Deviniendo se resiste al presente

Transdisciplinación

(experiencias personales para resistir frente a la globalización)

 

La experiencia del Corpodrama como transdisciplinación puede suponer al mismo tiempo un estado de clínica y un estado de arte. Es preciso fugar de todos los diagnósticos irreversibles, de los estigmas de la etiqueta social. En una experiencia social de contagio, lo terapéutico se trasfunde con lo artístico y produce una bella polaroid. Es un viaje donde los cuerpos devienen (lo cual no quiere decir "venir de"). Cuerpos "inservibles" devienen cuerpos armónicos; mentes "inservibles" devienen mentes "vivas como un rayo de luz".

Así, me uno con dos esquizo-terapeutas (un otro psicoterapeuta y un corredor de seguros), y juntos convocamos a algunos de nuestros pacientes adolescentes y a ciertos adolescentes "significativos" del corredor de seguros, para gestar una red-acontecimiento: Los quincenales partidos de fulbito en la canchita de Marangoni, en el Parque Las Heras. La experiencia crece por contagio; los padres de estos chicos se unen a nuestra red. Amigos, tíos, primos ... todos llegan a la cancha. Nace una ética de la pelota. Se propaga la plaga de las "bolas". Tras tremendos partidos en los que todos "metemos pierna", nos vamos para el barcito anexo al estadio, y evocamos las fratrías, las rivalidades de la cancha, las de la vida ... Es sin embargo dentro de la cancha, regio campo de cultivo para el fulgor del acontecimiento, crisoles de espacio-tiempo que escapan por su intensidad y velocidad a la égida del impertérrito tiempo-Cronos, en donde pasan cosas increíbles. El grito de gol de un paciente taciturno tras un "zapatazo" de veinte metros, delante de los nuevos ojos sensibles que escuchan, para siempre y por ahora, de un padre que lo estalactizaba acusándolo de "furibundo esquizofrénico". El chico grita "¡GOL!" (este chico casi no hablaba), y el padre grita "¡GOL!" (el padre juega en el equipo contrario), y los compañeros gritan "¡GOL!", y de esto se trata el esquizo-análisis: producir un efecto analítico, en este caso, a través del valor ancestral de un grito de gol. Hay otro grito de gol, lo gritan los cachetes sonrosados de un chico acusado por sus abuelos de "oligofrénico". El chico viene a jugar uno de nuestros partidos, el abuelo permanece detrás del alambrado, el chico ensaya un tiro al arco pegándole al balón con la cara externa del botín derecho, y convierte el gol del triunfo, el 2 - 1. Sus compañeros se le arrojan encima, el abuelo grita frenético su orgullo tras el alambrado, y a él se le siguen encendiendo los cachetes y esboza una mueca, en la que, como dirían Hernán y Tato, tal vez se junten la victoria y un tremendo dolor. Hay también un hombre paraguayo que no quería encontrarse conmigo, yo que era el terapeuta de su hijo, y que finalmente acepta la entrevista entre rechazos y atajadas, él alias Pablo Rotchen, el 2 de Independiente, yo, el Mono, el arquero de Boca, y así es como nos despedimos hasta la próxima entrevista: "Chau Pablito"; "Chau Mono".

En el devenir de los futbo-terapeutas, hay uno que iba por la vida como iba a por la pelota, imitando a ciertas púberes a las que hemos visto alguna vez acometer a la pelota de volley, con marcado talante histero-fóbico. Ahora, mete pierna, se ha hecho recio defensor, es candidato serio a ser "patrón de la pelota". Otro también ha encontrado en la red una forma de transmisión de coraje para fugar de la tristeza existencial. Los chicos han empezado a ayudarse mútuamente a conseguir trabajo. En esta magia del estadio, irrumpe lo molecular, pues lo que transforma, como dice Hernán Kesselman y Eduardo Pavlovsky, "es el grupo, la síncopa de pausas, velocidades y articulaciones de los ritmos vinculares, y no sólo las intervenciones esclarecedoras de los conductores; transforma la música, el ritornelo de entusiasmos del Goce Estético en el Arte de Curar antes que la letanía de aflicciones a contener" .

La horma del zapato de la transdisciplinación de los cuerpos, es el "Syndrome de los escenarios". La total falta de flexibilidad de tono escénico. En el Club de Amigos, el Chacho Alvarez y el Pato Galmarini se dan un gran abrazo, hacen bromas sobre las elecciones, y repasan juntos la alineación de Racing. En el escenario de la arena político-televisiva se denostan mutuamente. Careta con careta. Otro fractal de la rigidez de tono en los escenarios, se sintetizaría en los siguientes términos: "Estoy de servicio/estoy de franco".

El fenómeno de la rostridad puede provocar un bloqueo de intensidades en uno, y es allí cuando podría aparecer el dispositivo de la Multiplicación Dramática en vez de la reducción trágica que nos anclaría en la máxima soledad de nuestra escena de captura. Aquí se vienen algunas de mis escenas de la vida. Cuerpo mío expuesto en las escenas que casi nunca piden permiso para ocurrir.

El fenómeno de la rostridad: se me ocurre hacer el debut teatral de una obra en la que actúo, en el patio de la casa de mi hermana. La intemperie no nos pone a salvo de nuestros ojos posándose sobre los ojos de los espectadores, y lo primero que se me ocurre hacer es fijar mi mirada en la mirada de mi hermana y de mi cuñada, rostros demasiado familiares, lo que no me permite jugar "mis personajes", me aferro a la captura hipnótica de mi cuerpo en la representación, cargo la escena de trascendente representatividad.

Escena del Mac Donald: Estoy sentado en una de las sillas plastificadas del Mc. Donald. Mi antebrazo derecho parece rebelarse y derrama vaso de coca-cola que se expande a la vera de mis pies. Empleada del bonete blanquirrojo viene lentamente blandiendo trapo de piso; trata de limpiar restos de descuidos o tropelías de adolescentes. Se detiene a un paso de mi querida presencia. Y es ese instante una polaroid de la captura en el entre de los cuerpos; percibo tensiones alrededor de mi cintura escapular, mis hombros creen sostener el peso de la escena (Dijo Nietzsche al atacar a los hombres sublimes: "¿Quién dice que afirmar es cargar con pesos?"); mis piernas parecen ser parte del aire. El cuerpo de ella yace encorvado, casi más alta la chepa que sus ojos. Ninguno de los dos mira a los ojos del otro (a partir de esa foto, quizás ya se podría multiplicar).

Escena de la plaza de Malabia y Nicaragua, plaza atestada de jóvenes y perros: Mi perra bóxer danza, junto a otros perros, su coreografía a metros de mí. Sentado en mi banco, diviso con un ojo el baile canino, mientras al otro ojo lo pego a la lectura del diario. Una viejita que atraviesa la plaza detiene su andar, gira hacia mi persona, me observa. Me percibo escrutado. Otra vez sostienen mis hombros. La viejita avanza paso a paso, lentamente hacia mí, como si se tratase de jugar a "pan y queso". Mis omóplatos parecen pretender subir hasta mi nuca. He congelado el tiempo y el espacio en la visión de esa viejita ancestral, que fija esos tiernos ojos almendra en mí, y que se parecen en un 80% a los de mi abuela (de ahí mi captura), y en un 20% a los de la protagonista de la tira televisiva "Son de diez" (de ahí mi posibilidad de fuga). Yo trato de fijar mis ojos en ella. Ella rompe mi proxemia, mi distancia óptima de seguridad, y ya creo que he despegado definitivamente los isquiones de mi asiento de cemento. Ella está a punto de hablar, pero mueve muy lentamente los labios como pidiéndome permiso. Es mi momento de captura, a partir del cual podríamos desplegar la foto en múltiples fragmentos. Veo en ella a todas mis abuelas todas, pierdo y reencuentro la memoria en la estela de sus cabellos canos, se me aparece algo así como mi abuela del '72 acariciándome la mejilla, y hasta creo recuperar mi viejo pelo en las entradas de mi pelo. PERO AÚN NO SÉ QUÉ ME VA A DECIR. "Sr., ¿no se ofende si le hago una pregunta?" (más captura, más tensiones para mí, los ojos devienen inquietos como los de Chirolita) ... "¿Ud. es ... MIGUEL ANGEL SOLÁ?", y no sé cómo, pero ya he fugado en nuevas narrativas de abuelas desconocidas, cholulas, divertidas, abuelas no tan sólo maternales ... (¿cuántas temporalidades, cuántos destiempos han sido capaces de convivir en ese breve espacio de reloj?).

Aparece toda una estética para expresar estas nuevas formas de captura. Captura de una tensión, de un cuerpo en un escenario, capturas que en las palabras de Giacometti, son estilos, visiones detenidas en el espacio y en el tiempo, y en palabras de Foucault, ocurren cuando "no se ve lo que se dice o no se dice lo que se ve". Hay varios registros de la captura. Hay una captura de intensidades que atraviesa todos los órdenes, hay algo bloqueado en la palabra, en el cuerpo, en el quehacer, en las relaciones ... Lo trans permite que en estas polaroids convivan un estado de arte y un estado de clínica, algo acerca del ritmo que se arma entre los dos cuerpos, diversas temporalidades que atraviesan la escena, y las hemerotecas devoradas o los menúes del alma de quien presta la foto.

Hace poco tiempo escribí algo, creo que refleja un intento trans de devorarme lo que amo, fractales violetas para una existencia muchas veces gris (fugas moleculares para una vida casi siempre molar); reflejan historias de mis últimos años: "Creo que quise sensibilizarme, contagiarme de REAL SOCIAL; quizás por ello devine pintor de brocha gorda bajo el haz de luz de una Biblioteca-Teatro del Rojas; tal vez quise crear nuevos territorios, desterritorializándome; quizás por ello mi cuerpo vibrátil se abismó a captar en el aire los ancestrales sonidos del nuevo barrio; tal vez por ello devine tumbadorista de largas manos una larga noche sobre negros barros de la Costanera Sur, quizás por ello devine "todo el mundo" por un solo milímetro de segundo en una fiesta del Canto en la Plaza Houssay, la tarde en la que inventamos los "Pescados populares" contagiados por un taller sobre ritmos de pesca sicilianos; tal vez por ello devine perra-bóxer en el romanticismo de una nueva máscara canina, ladridos suaves, nuevas formas de salivación; quizás por ello ... tal vez por ello y en algún solo instante...".

Y así devienen los cuerpos en los talleres de Corpodrama que coordinamos con los Kesselman' (Hernán, Susana y Mariana). Las escenas óseas y epidérmicas devienen multiplicidades siempre descentrando las capturas, en un espacio que es de experimentación, en el mejor sentido de Foucault y Deleuze, para que no deje de haber textos en borrador, textos que no cristalicen, puesto que sin duda, siguiendo las palabras que Borges reflejó en "Las Versiones Homéricas" : "Todos los textos son borradores. Los únicos textos definitivos son sólo fruto de la religión o del cansancio".

 

Martín Kesselman