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La vida bonsai
Hay un árbol que no da sombra
ni leña para el hogar. Hay un bosque rodeando a una casa
de muñecas. Hay un incendio invisible sobre la cabeza
de un fósforo. La vida en escala, aves de colección
y hojas levemente agitadas por un viento embalsamado. La palabra
bonsai no admite plural, un dato que ya dice algo del
singular tamaño del objeto. Quiere decir árbol
en maceta, una noción fácilmente comparable
a mares envasados o amores en rodajas. La diferencia es que los
bonsai realmente existen y ya se cuentan por millones. Al igual
que ellos, a casi todo el mundo le faltan cielo y tierra para
crecer. Los que viajan en subte o trabajan en oficinas no pueden
estirar las ramas. A algunos incluso tuvieron que cortarles un
poco la raíz como para que no siguieran creciendo tanto
en un territorio habitado únicamente por pigmeos. Otros
sobreviven como pueden en bonitos acuarios divididos por paredes
transparentes, como les ocurre a los fantásticos beta,
peces irascibles de la India. Separados entonces por un vidrio
nos miramos unos a otros sin tocarnos.
Los árboles en miniatura fueron descubiertos por los monjes
de la antigua China. En sus caminatas de varios días por
las montañas observaron ejemplares asombrosamente enanos
de árboles gigantes: crecían asfixiados entre las
rocas sobreponiéndose como podían a terribles condiciones.
El arte de cultivar los bonsai acaso una muestra acabada
de la obsesión oriental por reducirlo todo-- fue luego
introducido en Japón por el budismo zen. Y no sería
raro que tras ese empeño se ocultara una metáfora
perfecta del sometimiento. La poda constante y la reducción
deliberada del espacio constituyen las condiciones básicas
para que un bonsai crezca sin crecer y se convierta en lo que
somos.
El mundo fue al comienzo hermoso y de tamaño natural.
Resultábamos pequeños al caminar entre los grandes
helechos del génesis, pero descomunales al compararnos
con la materia insensible de los elementos. De día cazábamos
y pescábamos; de noche dibujábamos a ciegas y sin
luz en la caverna. Ahora la vida bonsai impone sus reglas y la
gran aventura cotidiana transcurre en pequeñas pantallas
donde el universo queda reducido a un cuadrado miserable. El
castigo divino, para colmo, nos expulsó para siempre del
tiempo y el lugar en donde andábamos desnudos y ajenos
a la idea de pecado. Cuando los árboles eran árboles
tomábamos sol a orillas del mar y no como ahora entre
las rejas de un jardín sin horizonte. Ahora no corremos
por el bosque sino por la vereda. Y nuestros cuerpos se ejercitan
entre los rígidos brazos de aparatos perfectos. En sólo
un metro cuadrado las máquinas pretenden reemplazar las
insustituibles acciones de remar en canoa por el río,
subir la cuesta de una montaña o abrazar cuarenta veces
a una mujer.
Aunque los enemigos del bonsai vean en su propagación
algo así como la sombra de Frankestein, hay que admitir
que no se trata de árboles manipulados genéticamente.
A tal punto es así, que si se arrojaran sus semillas a
campo abierto los árboles crecerían normalmente.
No ocurriría lo mismo, en cambio, si lo que se planta
es un bonsai liberado de la maceta que lo contenía. En
ese caso el tronco ganará altura pero de una manera extraña,
deforme, incomprensible, como lo hacen por aquí hombres
y mujeres de formas raras y carácter taciturno. Los niños,
cuando eran niños, jugaban y peleaban con sus iguales
en la calle. Ahora se divierten y combaten contra hologramas
en los videos. Conducen autos y motos que circulan a gran velocidad
por rutas cuidadosamente dibujadas. Y hasta bombardean aldeas
por error mediante el simple recurso de oprimir un botón
luego de insertar un coin. Las mil y una noches de amor
y encantamiento quedaron reducidas a un bonsai, al igual que
las grandes distancias, los desiertos, las utopías y otras
variantes del pasado.
No es poco, sin embargo. Porque aún desde la absurda condición
de árboles enanos seguimos necesitando aire, tierra, fuego
y agua para sobrevivir. Todavía nos crecen en el alma
pequeñas hojas que tienen derecho a existir y desarrollarse
también en este reino de Liliput al que fuimos confinados.
Y quién sabe mañana, o en un futuro acaso más
lejano, podamos ser capaces de volver a gozar de una vida sin
orillas. El peso de esa esperanza no nos deja dormir.
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