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La cuestión política como
vacío disciplinario
No todos somos cualquiera
Marcelo Percia
I.
En 1895, consultado por el doctor Ernest Bloch, Freud recomienda
tratamiento para un niño de seis años que sufre
pesadillas. El chico sueña que lo persiguen, que cae en
un abismo y que lo castigan hasta morir. El padre, un funcionario
de la aduana austríaca, no acepta el consejo porque teme
que lo acusen de maltratar a su hijo. El muchacho de las pesadillas
será conocido como Adolf Hitler. El episodio se difunde
en un Congreso Mundial de Neurología celebrado el año
pasado en Buenos Aires. Algunos desmesurados creen que la ciencia
puede sanar al mundo. Tal vez el holocausto, piensan,
se hubiera evitado de haber atendido a tiempo a ese chico. La
indicación de Freud, suponen, pudo cambiar la historia.
II.
Un informe de los psiquiatras de la Corte Suprema de Justicia
concluye que Alfredo Astiz no es un enfermo mental. Los especialistas
argentinos encuentran rasgos esquizoides, paranoides, perversos
y depresivos en el imputado. Dicen que tests de personalidad
revelan que Astiz experimenta placer ante el dolor ajeno.
Afirman que esa característica es común
a muchos torturadores.
III.
El 15 de enero de 1973 se estrena en el teatro Payró de
Buenos Aires El señor Galíndez de Eduardo
Pavlovsky. Una dramática testimonial del terrorismo
de Estado en la Argentina. La obra relata espesuras existenciales
que desbordan las psicologías. Pone en escena lugares
comunes del horror. Acciones familiares (esperar a alguien,
limpiar una mesa, barrer el piso, tender una cama, ir al baño,
ordenar papeles, hacer gimnasia, leer una revista). Impaciencias
y movimientos apaciguadores. Opiniones generales sobre cómo
se pierde el romanticismo, sobre el sabor de la intimidad o sobre
la inconstancia de la juventud. Imágenes cotidianas: tapas
de revistas con actrices y modelos, fotos de futbolistas y boxeadores.
Cosas que pasan en la proximidad de los cuerpos que esperan:
exasperaciones, acercamientos, rechazos, confusiones, violencias.
Sorpresivas confidencias. Especulaciones sobre qué quiso
decir (de verdad) el otro. Sentencias y enseñanzas que
hablan con la voz de la experiencia. Momentos en los que
es inútil hablar. Conversaciones agrietadas por sospechas
y desconfianzas. Gestos inocentes y divertidos. De pronto un
hombre habla con la mujer por teléfono. Pregunta por su
hija: si la abrigó o si repasó las tablas de multiplicar.
(Hola, Rosi, el papi habla. ¿Cómo le va a la
muñequita? ¿Me querés mucho? Y cómo
no te voy a querer si soy tu papi. Bueno, hacé los deberes
y obedecela a la mami. Sí, mi vida, sí. Chau, tesoro.).
Le manda besos. No quiere que la suegra se meta en su casa. No
recuerda dónde puso la boleta de la luz. Se enoja cuando
lo celan. Cosas que pasan. Movimientos colgados de nada. Cabos
sueltos. Datos imprecisos, casi innecesarios. Automatismos de
chicos que se defienden. Que se sienten jodidos por un extraño.
Rebeldías que se muerden la lengua cuando hablan con la
autoridad. Pequeñas costumbres y minucias. Hazañas
miserables. Expresiones disparatadas, ocurrentes, absurdas. Modales
de pibes de barrio que respetan a sus mayores. Obsecuentes que
reciben, por teléfono, órdenes de Galíndez
(Hola. Sí, señor. ¿Cómo le va
a usted, señor? Muy bien, muchas gracias señor.
Pierda cuidado señor. ¿Cómo? Sí,
señor estoy escuchando. Perfecto, señor. Sí,
señor...y bueno, nuestra misión es esperar, señor.
Comprendido, señor. ¡Entendido! ¡A sus órdenes,
señor!). Nerviosismo de cuerpos a punto de estallar.
Delirantes que laburan para Galíndez aunque nunca le vieron
la cara. Desesperados que intuyen que no son imprescindibles.
Que temen perder su protección. Que saben que cualquier
sacudida de las circunstancias puede hacer también de
ellos hombres muertos. Esclavos de leyes mafiosas. Dependientes
de la fragilidad e inestabilidad de sus pactos. Ambiciosos que
luchan por progresar. Hijos de puta que tienen miedo. Que están
muertos de miedo.
IV.
Los responsables de actos de terrorismo de Estado en la Argentina
deben ser procesados y condenados. No necesito argumentar razones
psicológicas o psicoanalíticas para justificar
esta afirmación (no se trata de decir que hay que recordar
para no repetir, elaborar para no sufrir, o que un
pasado traumático se cierne como pesadilla en el presente).
No hablo en nombre de las humanociencias. Expreso una
voluntad. Eso es todo. No necesito peritajes psiquiátricos
ni psicológicos para constatar una supuesta inclinación
al horror que, tal vez, podría hallarse en cualquiera
de nosotros.
Me parece necesario (volver a) situar los hechos de terrorismo
de Estado como parte de la racionalidad del capitalismo en la
Argentina. Los saberes que explican el mal como monstruosidad
personal o patología moral tienen, al cabo, un efecto
encubridor. Sustraen de la discusión el problema de la
funcionalidad política de la barbarie.
¿Cómo son los torturadores de la obra de Pavlovsky?
Son hombres comunes: padres, hijos, maridos, empleados,
trabajadores. Pero que sean personas como todos ¿significa
que cualquiera puede ser un torturador? ¿Que la mayoría
tenemos un costado perverso que desconocemos? ¿Que, dadas
las circunstancias, ninguno resistiría la tentación
de violar un cuerpo indefenso? ¿Que el mal gobierna en
la intimidad del deseo? ¿Que la civilización es
una sofisticada barrera de contención para el descontrol
pulsional? ¿Que, incluso, las personas más buenas
y solidarias son malvados travestidos? ¿Que el bien es
sublimación del mal? ¿O que hasta perdedores, tristes,
melancólicos (inofensivos socialmente) son sádicos
atemperados que ejercitan la violencia contra sí mismos?
La igualación de todos ante el mal (ya sea como
tendencia pulsional o formación de goce) es discutible.
Propaga una difusión de principios universales y homogéneos.
Un reinado indistinto y general. Un apartado moral en el que
todos somos, en potencia, culpables. Por mi parte, insisto en
plantear el problema de la subjetividad como espacio político
de una pregunta: ¿por qué no todos somos cualquiera?
V.
Recuerdo un relato de Franz Kafka que se llama En la
colonia penitenciaria. Transcurre en una isla de seguridad
y disciplina severas. Un extranjero es invitado a presenciar
la ejecución de un hombre condenado por desobedecer e
insultar a un superior. El castigo consiste en inscribir sobre
su cuerpo la disposición que él mismo violó.
Por ejemplo: "Honra a tus superiores". El detenido
no sabe que ha sido procesado ni tuvo oportunidad de defensa.
En un valle desierto, el oficial y el extranjero hablan junto
a la máquina inventada para la ejecución.
La descripción del aparato ocupa casi toda la narración.
También están presentes un soldado y el condenado.
El procedimiento de castigo no cuenta (ahora) con muchos partidarios
en la colonia. El oficial explica el funcionamiento del
artefacto vestido con un estrecho uniforme de gala cargado de
charreteras y adornos. Hace mucho calor y respira fatigado. Sube
escaleras, examina piezas, revisa engranajes, ajusta tornillos.
Cada tanto se lava las manos. Todo lo hace con cuidado. Recuerda
que, en tiempos del antiguo comandante (quien diseñó
y construyó la máquina) la colonia
era una organización ejemplar.
Muestra orgulloso el aparato. La Cama cubierta
de algodón sobre la que se coloca al condenado. Las correas
para atar pies, manos o sujetar el cuello. Una mordaza para que
la víctima no grite ni se muerda la lengua. El mecanismo,
conectado a una batería eléctrica, que realiza
imperceptibles y rápidas vibraciones. Las oscilaciones
calculadas y sincronizadas con los movimientos de la Rastra:
un dispositivo de agujas que rasgan el cuerpo estremecido del
condenado ( "unas sirven para escribir y otras, más
cortas, arrojan agua para lavar la sangre y mantener limpia la
inscripción."). Por último, el Diseñador
que dirige y regula el movimiento de las agujas de acuerdo
a la inscripción de cada sentencia.
En la lógica de En la colonia penitenciaria no
se persigue la confesión del inculpado. O su examen de
conciencia. Ni el arrepentimiento. Tampoco alcanza con tatuar
la ley sobre su cuerpo. Se pretende ir hasta lo más hondo:
hacer hablar al alma con las palabras del poder.
El oficial exhibe diseños preparados por el antiguo comandante.
Planos llenos de líneas indescifrables. Las inscripciones
ocupan sólo una franja del total de la superficie. El
resto está cubierto con hermosos adornos. El procedimiento
dura doce horas. Cuando el condenado traspasa la experiencia
del dolor, comienza a descifrar el secreto ("estira los
labios hacia afuera como si escuchara").
El oficial se disculpa por el chirrido espantoso de una rueda.
Explica que el nuevo comandante redujo las partidas de mantenimiento.
Cada tanto se rompe o descompone algo. Los repuestos no se consiguen,
llegan tarde o son de mala calidad. Incluso, al no cumplirse
la norma de ayuno, los condenados dejan la máquina peor
que una pocilga. A veces, la sangre y excrementos humanos afean
la visión de la sentencia o la ensucian.
VI.
No expongo la historia como símbolo de injusticias, ni
como muestra de inhumanidad o como parábola de que el
poder inscribe sus intereses y normativas en los cuerpos de los
débiles. Tampoco como ilustración del dicho "la
letra con sangre entra". No busco metáforas brutales
para volver a denunciar el terrorismo de Estado en la Argentina.
No conviene abusar de las alegorías. Entre otras cosas,
por la estrechez de los simbolismos y la ingenuidad de los paralelos.
Las simplificaciones gustan de apariencias unívocas y
de correspondencias perfectas. Me intereso por la ficción
como relato de un singular. Como narrativa que resiste la tentación
de lo general, de lo homogéneo o de la interpretación
disciplinaria.
Tanto En la colonia penitenciaria como El señor
Galíndez me sorprenden por cómo la
racionalidad participa del horror. Cómo traza su ruta
entre equívocos, absurdos o lógicas que parecen
inofensivas. Cómo, a veces, esa inteligencia realiza sus
metas sin estremecerse ante la tortura y la muerte.
Para los protagonistas de El Señor Galíndez
o para el oficial de En la Colonia Penitenciaria no es
evidente que están haciendo mal. Permanecen inocentes
y viven sus actos sin culpa. Lo defectuoso (si existe)
aparece desplazado en otra parte: en alguien que cambia
las órdenes haciéndose pasar por Galíndez
o en el nuevo comandante que no entiende la estética
del procedimiento.
VII.
Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén
(1963) observa que uno de los responsables de asesinar a millones
de seres humanos, no parece un hombre malo. Es un burócrata
obstinado en hacer correctamente su trabajo. Una criatura meticulosa
que no manifiesta odio personal contra sus víctimas. Ni
goza, enfermizo, con el sufrimiento de los condenados. Interpreta
y satisface a sus superiores. No es un monstruo. Dirige uno de
los más atroces programas de exterminio de la historia
de la humanidad, como si administrara una oficina de correos.
Hannah Arendt llama banalidad del mal a esa práctica
común y rutinaria del horror. Al empeñoso deseo
de obedecer y cumplir órdenes. Sin importar el precio.
Sin dudas ni remordimientos.
VIII.
Nada asegura que los criterios diagnósticos en uso
entre psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas sean más
confiables que las conclusiones de Cesare Lombroso. Un médico
carcelario (inspector de manicomios y experto en psiquiatría,
ciencia penitenciaria y medicina legal) que a fines del siglo
XIX identifica la suma de rasgos morfológicos que delatan
la presencia del mal. Según Lombroso el gusto por
el horror es un resto de nuestra herencia animal. Los criminales
son criaturas gobernadas por instintos primitivos. Para apoyar
su argumento, recuerda que entre animales la crueldad es moneda
corriente. Presenta ejemplos: el de una hormiga cuya furia homicida
la impulsa a matar y despedazar a una pulga; o el de una cigüeña
que, junto con su amante, asesina a su marido; o el de unos castores
que se asocian para matar a un vecino solitario; o el de una
hormiga macho que, como no tiene acceso a las hembras reproductoras,
viola a una obrera hasta provocarle la muerte en medio de atroces
dolores.
Lombroso está convencido de que el mal por el mal
puede ser detectado en forma precoz. Un gran número de
signos físicos y morales distinguen a los criminales de
las personas honradas. Compara cerebros y cráneos de acuerdo
a sus tamaños. El diámetro de las mandíbulas,
la espesura y el color de los cabellos, el tipo y las formas
de las barbas, la palidez y tersura de los rostros. Alerta que
los homicidas tienen manos gruesas y cortas. Los ladrones y salteadores
de caminos desarrollan dedos largos. Los estafadores son zurdos
e inteligentes. Los abusadores de menores tienen talla pequeña
y peso abultado. Los autores de heridas se apasionan por el juego.
Los insanos son casi siempre alcohólicos. Muchos criminales
temen a Dios. Los ladrones son poco religiosos. Los incendiarios
casi todos locos. Los homicidas nunca totalmente calvos. Los
violadores de mujeres vírgenes exhiben narices protuberantes.
Los hombres honrados tienen la nariz con forma de pico ganchudo,
ya ondulosa, mejor larga, de mediana longitud, con base muy frecuentemente
baja, en casi ningún caso desviada. Los degenerados
presentan las orejas separadas de la cabeza. Los sometedores
de niños o niñas llevan una arruga especial en
la frente que denuncia la marca del vicio. Las personas rectas
y probas despiden secreciones menos ácidas. Los hombres
y mujeres infames carecen de gusto. Los criminales tienen el
paso izquierdo muchos más largo que el derecho. Casi todos
los reos comunican sus pensamientos por medios de señales.
Los homicidas y ladrones poseen un lenguaje con cuarenta y ocho
gestos innatos. Los desenfrenados tienen debilidad por los tatuajes.
Los violadores tapizan su piel con signos obscenos y jactanciosos.
(Lombroso comenta el caso de un condenado que llama su atención.
Un hombre que lleva la historia de sus crímenes grabada
sobre su cuerpo. Un sujeto sin moral que exhibe, en la piel,
la lista de sus amantes. Y escribe lo que sigue: "Junto
a éstas figuras y al lado de otras que el respeto al público
me prohibe citar, veíase con sorpresa el diseño
de una tumba con este epíteto: 'A mi querido padre'. ¡Extrañas
contradicciones del espíritu humano!").
Pero una de las rarezas más notables de los criminales
de Lombroso es la resistencia al dolor. Cita el caso de un ladrón
que se deja amputar una pierna sin gritar, entreteniéndose
después en jugar con el pedazo cortado. O el de un asesino
que, terminada su condena, ruega que le permitan continuar en
prisión; y que viendo rechazado su pedido se desgarra
(con el mango de una cuchara) sin expresar malestar. O el de
un condenado que antes de ser decapitado, es atenazado en ocho
lugares diferentes, sufriendo esos tormentos sin quejarse. Lombroso
considera que esa analgesia explica la insensibilidad moral y
la indiferencia por la vida de un semejante. Razona que cuando
vemos sufrir a otra persona evocamos, ayudados por la memoria,
sentimientos similares. La identificación es el móvil
de la compasión. Pero cuando no hay sensibilidad tampoco
hay compasión.
IX.
No se trata de ridiculizar las teorías de la escuela italiana
de Cesare Lombroso. O de aprovechar su lado cómico cien
años después. El conjunto de signos que, según
Lombroso, delatan secretos del alma humana configuran un mamarracho
totalizador. Pero no conviene desairar ese proyecto cientificista.
Creo que sobrevive, aunque bajo formas más sutiles, en
muchas de nuestras ideas. No es que el mapeo de la antropología
criminal esté mal hecho o que sus datos no sean confiables.
Tampoco me parece que estemos a salvo del ridículo con
aplicaciones psicosociológicas. O con diagnósticos
hechos con palabras freudianas.
X.
Circula entre mis colegas una especie de bestiario psiquiátrico
internacional que colecciona fábulas (que designa como
observaciones empíricas) de miles de criaturas sufrientes.
Un compendio clínico que se usa como manual de fácil
y rápido manejo. Una taxonomía de los comportamientos
de hombres y mujeres que se sienten tristes, ansiosos, aterrorizados,
deprimidos, dependientes, impulsivos, insomnes, desorganizados,
inseguros, distraídos, irritables, desmemoriados. Un listado
de rasgos que hacen distinción en una multitud de pacientes.
Una concertación diagnóstica flexible en la que,
de alguna manera, encajamos todos. Una bolsa ejemplar en la que
entra un poco de todo pero no mucho de cualquier cosa. Un asunto
de igualaciones diagnósticas y estadísticas. Un
breviario de reacciones que silencian eso inclasificable
que en cada uno hace diferencia. Un espectáculo
de fijezas que hace olvidar lo que en cada cual provoca
sentido. Colecciones de lugares comunes y homogéneos
que alisan pasiones que son irregulares. Tal vez, la pregunta
por lo singular restituya lo accidental e indecidible.
Las arrugas caprichosas de la subjetividad. También la
necesidad de pensar la cuestión política como vacío
disciplinario.
Comento (con algunos retoques) la sumatoria de características
que exhibe el Manual diagnóstico y estadístico
de los trastornos mentales, el DSM IV, de la American Psychiatric
Association, para trastornos obsesivos-compulsivos de la personalidad.
Los torturadores de Pavlovsky, el oficial de Kafka, o la banalidad
de Eichmann pueden incluirse en los dominios fiables de
ese casillero. Son gente preocupada por el orden, la perfección
y el control de sí mismos y de los otros. Personas poco
flexibles y casi nunca espontáneas. Exageradas con las
reglas, detalles triviales, protocolos y horarios. Interesadas
más en los aspectos formales que en los objetivos de la
actividad que llevan adelante. Contrariadas cuando las rutinas
son alteradas por retrasos y otros inconvenientes. Tienen dedicación
excesiva y mucha concentración en su trabajo. No se toman
una tarde para descansar, un fin de semana para distraerse o
un momento para relajarse. Hacen su tarea con mucho cuidado y
organización. Son respetuosas de la autoridad. Cumplen
las normas al pie de la letra. No les gusta delegar. Insisten
en que todo se haga a su manera. Dan instrucciones pormenorizadas
sobre cómo se tiene que hacer cada cosa. Suelen ser avaras
y egoístas. Temen catástrofes futuras. Con frecuencia
son hostiles y agresivas. Viven sumergidas en una sensación
de urgencia.
XI.
A fines de la década del setenta, trabajo como psicólogo
en el Centro de Salud Nº3 de la Municipalidad de la Ciudad
de Buenos Aires. Una compañera me recomienda para coordinar
grupos de adolescentes con problemas vocacionales. Me permiten
ingresar al Servicio de Psiquiatría Preventiva. Pero,
al tiempo, el jefe del Servicio opina que no tiene sentido que
chicas y chicos hablen de lo que les pasa en voz alta sin plan
ni conducción. Decide aplicar entre los consultantes
el Test de Szondi. Una prueba ideada por un médico húngaro
obsesionado por la incidencia de la dinámica instintiva
en el destino de la gente.
A diferencia de otros tests proyectivos que se proponen deducir
fuentes ocultas de nuestros actos a través de láminas
de manchas o de escenas dibujadas, Szondi elige investigar con
fotografías de enfermos mentales. Busca activar impulsos
que hacen guarida en zonas sombrías e indecibles del alma.
Quiere espiar el campo de batalla vivo de la herencia. Visitar
comarcas que combaten en cada uno de nosotros.
Según Szondi las formaciones de carácter o las
tendencias profesionales son resultado de complejas pulseadas
en la mesa del alma. Incluso cree que los individuos insanos
son criaturas que padecen una sobredosis instintiva inmanejable.
Dice que su prueba permite pronosticar el destino. Predecir
amores, trabajos, amigos, enfermedades, la muerte. Agrupa 48
fotografías en seis series de ocho imágenes cada
una. Cada serie contiene figuras representativas de un factor
instintivo. Son imágenes seleccionadas entre miles de
enfermos mentales: hermafroditas, asesinos sádicos, epilépticos
genuinos, histéricos, esquizofrénicos catatónicos,
esquizofrénicos paranoicos, depresivos melancólicos
y maniáticos. Los retratos, en gran parte extraídos
de libros de psiquiatría de principios de siglo, corresponden
a personas de diferentes países.
Recuerdo la sala en penumbras. El jefe del Servicio dice: "voy
a mostrarles unas fotografías. Mírenlas y elijan
la de la persona que consideren más simpática.
Opten pronto, sin pensar mucho". Un proyector expone,
enseguida, la primer serie de ocho fotografías. El clima
es íntimo, casi secreto. Los chicos tienen que consignar
sus elecciones en un formulario. Imágenes que actúan,
según Szondi, como un despertador de pesadillas
instintivas. Al rato, pide otra, también, simpática
y, más tarde, dos antipáticas. El jefe del Servicio
lamenta no seguir las indicaciones de Szondi al pie de la letra:
aplicar la prueba por lo menos diez veces. Pocos chicos
sobreviven a la segunda toma. Pero, a pesar de obstáculos
e impurezas, saca conclusiones: una vez expuso que, según
sus cálculos, una jovencita presentaba tendencias masoquistas;
pero que, sus exigencias sádicas, se encontraban (por
suerte) bien sublimadas. Y que, por lo tanto, era conveniente
(a fin de completar una correcta canalización pulsional)
recomendarle que se desempeñe como niñera, o tal
vez como pediatra o, incluso, como psicóloga infantil.
Detectaba, además, en la muchacha signos inequívocos
de frigidez, pero por cuestiones éticas mantenía
el dato en reserva. Otra vez encontró en un chico, que
se había burlado del test en forma agresiva, los signos
de Cain. Dijo que el muchacho juntaba odio y que sus elecciones
denunciaban rasgos latentes de homosexualidad anal.
Recuerdo que casi todas las imágenes eran feas. Retratos
de gente rara. A veces, no distinguía si se trataba de
hombres o mujeres. Algunos me despertaban miedo. Otros me ponían
triste. Una de las mujeres (la de la letra k de la serie
V) me parecía bonita. Una vez me noté parecido
al hombre de la serie III que tenía la letra m.
Por si acaso, nunca lo mencioné. Tenía bigotes
y una sonrisa que me era familiar.
XII.
En ocasión de la sanción de la Ley de Obediencia
Debida (1987), tratamos1 de explicar las razones subjetivas
del acatamiento ciego a una autoridad. Intentábamos no
caer en lugares comunes: como la exageración de un deber,
o el cumplimiento irreflexivo de un encargo irracional, o la
presión moral por pertenecer a una institución
disciplinada, o la subordinación de almas dóciles
y sumisas, o la activación de impulsos crueles, destructores
y serviles propios de una supuesta naturaleza humana.
Pensábamos que la obediencia criminal no se explica
porque un individuo sufre influencias del medio o experimenta
impulsos irrefrenables. Incluso advertíamos que psicologías
del individuo obediente, o estudios sobre instituciones autoritarias
(que analizan la familia, la escuela, la iglesia o el ejército)
o teorías sobre patologías sociales de acatamiento,
pueden tener efectos despolitizadores.
Pero caíamos en una argumentación (si no peor)
por lo menos equivalente. Intuíamos que un modo de reponer
el problema político en el centro de las teorías
del sujeto era pensar las relaciones entre deseo y poder. Cito
un fragmento del razonamiento: "¿Cuáles
son las condiciones del sujeto que posibilitan que desee acatar
sin límites las exigencias del poder? El que obedece ciegamente
se halla poseído por una creencia: reencontrar, a cambio
de la sumisión, aquello que le falta. Si el deseo se define
por la carencia de objeto, esa falta (constitutiva del sujeto)
moviliza la persecución desesperada de algo.
Una ausencia que halla sustitutos pasajeros en los objetos cincelados
por la historia social. La obediencia ciega es una de las figuras
que ofrece el poder para cautivar al deseo. Pero no se trata
de un objeto más: es una modalidad de lazo social que
produce subjetividad."
Es cierto, la potencia deseante puede estar al servicio de cualquier
cosa (incluso, claro, de la muerte, la tortura y otras formas
de crueldad). Pero, al cabo, el argumento es ingenuo. El análisis
de los actos de terrorismo de Estado (a pesar de considerar la
fascinación por el poder, el amor por la autoridad, el
deseo de formar parte de una voluntad superior o la complicidad
de intereses) choca contra un resto que resiste las explicaciones
disciplinarias. ¿Por qué militares argentinos no
dudan de la moralidad de sus crímenes? ¿Por qué,
ni siquiera reconocen a esos hechos como criminales? ¿Por
qué no lamentan haber hecho lo que hicieron? ¿Por
qué desearon hacerlo? El haberlo hecho no sólo
es un verosímil moral e ideológico, sino una realización
política. No todos (es decir no cualquiera) se hace sujeto
de una voluntad así. El horizonte de opciones posibles
se resuelve en forma distinta para cada cual. Tal vez el misterio
de la diferencia sea terreno de la angustia, pero, también,
de la política.
XIII.
La existencia habla muchos idiomas. Algunos extraños e
indescifrables. Entre todas esas lenguas, no obstante, aprendemos
a vivir. Cada cosa admite más de una interpretación.
Vagamos sin contar con verdades absolutas. Es difícil
desandar las sendas y trayectos que conducen al establecimiento
de una verdad para cada uno. La subjetividad es territorio de
consentimientos, sublevaciones e indiferencias.
Cuando un pensamiento intuye (o constata) que el Estado, el Derecho,
la Justicia, la Moral, la Ley son convenciones enloquecidas en
manos de un enemigo, estalla (otra vez) en angustia, soledad,
desierto. Tal vez los saberes disciplinarios son terapéuticas
que vienen a asistir a la razón después de la estampida.
Calmar la angustia, acompañar la soledad, llenar el desierto.
Pero la razón disciplinada, al cabo, parece un alma sobremedicada.
Un conjunto de explicaciones planas. El desastre pone a la vista
un estado de vértigo, de tensión, de peligro. La
asistencia de ese desgarro (cuando no sólo es acción
apaciguadora o pensamiento complaciente) necesita interrogarse
por las razones políticas de la barbarie. Tal vez esa
pregunta sea un modo de crítica. Que no logra ocultar,
por momentos, su desorientación.
1Junto con Edgardo Gili.
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