|
Aprendí a ser
"Por mucho que un hombre aprenda, nunca aprende a ser lo que no es" Fernando Pessoa
Lo primero es calentar el papel. Hace años, asistiendo por primera vez a un taller de arte, el maestro intuyó mis miedos de principiante y me dijo que para un artista no existe nada más inexpresivo y frío que la hoja en blanco. "Tenés que calentar el papel", me insistió, casi como si me estuviera hablando de una mujer a la que uno deseara llevar cuanto antes a la cama. Y fue así, con trazos inicialmente balbuceantes, que empecé a hacer mi primer dibujo de la modelo desnuda. El papel estaba, todavía, en completo estado de virginidad. La modelo era rubia, silenciosa, extraña. Pero no era virgen. Había sido novia de Luca Prodan y un día me contó que en las noches difíciles los dos se juntaban a tomar litros y litros de ginebra. Ahora ella se sacaba la ropa delante de todos nosotros con una tranquilidad pasmosa, y una mirada algo extraviada, cercana a la ebriedad. Debo admitir que en las primeras clases yo estaba un poco nervioso, como perturbado por la situación. Aclaro, para los que nunca pasaron por un taller de dibujo y pintura, que no es lo mismo tratar de representar una botella con una manzana en una mesa con mantel verde la famosa naturaleza muerta de la escuela secundaria- que una mujer real y totalmente en bolas recostada en un sofá o sentada en una silla con las piernas abiertas. Y eso es así por más sensibilidad artística, neutra y hasta profesional que se tenga. El deseo, como la poesía, sopla donde quiere. Y la sexualidad, soliviantada por la prepotencia de la naturaleza viva, tampoco está ausente en los talleres de arte. El maestro estoy hablando del gran artista Roberto Páez- me decía que los primeros trazos de carbonilla sobre el papel de escenografía lo calientan, lo habilitan, le dan textura, lo preparan para la acción. Por más torpes que sean esos trazos ya constituyen una trama, una base que sirve de fondo a su vez- para nuevos intentos. Toda educación, en definitiva, se fundamenta en esa ardiente acumulación de marcas sobre un papel que nunca es tan blanco como parece. Poco a poco fui aprendiendo a mirar sin prejuicios. De pronto me di cuenta que ya tenía en la cabeza una idea preconcebida, supuestamente pura, de lo que es un ojo, una mano, un árbol, una casa. Y a tal punto era así, que cuando dibujaba me limitaba a repetir sobre la tela esa matriz previamente instalada en mi cerebro. En realidad yo no veía: repetía o intentaba copiar sin entender la complejidad inclasificable de lo que tenía enfrente. Con el tiempo descubrí que cada objeto es singular y que para el buen observador el mundo se resuelve en un complejo contraste de luces y sombras, acaso en una línea más oscura por arriba, un fondo del mismo valor, y otra luz y otra oscuridad. Desde esa perspectiva ya no importa saber cómo se llaman todas esas cosas que flotan a nuestro alrededor, cuándo nacieron, cuánto tiempo más van a vivir, qué forma exacta es la que tienen. Así aprendí a pintar y dibujar con alguna eficacia; y también a escribir con cierto grado de autenticidad. Pude hacerlo cuando en vez de ideas o esquemas perfectos vi o intuí la cosa propiamente dicha, sus matices, sus fallas, su luminosidad, su misterio. Y cuando en vez de cantarle a la rosa como advirtió el poeta chileno Vicente Huidobro- dejé que la rosa cantara por sí misma. Hace rato que el papel se había calentado con infinitos trazos. Y ahora, desde esa hoja sujetada con chinches al tablero, me miraba una figura desconocida, sombra de otra sombra, mujer, contorno, sueño inexpresable. Una noche creí que por fin la obra estaba terminada. Pero no sé si fue una pincelada de más, el roce de mi propia mano o un rayón involuntario lo que conspiró para que en un segundo se malograra el trabajo de varios meses. El dibujo se había manchado en su mejor lugar. Para mi asombro, cuando desconsolado le mostré a Páez lo que había pasado, él me miró casi maravillado. "Aprovechá esa mancha plásticamente --me dijo--. No la borres, incorporala a tu obra". Tuvo que pasar bastante tiempo para que yo entendiera todo lo que esas palabras encerraban. Ahora pienso que en la mancha virtualmente accidental, precisamente, se oculta buena parte del secreto de una obra y por qué no de una vida. Recordamos el accidente, el agua derramada, el espejo roto, la campana que sonó fuera de hora. Evocamos la mancha de café en el vestido y no el vestido recién lavado. Y supongo que en la presunta imperfección de un gesto suele ocultarse el estilo más visceral y exclusivo de cada uno. El sí dubitativo Casi no recuerdo nada de lo que me dejó la primaria en mi incipiente bagaje cultural. Nada salvo un nombre María Alejandra, una nena que me gustaba y con la que jamás cambié una palabra- y el humo blanco que me salía por la boca cuando caminaba pisando escarcha, rumbo a la escuela, por la vieja estación del ferrocarril Mitre. El olor del invierno, las aulas de madera, el difuso movimiento detrás de las ventanas, la voz lejana de la maestra, las fogatas de otoño en las calles tranquilas de Olivos. Creo que en la escuela aprendí a escribir, tal vez a leer, pero ni siquiera de eso estoy muy seguro. Las maestras de entonces deben haberme hablado de mil historias apasionantes. Pero yo sólo conservo el nombre de María Alejandra. Ahora mismo, mientras escribo, supongo que si leyeran esto mis esforzados docentes de entonces se sentirían un tanto frustrados. Peor aún si les dijera que lo más importante de esos años no sucedió en la escuela sino en la calle Carlos Villate, más precisamente en la casa con jardín donde vivía en relativa paz con mi familia. Cerca de ahí mi viejo me enseñó a andar en bicicleta sin rueditas. Allí vi pasar los trenes por primera vez. En el jardín entendí el ciclo de las mandarinas y las ciruelas, y el efecto devastador de la mosca del Mediterráneo en las frutas; en el fondo de casa descubrí la velocidad muerta de las tortugas, el aburrimiento de los pájaros enjaulados, la incomparable alegría de tener un perro y el perfume sin igual de la noche estrellada. Saltaba de alegría con las primeras gotas de la lluvia, secretamente soñaba con ser Batman o astronauta, guerreaba en silencio con seres imaginarios y el enemigo descansaba todavía muy lejos del jardín. Mientras tanto yo aprendía de las nubes todo lo que el viento no se animaba a decirme. Pero de tanto en tanto -ya se sabe- hay que abandonar la educación para ir a la escuela. De la secundaria, por ejemplo, sólo retengo vagamente la frescura inusitada de una hermosa profesora de inglés me enseñó a cantar Hey Jude y una tarde hasta me invitó a su casa-, una frase inútil pero de sonoridad perfecta (el sí dubitativo no admite potencial) y la dramática historia de Mariano Moreno, un prócer fugaz con el que siempre me identifiqué. No sé por qué me impactó tanto ese señor. Pero lo cierto es que todavía -cuando cruzo por el patio del viejo Cabildo- me parece verlo por ahí, agitado, escribiendo con ardor para La Gaceta que él fundó, enojado por las cosas que no marchan, fastidiado con los burócratas y carcamanes de la primera junta de gobierno. El tipo había traducido del francés las letras de fuego del Contrato Social de Rousseau y era enemigo jurado (al menos eso creo recordar) de un viejo cobarde y pendenciero llamado Cornelio Saavedra. Leyendo los insufribles libros de historia de la secundaria (si no me equivoco el autor de todos ellos era un tal Ibáñez) alcancé a saber que Moreno murió en altamar, probablemente envenenado por orden furtiva de Saavedra. Mientras tanto su mujer, en Buenos Aires, recibía por correo un pequeño féretro a manera de lúgubre anticipo. Y mientras tanto yo, desde el presente, vivía fascinado con aquella famosa frase del propio Saavedra según la cual hizo falta tanta agua para apagar tanto fuego. En la escuela aprendí que toda la gente importante dice algo presuntamente inolvidable en algún momento de su vida. Alguna frase digna de la posteridad suele ser pronunciada en el momento justo, sobre todo minutos antes de que el héroe muera y exhale su último suspiro. El mil veces heroico sargento Cabral murió contento porque supuso que había batido al enemigo: todavía no sabía (pobre iluso) que el enemigo gana casi todas las batallas y que nunca está del todo derrotado; Ernesto Guevara se despidió del querido público con un hasta la victoria siempre. El más filoso e irónico de todos fue Mao Tse Tung gran timonel de la frustrada revolución china- a quien se atribuye una máxima que en realidad parece un chiste de humor negro: Vamos, de derrota en derrota, hasta la victoria final. No menos paradójico es este epitafio que un anónimo caballero español dejó escrito para que presidiera su propia tumba: ¡te dije que estaba enfermo! Todavía no tengo preparada una frase tan original como esa para cuando llegue mi última hora. Pero estoy en eso. Desde chico vengo persiguiendo determinadas palabras que se me escapan siempre como arena entre las manos. A los trece años empecé a escribir malos poemas de una manera algo sistemática y me inscribí también para esa época- en la Asociación Argentina Amigos de la Astronomía que todavía existe, con algunos retoques, en un rincón del Parque Centenario. Allí hice unos cursos de introducción general al tema que me dejaron fascinado. Pensé: ¿para qué ahogarme en la chatura de los días si existe un mundo lejano y maravilloso que nos va a sobrevivir a todos? ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo con el mundo vulgar y cotidiano de todos los días si podía pasar a vivir a una velocidad media de 300 mil kilómetros por segundo? La astronomía es la ciencia de la fuga permanente, la de los cambios imprevisibles, la de los estallidos y la distancia inalcanzable. Y yo, desde siempre, quise escapar de todas partes hacia algún punto tan amable como imaginario. En el taller de la Asociación construí durante un año mi propio telescopio. Es un trabajo interesante pero no apto para impacientes. Consiste básicamente en frotar un vidrio redondo y ancho contra otro hasta que el de abajo adquiera una curva perfecta, de forma parabólica, que le permita reflejar la luz de los astros de una manera fiel y sin mayores distorsiones. Aquí no se trataba de calentar el papel sino de horadar el futuro espejo del telescopio reflector, el corazón del instrumento, girando a su alrededor. Lentamente, luego de un sinfín de movimientos acompasados y circulares, el vidrio grueso es rasgado hacia adentro por una especie de arena dura (carburundum, se llama) que lo va curvando de una manera casi imperceptible. Un viejo maestro me fue guiando en el trabajo durante noches y noches de prueba y error. Cuando por fin lo terminé fue una fiesta. Instalé la montura de hierro en el jardín de Olivos y apunté el buscador a los anillos de Saturno, a los ocho satélites de Júpiter, al cúmulo globular Omega del Centauro, a las montañas azules de la Luna y a la galaxia espiral de Andrómeda. Pero el entusiasmo romántico me confundió nuevamente. Empujado por el encantamiento espacial me inscribí en la facultad de Astronomía de La Plata donde en poco menos de un año comprendí que toda la visión idealizada que yo tenía del universo se resolvía, a nivel universitario, en una variante más de la física y la matemática. Prácticamente no se hablaba allí de planetas, cometas o asteroides sino de fórmulas, teoremas y ecuaciones. Obviamente el mundo de los cálculos exactos, entre otros, no estaba hecho para mi espíritu impreciso. Y acaso demasiado pronto me mandé a mudar de La Plata, de las galaxias y de los amados observatorios. En la vereda de enfrente me esperaban ahora estrellas menos brillantes, planetas moribundos y raros eclipses humanos. Pero para mí era mejor dejar atrás ese mundo de ensueños y encarar de una vez el difícil presente. Las aguas pasadas (lo aprendí después) no mueven molinos. Y ya iba siendo tiempo de convertirme en lo que era. Luz en la ventana Si se le tiene miedo al agua es mejor abandonar la natación cuanto antes. Demoré algún tiempo en entender algo tan simple como eso. Y a pesar de que me costaba sentarme a estudiar el ambiente de las facultades se me antojaba pretencioso y pesado- hice quinientos intentos de empezar carreras universitarias; probé también con cursos de idiomas, breves seminarios de filosofía y otras excusas para no quedarme en ningún lado. Llegué a aprobar cinco materias en la facultad de Letras, me inscribí en Psicología, en Medicina y hasta en Agronomía añorando el silencio verde de los campos- al tiempo que empecé a frecuentar, aunque de manera inconstante como todo lo demás, un taller literario. El papel se estaba calentando con un montón de signos cruzados e incomprensibles y, si seguía así, se iba a quemar en cualquier momento. Yo no tenía la paciencia necesaria para encarar una carrera, esa es la verdad. Y, como siempre, aprendía más afuera de los claustros, leyendo o andando simplemente por la calle. Cuando estaba adentro de un aula mientras los profesores se desgañitaban con discursos que me sonaban cada vez más lejanos y ajenos- yo miraba abstraído la luz en la ventana, el movimiento errático de un pájaro, las formas caprichosas de las nubes en el cielo, las silenciosas piruetas de un avión. Es curioso: cuando estaba afuera quería pertenecer como sea a esos mundos míticos que transcurrían detrás de las gruesas paredes; y cuando estaba adentro sólo pensaba en la huída. Al parecer nada le venía del todo bien a mi sed de absoluto. Yo quería llegar muy alto sin esfuerzo y sin demasiadas complicaciones terrenales. Así -ya se sabe- uno se queda corriendo en el aire hasta caer estrepitosamente al suelo como esos ingenuos personajes de los dibujos animados. La solución inicial para tanto desarraigo vino de la mano del periodismo, esa gran especialidad en todo y en nada que misteriosamente- seduce todavía a tanta gente en el mundo entero. En ese terreno, sin embargo, pude licuar por fin mis energías mal aprovechadas. Hice primero un curso de sólo dos meses en donde me enseñaron las cinco preguntas básicas a las que debía responder con precisión (qué, quién, cuando, cómo y por qué) y me leyeron, acaso para llenar el tiempo, algunos poemas de Neruda y Federico García Lorca que aún hoy recito de memoria. Es todo lo que me quedó de esas breves clases. Después, claro, vino la práctica, los viajes, las entrevistas, las crónicas, toda esa cosa de pasar de un tema a otro como de una mujer a otra, sin conocer a nadie realmente, sin saber nada a fondo, sin entender ni siquiera un poco de aquello que por oficio uno sabe exponer con meridiana claridad. Mi formación poética me ayudó a escribir con cierto sentido del ritmo (la música de las palabras nunca está de más) y a darle un valor agregado a las notas como para que no se agotaran en sí mismas. La información pura (lo supe después) es tan inútil como los vanos conocimientos que tenía el personaje de Dustin Hoffman en la película Reinman. El tipo en rigor un autista incurable- se sabía la guía telefónica de memoria, adivinaba la cantidad exacta de fósforos que contiene una caja con sólo sostenerla en la mano, retenía nombres, direcciones, pesos y medidas. Pero no sabía qué diablos hacer con todo eso. Y su vida era un continuo despropósito. El otro día leí en una revista que un hombre del siglo XVIII llegaba a conocer unas veinte noticias mundiales a lo largo de toda su vida; nosotros, en cambio, recibimos esa catarata de informaciones cada mañana, mientras nos afeitamos o tomamos un café. Ahí yo veo un problema clave de la educación en estos tiempos. ¿Qué hago con todo lo que aprendo? ¿a favor de qué o de quiénes lo aplico? ¿qué punto de vista adopto para encarar cualquier tema que se me cruza en el camino? ¿en qué casillero meto los dos millones de documentos que me brinda Internet en los todopoderosos buscadores? Y más aún, ¿la vida tiene un sentido determinado o es una trama caótica y completamente desprovista de objetivo? Todavía no tengo una respuesta satisfactoria para ninguna de estas preguntas. Resulta extraño suponer que no existe ley alguna en la sociedad que no sea la de la selva. O aceptar que las cosas suceden por pura acción del azar y la selección natural, que nada o casi nada podemos aprender de la experiencia colectiva o individual por más rica que esta sea. Para mis veinticinco o treinta años yo ya había dejado de estudiar en las instituciones y me dispuse a aplicar, antes que fuera tarde, lo poco o mucho que había absorbido en tantos ambientes diferentes. Ya era hora, además, de preguntarme quiénes habían sido hasta ahora mis verdaderos maestros, si es que los tuve. Y si de veras había aprendido en esta vida algo que valiera la pena. Cacería de dragones Aprendemos colectivamente pero todo el saber adquirido se pone a prueba de manera individual. Sería útil aclarar, a esta altura, que yo fui siempre un solitario. Nunca supe cómo hacer para conectarme con la gente de una manera razonablemente normal. Todavía hoy sigo siendo así en lo esencial. Miriam, mi analista de estos días, se enojaría conmigo en este punto. Ella suele decirme que, salvo en los perfumes, no existen las esencias humanas como un valor inmutable; y que todo de lo que anida en nosotros puede ser modificado con un poco de voluntad y otro poco de paciencia. Pero mi tendencia al aislamiento resiste más que el acero. Y durante mi adolescencia ese problema llegó a ser grave. Parece ser que al igual que el poeta peruano César Vallejo yo había nacido un día en que Dios estuvo enfermo. Mis viejos estaban preocupados con mi estado y entonces resolvieron mandarme a un psicólogo de confianza para que me sacara del trance. El hombre se llamaba Jorge Tanus digo se llamaba porque lamentablemente perdí todos sus rastros- y él fue, lo que se dice, mi primer gran maestro de vida. Tanus me enseñó algunas cosas básicas para sobrevivir en este mundo. Una de ellas, acaso la principal, fue la idea de que la única forma de solucionar un problema es atravesarlo a fondo y sin vacilaciones. Así de simple. Por esos años yo me había enamorado, en un viaje, de una joven extranjera. Nos escribíamos cartas, nos hablábamos por teléfono, pero la relación se dilataba a la distancia sin definición de ningún tipo. El hombre me instó entonces a viajar de una vez y ver qué me pasaba con esa mujer. Así lo hice y el problema a la larga se solucionó: nunca más volví a ver a esa mujer de cabellos ensortijados. La segunda enseñanza del psicólogo fue que nunca estamos tan solos como parece. Un día, enfrentado a mi virtual desolación, él me propuso que escribiera en un papel una lista de toda la gente que tenía a mi alrededor, con mayor o menor grado de acercamiento; y esa lista resultó ser mucho más poblada de lo que yo pensaba. No estaba solo en realidad. Era cuestión de dar el primer paso hacia los otros y de comprometerme de una vez con ese entorno. La salida del agujero interior fue lenta pero inexorable. Muy pronto aprendí a elegir las mejores flores del jardín, a entrar en la multitud sin perderme y a saber escuchar una sola voz entre las muchas que ahora me rodeaban. Pero nada es eterno: tarde o temprano los maestros se callan, se pudren o directamente se mueren. Con el tiempo Jorge Tanus se empezó a quedar ciego; él, que me abría caminos por la vida cual si fuera un lazarillo, sufría de desprendimiento de retina y la única forma de frenar ese proceso consistía en irse a vivir a Europa y operarse los ojos con controles muy frecuentes. Todavía recuerdo la última noche que lo vi en su consultorio de la calle Las Heras. Me acompañó hasta el ascensor, me confesó que estaba mal pero dispuesto a curarse, me pidió que tuviera fe en la espera, que no me dejara abrumar por la pena ("no es cierto que aprendamos del dolor", me advirtió anticipándose a mis pensamientos), que siguiera adelante, que abandonara la soberbia de creerme el único que sufre, que supiera que todos -en definitiva- necesitamos de los otros para vivir. Finalmente me regaló unos caramelos que guardaba en su bolsillo, cerró la puerta y hasta siempre. Por suerte mi querido psicólogo no fue el único en abrirme caminos. Ya mencioné al maestro de arte cuyas clases tenían un sentido más existencial y humano que pictórico. Por delicadeza perdí mi vida solía decir Páez citando a Rimbaud- cuando veía que no nos atrevíamos con los pinceles, que nos deteníamos en el detalle y descuidábamos la totalidad. Dibujen con total irresponsabilidad, nos decía también para nuestro asombro. El hombre es un provocador nato y como tal se comportaba. Después, claro, me cansé un poco de sus repetidas ocurrencias. Y la vida misma me fue enseñando muchas otras cosas que no siempre se expresan en palabras. Claro que la gran mayoría de esas enseñanzas, como suele suceder, me llegaron un poco tarde: aprendí que tengo que saber cuidar los lugares conquistados después de haberlos perdido a casi todos; supe lo que es amar a costa de dejar morir los únicos amores importantes que conocí ; dominé el arte de la escritura cuando escribir dejó de ser una mercadería valorada en el mercado. ¿Será que la experiencia no sirve para nada? ¿Estaremos destinados a ser eternos alumnos de maestros inútiles y fantasmales? ¿Acaso nos preparan durante la vida entera para algo que nunca llegaremos a ejercer? En China se cuenta una historia que viene al caso. Parece ser que en los tiempos de la dinastía Ming se creó en las montañas situadas más allá de la gran muralla la primera escuela destinada a la caza de dragones. Durante diez largos años los inscriptos en ese extraño instituto eran preparados por los más diestros cazadores del país. Allí se aprendía todo lo que hace falta saber sobre el arte de cazar dragones, cómo encontrarlos, cómo rodearlos en sus guaridas, cómo hacer caer sobre sus corazones en llamas una lluvia de flechas cuidadosamente envenenadas. Al cabo de esa enseñanza sumamente rigurosa y sin descanso, los alumnos salían de la escuela completamente preparados para ejercer con éxito la difícil caza de esos animales terribles. Pero, una vez afuera, ellos descubrían con gran decepción que los dragones en realidad no existen, que son animales mitológicos, legendarios e imposibles. O sea que todo lo que habían aprendido estos fabulosos cazadores no tenía, en el mundo real, aplicación alguna.
* Claro que no todos los aprendizajes son tan inútiles como aprender a cazar dragones invisibles. Una mujer me enseñó a lavarme los dientes bajo la ducha; otra me hizo leer la Biblia por primera vez, en especial cierto pasaje fundamental de las cartas de Pablo a los corintios. Jaime, un amigo que también fue mi jefe en una revista de izquierda, me instó a escribir con fundamento, a no dejarme llevar por el encanto episódico que tienen las palabras, y a reescribir una nota cuantas veces fuera necesario en función de obtener un texto más o menos digno. Román, otro amigo fiel, me mostró que a veces es bueno no tomarse demasiado en serio. Una mulata de Brasil me enseñó a cocinar el arroz sin hervirlo se lo fríe con aceite en una olla y recién después se lo sumerge en dos medidas de agua caliente-, una fotógrafa me mostró las virtudes cromáticas del filtro polarizante y una trapecista española me reveló el secreto de aprender a volar sin miedo. Supongo que eso no fue lo único que aprendí en la vida. Tal vez el programa y los títulos correspondientes no aporten mucho al currículum vitae. Pero cada uno sabe qué cosas, entre todas las que aprendió, son las que realmente le han servido para algo. Una de las principales, para mí, ha sido el hecho curioso de convertirme yo mismo en un maestro. Eso fue algo casi completamente casual. Me acerqué a una popular escuela de periodismo en un momento en que el trabajo (el mío) escaseaba peligrosamente. Me propuse entonces para enseñar cualquier cosa; creo que hasta había inventado una materia personal, pretenciosamente bautizada como periodismo sensible. El director de esa institución que en aquel momento era Carlos Ulanovsky- se limitó a decir que lo único que podía ofrecerme es empezar a dar clase de entrevista periodística, una materia de segundo año donde se había producido una vacante. Recuerdo todavía la primera noche que enfrenté a mis primeros alumnos. Con voz temblorosa estaba asustado como un actor principiante en su primera obra- les dije que sobre reportajes no había nada especial que decir, que todo lo que necesitaban era un grabador, algunas pilas y un casette además de cierta disposición a hacer preguntas interesantes- y que, por eso mismo, el cuatrimestre empezaba y terminaba en ese mismo instante. Los alumnos, jóvenes de entre veinte y veinticinco años, abrieron los ojos sin saber cómo reaccionar ante semejante elogio de la inutilidad. Pero una vez pasada la broma todo se fue ordenando más o menos bien. Armé un programa completo de la materia, leí cosas que otros habían escrito sobre el tema, me reí leyendo en voz alta las absurdos entrevistas que suelen aparecer en los diarios, traté de vincular la entrevista con la psicología, con la poesía, con el cine y sobre todo con la vida. A la manera de un improvisado contrabandista utilicé las clases, además, como un escenario propicio para volcar mis angustias y esperanzas, y, sobre todo, me dispuse a enseñar todo aquello que yo no sabía y que por supuesto jamás había aplicado en el ejercicio de la profesión. Eso es, por otra parte, lo que suelen hacer la mayoría de los docentes: brindan generosamente lo que no tienen, enseñan lo que todavía no pudieron aprender. Finalmente me convertí, yo también, en un entrenador dedicado a la imposible caza de dragones; empecé a defender formas de escribir que ya no existen, difundí la idea de que los buenos reportajes surgen simplemente de una adecuada y humana conexión del periodista con el entrevistado algo no demasiado frecuente- y recomendé a mis alumnos que en vez de leer diarios, escuchar radio o mirar televisión se dedicaran a leer los textos maravillosos e incitantes de tipos como Juan Rulfo, Marguerite Yourcenar o Julio Cortázar entre otros maestros dignos de ese nombre. Disfruto mucho de ese contacto con mis alumnos, de esas noches casi sagradas cuando hablo para gente de otra generación que sin embargo me entiende o al menos trata de hacerlo. Algunos me terminan odiando, dado que mis frecuentes ironías no son siempre bien recibidas; pero otros, los menos, se convierten en fieles seguidores cual si yo fuera el improvisado gurú de una secta en extinción. A todos, cuando vacilan, cuando no saben cómo empezar o cómo seguir, yo les reitero la infalible fórmula que aprendí hace más de mil años. Lo primero les digo a ellos como alguna vez me enseñaron a mí-- es calentar el papel. |