¿Amistad? ¿Amor? ¿Admiración?

Vínculos confusos que dejaron huellas

 

"Un día todos seremos leyenda"

Jorge Teillier

 

De pronto lo miró y le dijo: la Maga soy yo. Se lo dijo al mismísimo Cortázar, al autor de Rayuela, al dueño e inventor del personaje. La poeta Alejandra Pizarnik se lo dijo a su amigo Julio Cortázar. En París. La Maga soy yo. El escritor sonrió apenas y no hizo comentarios. ¡Tantas supuestas musas le habían dicho lo mismo! Ser la Maga para ellas quería decir muchas cosas. Vivir todo el tiempo en estado de exaltación lírica, ser amadas hasta el fin por los mejores varones, apretar el tubo del dentífrico por la mitad y no desde abajo como recomiendan los bien nacidos, transcurrir por las calles alegremente, sin rumbo, sin horarios, sin religión. Ser la Maga era soñar en colores. Era también disfrutar de Mozart sin saber quién es Mozart. Ser valiente. Inclinarse siempre para el lado de la sed. O bañarse desnuda con agua de lluvia en una plaza pública. O tener amigos altos y barbudos como, por ejemplo, Cortázar.

Alejandra y Julio se conocieron tal vez en Pont des Arts, una mañana, casi por accidente. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Casi no hablaron. Pero se enamoraron con esa mezcla de asombro y distancia que suele unir a los amigos. Alejandra estaba sola y se sentía sola; había viajado a Europa luego de atravesar por un cúmulo de frustraciones. Muy pronto se hicieron evidentes, entre ellos, grandes y sutiles afinidades. La verdad no está en los libros sino en la piel, en las miradas, en las ramas de los árboles, en los puentes sobre el río neblinoso y en las amadas palabras cotidianas. La amistad se fue cocinando mediante una infinidad de gestos de extrema delicadeza y con una mutua actitud de ternura vigilante.

Un día, como una golondrina que anuncia la coronación a quien ya es rey, Alejandra le dijo a Cortázar que la Maga era ella. El hombre la dejó hablar. La quería demasiado como para contradecirla. Pero al mismo tiempo no demoró en ayudarla a ingresar al exclusivo mundo parisino. Siempre la consideró una gran poeta. En 1973 hasta le había dado el manuscrito de Rayuela para que se lo pasara a máquina y pudiera, de paso, ganarse unos pesos. Una tarde de lluvia, en un café de Saint Michel, ella le leyó una especie de breve manifiesto literario. "La poesía —le dijo- es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad". Cortázar le temía a las sentencias. Al cronopio le encantaba la palabra subversión. Pero no le gustaba la palabra suicidio, implícita en casi todo el discurso ardiente de su amiga.

No es posible saber si Alejandra Pizarnik amó a Cortázar. Pero es muy probable que al menos soñara con esa posibilidad. La relación que los unió fue suficientemente íntima como para imaginar entre ellos un amor espontáneo y sin pactos, como un resplandor. Después, acaso pensando en su amigo, ella escribió algo sobre las cartas, el amor y los silencios. "Ahora mis pasos de loba ansiosa en derredor del círculo de luz donde deslizan la correspondencia. Sus cartas crean un segundo silencio más denso aún que el de sus ojos desde la ventana de su casa. El segundo silencio de sus cartas da lugar al tercer silencio hecho de falta de cartas. Toda la gama de silencios en tanto de ese lado beben la sangre que siento perder de este lado. No obstante, si no sintiera esta correspondencia vampírica, me moriría de falta de una correspondencia así. Alguien que amé en otra vida, en ninguna vida, en todas las vidas. Alguien a quien amar desde mi lugar de reminiscencias, a quien ofrendarme, a quien sacrificarme como si así cumpliera una justa devolución o restableciera el equilibrio cósmico".

Uñas y palabras

A veces la amistad está tan cerca del amor —y también del odio- que la fijación de límites y juridicciones por momentos se torna difícil, cuando no inútil. El escritor italiano Cesare Pavese lo sabía, sobre todo a la hora de relacionarse —siempre en estado de conflicto- con las innumerables mujeres que lo rodearon. ¿Eran sus amigas? ¿Eran sus amantes? Nunca se sabía del todo. Pavese las invitaba a charlar, a comer, a acostarse con él. Pero casi todas solían encontrar —o tuvieron realmente- alguna excusa para negarse o dilatar el encuentro. Acaso la más sincera de todas fue una amiga que trabajaba en un café concert —y cuyo nombre nunca se supo- que un día le dijo: Tu sei un mussone. Sos un pesado, un pedante, un aburrido. Cesare amaba y odiaba a las mujeres. Decía que eran unas mentirosas, enemigas juradas de la poesía, puercas, putas. "Toda mujer —escribió- desea ávidamente a un amigo al que confiarse y con quien llenar el vacío de las horas en que su novio está lejos; exige que ese amigo no le perturbe su amor. Pero si el amigo se encierra en sí mismo y mortifica sus miradas y sus palabras con el único fin de no sufrir con ese deseo, al punto la mujer —toda mujer- saca de nuevo miradas, uñas y palabras para saber que sufre y verlo sufrir. Y lo hace, claro, sin darse cuenta".

En sus cartas de amor siempre imposible el refinado autor de Trabajar cansa le escribió con pasión a casi todas sus confidentes. Las cartas estaban dirigidas apenas a "la mujer de voz ronca" (donna della voce rauca), a "una amiga", a "la hermana María", o directamente a Fernanda Pivano, Tina, Natalia o Connie. El amor para él es la gran afirmación. El límite siempre es una mujer. Pero si ocasionalmente la dama prefiere declararse amiga, el mundo entonces parece derrumbarse para el poeta. El 25 de noviembre de 1945, en Turín, Pavese le escribe a una mujer sin nombre. "Ahora resulta que sos mi amiga —le dice-. Me dijiste también que soy un retorcido (...) Pero bueno, al menos creo que empezamos por fin a entendernos. Hemos constatado nuestras diferencias, las hemos clasificado en arquetipos, creo que ahora podemos comenzar un período de adaptación y reencuentro verdadero. Tal vez no será erótico (y me dan ganas de llorar), tal vez no será creativo. ¿Será epistolar? ¿Será fraternal? No lo sé. Odio la frase tonta de que todo finalmente acaba en una separación amistosa".

Cinco años después le proponía a Pierina —objeto de otra relación imposible- que sea su hermana, su amiga, cualquier cosa menos un ladrillo más en la pared de la indiferencia. Y en esa carta volvió a la carga con su resentimiento. Insistió en que las mujeres usan a los amigos —y sobre todo a las amigas- para llenar los huecos que genera la falta de "un macho". No es el primero que lo dice o que lo piensa. Thelma y Louise intentaron darse una mano, estando juntas al borde del precipicio, para compensar la mala suerte que tuvieron con los hombres. La mexicana Frida Kalho, enferma de celos, solía hacerse amiga de todas las amantes de Diego Rivera para hablar mal de él y descargarse. De algunas incluso se enamoró. Pero no hay que ser injustos. También los hombres suelen salir de paseo con sus amigos cuando no hay mujeres en el horizonte. Y nadie, seguramente, los acusaría de estar tapando, así, ningún vacío físico o espiritual.

Un domingo voraz y deshabitado de agosto de 1950 Cesare salió de su casa de la calle Lamarmora, tomó un tranvía y alquiló un cuarto en el hotel Roma; once días antes había escrito la última página de su diario, titulado El oficio de vivir. Pidió que la habitación tuviera teléfono. La telefonista del hotel contó luego que el escritor alcanzó a hacer cuatro o cinco llamadas. Apremiante, desesperado, habló, cuando no, con mujeres. Las invitó a charlar, a almorzar, a acostarse con él. Pero sólo obtuvo el premio de una elegante negativa. Unos días antes se había preguntado: "¿Te asombra que otros pasen junto a ti y no sepan, cuando tú pasas junto a tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?". Después, como los perros de sus Langas que para no molestar a sus amos se van lejos cuando se sienten morir, cumplió el gesto supremo como si fuese el protagonista de un demorado sacrificio. Todo sucedió entre la noche y el alba de aquel día, en la misma pieza de hotel que sirviera de escenario a la infeliz protagonista de su libro Entre mujeres solas. Había llevado consigo un ejemplar de sus amados Diálogos con Leucó. El libro estaba en la mesita de luz, abierto en la primera página, y sobre ella, antes del único gesto irrepetible, pidió, con las mismas palabras del poeta ruso Vladimir Maiakovsky, "que no se chismeara demasiado". Definitivamente era, como le había dicho su amiga del café-concert, un pesado, un pedante, un aburrido.

Luz que nos ciega

 

¿Es la amistad el frecuente disfraz de un amor frustrado? ¿Es el amor la antesala de la camaradería? Federico García Lorca y Salvador Dalí pudieron hacerse estas preguntas en la primavera de 1919 cuando se conocieron en una pensión de estudiantes de Madrid. En aquel momento ni se prestaron atención. Pero dos años después, en un frío enero madrileño, la amistad del poeta y el pintor nació como una flor nueva después de la lluvia.

Tienen, de entrada, mucho en común: ambos han sido marcados por la poesía de Rubén Darío, los dos perdieron a un hermano, provienen de la llanura y sueñan desde siempre con el mar. Por si fuera poco los jóvenes artistas son rabiosamente anticlericales. Aman la música más que a nada en el mundo y les encanta disfrazarse, dibujar, escribir, cantar. No es extraño que se hayan encontrado, como tampoco es raro que, mucho tiempo después, chocaran como autos que marchan en direcciones opuestas. Pero al comienzo la amistad se pareció demasiado a un idilio. Juntos leyeron los Tres ensayos sobre sexualidad y La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Juntos, también, compartieron juegos extraños. A Lorca le gustaba disfrazarse de torero y después hacerse el muerto. Necesitaba que el pintor fuera testigo de su actuación, para después reírse a carcajadas de la broma. "Recuerdo su rostro fatal y terrible —contaría Dalí años después-. Tendido sobre su cama parodiaba las etapas de su lenta descomposición. La putrefacción, en su juego, duraba cinco días. Después describía su ataúd, la colocación de su cadáver, la escena completa del acto de cerrarlo y la marcha del cortejo fúnebre a través de las calles llenas de baches de su Granada natal. Luego, cuando estaba seguro de la tensión de nuestra angustia, se levantaba de un salto y estallaba en una risa salvaje que enseñaba sus blancos dientes; después nos empujaba hacia la puerta y se acostaba de nuevo para dormir tranquilo y liberado de su propia tensión".

La fascinación fue mutua. A Lorca, mucho más convencional que Dalí a la hora de vestirse, le intrigaba no sólo el bohemio atuendo del catalán sino también su juventud (era seis años menor que él) y su físico extremadamente delgado. También se sorprendería con el apellido de su nuevo amigo. ¿Dalí? ¿Quién podía llamarse así en toda España? Nadie. Era un apellido de procedencia árabe. Para Federico eso constituiría un nuevo factor de atracción. Y Dalí no podía sustraerse a la contagiosa simpatía y encanto del poeta granadino.

Fue una amistad apasionada y trágica como la época que les tocó vivir. Cuando el dúo se convirtió en trío —con el ingreso al ruedo del cineasta Luis Buñuel- las horas doradas empezaron a empalidecer. El director de El perro andaluz la emprendió muy pronto contra la todavía larvada homosexualidad del poeta. A Buñuel le gustaba insistir en que Lorca era impotente, incapaz de afirmarse eróticamente. "Federico está impregnado de amaneramientos, cobardías, ñoñeces", llegó a decir en una entrevista. Con todo se resistía a hablar claramente de la sexualidad de Lorca, acaso porque tenía poca confianza en la suya propia. Para esos días -mientras tanto- Federico dio a conocer una extensa oda dedicada a su amigo. Plena de admiración y encantamiento dice en una parte:

¡Oh Salvador Dalí de voz aceitunada!

Digo lo que me dicen tu persona y tus cuadros.

No alabo tu imperfecto pincel adolescente,

Pero canto la firme dirección de tus flechas.

Pero ante todo canto un común pensamiento

Que nos une en las horas oscuras y doradas.

No es el Arte la luz que nos ciega los ojos.

Es primero el amor, la amistad o la esgrima.

La relación intensa que los unía al principio adoptó forma de palabras relucientes. El poema le cantaba también a "nuestra amistad pintada como un juego de oca" (Lorca reemplazó así al verso original que rezaba: "Nuestra amistad radiante de corazón y risas") y a continuación haría bromas sobre la habilidad de Dalí para pintar "el culo de Teresa, la de cutis insomne", el "apretado bucle de Matilde la ingrata", o "la mariposa clavada que medita su vuelo"). A fines de mayo del año 1926, mientras Federico y Salvador se encontraban en Figueres y Barcelona preparando Mariana Pineda, Buñuel había regresado a Madrid para dictar una conferencia sobre cine de vanguardia. Por entonces, como parte de su trabajo de zapa para socavar el afecto que sentía Dalí por el poeta, el cineasta lanzó su más feroz ataque contra Lorca. "Federico me revienta de un modo increíble; ya solo con su narcisismo extremado era bastante para alejarlo de la pura amistad. Allá él. Lo malo es que hasta su obra podría resentirse. Dalí, influenciadísimo. Se cree un genio por el amor que le profesa Federico. Me escribe diciendo: Federico está mejor que nunca, es el gran hombre, sus dibujos son geniales, juntos hacemos cosas extraordinarias, etc. etc. ¡Qué desengaños terribles se iba a llevar en París! ¡Con qué gusto le vería llegar aquí y rehacerse lejos de la nefasta influencia del García! Porque Dalí, eso sí, es un hombre y tiene muchísimo talento".

De modo que para el Buñuel de esos momentos Dalí es un hombre y Lorca, el gay, no lo es. Su presión, con todo, rindió frutos. Los amigos se distanciaron durante un tiempo. Pero al finalizar el año 1927 Lorca alentaba todavía la esperanza de un feliz reencuentro con el pintor. Lo que no puede saber es que tendrían que pasar siete años antes de que volvieran a verse.

Con Buñuel al fondo, el distanciamiento resulta inevitable. Para colmo, en medio de las agitadas idas y vueltas de amores y odios , apareció en escena una rusa de aquellas. Se llamaba Helena Ivanovna Diakonova, pero era conocida simplemente como Gala. Ella fue la musa inspiradora de unos cuantos poetas surrealistas y de casi todos los pintores y fotógrafos de París. Estaba casada con el poeta Paul Eluard, el mismo que alguna vez la comparó con "el agua desviada de los abismos".

Dicen que Dalí se enamoró de ella cuando la vio desnuda en unas fotos que le mostró el propio Eluard. Sumergida en el bullicioso mundo literario y artístico de la vanguardia parisiense, Gala se muestra enseguida con un apasionado temperamento erótico y un egoísmo implacable. Su hambre de sexo resulta tan apabullante que raya en la ninfomanía. Y así es como clava sus garras de seda en el cuerpo esmirriado de Salvador Dalí, un hombre de quien hasta ese momento no se conocía ninguna relación con nadie del sexo opuesto. El mismo confesó en una carta que vivía en un estado de permanente privación erótica, apenas aliviada por la masturbación.

Lorca, para ese entonces, estaba en Nueva York escribiendo unos poemas densos, extraños, absolutamente diferentes a su estilo andaluz característico. Cuando se enteró del nuevo idilio de su amigo Dalí con Gala, quedó estupefacto. A partir del verano de 1930 el poeta se desvive por reencontrarse con el catalán. Durante los cinco años siguientes los contactos entre los dos son mínimos. En ese marco Federico le escribe un poema cargado de dolor furtivo.

Amigo:

Levántate para que oigas aullar

Al perro asirio...

El aullido es una larga lengua morada

Que deja hormigas de espanto y licor de lirios.

Ya viene hacia la roca. ¡No alargues tus raíces!

Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo.

¡Amigo!

Levántate para que oigas aullar

Al perro asirio.

El 28 de setiembre de 1935 se produce por fin, en Barcelona, el reencuentro del poeta y el pintor. Están alegres, se veneran mutuamente. Pero las sombras de Gala y de Buñuel rondan todavía por ahí. En ese marco el fugaz contacto se pareció más a una despedida. La soga se había roto para siempre. El afecto se había enfriado. ¿Sobrevive la amistad al empuje de los otros? ¿Puede un vínculo sustraerse al nacimiento de nuevas y complejas relaciones? Como Charly García, Federico parecía decirle a Salvador ¡te amo, te odio, dame más! Pero Dalí se fue, hasta que la muerte de Lorca —asesinado en agosto de 1936 por la Guardia Civil en Granada- le recordó que había perdido para siempre a su mejor amigo. ¿Qué quedó de esa intensa relación? Muy poco. Algunas cartas, algunos alocados dibujos hechos en común, unos breves y desarticulados poemas, unos cuantos silencios.

Ian Gibson, biógrafo de Lorca, opina que la amistad entre estos dos colosos españoles del siglo XX fue en realidad un amor homosexual que no pudo ser. Es posible. Pero la misma relación que el propio Salvador Dalí calificó, antes de morir, de "trágica", fue también un manantial de mutuo deslumbramiento y creatividad. Y fue, además, la obra de arte de dos espíritus gemelos que por momentos coincidían en todo, y, a veces, casi en nada.

 

Dos sillas vacías

 

Los griegos ya habían comprendido que las grandes amistades suelen ser fruto del contraste y no tanto de las afinidades. Como parte de los diálogos de Platón, se atribuye a Sócrates haber insistido —ante sus discípulos en el gimnasio- en una idea que parece inspirada en la lucha de contrarios que ya había sugerido Heráclito el Oscuro.

—Los que se parecen son enemigos y llenos están de envidia, de hostilidad y de odio. La amistad recíproca distingue a los seres dispares. Los más opuestos son los amigos por esa fatalidad humana que hace desear lo contrario de lo que se es: lo seco desea lo húmedo, lo frío lo caliente, lo amargo lo dulce, lo agudo lo obtuso, el vacío lo lleno, la plenitud el vacío, y así indefinidamente. Lo cierto es que todos pretendemos ser amigos sin que ninguno de nosotros haya sido capaz de descubrir qué significa esa palabra.

Platón no cuenta cómo terminó esa charla. Pero es evidente que si los griegos, sutiles y hábiles dialécticos, no lograban definir la amistad, sabían, en cambio, ejercerla en la práctica. La Maga de Cortázar les hubiera dicho que es mucho mejor sentarse a tomar un mate junto al río que ponerse a hacer grandes disquisiciones filosóficas sobre la amistad y, mucho menos, a buscar definiciones de lo obvio.

Un buen ejemplo de esa relación contradictoria a la que aludía Sócrates es la fuerte amistad que unió en Alemania a los poetas Wolfgang Goethe y Federico Schiller. Al primero le repugnaba la escritura del segundo. Y la gloria de Goethe molestaba poderosamente a un Schiller impetuoso, agresivo e inclinado a la ostentación. "Goethe tiene más genio que yo —le escribe a un amigo en común-. Es muy culto y talentoso". Pero enseguida lo ataca: "Su carácter no me agrada, no lo desearía para mí, y muy contra mi gusto me sentiría en la vecindad de un hombre semejante". Aquí asoma una de esas antipatías psicológicas con las que se tallan los grandes enemigos y también algunos amigos entrañables. Mientras Goethe brilla en lo alto, agasajado por los chupamedias de la corte, Schiller se desespera en la estrechez de medios económicos que lo condenan a una vida oscura y penosa. Muy a su pesar se bate de pronto en la más violenta de las explosiones contra el romántico autor de Werther: "Este hombre se me ha atravesado en el camino y no deja de hacerme recordar la dureza de mi destino. Cuando a él todo le sonríe, yo tengo que luchar porfiadamente y sin tregua".

La historia, sin embargo, recuerda especialmente la gran amistad que unió a los dos grandes poetas alemanes. En una carta que le escribe a Goethe en Jena, el 31 de agosto de 1794, ese sentimiento queda muy claro. "El encuentro tardío de nuestras vidas hace nacer en mí una hermosa esperanza; me prueba una vez más cuán prudente y sabio es entregarse a lo que dispone el azar". El azar que dispersa los vientos para volverlos a reunir. La fuerza de lo que nace porque sí y sobrevive, finalmente, por necesidad. El espíritu errante de la Maga asoma una vez más en esta recorrida. Mucho después, cuando Schiller se entera de la muerte de su amigo, escribe unas últimas palabras de recuerdo embebidas de dolor. "Nadie se atrevió a traerme la noticia a mi soledad. Mi diario nada registra de aquel tiempo. Las páginas en blanco denuncian una existencia vacía".

Goethe, Schiller, Lorca, Dalí, Frida, Cortázar, Alejandra. También el holandés Vincent Van Gogh acunaba el viejo ideal de crear -a partir de la amistad- una confraternidad artística, una obra que se nutra de todos los colores y los sueños. La poesía —como sentenciaba Lautréamont- debe ser hecha por todos. Y también la pintura podía aspirar a ese utópico horizonte de creación colectiva. El artista holandés hizo un primer intento con el cuadro titulado La arlesiana (retrato de Madame Ginoux) compuesto en base a un dibujo de su amigo Paul Gauguin. "Tuve especial cuidado en seguir su dibujo con respetuosa fidelidad —le dice en una carta-. Quiero considerarlo como una obra de a dos, suya y mía, como un resumen de nuestros meses de trabajo juntos. Por lo que a mí respecta lo pagué con un mes de enfermedad. Sé que es un cuadro que usted entenderá. Usted, yo y otras pocas personas más como nosotros, desearíamos que todos lo entendieran". Van Gogh se refería a lo que luego se conoció como "la tragedia de Arles", el resultado dramático de una amistad que fue también una fructífera contienda artística y humana; para muchos esa dura prueba de esgrima fue el principio del fin de Vincent.

Gauguin llegó a Arles en la mañana del 23 de octubre de 1888. Van Gogh lo esperaba ansioso: había comprado muebles, lámparas y flores, quería lo mejor y lo más cómodo para su exigente amigo. El, en cambio, se conformaba con una cama sencilla y la habitación más chica. Mientras lo esperaba se dedicó a pintar una serie de cuadros con girasoles, destinados más que nada a decorar el hogar artístico, al que bautizó como Casa Amarilla. Pero la colaboración entre los dos no duró mucho. Gauguin creía que tanto Van Gogh como su hermano Theo lo subestimaban o no lo consideraban suficientemente. Pero eso no era cierto. El pintor holandés admiraba a Gauguin como quedó claro en una de las cartas que envió a su hermano. "Todo lo que él hace tiene algo de delicado, de conmovedor, de asombroso —escribió como si hablara de sí mismo-. La gente todavía no lo entiende. Y él sufre porque no vende nada, como también le pasa a tantos otros artistas auténticos". En su honor tituló la obra que representa una escena del parque municipal de Arles como "El jardín del poeta", un cuadro maravilloso que estaba destinado a ocupar un lugar preferencial en la habitación de Gauguin.

Pero el amor, sobre todo cuando es desmesurado, no siempre se paga con la misma moneda. El pintor de las mujeres lánguidas respondió con críticas sutiles a los elogios injustificadamente humildes del holandés. "El es más romántico —dice en diciembre de 1888-. Yo, en cambio, me siento más inclinado hacia lo primitivo. En la aplicación del color a él le gusta lo casual de la mezcla pastosa, mientras que yo odio la ejecución desordenada".

Si bien inicialmente sus diferencias estuvieron relacionadas solamente con los temas artísticos, muy pronto se pusieron en juego, cuando no, sentimientos menos elevados. "Vincent y yo ya no podemos vivir juntos en paz debido a la incompatibilidad de nuestros caracteres", le escribe Gauguin a Theo lamentándose. Y enseguida concluye: "Va a ser necesario que me vaya cuanto antes de aquí". A Van Gogh se le vino el mundo abajo. Adiós al amigo y adiós a la comunidad de artistas con la que soñaba. En diciembre pintó su silla y la de Gauguin como visiones que simbolizan la soledad de sus ocupantes. Las dos están vacías —como las páginas del diario de Schiller- como si con eso hubiese querido indicar que los amigos ya no son tales. Ya no están allí para conversar como lo hicieran en los buenos tiempos. La silla de madera de Van Gogh es sencilla, pobre, casi minimalista. La de Gauguin, en cambio, ostenta cierta sofisticación. Tiene brazos, es más elegante, y sobre ella descansan unos libros y una vela, o sea, cultura sumada a la ambición. Pero además hubo un secreto mensaje en los colores. Para pintar su silla Van Gogh usó el amarillo y el violeta, que para él representaban la claridad y la esperanza. En cambio, para plantar la silla fastuosa de su colega, recurrió al verde y al rojo del café nocturno, de la oscuridad y de la ilusión perdida.

Gauguin se asustó. Y entre los dos se desarrolló un diálogo duro:

--Usted quiere irse —le dijo Van Gogh sombríamente.

-- Sí, cuanto antes.

-- Entonces váyase.

Acto seguido el holandés arrancó la página de un diario y escribió: "El asesino huye". ¿Asesino de qué? De la ilusión que Vincent se había hecho en torno a la amistad con Gauguin. Van Gogh se hundía poco a poco en la locura. De noche se levantaba varias veces y entraba sigilosamente en la habitación de Gauguin para comprobar si él todavía estaba allí. El francés en realidad no se iba porque quería acompañar a su amigo en inminente desgracia. El 23 de diciembre las cosas adquieren un ritmo alarmante. Gauguin sale a dar un paseo y decide, por las dudas, pasar la noche en un hotel. Cuando regresa todo Arles está revuelto. Van Gogh, alucinado, se había cortado una oreja con una navaja de afeitar. Estaba claro que para él la aventura con Gauguin había superado los límites de lo soportable.

Por suerte, y al menos por un tiempo, el vacío que se generó con esa penosa ruptura fue rápidamente llenado, con paciencia infinita, por un nuevo amigo. Era el doctor Gachet, admirador de Van Gogh, último puente de luz que une al pintor de girasoles con la esperanza y con la vida.

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