Foto borrosa de caballo
 
La imagen borrosa de un caballo corriendo por la estepa rusa. Hace meses, para no decir años, que quiero sacar una foto así. Parece fácil: tengo amigos en la taiga, con frecuencia me invitan a viajar, hay ganado en abundancia, hace rato que no pasan los cosacos por ahí. Todo consiste en despertar a las cuatro, acercarse a la tropilla, individualizar a un equino, justo a ese overo que ahora está montando a una yegua de abundosa pelambre. Se diría que la está matando.
El tamaño del miembro -negro, extensible, asombrosamente grueso como el que la leyenda atribuye al monje Rasputín- asustaría por cierto a una monja o a una chica de, no sé, la república libre de Moldavia. Pero no quiero ni debo hablar de sexo ahora. Y mucho menos de la geografía y sus cien mil parajes: cualquier lugar daría lo mismo para mí. Y si estoy en Rusia, no sé, el destino.
La pregunta es por qué un caballo, por qué corriendo, por qué la imagen borrosa. Pero los datos importan más que la razón. La foto debe ser tomada en blanco y negro, desde lejos, dos tercios de tierra, un tercio de cielo, el caballo captado a velocidad muy lenta, que el galope simule disolverse contra el fondo, que el fondo sea pura estepa, que la estepa sea de un color más bien amarillento, que el universo confluya en esa imagen.
El entorno debería ser de tierra, cielo, nada de sol, insisto, un caballo corriendo difusamente, sin que se note la silueta, como para que la foto gane seguro en un concurso de esos con jurado y todo; es fácil, la presento en formato amplio, papel mate, marco negro, un conjunto despojado de caballo, campo, mujer, cielo, sol, polvillo. Escribí mujer; algo no anda bien. Pero el mundo en todo caso está peor.
Ahora la yegua trata de recomponer su figura después de semejante acometida entre sus partes más cálidas.
El overo está feliz, se supone, o al menos saciado.
Felices los idiotas, pienso. Felices juntos.
Entonces corre, sí, galopa, sin rumbo y sin espuelas. Nada lo obliga a correr. Pero ya intenté muchas veces con lo mismo y sale mal. Si no es el caballo es el fondo. Si no es el fondo es la imagen: demasiado borrosa no se ve. Y si está muy definida para qué. Entre la estirpe clara de un animal y el animal (real) prefiero a la cosa en sí.
A veces me vuelvo obtuso, muy teórico, como si estuviera dando una clase de estética para estudiantes de veterinaria. Porque después de todo escribo esto para nadie, es decir, no nos vamos a engañar, uno supone que después de muerto hay por lo menos un testigo del pasado, de todas las basuras vomitadas.
Pero no quiero hablar de la muerte ahora. Si hay alguien por ahí que imagine y listo. Ahora estoy parado, con las piernas semiabiertas, el bolso al hombro, la cámara lista, el cuerpo en tensión. Es el momento que tanto esperaba.
El overo se ha lanzado a la carrera. El sol no ha salido. La tierra se muestra irregular, temblorosa, oscura. Justo lo que necesitaba. Voy a oprimir el disparador cuando de pronto, como en las películas de enredos, se interpone algo: una sombra, un pez, una yegua distraída. Y lo hace justo en el punto medio entre animal y fotógrafo.
Advierto que es la misma hembra de caballo que recién fuera servida en el corral. Se cruza como queriendo hacer o decir algo antes de desaparecer fuera de cuadro. Y yo que pensé que esta vez por fin podría. Pero ella sigue ahí, clavada como una estaca. Primero pienso en espantarla a gritos. Pero después, a modo de consuelo, me digo: seguramente esa mujer habrá quedado insatisfecha, triste, borrosa, embarrada o algo así.

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