Berlín

La lluvia le dice al viento una canción secreta. Un niño llora y la madre cuelga en el patio restos de amores sin usar. Las piedras caen una sobre otra y el eco repite la invitación más esperada: ahora se puede se puede se puede. Las sábanas gotean como si oyesen música. El tiempo no ayuda pero sirve de barco. Los suicidas de alma eligen el otoño y la noche y el domingo a las seis. La bruma duerme en lo alto de la catedral. Y en Berlín ya es tarde para todo.
Los pasajeros se asoman a las ventanillas del tren. Una mujer viaja con la idea de bajar en la estación Baviera. Aunque nunca estuvo ahí le parece buen sitio para convertirse en humo de chimeneas invernales. Mientras tanto las radios, los tomates, la furia contenida. La pasajera mira el mundo a través de un vidrio rojo. Hay dos árboles raramente entrelazados. La nieve cubre sus copas. Un pájaro consigue por fin alzar vuelo y lo hace a la manera de los cuervos. Pensar en la muerte es un alivio.
La lluvia ha dejado de llover y el viento se ha volado. Los cuerpos se aquietan. Los hoteles de Bremen esconden furtivas eyaculaciones.
En la estación resuena una campana seca. La pasajera busca una carta en el bolso y no la encuentra. Tal vez exista para todos una posibilidad. El pronóstico anuncia más nieve, más tristeza, más piedras cayendo una sobre otra.
Hubo un llamado y palabras de raro aliento. La dama de Babiera le confiesa a un desconocido (un alemán taciturno y peligroso) que necesitaría decir algo. Pero no quiere ser mal interpretada. Desearía igualmente hablar con alguien de una culpa que arrastra largamente. Ella también recuerda. También se ha enamorado. También dejó de amar. Ahora peina su cuello frente al espejo del baño. Orina luego y de inmediato se pone de pie hasta recuperar la dignidad. Se oye un silbato extremadamente agudo. Y hasta el aire se conmueve con el llamado.
¿Ahora se puede?
Los trenes de la noche simulan orugas desesperadas. Se mueven velozmente sobre profundas huellas. En los vagones cabecean marineros mientras los árboles viajan hacia atrás. Las mujeres tantean sus senos para saber si aún siguen ahí. En el pasillo hay olor a sexo gastado. Pasa el guarda. Grita un perro. El maquinista bebe directamente de la botella y el sol brilla en otra parte. El calor de todas las estrellas no alcanzaría para consolar a los abandonados: todavía falta para llegar. Y llegar (hay que decirlo) es cambiar una estación por otra.
Alguien lee un diario viejo en el coche comedor. El café está frío y el plato de loza tiembla con la vibración del mundo. Los trenes han perdido el sentido original. El guarda anuncia Baviera. La pasajera busca otra vez la carta, el pie, el aro mexicano. Por todas partes hay soldados dispuestos a matarse y a matar. Una flor de campo en las rodillas, sin embargo, se obstina en perfumar los humores de la desgracia.
El hielo muerde.
La luz incendia el bosque.
Y en Berlín ya es tarde para todo.

volver al incio / volver a textos