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Los estares de Pichon
por Hernán Kesselman
A partir de contradicciones profundamente exis-tenciales,
de aquellos intersticios, de la capilaridad de una vida
pulsante en la búsqueda de transformaciones fluye el pensamiento
y la práctica concreta crítica, revolucionaria.
Ante todo habría que preguntarse e indagar por el Pichón
humano trasmutado en leyenda; cuestionarnos la multiplicidad
de relatos y vivencias que tene-mos incorporados acerca de los
mitos que constru-yeron y construían alrededor de su figura.
Creo que hay que poner de relieve que Pichón fue un equivo-co
para el sistema que se filtra por sus fisuras, que emerge por
rincones inesperados, fluye por las retí-culas aun abiertas
de una red sofocante. Esto de ser un francés, un suizo,
un correntino, un porteño, con los malones asediantes
del Chaco, lo colocan e instalan en cada lugar como un extranjero,
un extraño que habla y produce un nuevo lenguaje. Esta
alegoría que se adecua de cierta manera a sus vivencias
son correlativas a su inscripción como sujeto fundante
de la APA (Asociación Psicoanalítica Ar-gentina),
como cuestionador del Neuropsiquiátrico y hacedor de nuevas
herramientas para cambiarlo.
Una persona tan conocedora de su propia subjetividad, tan riguroso
en su conceptualización v elabora ción, está
siempre en movimiento y no se llama a silencio ante la quietud.
Esto abre un abanico que va desde la introducción del
grupo operativo dentro del manicomio al gestar debates profundos
en la APA una vez que éste había cristalizado en
dogmas estériles.
Aquí afirmo que Pichón no ERA sino que ESTABA,
es decir que no apelaba al inmutable "yo soy" (implica
un cabal y acabadamente) sino promovía un "estar"
para llegar a ser. Estar en los márgenes, estar sitia-do,
estar creando, estar psicoanalista, como boxea-dor o empleado.
Pichón deja una obra abierta dado que su eje central es
el de la dialéctica transformadora de la reali-dad pues
esta no se la toma como verdad absoluta o acabada, sino como
susceptible de ser cambiada cotidiana y permanentemente por los
hombres. Es decir que la realidad humana no está dada
de una vez y para siempre, sino que, permanentemente está
mutándose.
Esto marca de modo transparente la influencia del marxismo en
Pichón, sus ideas y conceptualizaciones, pero lo más
destacable es que él era marxista en su casa, en la calle,
en el consultorio, vivió y murió como tal. Se reía
de la moral hipócrita del esta-do capitalista, erigía
una posición irónica ante las mascaradas que el
sistema produce. También reela-bora toda la corriente
existencialista, con la noción de angustia - crisis existencial
y construcción de proyectos de cambio, serialidad - grupalilad.
Ante la filosofía esbozada por la cultura judeo cris-tiana,
la caída de las construcciones de Althusser, Pichón
opta por recuperar el modelo del materialismo histórico
sartreano y busca cómo articularlo a sus desarrollos.
Su libro "La psiquiatría, una nueva problemática",
a mi criterio estuvo mal nominado ya que fue ante todo "una
nueva problemática para la psiquiatría". En
este trabajo despedaza los modelos médico-hege-mónicos,
la concepción de la etiopatogenia, las ca-tegorías
diagnósticas clásicas: esquizofrénico, paranoico,
depresivo, maníaco. A partir de su postula-ción
de la "Enfermedad única", el "duelo fundante",
el "caleidoscopio" vincular del que emergemos como
sujetos en que lo congénito poco tiene que ver, la terapia
como proceso planificado, etc. demostró (que, lejos de
rotular y estigmatizar a los pacientes una clínica dinámica
y superadora era posible.
En este sentido también hondamente subversivo, in-terrogó
los saberes hasta hacerlos estallar en su es-tereotipo y vacuidad.
También creo que fue un dirigente alternativo, era un
modelo a seguir, un tratar de ser como él pero sin llegar
nunca ya que desafiaba a que cada uno buscara pedacitos en el
interior de su amistad y desde allí construir algo distinto.
Hay que señalar que el potencial creador de Pichón
era inmenso. Desde él establece los vínculos entre
el arte y la locura, entre la conceptualización abstracta
y el operar cotidianamente en el campo. Pi-chón en el
Hospicio no habla de grupos, hace grupos como salida alternativa
ante la falta de personal y como estrategia terapéutica
inédita, Me gustaría aclarar dos cosas: muchos
dicen que él no incursio-nó en el trabajo de lo
corporal y también dicen que "no metió el
cuerpo". Ante todo, abrió el camino para que otros
metieran el cuerpo más joven y sano, con mayor plasticidad
y movilidad. Por otro lado, cuando comenzó su labor durante
muchos años pu-so el cuerpo intensamente: en la siniestra
escena del psiquiátrico, divulgando y debatiendo el psicoanáli-sis,
transitando desde éste hacia la psicología social.
Pichón nos abrió el camino para superar lo ominoso
y procurar lo maravilloso a partir de la experien-cia vivencial
crítica. Quizá de allí nos vino el impul-so
para incursionar en el psicodrama con Tato Pav-lovsky para romper
con la solemnidad de la APA. Otro punto ante el cual debemos
reflexionar es que Pichón, de cierta manera, es un desaparecido.
Lo han confinado en muchos aspectos a la cripta del olvido: la
universidad, los posgrados, en muchos debates, en la mayoría
de los congresos, encuentros y jornadas. Otras veces se lo rememora
con una levedad tan grande que pareciera que se tratara de un
aséptico intelectual o la contracara: un borracho
perdido. En vida Enrique desaparecía en el momen-to mismo
de su presentación, lo hacía adrede, para que otros
ocupen espacios, respiren, perciban, in-venten sin enajenarse
a un maestro transmutado en Padre todopoderoso.
Winnicott diría que se dejaba eclipsar, matar simbó-licamente.
Si algo aprendí con Pichón es que no hay que ser
cerradamente pichoniano, hay que cuestionarse siempre, dejarse
cuestionar, cuestionar lo obvio y fundamentalmente, abrir sentidos,
dejarse perforar por ellos para no perder la esperanza jamás.
(en Revista Desbordar, Nº5, septiembre de 1992)
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