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Ana no duerme Podría llamarse Laura, María
Inés o Lidia Rocha. También Luna Creciente, Paula
o Luz Marina. La mujer es una y es ninguna: una puerta abierta
en el gélido verano. Puede ser una carta borroneada en
el asiento de un tren, un tatuaje cercano al corazón,
un papel arrancado. La española que vive en Nueva Jersey
me dice que se parece a Amélie Poulin. Ella -igual que
la chica de la película- hunde sus dedos amarillos en
la espuma. Hunde sus pechos en el agua, también, y siente
la vida como se huelen barcos, a la tarde, en el puerto de Quequén.
La española nombra de nuevo a Frida Kalho mientras se
balancea, de noche, en el Parque de los Riesgos. Ha tomado un
drink y ha llorado luego de un orgasmo en el hotel de ruta.
La dama podría ser de Barcelona, Buenos Aires o Moscú.
Arelys podría llamarse Arelys y vivir en la playa elegida
por las hadas. Y haber sido bautizada, después, como Ana
Guerra de los Sueños: estudiar historia de la traición,
perder la bicicleta en un descuido, esfumarse en el aire como
todo lo que pesa. Ana se cortó el pelo. Está más
alta y grave. Aguda y grave. Mayúscula y minúscula.
Las dos cosas a la vez. Sus ojos miran ahora como los de un
pájaro asustado. Vende libros en la feria. Sigue el juego
y no sabe si la moneda caerá en cara o gruss. Esto que
escribo no va ni para atrás. Al menos debería presentar
un personaje, componer una historia, seguir mínimamente
los consejos que me dieron en el taller literario. Lorena, la
peruana, podría ser un buen camino. O Paula o Verónica
o Celeste. Todas están más o menos locas: creen
haber llegado al horizonte. Pero comprueban, como cualquiera,
que la frontera escapa de la vista como el vuelo salvaje de las
grullas en otoño. Cada instante es un insecto muerto.
Y cada noche es la última. Quizás la reina del
día se llame Betsabé. Quizás no se llame
de ninguna manera. Acaso trabaje en una oficina de transportes
y organice viajes a los planetas de una galaxia vecina. Puede
ser. Puede no ser. Hablo de mujeres que esperan, de las que se
cambian cien veces antes de salir, de las que suponen que van
a salvarse por el arte, el periodismo o las infinitas combinaciones
de aros, bombachas y zapatos. Casi todas fingen que gozan cuando
en realidad lo hacen solo a veces y en forma discontinua. Casi
todas piensan o pensaron en matarse. Los hombres las miran desde
lejos sin entender. Están demasiado ocupados en sus impávidas
reuniones. Ellos pueden llamarse Ernesto, Daniel, Zinch o Guillermo:
eternos autores del Teatro de la Crueldad. Los hombres buscan
hogar. La mujer es el hogar de todos los hombres. Ayer le di
a Ana el nuevo número de mi teléfono. Dijo que
lo iba a guardar celosamente en ningún lado. Me prometió
esto, aquello y lo de más allá. Seguimos en contacto,
creo que dijo. Nos estamos viendo. Pero mi teléfono (lo
sé) no volverá a sonar. Estamos en pleno junio.
Hace un frío de peces de neón. Probamos nuevamente
lo ya visto. Hemos hecho y deshecho. |