|
La estancia
El sitio aludido en este relato. La foto es un regalo que me hizo Philippe Guichard, mi amigo de Grenoble, Francia. En el cuento Philippe fue bautizado como Jean Paul, Ana como Lorna, etc. El primero que me habló de la estancia fue Jean Paul, un francés joven y lleno de vida que conocí cruzando la frontera del extremo sur. Yo estaba con Lorna mi novia de entonces haciendo fila en migraciones. Fue él, sorprendido de pronto como un chico ante una rara moneda, quien nos mostró esa foto pegada en un muro del puesto fronterizo donde también se veían caras de presuntos bandidos requeridos por la justicia. Allí, un poco más arriba, se apreciaba la imagen de una antigua construcción de madera en un día de sol, ubicada en las orillas de un mar absurdamente azul, tan saturado como el verde brillante que parecía rodearlo. Había llovido mucho en esos días y la soleada escena, aun en su notorio artificio, resultaba doblemente atractiva para nosotros. Con su sonrisa casi eterna y los ojos radiantes, Jean Paul comentó que era très facile llegar al lugar, que ni siquiera hacían falta bicicletas o caballos para vadear esos diez o quince kilómetros en medio de un bosque de brujas y troncos retorcidos que luego conoceríamos demasiado bien. A la estancia se llega à pied o caminandó, resumió ensayando un castellano mal acentuado pero entendible. Con Lorna decidimos que apenas pudiéramos iríamos sin falta a ese nuevo destino que a nuestros ojos se mostraba tentador. La curiosidad era grande. Y en esa época ningún lugar, y casi ningún deseo, parecían estar vedados para nosotros. Una mañana, varias semanas después del aquel encuentro, conseguimos llegar a un punto de extramuros donde los autos ya no pasan y el camino se estrecha y humedece entre las sombras. A lo lejos temblaba la ciudad bajo el efecto deformante de la distancia y los rayos solares, algo amortiguados por la nubosidad en aumento; más atrás, vigilando siempre, se alzaban las temibles montañas de punta blanca y base generosa, algo oscurecidas por los nubarrones que de a poco se dibujaban atrás. No teníamos referencias claras del lugar adonde nos dirigíamos; obviamente la estancia no figuraba en las guías y sólo sabíamos, por haberlo leído en un mapita que nos dieron en la oficina de turismo, que se trataba en un antiguo depósito de toneles que luego funcionó como aserradero. Fue sobre la base de esos datos fragmentarios que tratamos de reconstruir la engañosa foto que habíamos visto como un flash en la frontera. Y con una energía inusitada nos echamos a andar a tientas por un camino sinuoso y poco amable. Lorna tomaba exageradas precauciones al caminar y yo, para variar, me burlaba de esa cautela tan propia de su ser que me encantaba como casi todo en ella. En los hechos resultaba imposible dejar de hundir el pie en un pozo lleno de agua de lluvia o nieve derretida, eludir las huellas blandas y apestosas dejadas por los animales y esquivar, también, la ostensible basura diseminada en el tramo inicial por algunos visitantes. Yo me arremangué los pantalones hasta las rodillas. Lorna, yendo como siempre a lo seguro, buscaba entre los árboles algún sendero menos complicado. Pasaron apenas algunos minutos y ya estábamos sucios (los dos) de tanto desecho acumulado por el tiempo y la desidia. Era evidente que la gente de paso odiaba esa tierra yerma adonde habían llegado en busca de un futuro o escapándose quién sabe de qué. Entre las flores y helechos se esparcían pañales de bebé, cintas arrugadas de papel higiénico, cajas de vino barato y latas mil veces aplastadas que chorreaban líquidos humeantes de una indefinible coloración. A la derecha, asomándonos con cuidado a los acantilados abruptos, alcanzamos a ver las algas amarillas que flotaban como flores muertas en el mar helado del canal: por todas partes nos rodeaban abismos, arbustos erizados de espinos y, no sé por qué, augurios no del todo promisorios. Entendí a estos últimos, claro, como una sensación puramente subjetiva; pero no puedo dejar de anotarla porque estuvo presente desde el comienzo de la marcha. Pensé, en aquel momento, que Lorna y yo íbamos a separarnos algún día, quizás más pronto de lo deseado. Yo la quería como se quiere a esos remansos en donde uno puede olvidarse un rato de las órdenes y la mala fortuna. Me gustaban su olor, sus pies delgados y hasta los prolongados silencios que la sumían a veces en un estado de ausencia o suspensión; también adoraba la forma entre delicada y resuelta que tenía de subirse a mi cuerpo en ciertas ocasiones que, ahora, preferiría olvidar. Me basta el breve cielo de haber podido ver o inventar en esa mujer de labios finos y mirada intensa una estación donde los trenes nunca se detienen pero en cuyos techos las aves como obedeciendo a un mandato inexplicable se posan siempre a descansar. De tanto en tanto, alterando por instantes esa caminata incierta y ya bastante demorada, nos cruzábamos con un grupo de personas que hablaban en voz casi inaudible; apareció también una joven que descendía por la pendiente; nos miró como advirtiéndonos alguna cosa que entonces, quizás nunca, llegaríamos a entender del todo. Se la veía especialmente mal vestida, con unos pollerones vapuleados por el uso y un gorro de cuero negro tan ridículo que nos hizo reír. Le pregunté por la estancia y ella hizo un gesto vago admito que al menos marcó un rumbo específico a través del bosque y desapareció luego entre los troncos hasta convertirse en una mancha más en el paisaje. Nosotros seguimos andando en silencio por un camino lleno de trampas, subidas, bajadas y recovecos de barro y piedra. De repente, como si quisiera probar la astucia de los invasores, el sendero se abrió en varias direcciones. Primero dudamos pero al final elegimos continuar siempre hacia el este, casi pegados a la costa, hasta desembocar en un descampado desde donde todavía podían otearse a lo lejos restos de ciudad y nuevos anticipos de tempestad. Sabíamos por experiencia que en esas tierras suele llover de manera inesperada. O que de pronto sale un sol que achicharra la piel y del que conviene esconderse a riesgo de pasar un mal rato. A esa altura nuestra voluntad inicial estaba en declive. Decididamente no había sido una buena idea encarar esa excursión. Algo andaba mal en un trayecto que a esta hora se bifurcaba cada vez más en diez mil caminitos, sin un solo cartel indicador que aclarara las cosas al menos en parte. Algo andaba mal, también, entre nosotros. Pero aún no lo sabíamos. Para colmo el detalle es menor pero viene al caso la presencia humana en ese paisaje por momentos aterrador fue desapareciendo casi por completo. La única excepción, transcurridas unas horas, fue una pareja de extranjeros (una rubia teñida y un hombre alto de barba y ostentosas botas de explorador), que alcanzamos a observar en un rincón algo escondido del bosque. Pensamos al principio que practicaban yoga o algo similar. Pero enseguida comprendimos que estaban abocados a otro tipo de gimnasia. Vamos, le dije a Lorna tomándola del brazo y mirando siempre adelante. La verdad es que los reiterados movimientos de la marea cargada de algas podridas y el aleteo siniestro de pájaros ajenos me empezaban a fastidiar. En un momento, recuperando en parte las ganas de seguir, me di vuelta, rodeé a Lorna con los brazos y la besé. Ella enseguida se apartó, se arrancó un abrojo del suéter, se agachó para tomar una rama a la que liberó de afiladas espinas y siguió caminando como quien se dirige mansamente hacia una meta ya prevista y no por eso menos inquietante. Media hora más de caminata y nos topamos con un grupo de caballos que pastaban tranquilos en un valle. Uno de ellos portaba una campanita, como si fuera una oveja o una cabra: la llevaba atada al cuello con una cinta de lana roja. Interpretamos el detalle como una buena señal. Deben ser animales de la estancia, dije esbozando una sonrisa experta y mostrándome atento al apagado y seco sonido del cencerro. Lorna (la cabeza envuelta por la bufanda gris y delgada que le regalé cuando cumplimos dos o tres meses de habernos conocido), se alejó atemorizada mientras el viento frío empezó a gastar las esperanzas. La estancia ya se estaba convirtiendo para nosotros en una especie de isla inventada por el mero deseo de encontrarla. El hecho me hacía maldecir secretamente a aquel francés joven y sonriente que, acaso sin querer, nos había empujado a este circuito interminable y sombrío. Pero había que seguir, claro, entre otras cosas porque la estancia, si es que realmente existía, no podía estar muy lejos. Seguir aún teniendo en cuenta que las piernas ya empezaban a temblar como las hojas con la brisa helada que parecía soplar directamente desde el agua. Alguna pulsión inexplicable nos decía que no podíamos volver sin encontrar lo que buscábamos, una estancia para nosotros desconocida que para colmo se llamaba Túnel: el francés, como no podía ser de otro modo, la había bautizado tunél como queriendo acentuar más el lado masculino de las cosas. En momentos como ese una ligera variación del paisaje puede ser interpretada como un anticipo estimulante, un anuncio implícito, una esperanza de algo o de alguien. Hasta pensé en las fugaces ilusiones que seguramente habrán animado a los antiguos navegantes toda vez que veían una maderita o una hoja de palmera flotando en aguas procelosas y desconocidas. Lorna, extenuada quizás como ellos, se tiró en el pasto, junto a un árbol caído. Y dijo: no doy más. Yo me tendí a su lado y empecé a acariciarla con el mismo cuidado que ella ponía al caminar a tientas sobre arenas movedizas. Le toqué apenas los pechos que se insinuaban debajo de sus diez buzos. Y ella, tal vez por cortesía y asegurándose que no hubiera moros en la costa, colocó su mano tibia en mi entrepierna. Fueron solo unos segundos pero bastaron para recordarnos que éramos una pareja (todavía) y que habíamos compartido momentos de inusitada plenitud. Una pareja que aún, con todo y a pesar de todo, trataba de recuperar ese lenguaje que nos fuera deliciosamente común: un destino compartido, un código secreto y mutuo que nos hacía reír de cualquier cosa, una forma demasiado similar (a veces demasiado amarga) de observar y digerir el mundo atroz que nos rodeaba. Ya iba siendo hora de tomar una decisión. A modo de apuesta nos dijimos que si pasando la próxima elevación del terreno no hallábamos lo que buscábamos emprenderíamos el regreso. La noche y las señales de tormenta se estaban precipitando y nuestro humor no acompañaba. Ante cada nuevo recodo una nueva esperanza se desvanecía. Así que, luego de tantas decepciones, el hallazgo de la estancia ni siquiera nos impresionó. La descubrió Lorna al llegar a la cima del monte por el que habíamos apostado. Me hizo señas con la mano y gritó aunque sin demasiado entusiasmo. Cuando llegué al mirador pude ver desde arriba, por fin, la meta de nuestros malestares y esfuerzos. La estancia se desplegaba en dos o tres establos aparentemente abandonados (a uno de ellos se le había volado el techo) y algunos corrales vacíos y rodeados con vallados de madera que, por su evidente solidez, no parecían tan antiguos como leímos en el folleto de la oficina turística. El conjunto, si no fuera por la oscuridad que empezaba a envolvernos con la misma fuerza del viento que arreció de pronto, se parecía en parte a la imagen que nos mostró Jean Paul en la frontera. Entendimos, de paso, por qué se llamaba Túnel. Para ingresar al lugar había primero que cruzar un río de montaña (en el mapita figuraba con el gráfico nombre de Río Encajonado) y después introducirse en una especie de cueva cuya presencia allí se imponía como el delirio de un loco. Una vez superado el obstáculo caminamos en medio del inconcebible escenario: casi nada en ese espacio evocaba a la palabra estancia. Y, allí, la única señal de vida que notamos fue un caballo blanco, encadenado a un ancla de barco, que al vernos se nos vino encima. Mi novia pegó un grito. Al principio no le di importancia; pero enseguida me di cuenta que el animal era de veras peligroso. Se lo veía solo y virtualmente desbocado. No me gusta este lugar, dijo Lorna buscando la salida sin esperarme y pasando por la tranquera que habíamos dejado entreabierta al llegar. Fue entonces cuando escuchamos un silbido que parecía salir de uno de los establos. Una figura indefinible probablemente un hombre nos estaba observando desde ese pozo de sombras. Pero ni Lorna ni yo teníamos ganas de hablar con nadie así que encaramos la vuelta justo en el momento en que se largó a llover. El hombre, la voz o lo que fuera, sin embargo, alcanzó a gritarnos desde lejos que tuviéramos cuidado con el río (ya no tan encajonado) que estaba creciendo aceleradamente. Alcancé a Lorna y la tomé de la mano, fuerte, como cuando estábamos enamorados. Recordé entonces dos o tres escenas muy lejanas en el tiempo y el espacio. Pero no era ese el momento adecuado para la nostalgia. La vida es más fuerte que todos sus intérpretes. Y no siempre lo hace respetando el frágil corazón de los protagonistas. Preferiría omitir el relato puntual de lo que siguió a ese intento casi desesperado por hacer que las cosas volvieran a un carril más o menos aceptable. Podría a lo sumo contar que luego de saltear el Encajonado (caminamos sobre el torrente como equilibristas sobre un tronco lleno de nudos resbaladizos) yo elegí un camino que, como lo supe después, no era el mismo por el que habíamos llegado. Lorna, visiblemente enojada ante esa evidencia, me dijo que de ningún modo iba a acompañarme a un destino desastroso. Yo, no menos irritado, le respondí que si no estaba de acuerdo siguiera el rumbo que mejor le pareciera. Una lágrima bajó lenta por una de sus mejillas y, apretando los dientes, me siguió de mala gana. Sería muy largo detallar aquí la luna negra que tuvimos a continuación. De pronto nos vimos al pie de unas rocas gigantescas y a metros del agua helada del canal. La lluvia adquiría la categoría de diluvio. Y la oscuridad, acrecentada por las nubes, empezaba a ser total. Yo me aferré como pude a los arbustos espinosos con la vaga idea de subir nuevamente al camino principal. Y Lorna, peleada a muerte conmigo y con el mundo, hacía tremendos esfuerzos con las piernas desde atrás (esas mismas piernas que yo había acariciado tantas veces) para seguir el ascenso por rocas hostiles, riesgosas y escarpadas. Hubiera bastado una patinada menor, algo nada imposible en semejantes circunstancias, para que los dos cayéramos al agua y nos ahogáramos en un pozo de hielo y remolinos que el oleaje enloquecía. Pero eso no importa ahora. Obviamente nos salvamos (aunque habiendo padecido unos cuantos raspones y heridas en la cara), y, finalmente, pudimos dar con la ya totalmente embarrada senda inicial. Yo amaba a Lorna (debo admitir que de algún modo la quiero todavía) pero en ese momento comprendí que el puente de frágiles cañas que entre los dos habíamos armado con tantas ganas se acababa de romper, acaso para siempre. Ella no dejaba de llorar y yo intentaba abrazarla en vano, fuerte y con ganas como en los viejos tiempos; pero ella se deshacía de mi abrazo una y otra vez, como diciendo no sigas que es inútil. Lo que estoy terminando de contar pasó hace mucho tiempo, tanto que hasta me resulta increíble poder evocarlo con semejante precisión. Es ocioso que me detenga nuevamente en detalles que entonces fueron importantes y que ahora, quiero creer, pesan menos que nada. A veces vuelvo a pensar en Jean Paul y en sus ojos radiantes. Recuerdo todavía la foto que nos mostró en la frontera, el sol de plástico que brillaba en la pared cuando entre Lorna y yo todo parecía marchar hacia adelante. Y me pregunto (con esa manía que tengo de pensar y pensar en lo que no tiene arreglo) qué hubiera sido de nosotros sin aquella caminata hacia el abismo. ¿Vivirá Lorna todavía? Al menos estoy seguro de que, en tal caso, tendrá presente aún esta aventura que emprendimos casi como un último esfuerzo de salvar algo, llámese estancia, horizonte, amor o cualquiera de esas cosas que, por más que se las persiga hasta el fin del mundo, no se alcanzan nunca. |