza y tratamos de darle a esa fuerza una orientación.
Si la vida dependiera de su sentido, la mayoría no se
levanta a la mañana. Acá volvemos a los problemas
graves y a los problemas interesantes. La nuestra es una sociedad
agobiada por la gravedad de sus problemas, pero al no poder
encararlos con imaginación, fatalmente los esquematiza.
Por ejemplo, estas elecciones recientes, para mí fueron
las más interesantes desde el retorno de la democracia
Era una elección que no permitía canalizar expectativas
radicalizadas; eso es saludable. No terminábamos de enamorarnos
de los candidatos, ni tampoco decir que el sistema era una basura,
porque estábamos dispuestos votar, por lo menos la mayoría
¿Qué era esta contradicción, que llamó
la atención de algunos periodistas? ¿Para qué
vamos a votar si no tenemos demasiadas expectativas? Vamos a
votar porque la expectativa primordial que tenemos, no es la
de que las cosa
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