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Náufragos del chat Por breves e inútiles instantes un hombre y una mujer dialogan como pueden y a los gritos desde sus respectivos automóviles. Los dos alcanzan a cambiar apenas unas pocas y entrecortadas palabras mientras el semáforo en rojo frena por algunos segundos la loca carrera de sus autos y sus vidas. Después el ritmo ululante y febril de la ciudad vuelve a convertirlos en los eternos náufragos de un cuento inconcluso. Esta historia de almas en fuga recuerda demasiado al desesperado diálogo que sostienen los cibernautas en las salas de chat. Quién lo ha probado sabe ya de qué se trata. Uno adopta un nombre que puede no ser el verdadero, una personalidad y una edad que también pueden ser modificadas sin límite, y así establece un contacto virtual y flotante con alguien que muy probablemente haya hecho lo mismo en el otro extremo de la red. Una forma de empezar de una vez esta charla entre fantasmas puede ser formular la pregunta de práctica: ¿hay alguien ahí? Las voces convertidas de pronto en grafismos imperfectos y apurados acuden al llamado como un montón de abejas africanas. El espacio empieza a llenarse de onomatopeyas, signos, bromas, llamados, ruegos y todo tipo de atrevimientos que el anonimato convierte con frecuencia en actos de amor doblemente frustrados. La conversación suele terminar de pronto y a veces en el mejor momento por causas ajenas a la voluntad de los que dialogan. La pantalla se oscurece, el zumbido de abejas se amortigua hasta desaparecer, y los virtuales amantes unidos por el chat vuelven a preguntarse si de veras hay alguien ahí, y si acaso no sería mejor volver al olvidado reino de las palabras y las cosas. |