"En todo ser racional
existe la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso,
de sopesar las evidencias y de confrontar el mundo con las ilusiones.
En esta capacidad es donde reside nuestra dignidad"
Spinoza
El diccionario etimológico define por crisis: el punto
decisivo, el momento inestable. Es cortar, separar, decidir.
Es el momento decisivo y grave de una persona, situación
o colectividad.
Esta definición de crisis me cuestiona la utilidad
de la misma, para determinada imagen de pensamiento que necesita
de la potencia colectiva para establecerse.
Quiero partir de la hipótesis de una cultura de
la crisis y no una cultura en crisis.
Por lo tanto la crisis como productora y funcional a un determinado
juego de poder.
Antonio Negri ya nos alerta de la necesidad de la crisis
en la modernidad, lo que el define como "el orden contra
el deseo". De este modo se impone un poder trascendente
constituido contra un poder inmanente constituyente.
Pensar en términos de crisis nos ubica en una oposición
binaria, de opuestos, que caracteriza nuestra imagen de pensamiento
occidental. Gobierna de este modo la producción de ideas
y de afectos, y somete a los cuerpos a una puja de fuerzas donde
las fuerzas del orden ganan la partida a las fuerzas activas
de creación.
Bergson ya nos advierte del peligro de los problemas mal
planteados, que encierran a los elementos en cuestión
en una relación que solo confirma el campo de lo imposible,
que desde una justificación trascendentalista reafirma
la idea de un ser carenciado frente al modelo o ideal siempre
imposible de lograr.
Esta convicción de lo inalcanzable que opera como
ordenador del pensamiento y la acción, somete el deseo
del hombre a un peregrinar ininterrumpido por objetos que obturan
la proliferación deseante. Este mundo de objetos y sujetos
relacionados de un modo determinista y alienante, en la búsqueda
infructuosa de una completud imaginaria que interrumpe el devenir,
cambia en el hombre el poder de la acción y la experimentación
como expresión de su potencia, por el poder de posesión
reaseguradora del objeto. Una metafísica que destituye
a una ontología.
El hombre alejado del ser y su potencia, cambia la libertad
y la confianza en si mismo, por la seguridad y el miedo a perder
lo constituido.
La crisis como tal, podría pensarse en términos
de la instalación de este mecanismo de control, en tanto
se parte de la convicción de un sujeto débil y
culpable que debe ser controlado y manipulado hacia una finalidad
preestablecida, que opera como garantía del bien y de
la salud, en tanto ésta implica la adaptación a
los parámetros de una organización social que desde
una trascendencia del poder de dominación, estipula las
reglas de juego de lo correcto y lo incorrecto.
La crisis, entonces podríamos pensarla como un instrumento
de un proyecto moralizador del mundo, que organiza los valores
en relación a la funcionalidad a un sistema que se otorga
el derecho natural del bien y del mal.
Un proyecto de vida ético, por el contrario prioriza
la libre expresión de una comunidad o de sus individuos,
como singularidades constituidas por una grado de potencia.
La potencia, dice Spinoza, es un grado de intensidad que
nos caracteriza a cada uno como singularidad, y que se manifiesta
en el cuerpo y el espíritu a través de nuestra
capacidad de afectar y ser afectados. Una potencia que es interior
a la Naturaleza, que nos incluye en ella y no nos define por
ninguna cualidad racional.
Por lo tanto la vida es una problematización permanente,
que nos enfrenta a la responsabilidad de experimentar la mejor
relación posible entre todos los cuerpos que coexistimos
en la naturaleza. La destrucción de cualquier elemento
de la misma atenta contra nuestra propia destrucción,
ya que participamos de una misma masa de fuerzas aunque en grado
diferente.
La crisis como enfrentamiento de poderes, del poder de control
contra el poder de acción, en función de un orden
que organiza la acción y por lo tanto el deseo, promueve
una disminución en nuestra capacidad de actuar y de pensar,
que nos aleja de nuestras fuerzas, ya sea como individuos o como
comunidad.
La crisis, al relacionar los elementos en cuestión
de modo tal que el problema quede enunciado como conflicto, o
sea como enfrentamiento de intereses y fuerzas, demora al sujeto
en un aislamiento individual, oponiendo la realidad a un supuesto
mundo interno.
Los valores de la cooperación y la solidaridad, producidos
a partir de la mezcla de los cuerpos, se cambian por rivalidades
establecidas previamente por un juego que valora la competencia
y la posesión de bienes o ideas únicas, antes que
la existencia como movimiento y relación de heterogeneidades.
El intento nuevamente de separar la subjetividad personal
de la subjetividad social, o de desligar la subjetividad social
del agenciamiento donde ésta se produce, es un intento
manipulador de los diversos agentes de éste agenciamiento,
de aislar al individuo o a ciertos sectores de la comunidad que
podrían ser potenciales agentes de cambio, si recuperasen
la conciencia discriminadora entre verdad e ilusión.
El efecto anestesiante del estado permanente de crisis, como
estado ambiguo, inestable, justifica la acción decidida
de los que se autoproclaman esclarecidos.
Políticos, empresarios, docentes, terapeutas, publicistas....
la lista de lugares sociales autoesclarecidos es interminable,
nutriéndose de la potencia de quienes los ocupan transitoriamente,
ya que para ser un conspicuo representante del juego hay que
renunciar a la autonomía de la acción y el pensamiento,
a cambio de la ilusión de prestigio y seguridad.
Al ser actores de estos movimientos deben quedar sometidos
a sus consecuencias, por lo tanto deben ofrecer a cambio ciertos
flujos vitales como rehenes del juego.
Nuevamente la separación y división de los
flujos que permiten garantizar zonas de crisis en cualquier individuo.
Cada sujeto es parte del juego reproductor de crisis.
El que no se somete e intenta entramar con una realidad siempre
cambiante, afirmar su diferencia, es marginado y clasificado
como amenaza.
Nutrirse de afectos de desencanto, angustia, miedo, dolor,
otorgan la seguridad de que ningún cambio es posible,
y que solo hay que dejarse llevar por la certeza de lo imposible.
Lo heterogéneo, lo móvil, lo cambiante, es
vivido como amenaza frente a un poder que requiere de la masificación
homogénea de lo mismo.
Todo pensamiento o acción creativa, que proponga otra
relacionalidad de los signos, que produzca lenguaje, que desestabilice
las verdades únicas, es vivido como una fisura al sistema
e inmediatamente resignificado como un atentado contra la paz
. Una paz que al decir de Negri "queda signada por la fatiga
de la lucha y la usura de las pasiones. Se reduce a la condición
miserable de la mera supervivencia".
La desigualdad entre ricos y pobres, tan honda y siempre
tan igual a si misma, se instala en el lugar de lo heterogéneo,
que denota una diferencia de potencias, cuando en realidad es
solo una diferencia de poderes.
"La modernidad misma se define como crisis, una crisis
nacida del conflicto ininterrumpido entre las fuerzas inmanentes
constructivas, creativas y el poder trascendente que apunta a
restaurar el orden" A. Negri.
Pero ¿cómo construir un devenir-sujeto colectivo,
no de la crisis, sino de la potencia?
Pensar en términos de potencia consiste en cambiar
una metafísica siempre trascendentalista por una ontología,
siempre inmanentista. Esto es, que el hombre recupere su poder
en el mundo, la confianza en su pensar y accionar.
Renunciar a los absolutos del Bien, de lo Justo... en nombre
de los cuales todo está justificado, hasta la muerte.
Este pensamiento de los absolutos confirma su poder en la seguridad
de lo único y no de lo relativo al flujo de los acontecimientos,
sin embargo en el momento de actuar justifica cualquier acción
acomodando la lectura de los mismos en función de objetivos
no siempre explícitos, y que responden a intereses que
aseguren el control de cualquier manifestación de autonomía.
¿ Será esto a lo que se llama hipocresía?.
Cambiar la crisis, siempre instrumental al juego de poder
de dominación, por una distancia crítica en el
pensamiento y la acción, es una tarea de multitudes, de
una subjetividad colectiva que cambie el régimen de signos
cerrado y autoreferencial, por un territorio abierto al movimiento
de las ideas y de las circunstancias.
Formular problematizaciones que vayan al ritmo de la realidad
cambiante, y no insistir en preguntas mal formuladas que nos
dejan boyando en una circularidad repetitiva, al servicio de
que el deseo quede capturado en aislamientos internos que no
son ingenuos.
Dice Nietzsche que lo ingenuo es una acción que no
se propone ninguna finalidad previa. Opera por resonancias y
relaciones múltiples de sus elementos, experimenta con
la vida y la produce. No hay enfrentamiento, sino resistencia
ante lo que se impone como una verdad única. Hay afirmación
de los valores que permiten el despliegue de la autovaloración
y la cooperación.
Hablar de afirmación y no de oposición, cambia
el eje de la crisis por el de producción y problematización.
Para que advenga un nuevo sujeto social, que priorice la
vida como afirmación, es necesario excluir del cuerpo
social y de su pensamiento la naturalización de la explotación
y la dominación de sus singularidades, por sobre su derecho
a la autodeterminación.
Cambiar un proyecto moral por un proyecto ético, que
despliegue las potencias singulares de la comunidad.
El problema abre y construye un espacio posible en la efectuación,
en tanto las circunstancias se construyen desde el poder hacer.
Aquellas fuerzas reactivas, en tanto no gobiernen operan como
reguladoras necesarias en un vaivén con la vida.
Pero cuando las fuerzas de organización se transforman
en fuerzas de dominación y control, se interrumpe este
devenir y sobreviene la crisis como su expresión.
Si existe una crisis, ésta es la del juego de un poder
de organización que busca trasladar su mecanismo de la
crisis al plano de lo individual, para liberarse de sus propias
contradicciones, ya que este juego se alimenta de las fuerzas
deseantes de la misma multitud que intenta controlar.
La crisis es separación, y es esta separación
la que permite el afianzamiento de una organización de
las fuerzas productivas del hacer y la apropiación de
las mismas.
Mientras el sujeto aislado reproduzca en la intimidad de
su vida cotidiana, la crisis de este juego de poder, al liberar
su potencia y capturarla al mismo tiempo en prejuicios, mandatos
religiosos milenarios, manipulaciones de ideas, etc., que están
al servicio de inmovilizar su poder creativo, estará convencido
de ser culpable de no llegar al modelo ofrecido como meta de
la vida. Se parte de una existencia culpable.
De este modo, el poder se libera de ser cuestionado en sus
fines y puede moverse con impunidad, ya que es puesto en tela
de juicio el individuo siempre imperfecto, y no el juego mismo.
Cuanta responsabilidad tenemos los terapeutas en esta manipulación
macabra, que hace de la existencia una pesadumbre justificada!!
Se nos vende como figuritas a intercambiar la convicción
de nuestros males como producto de nuestros errores. De esta
manera no se cuestiona lo que produce el mal, o sea lo que nos
aleja de nuestro poder hacer, sino que nos sentimos responsables
de los efectos que estos mecanismos producen, sin ver que nuestra
responsabilidad pasa por no tener un pensamiento crítico
que conozca los modos y los mecanismos de operar de este juego
y sus objetivos, reproduciéndolos ciegamente.
Somos empleados útiles de lo que genera nuestra misma
destrucción.
Spinoza ya en el 1600 se preguntaba porqué el hombre
lucha por su propia esclavitud. Tanto la esclavitud del exitoso
como la del perdedor en esta trama. Trama tramposa que nos hace
perder contacto con nuestra propia esencia, esencia de intensidades
múltiples, que queda capturada en la apología del
dolor o del sometimiento a resultados siempre imaginarios.
Es así como situaciones de extrema urgencia como el
hambre, la desocupación, la enfermedad por negligencia
social, es cuestionada como disfunciones del sistema por mala
praxis de sus representantes, y no como producciones mismas de
este agenciamiento de poder. Hay culpables, y no un sistema perverso
que financia a sus secuaces.
El pensamiento que opera en estos agenciamientos, actúa
por analogía y semejanza, por lo tanto inmediatamente
toda manifestación social de una operatoria manipuladora,
es asemejada y analogada a toda producción individual:
el hombre reproduce en su vida cotidiana los mismos movimientos
de este agenciamiento de poder, pero por falta de una distancia
crítica no percibe su reproducción, sino que la
vive como producción propia. De este modo el agenciamiento
no queda cuestionado y el sujeto queda capturado en una subjetividad
colectiva que no percibe como tal, sino que se percibe como una
entidad aislada y desadaptada.
A tales fines la ciencia muchas veces ofrece sus conocimientos
para reaseguro de la no desestabilización de la organización
de control necesaria.
¿Existe enfermedad mental que no sea la reproducción
de la enfermedad social? ¿Hay subjetividad por fuera del
mundo?
Toda una estética de la soledad y del miedo ante lo
impredecible.
Una estética de la vida coagulada en representaciones
que denuncian la identidad y la jerarquización como mecanismos
tranquilizadores.
Un cuerpo saturado por el ansia de objetos y un espíritu
anestesiado a las sensaciones de lo inédito.
El mundo de la tristeza que hace alianza con la impunidad.
Pero estos mecanismos aplastantes de la analogía,
la semejanza y lo idéntico, no solo operan desde lo externo
a lo interno, no, su poder expansivo llega al mundo en su complejidad:
el llamado primer mundo, modelo, ejerce su juicio sobre el llamado
tercer mundo, una mala copia. Es así como en el tercer
mundo se denuncia la corrupción y la perversión
de los representantes, mediatizada por la justificación
de que aún nos falta para llegar a la perfección
del modelo que se debe encarnar.
Se completa el juego perverso: el modelo existe, solo hay
que identificarse a él. Todo se reduce a un tema de buenos
y malos pretendientes...
Pero bueno, aquí estamos: se declara la guerra...
¿a qué?. A la Ética. A la diferencia. Al
poder de la potencia.
El discurso del soberano es de índole moral, se hace
la guerra en nombre de la esencia humana y se desconoce la diferencia
de los existentes, su configuración cultural y religiosa.
El poder se hace profético, se habla en nombre de
un dios, del Bien, de la Justicia. Una guerra moral que desconoce
la potencia ética de lo humano.
Y todo se desmorona!!! El mejor pretendiente del modelo muestra
sus miserias: el pueblo no debe saber de qué se trata...
debe dormir en su sueño de asno!!! no hay que desasnar!!
La prensa no debe hablar, no debe mostrar. La comunicación
muestra su verdad.
El tercer mundo denuncia, tiene poco que perder. Una parte
del primer mundo que queda afuera se alía a las fuerzas
dispersas y configuradas del tercero, el mapa cambia su distribución
pero aún persiste el mismo territorio, aunque fisurado,
con sus contornos abiertos. Peligro!!! hay que reforzar el control
del centro, inhibir toda producción de consistencia...
El mundo sangra en el cuerpo de miles de inocentes anónimos.
El mundo de la representación cae, las calles se pueblan
de una multitud que no se reconoce en sus gobernantes... ¿Será
el fin de lo que se ha dado en llamar democracia? ¿Habrá
que inventar otra nominación que responda a una realidad
donde las relaciones de fuerzas están en crisis? ¿Crisis..?
Habíamos dicho que era un punto decisivo, un momento inestable
donde algo hay que cortar. Donde se impone decidir.
¿Pero de qué crisis hablamos? ¿De la
que es funcional al agenciamiento, con sus preguntas prefijadas,
sus jerarquizaciones bien identificadas, su campo de posibilidad
limitado a los intereses del juego? o ¿de una crisis que
deviene distancia crítica, movimiento problematizador,
campo de posibilidades, potencia colectiva?
Una ética de lo plural a diferencia de una bipolaridad
moralizante. Un desierto a poblar, un plano a construir, una
alegría de afirmación que resiste a la tristeza
de lo inmóvil.
Una ruptura de paradigmas, un cambio en la relación
de los signos, un modo otro de pensar y sentir la vida, un accionar
que construya realidad, un sujeto que priorice la presencia del
otro, que capte en una intuición vital que el adentro
y el afuera habitan un mismo espacio.
Un sujeto dispuesto a construir nuevos lenguajes, a poblarse
de nuevas sensaciones.
Una tarea imposible de hacer en soledad.
Cada vez más se impone emigrar de nosotros mismos,
experimentar las mezclas de cuerpos, en lugar de transferir fantasmas
que a su vez nos transfieren.
¿ Será esto poblar la vida?
"Mientras el pensamiento es libre, luego vital, nada
está comprometido, cuando deja de serlo, todas las demás
opresiones se vuelven posibles y ya realizadas, cualquier acción
se vuelve culpable y toda vida se ve amenazada".
Deleuze
(Publicado en Campo Grupal Nº 54 -marzo de 2004)