- Subjetividad controlada
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- Partamos de una evidencia: el mundo está interconectado.
Las redes vinculan nodo con nodo de modo transversal, diagonal,
en todas direcciones. Los flujos de información no transitan
con velocidad infinita sólo por la restricción
de Einstein. No será preciso describir la miríada
de operaciones prácticas que cada individuo realiza dejando
en memorias electrónicas el registro preciso de la hora,
el sitio y la índole de la operación : telefónica,
telemática, comercial, crediticia, de compra-venta, erótica,
médica, bibliográfica, etc.
- Lo que no resulta tan evidente es la serie de consecuencias
que acarrea esta multiplicación vertiginosa de la cantidad
de información y su velocidad de circulación. Pues
el juicio de valor sobre una realidad puede usurpar el lugar
de la lectura cualitativa de esa misma realidad. La valoración
apologética y la valoración apocalíptica
dejan en la sombra el severo cambio de cualidad que puede darse
en el campo de los lazos sociales y sus soportes subjetivos.
- Aparentemente se trata sólo de cambios técnicos
que multiplican cuantitativamente unos recursos disponibles desde
siempre: registros y circulación. Sólo que ahora
circula un volumen mayor a mayores velocidades. Ahora bien, según
el principio de causalidad, las mismas causan determinan los
mismos efectos bajo las mismas condiciones. Y las condiciones
actuales determinan que los efectos de estas transformaciones
cuantitativas sean radicalmente cualitativos.
- Las condiciones dentro de las que se opera este "incremento
cuantitativo" se suelen resumir en un término evidente:
globalización; los efectos subjetivos, en otro: control.
Será preciso aclarar el sentido de estas evidencias. El
fenómeno decisivo es que la virtualidad de las redes ha
ocasionado la unificación de una enorme dispersión
de bancos de datos. Los datos globalizados permiten un control
ajustado. Qué puede haber de cualitativo en ello?
- Por diversos caminos, una serie de mutaciones en el tipo
de lazos sociales deriva en una unidad de efecto: los estados
nacionales ya no constituyen la forma efectiva de organización
de la vida social y económica de las masas de población.
Los estados actuales, que tienden a unificarse en mercados comunes
que los trascienden, se definen como técnico-administrativos.
- Desde el siglo XIX, el principio de soberanía popular
representada dio lugar se instituyó desde unos estados
que definían al territorio sobre el que operaban como
"nación". Esas naciones eran representadas en
los estados. Esas naciones constituían espacios unificados
y delimitados netamente: un mercado, una soberanía sobre
ese mercado, una identidad de sus habitantes. La moneda nacional
era un símbolo evidente de estas tres dimensiones: mercado,
soberanía e identidad nacional.
- Desde el último cuarto de nuestro siglo [la fecha
es tan mala como cualquier otra] las naciones se han desvanecido
como realidades efectivas. Los estados tienden a no representar
los proyectos nacionales sino a administrar las tendencias generales
de los mercados. No ejercen ya la soberanía económica
e informativa, que se ha deslocalizado de las entidades políticas
reconocibles. Las identidades se disuelven en tipos universalistas
o se crispan en tipos fundamentalistas. La tarjeta plástica
informatizada es el símbolo pertinente de este modo de
organización de la vida social y económica.
- Cada tipo de estado instituye un tipo subjetivo que le es
propio. Entre otras cosas, hay historia porque diversos modos
de organización de la vida social determinan distintos
tipos subjetivos. Ser hombre es una generalidad abstracta: un
animal humano es -por ejemplo- polités ateniense, intraducible
en esencia al vasallo de un señor o al pariente de un
ayllu incaico.
- Los estados nacionales habían instituido la figura
del ciudadano como fundamento de su operatoria. El ciudadano
se define por una propiedad y una pertenencia. La propiedad es
la conciencia; la pertenencia es nacional. La conciencia nacional
define una identidad necesaria para el funcionamiento del estado:
si fallara la conciencia, los soberanos no sabrían bien
cómo delegar su soberanía nominal en sus representantes
reales. Si no fuera nacional, esa conciencia no sería
depositaria de la soberanía. La conciencia fundaba entonces
su identidad.
- Pero los estados tecnoadministrativos no representan pueblos
sino tendencias de los mercados. El soporte "ciudadano"
no puede fundamentarlo. En 1994, en Argentina, la reforma constitucional
introdujo subrepticiamente una nueva figura: al lado de los derechos
del ciudadano, tomaron carta "de ciudadanía"
los derechos del consumidor.
- Es ya clásica la tesis según la cual cada sistema
social establece sus principios particulares de exclusión.
En la medida en que no hay sistema capaz de incluirlo todo, la
exclusión específica es fundante de su propia lógica.
Si un tipo de estado organiza un tipo subjetivo para los incluidos,
organiza también la subjetividad de los excluidos.
- Los estados nacionales se definían por el revés
específico del ciudadano cuya conciencia regulaba el régimen
de representaciones: la exclusión de la locura era fundante
de los lazos entre conciudadanos; la locura no es buen ingrediente
para la soberanía. Los estados tecnoadministrativos tienden
a excluir el revés específico del consumidor. Se
trata de los excluidos del mercado, del consumo, de las redes:
se trata de los que están por fuera de "un mundo
pequeño". Pero el excluido del consumo carece aún
de nombre que lo defina socialmente.
- Pues el nombre de marginales resulta inadecuado para la forma
específica de exclusión que soportan: el margen
cumple aún una función organizadora decisiva en
el diseño de la página. Y los excluidos actuales
no son desplazados hacia los márgenes. La pertenencia
a la red parece carecer de márgenes. Hay sólo adentro
y afuera. Si el modo de exclusión de la locura era la
reclusión, el modo de exclusión de los no consumidores
es la expulsión. Del sitio de reclusión no se puede
salir; los expulsados de la red no pueden entrar. La reclusión
supone un sistema de tratamiento hacia el que la sociedad deriva
la custodia y rehabilitación de los recluidos. La expulsión
carece de semejantes sistemas de tratamiento, pues el carácter
tajante de la demarcatoria determina "limpiamente"
la imposibilidad de irrupción intempestiva de los expulsados
en el mundo de la red. Están entre nosotros pero en otro
mundo que el pequeño mundo virtual.
- Y aquí llegamos al meollo de las sociedades de control.
Los flujos de información constituyen una minuciosa policía
silenciosa que anota cada acto de los habitantes de la red o
del mundo. El habitante no deja huellas a interpretar por el
detective sino registros explícitos a recopilar por las
bases. Una meticulosa biografía se va anotando en distintos
puntos de la red, dispuesta a reunirse en el punto en que fuera
necesario. Lo que está en un punto de la red está
en la red. Es accesible, es recopilable.
- Esa biografía tediosa poco parece hablar de los aspectos
cualitativos de una persona. La enumeración infinita de
sus actos parece exterior a la interioridad psíquica,
cultural o ideológica que los motiva. Sin embargo, será
en función de esa biografía que la red le permitirá
seguir habitándola, morar en nodos más y más
ricos, disponer de más y más conexiones. O por
el contrario, será esa misma biografía cifrada
la que determinará una serie sucesiva de rechazos, de
interrupciones, de condenas. Por anodina que parezca, esa biografía
será su precisa identidad en los circuitos de crédito
y consumo, de empleos y premios, de becas y viajes.
- Pues con los cambios del tipo subjetivo instituido tiene
que cambiar conjuntamente el principio social de identidad. El
principio social de identidad establece en función de
qué parámetros un integrante de una sociedad será
reconocido como él mismo por los demás, será
identificado, será convocado o rechazado, será
valorado o despreciado. El principio de identidad depende estrictamente
del tipo subjetivo instituido. Si en los estados nacionales un
ciudadano se definía por la conciencia, su identidad estaba
configurada por los contenidos fundamentales de su conciencia :
sobre todo por su conciencia política -o, para hablar
brevemente- su ideología.
- En los estados tecnoadministrativos, ya las ideas inciden
muy poco en la determinación social de una identidad.
Por eso hemos entrado en el crepúsculo de las ideologías
y hemos entrado en el mediodía de las opiniones. La absoluta
libertad de opinión es correlativa con la estricta insignificancia
social de las opiniones-mensurables ya en términos de
encuesta como otros tantos índices de preferencias. En
los estados tecnoadministrativos, el consumidor se define ya
no por sus ideas sino por sus actos. Será reconocido,
identificado, valorado y convocado por esa serie exhaustiva de
actos insignificantes. Si esa es su identidad para otros, pronto
lo será para sí mismo. Será en función
de esos parámetros que conservará o no el derecho
de consumidor de habitar el pequeño mundo -el único
digno de llamarse mundo.
- Los distintos sistemas de exclusión se caracterizan
no sólo por el principio que determina quiénes
será excluidos y cuáles serán las formas
de exclusión : también se caracterizan por
el tipo de pena que se impone a los excluidos. Estas penas son
otros tantos medios eficaces en la constitución de la
subjetividad.
- En un horizonte medieval se podía decir que los castigos
corporales eran la base de la penalidad. En un horizonte moderno
-característico de los estados nacionales- el tipo de
castigos se concentraba en la rectificación de las conciencias :
de ahí el pasaje del suplicio a la prisión. Pero
ambos tenían en común la idea de castigo. Aquí
la etimología puede ser una ayuda. "Castigar",
de castigare, es un compuesto de castus (=casto, puro) y agere
(=hacer). Castigar a alguien el volverlo puro, depurado, limpio.
- El castigo rehabilita : permite el reingreso del suspendido.
Pero el expulsado no requiere de castigos. El control sobre los
actos determina un tipo de penalidades que no busca el reingreso
sino la garantía que impida el reingreso. La capacidad
de punición del sistema es altamente eficaz. Es casi automática.
No hay castigos sino eliminaciones. El número de actos
de consumo puede multiplicarse en la red incluso si decrece el
número de consumidores : las expulsiones no la deterioran
sino que la potencian.
- Así, la subjetividad no está marcada por la
amenaza de castigos sino por la exigencia de autocontrol. Los
controles se han interiorizado. Los actos han sustituido a las
representaciones concientes en la determinación de la
identidad ; las pertenencias han dejado de definirse como
afiliaciones para definirse como frecuencias de un consumo específico ;
la libertad de opinión ha encontrado su contracara en
el autocontrol meticuloso de los actos. La sociedad de control
se ha instituido. La subjetividad controlada es el soporte de
los estados tecnoadministrativos.
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- Ignacio Lewkowicz
- - H/a historiadores asociados
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