La amenaza desintegrativa en la grupalidad.

Aportes basados en observaciones realizadas a niños y adultos del kibbutz

Mordechai (Moty) Benyakar, M.D.

 

Prólogo

La elaboración de un trabajo personal que expuse en Zagreb en 1986, posibilitó y dio luz al presente artículo. Postulo aquí, el concepto amenaza de desintegración, inherente a la condición humana y potenciada por el grupo. La capacidad de contención, no es propia de la grupalidad, sino que es una cualidad desarrollada en el vínculo temprano con la madre, y la familia. La experiencia vivida en el kibutz, demuestra que el grupo no puede actuar como marco que sustituya las funciones familiares. Desde ese entonces hasta la actualidad, el material fue publicado y presentado en varias oportunidades. El trabajo en equipo con mis dos colegas me permitió tomar distancia de lo vivencial del tema, para poder darle una perspectiva empírica adaptada al lector de habla inglesa.

Al hacer esta introducción a la versión castellana creí conveniente renovarle el toque personal que este artículo ha tenido en sus comienzos.

El concepto de grupalidad y sus cualidades específicas, es un tema que me preocupa desde hace muchos años. La experiencia de vida en el kibutz, me posibilitó enfrentar en "vivo y en directo" esta temática.

A mi llegada a Israel me incorporé al kibutz Gazit, situado en la hermosa zona del Valle de Izreel en la Baja Galilea. Fui miembro de este kibutz durante once años. Allí inicié mis primeros pasos en ese joven país. Encontré en Gazit un especial y cálido hogar, que continuó alimentando los ideales románticos de un grupo de jóvenes cuya meta era colonizar el nuevo Estado, trabajando la tierra y en mi caso, por mi tarea en el tambo, ordeñando vacas y criando terneritos.

El kibutz es una aldea agrícola colectiva, sociedad centrada en la grupalidad como eje de la existencia humana. Desde el punto de vista ideológico se basa en los principios del colectivismo, que sostienen que cada miembro brinda a la sociedad de acuerdo a sus posibilidades y recibe en base a sus necesidades. La propiedad privada no existe, haciéndose cargo el kibutz de suplir en forma concreta "todas" las necesidades de sus miembros. Este tipo de colonización fue la respuesta a la problemática que surgió durante la creación del Estado. Eran los intelectuales sin ninguna experiencia agrícola, los que tenían que cumplir la función de transformar las tierras áridas en productivas, velar por la seguridad física de sus miembros, desarrollarse culturalmente y a la vez criar a sus propios hijos.

Fueron muchas las transformaciones que experimentó el kibutz desde su creación hasta mi llegada. Fui testigo de grandes cambios durante mi estadía. Después de haber abandonado ese tipo de vida, pude acompañar de cerca los cambios vertiginosos que se fueron sucediendo, ya que continué tres años como supervisor en el área de la grupalidad del Movimiento de los Kibutzim.

Si bien me sentí parte integrante del kibutz, durante mis once años de vida allí, traté de mantener una actitud crítica, especialmente en lo relativo a lo que la vida grupal brinda al individuo.

Un dato curioso, que puede ilustrar al lector sobre el ambiente que se vivía, es el hecho que solo pocos años antes de mi llegada se había concluido con la etapa de las "duchas colectivas". Hasta entonces se edificaban dormitorios sin duchas. Sólo pude conocer las construcciones de esas duchas que se compartían en grupo; no he tenido esa vivencia que los veteranos recordaban con nostalgia de épocas de camaradería.

Mi experiencia personal data de la época donde todavía se conservaba el comedor común como lugar central de reunión. Allí se servían las tres comidas diarias y era un lugar de encuentro donde los miembros compartían las vivencias cotidianas de trabajo, las inquietudes culturales, o de cualquier otro tipo. Cada uno tenía su casita, compuesta por un ambiente y medio que funcionaba de dormitorio y sala de estar.

Los chicos eran criados desde que nacían, en casas especialmente construidas para ellos, con las mejores condiciones ambientales para su desarrollo.

Los padres se dedicaban única y exclusivamente a sus hijos desde las 16 hasta las 20 hs. Eran horas de juego, se merendaba en familia y se compartían las vivencias del día. Poco a poco los padres comenzaron a reunirse por las mañanas con los más pequeñitos, en ese entonces en la jerga lugareña se llamaba "la hora de amor", ya que los educadores habían establecido que los niños debían recibir una hora de calor y contacto personal con sus padres. Interrumpíamos todas nuestras actividades para dedicar ese tiempo exclusivamente a nuestros hijos.

La concepción central era que el bebé debía educarse en la grupalidad para vivir como hombre en comunidad. Se consideraba a la familia agente socializador secundario, pretendiendo que el grupo de pares, en el que los niños se criaban, fuera el agente socializador primario.

El kibutz sostuvo durante años una visión romántica de la grupalidad, el grupo contiene lo bueno, lo productivo, y el potencial de desarrollo. Había que fortificarlo, ya que del grupo se nutría el individuo.

Poco a poco comencé a cuestionar la validez de esta posición. Expresé mis primeras ideas al respecto en mi artículo de 1972: "¿Identidad, Meta o Situación?". Sin embargo mis observaciones sistemáticas comenzaron durante mi labor en una de las casitas, en la que convivían ocho niños de jardín de infantes. Dos mujeres, abocadas a la limpieza y al cuidado diario, estaban a cargo de estos chicos. Pasaban con ellos la mayor parte del día. El horario escolar lo compartían con una tercer figura, la maestra jardinera. Fue a consecuencia de mi profesión (psicólogo, en ese entonces), el formar parte de la comisión de educación del kibutz y la merma de mujeres disponibles para cumplir esa función, que por decisión de la mayoría dejé mi actividad en el tambo, y en lugar de criar terneritos, me dediqué a la crianza de niños. Por primera vez la función de "metapelet" (especie de nurse) fue cumplida por una figura masculina.

No detendré al lector en mis vivencias lidiando con la trenzas de las nenas, desenredando sus cabellos, teniendo toda la ropa planchada y preparada. Fueron largas las horas de conversación con los niños sobre temas que los afligían y el tiempo dedicado a hablar con aquellos que no podían conciliar el sueño a la hora de dormir. Expreso todo esto para describir el entorno que me posibilitó profundizar sobre la esencia de grupalidad que vivían esos niños.

Fue entonces cuando advertí que la realidad que yo estaba observando era diferente a la postulada románticamente por el kibutz. El grupo era para esos niños su marco de referencia y pertenencia. Ellos desde temprana edad, eran independientes y sabían como interactuar con sus pares para enfrentarse con la cotidianeidad. Sin embargo discerní en ellos la activación masiva de una ansiedad básica que podría denominar: "ansiedad de desintegración", basándome en los postulados teóricos de Winnicott y Bion.

A diferencia de lo supuesto, la grupalidad es la que activa la amenaza de desintegración. Haber vivenciado al grupo desde los primeros días de vida y continuar el desarrollo en él, produce un dominio aparente de la situación grupal que se expresa en el plano socio-estructural y socio-funcional. Acrecentando, de esta manera, el uso de defensas masivas ante situaciones que atentan contra la estabilidad funcional del marco grupal.

He continuado mi observación con aquellos miembros del kibutz que como adultos participaron tanto en tratamientos individuales como grupales. Observamos que los niños criados en este medio y con estas condiciones, desarrollaban defensas masivas ante la amenaza de desintegración. Defensas que se activaban cuando no podían hallar metas concretas o desarrollar la acción a la que estaban acostumbrados. Entendimos que a través de la acción, y de objetivos concretos los niños lograban disminuir las amenazas desintegrativas que el grupo promueve.

En este artículo, postulamos, en base a la experiencia en el kibutz, que la grupalidad no puede anteceder a la familia como medio socializador, aunque así se lo estipule en forma sistemática y organizada.

Fuimos testigos de la evolución de los kibutzim, durante la cual se revirtió el lugar de la familia. Esta pasó a ser el eje central del kibutz, quedando la grupalidad como un producto secundario de la vida familiar.

Lo específico de la grupalidad es la virtualidad de la misma y el confrontar a sus miembros con la ansiedad de desintegración. Una vez activada esta ansiedad, se pondrán en juego los procesos identificatorios, las relaciones vinculares y de objeto, producto de vivencias primarias de cada uno de los individuos. Así deducimos que la tan mentada "capacidad contenedora" del grupo, no es inherente al mismo, sino que es una cualidad extrapolada de las relaciones objetales y vinculares primarias.

 

Introducción

En este artículo nos centralizaremos en el tema amenaza de desintegración (Winnicott, 1989) y su elaboración en el grupo terapéutico. En las primeras etapas del proceso de desarrollo, el individuo pasa de un estado de no-integración a uno de integración (Winnicott, 1945). Adhiriendo a Winnicott, sostenemos, que es inherente a nuestra existencia, la presencia de la amenaza que atenta contra esta integración obtenida. Es ésta la que nos lleva a enfrentarnos con la potencial vivencia de desintegración. Desde la perspectiva de Bion, podríamos decir que la existencia de esta amenaza se expresa por medio de la defensa constante ante la vivencia catastrófica (Bion, 1966). Vivencia que a menudo se hace evidente en psicoterapia, se comprenderá en su profundidad, a la luz de los aportes de Winnicott sobre el desarrollo temprano. Proceso por medio del cual se produce una transformación de un estado de no integración a uno de integración.

Finalizado y publicado, en Inglés parte de este trabajo, me he topado con la publicación de Meltzer D. titulada Metapsicología ampliada, quien junto con la Dra. Maura Gelati en la capítulo XIII llamado "Un bebé de un año va a la guardería. Una parábola sobre los tiempos que confunden", reportan acerca de la observación de niños expuestos a la grupalidad de una guarderia a edad muy temprana, son muy similares las conclusiones de ellos con las nuestras presentadas en este trabajo. (Meltzer, 1990)

La maduración del infante progresa mediada por las características inherentes al espacio potencial, tal como Ogden describe en su artículo, ya considerado un clásico (Ogden,1985). Es en este espacio virtual que el infante comienza a enfrentarse con la experiencia "me and not me", construyendo una relación mundo interno-mundo externo, suficientemente integrada, para poder sobrellevar la vida con sus cambios psíquicos.

Por medio de la terapia psicoanalítica, intentamos crear un espacio transicional con las características del espacio potencial, destinado a posibilitar al paciente la elaboración y el enfrentamiento con la ansiedad producida por la amenaza de derrumbe de su integración. Esta amenaza que denominamos de desintegración ha sido nombrada de múltiples formas, tales como "miedo al derrumbe" (Winnicott, 1989), la "vivencia de cambio catastrófica (Bion, 1966), "ansiedad psicótica". y "amenaza de derrumbe... hacia la desintegración de la personalidad" (Winnicott, 1989).

El grupo terapéutico exacerba el enfrentamiento del individuo con la amenaza de desintegración, quizás mucho más intensamente que la díada terapéutica. Arribamos a dicha conclusión a través de decenas de sistemáticas observaciones clínicas, especialmente de aquellos grupos en los que participaban individuos nacidos y educados en el kibutz (sociedad centrada en la grupalidad en Israel),

A nuestro entender es de suma importancia la elaboración de la amenaza de desintegración durante el proceso de terapia grupal.

Nos referiremos al concepto amenaza de desintegración, intentando demostrar su relevancia en la situación grupal. Con este propósito analizamos una población específica de individuos que han crecido en un kibutz en Israel. Hasta hace poco tiempo, allí los niños convivían y crecían desde su nacimiento con su grupo de pares. Cuidados por sus educadores dormían, comían y jugaban entre ellos en las casas de los niños. Cuatro horas diarias eran exclusivamente dedicadas al encuentro familiar en la casa de sus padres. A partir de las siete de la tarde, eran ellos quienes llevaban a sus hijos a sus casitas.

Es por ese modo de crianza tan singular, que elegimos esta población para investigar el papel que desempeña la ansiedad de desintegración en la grupalidad.

Estos casos difieren de la población general por haber sido enfrentados desde su nacimiento con la grupalidad, sin experimentar la transición habitual desde la díada primaria hacia la "triangularidad funcional", y desde allí hacia la sociedad en general.

Durante nuestra labor clínica observamos en esta población, la exacerbación de la amenaza de desintegración. Esto se expresa en la activación masiva de mecanismos de defensa y de adaptación ante dicha amenaza.

Trataremos de esclarecer las razones por las cuales se exacerban estos fenómenos en aquellos individuos que han sido criados en un grupo desde su más temprana edad. Ayudados por estos elementos reevaluaremos la función de la amenaza de desintegración en la terapia grupal.

El grupo terapéutico, constituye un espacio transicional con características específicas, en el que se potencializa la amenaza de desintegración. Facilitándonos de esta manera, a nosotros los terapeutas, su focalización y elaboración.

No solo quienes han sido criados en un kibutz se enfrentan con la amenaza de desintegración, sino que tal como Winnicott lo puntualizara, está presente en toda persona.

Queremos enfatizar que este trabajo no fue realizado para analizar las características del kibutz ni de sus miembros. Si bien los casos clínicos presentados fueron extraídos de grupos terapéuticos mixtos (miembros del kibutz y habitantes de la ciudad), esto fue a los fines de detectar y demostrar que no es inherente a la grupalidad la tan mentada capacidad nutriente que se le asigna.

Destacamos que no existe un rasgo único que caracteriza a las personas criadas en el kibutz, ni que son cualitativamente diferentes a otras. En esta población los procesos ligados a los vínculos grupales son centrales en su desarrollo, es por ello que la hemos elegido para su análisis. Por su intermedio pudimos observar con mayor agudeza los fenómenos inherentes a todo individuo frente a la grupalidad.

Sostenemos que la intensificación de los fenómenos de desintegración en el grupo terapéutico, posibilita su elaboración, especialmente en los individuos que desarrollan un aislamiento emocional.

 

Desintegración y catástrofe

Existe una relación entre el concepto de "desintegración" acuñado por Winnicott y el de "cambio catastrófico" que definiera Bion. Estos conceptos son uno de los tantos puntos de encuentro entre las hipótesis teóricas de ambos autores, de gran utilidad para comprender los procesos inherentes al grupo terapéutico.

Cuando hablamos de desintegración, nos referimos al concepto de Winnicott como lo describe en su artículo, "El desarrollo emocional primitivo" (1945). Este autor dice:

Este concepto se encuentra muy ligado a la noción bioniana de catástrofe, descripto por Eigen (1985), como "... una especie de imagen de "Big Ban" del momento inicial de la realidad psíquica." Bion, quien tiende a realzar la experiencia intrapsíquica, dice "...Es el trabajo psíquico básico, el transformar estas vivencias catastróficas en "eventos psíquicos metabolizables". (Eigen, 1985).

Los dos conceptos previamente descriptos señalan al estado de no integración como base de toda experiencia humana y la transición hacia un estado de integración como paso evolutivo. Cobra vigencia entonces, nuestra idea sobre la existencia de una amenaza constante, que atenta contra la integración lograda, tanto sea proveniente del mundo interno como del externo. Al actuar sobre el "self", se activan las defensas.

Surge la pregunta: ¿cuales son los elementos de sostén que actúan en la primera infancia posibilitando la elaboración de esta amenaza. Para Winnicott esto está implícito en la capacidad de contención y de holding desarrollados por la madre. ¿Es inherente a la grupalidad esta capacidad de contención y holding?.

Trataremos de examinar la relación entre los elementos de contención y holding , como los amenazantes, presentes en todo grupo. La forma en que el individuo los vivencia y los mecanismos que utiliza para enfrentarlos.

 

La grupalidad y los grupos psicoterapéuticos

La grupalidad:

Freud ha realizado un gran aporte al estudio de la grupalidad y sus características psicológicas. Determinó que es inherente a la grupalidad una amenaza que atenta contra la individualidad, incentivando su difusión. Postuló que el grupo es creado por el hombre, como manifestación de su constante conflicto interno entre la necesidad de diferenciación y la tendencia gregaria (Freud, 1913,1921).

La ideología del kibutz refleja una visión diferente, tal vez más romántica, al considerar al hombre una criatura grupal, que se siente protegida, segura y capaz de elaborar sus conflictos en el grupo.

La relación entre la individualidad y el grupo es de particular relevancia para la comprensión de la especificidad de la terapia grupal.

Los grupos psicoterapéuticos

La literatura psicoanalítica relacionada a la psicoterapia grupal enfatiza como núcleo del trabajo terapéutico las características de la interacción entre mundo externo y realidad interna (Kernberg, 1985). Se ha enfatizado en las últimas tres décadas la influencia de las interacciones interpersonales, en las introyecciones, proyecciones individuales y representaciones intrapsíquicas (Greenberg & Mitchel, 1983). El grupo terapéutico, que no propone una tarea funcional concreta, facilita la elaboración de las representaciones internas, como así también la relación con "un" otro (Puget et.al, 1982).

Muchos fueron los desarrollos relacionados al uso de la psicoterapia grupal como herramienta terapéutica, tales como los presentados por Ruttan y Stone (1984), Tuttman (1991), Klein et.al (1982), etc. Para comprender mejor aún la especificidad de dicha herramienta, es necesario elaborar y profundizar acerca de la función terapéutica del grupo.

Proponemos al grupo como fenómeno que se cristaliza en diferentes niveles simultáneamente. En los que se intensifican, despliegan y elaboran mecanismos de defensa y de adaptación. El grupo es un contexto interpersonal en el que tanto los elementos emocionales como los estructurales tienen la potencialidad de convertirse en factores de curación (Foulkes, 1984; Käes, 1986).

El grupo debe poseer un encuadre específico para concebirse como espacio terapéutico. A nuestro entender el grupo terapéutico no es una micro-sociedad, ni un marco que opera en contra de la cultura como lo propuso Carl Rogers. Es un encuadre idiosincrático esencialmente diferente a las interacciones de la vida cotidiana (Bleger, 1967). En este trabajo nos referiremos a grupos psicoterapéuticos con un encuadre "cerrado-cerrado", es decir sin la posibilidad de incorporar nuevos participantes durante el período de su existencia, preestableciendo la fecha de finalización del mismo.

Basándonos en nuestra experiencia en psicoterapia grupal, consideramos que el enfrentamiento con la amenaza de desintegración, es vivenciado idiosincráticamente por cada individuo, siendo un factor terapéutico de suma importancia.

Los participantes de un grupo terapéutico intentan emplear los mismos mecanismos de defensa contra la amenaza de desintegración que utilizan habitualmente en la vida cotidiana. Hemos observado que los pacientes de grupos terapéuticos buscan en primera instancia, crear una tarea para realizarla en conjunto, expresada en el hacer o en la búsqueda de un líder. Esto es expresión de la defensa grupal e individual ante la amenaza que estos perciben. Una de la metas del grupo terapéutico es tratar de elaborarla. La presencia del terapeuta y sus intervenciones posibilitarán al individuo elaborar sus defensas.

Por lo tanto pensamos que el grupo terapéutico potencia la amenaza de desintegración y a la vez posibilita su elaboración. Consideramos a este interjuego un factor terapéutico central de la terapia grupal.

Consideramos de vital importancia para la elaboración adecuada de la amenaza de desintegración o catastrófica el establecer un encuadre adecuado, tal como lo hemos presentado anteriormente. Ilustraremos este punto a través de la experiencia de aquellos individuos que nacieron en el kibutz, ya que debido a su crianza esta amenaza se intensifica más no se elabora.

 

Acerca del kibutz

La mayoría de las comunidades occidentales postulan a la familia como primer ente socializador. La familia facilita el desarrollo de las funciones psicológicas básicas, provee contención (holding), nutrición, y promueve la maduración (Berenstein, 1976; Perez, 1988).

El kibutz es una comunidad con características peculiares. La ideología romántica fundante, se gestó en el anhelo de unidad e igualdad (Amitai, 1963). El kibutz es una comunidad colectiva iisraelí, que en sus comienzos sostenía que las funciones cumplidas por la familia podían ser brindadas por el grupo.

La primera de estas colonizaciones fue Degania. Se fundó en 1911 como una sociedad colectiva. El kibutz era una aldea básicamente agrícola, aunque en los últimos años, muchos kibutzim han desarrollado industrias. Hoy en día, hay alrededor de 270 kibutzim en Israel, con una población promedio de 450 miembros en cada uno.

En contraste con la sociedad urbana, en la cual la vida se centra alrededor de la unidad familiar, en el kibutz es el grupo el que guía y da forma a la vida cotidiana, tanto al trabajo, como a la educación y a las actividades sociales. Se basa en el principio de igualdad y la toma de decisiones se realiza por voto directo mayoritario. Se comparten la propiedad, las responsabilidades y los ingresos. Cada pareja tiene su propia unidad de vivienda. Hasta aproximadamente diez años atrás, los hijos no dormían con sus padres. Ellos pernoctaban y desarrollaban su vida cotidiana en casas para niños, en grupos de cuatro a ocho niños de la misma edad.

Hoy en día, setenta años después, casi todos los kibutzim han aceptado las condiciones de vida convencionales de la familia nuclear, es decir padres e hijos bajo el mismo techo (Harel, 1993).

En este artículo nos referiremos, apoyándonos en diversos casos clínicos, a la población cuya crianza se realizó en las casas de niños, que han sido expuesto al grupo prematuramente. Consideramos que esta experiencia clínica resalta las características específicas del grupo. Haciendo visible y analizable las fuerzas y defensas que activa el individuo frente a la situación grupal.

La grupalidad y los individuos nacidos en el kibutz

El kibutz considera al grupo como el agente de socialización primario. Magnifica el rol del grupo durante todas las etapas del desarrollo. El preconcepto acerca de la capacidad nutriente inherente al grupo, crea expectativas de actuar como sustituto de ciertas funciones familiares. Yalom considera que la capacidad nutriente del grupo, favorece el desarrollo de sentimientos de pertenencia e intensifica la percepción de ser sostenidos y contenidos por éste (Yalom, 1970). Cuestionamos esta concepción, al adjudicar importancia primordial al espacio potencial creado entre madre e infante en el desarrollo de la vivencia de integración.

Proponemos que durante el desarrollo temprano del niño, el grupo de pares no tiene la capacidad de sustituir la función única que postula la interacción infante-madre, que Winnicott y Ogden describen. Es en el espacio madre-bebe, que se desarrollará la experiencia de diferenciación entre "me and not me". Este espacio potencial (Winnicott, 1967 ;Ogden, 1985), permite que el bebe pase de un estado temprano de no integración al estado de integración.

Winnicott (1945) describe:

La postura de Winnicott nos sugiere que en las etapas tempranas del desarrollo, el grupo de pares no puede sustituir la función de la figura materna. Esto contradice los anhelos de los fundadores del kibutz.

El infante podrá disfrutar de los beneficios del encuentro con sus pares, una vez desarrollado el "me and not me", construido en el espacio potencial entre él y su madre.

A nuestro entender en el kibutz, a raíz de la experiencia de socialización grupal temprana, se ve obstaculizado el proceso de integración del sí mismo. La constante y masiva presencia del grupo en la vida del kibutz, otorga primacía al proceso de adaptación al marco social, en desmedro del proceso de integración entre mundo interno y mundo externo.

Muchos de los niños que han crecido en el kibutz, desarrollan defensas pocos flexibles. Sin embargo están dotados de aptitudes sociales específicas que aseguran un manejo equilibrado en el plano social. Con gran destreza articulan la supervivencia individual manteniendo una estabilidad en el marco grupal. Esta habilidad funcional frente a la grupalidad, les otorga la posibilidad de ocupar posiciones claves en diferentes ámbitos, de gran utilidad para la sociedad, por ejemplo grandes empresas, funciones diplomáticas, unidades militares, etc..

Si bien existen varios aspectos positivos de este tipo de crianza y educación, no nos referiremos a ellos en este artículo.

Todo individuo durante su desarrollo debe enfrentarse con la amenaza de desintegración. Observamos en los niños del kibutz la intensificación de la amenaza de desintegración y las defensas contra ella, Este proceso se evidenció durante los tratamientos terapéuticos grupales.

 

El grupo terapéutico y los individuos nacidos en el Kibutz.

El grupo terapéutico es un marco artificial, que resulta poco familiar a la mayoría de los individuos. Sin embargo la grupalidad que yace en él resulta familiar a los miembros del kibutz. A raíz de esto podríamos suponer que en el grupo terapéutico serán ellos los que más provecho obtendrán. Contrariamente a este supuesto, observamos que los individuos nacidos en el kibutz vivencian la terapia grupal como muy amenazante.

Si la experiencia prematura de los niños del kibutz en el grupo, fuera confortable y segura, podríamos suponer que éstos al enfrentar como adultos un grupo terapéutico, serían capaces de reaccionar al espacio grupal con menor ansiedad que los otros participantes. Nuestra labor clínica nos muestra que este no es el caso. Durante repetidas experiencias con grupos terapéuticos y no terapéuticos, en los que entre otros, participaron miembros del kibutz, observamos que estos activaban defensas más rígidas y masivas que el resto de los participantes, en especial: aislamiento, disociación, negación. La reacción defensiva estaba dirigida, aparentemente, a evitar una situación que potencialmente pondría en peligro su condición de individuos. La integridad individual era percibida por ellos como condicionada al mantenimiento de la integridad grupal.

Podríamos asumir que los mecanismos de defensa, han sido activados prematuramente en su grupo de pares para enfrentar la amenaza de desintegración, con mayor frecuencia que en el resto de la población. La intensificación de la reacción defensiva, si bien no patológica, sugiere que el espacio grupal intensifica la amenaza catastrófica, y no la reduce, como muchos autores sugieren.

 

Ejemplos clínicos

Tal como lo describiéramos previamente, consideramos que los miembros del kibutz representan un ejemplo que ilustra la manifestación de la experiencia desintegrativa en el grupo terapéutico, asimismo nos permite entender las diferentes formas en que es elaborada.

Las viñetas clínicas que describiremos a continuación, son fruto de la labor realizada con grupos terapéuticos mixtos. Sus participantes fueron tanto individuos nacidos en el kibutz criados en casas de niños, como así también nacidos en la ciudad y en aldeas agrícolas educados en el seno de sus familias.

Galit, 25 años, soltera, nacida en el kibutz, llegó derivada por su analista individual. Se presentó al grupo de manera vaga: "Hace años que siento que estoy pasando por malos momentos, que quiero terapia, pero 'todos me dicen' que estoy realmente bien. En cierto sentido, me parece que ya no tengo más fuerzas para seguir adelante". Luego de años de tratamiento psicoterapéutico, se quejaba de no comprender su forma de contactarse con los otros, ni percibir como propias, sus motivaciones. Su terapeuta le indicó tratamiento grupal.

Llevaba un año en el grupo, y esto no parecía, hasta ese momento, ser beneficioso para la paciente. Durante todo ese período, estaba centrada en la preocupación de mantener un lugar en el grupo. Evitaba en todo momento quedar al margen de las interacciones interpersonales, como así también de agredir o ser agredida. Llegaba siempre a horario, se mostraba agradable y atenta, sin expresar preferencia por ningún miembro del grupo. Retribuía el afecto que le brindaban, poniendo en juego muy poco de sí misma, sin embargo se involucraba emocionalmente al percibir esto como una necesidad grupal.

Cuando la agredían disipaba la agresión por medio del humor, simplemente respondiendo con un chiste. Haim un miembro del grupo dijo: "¡Pareces tan extraña, con ese vestido raro que usas!" Con soberbia, le respondió: "¿Alguna vez habías visto un vestido tan lindo y original como éste?" El le sonrió y siguió hablando con preocupación acerca del aspecto de Galit, intentando acercarse a ella, sin mayores resultados.

Trataba de neutralizar la agresividad percibida, evitando toda interacción de este carácter, librando al otro, a una especie de monólogo con su propio mundo interno.

En una etapa más avanzada del proceso terapéutico, sorprendió al grupo, compartiendo con ellos la intensa angustia que sintió en una sesión, angustia que nadie había percibido. Al haber expresado lo que sentía, expresaba "con palabras", la sensación de estar contenida por el grupo, sin embargo realizaba enormes esfuerzos por ser ella quien mantuviera el equilibrio grupal, como si la estructura corriera peligro de desintegrarse fácilmente.

Al cabo de unos meses, inició una sesión preguntando a los miembros del grupo, si compartían con ella la sensación que "la experiencia grupal no había sido exitosa". No había utilizado aún la palabra "fracaso", ni ninguna expresión que insinuase su descrédito hacia el grupo. Agregó que quería continuar sólo con el tratamiento individual. Al manifestar su intención de abandonar el grupo dijo: "cuando llegue a vuestro nivel volveré al grupo". Manejó la situación de tal manera que el grupo aprobó su "programa", sin despertar agresión alguna en el resto de los participantes por su repentino abandono.

Galit nos ilustra su necesidad de preservar el sentido de la integración grupal y evitar cualquier experiencia que exacerbe la amenaza de desintegración. La energía invertida a tal fin, coartaba su capacidad de expresarse libremente y relacionarse espontáneamente con los demás. Parecería, que la temprana experiencia grupal de Galit en el kibutz, desarrolló en ella aptitudes sociales para "acomodarse" constantemente a lo que percibía como exigencias del grupo. Galit intentó en todo momento manejar la interacción grupal de manera tal, que el grupo funcionara, como un marco que debiera conservar metas claras, concretas y operativas.

Evitaba toda situación en la que pudieran emerger sensaciones, sentimientos, vulnerabilidades, ya que Galit las percibía y vivenciaba como destructivas para el grupo. Era evidente su incapacidad de reconocer tanto sus sentimientos de envidia hacia los otros, como los de éstos hacia ella. A pesar, que a nuestro entender, los percibía.

Utilizaba en forma masiva mecanismos de defensa y adaptación que apuntaban a disipar todo conflicto. Detectamos esta característica en individuos nacidos en el kibutz, y observamos que a la vez manejaban con gran destreza situaciones de interacción social, intentando neutralizar toda tendencia a la diferenciación y al conflicto. Al vislumbrarse alguna posibilidad de diferenciación, Galit se sentía amenazada, sensación que era adjudicada al grupo. Razón por la cual defendía al grupo como si fuese éste el amenazado. La intensificación de las reacciones defensivas estaba dirigida a proteger el marco grupal como tal, luchando y evitando así que cada participante exprese su individualidad.

Galit abandonó el tratamiento grupal al aflorar en ella una vivencia de ajenidad entre "el grupo" y su "sí mismo" ("o self"), sin que el grupo se llegara a constituir para ella como un espacio "suficientemente bueno". Y así elaborar y procesar dicha vivencia inherente a la terapia grupal.

Una de nuestras expectativas terapéuticas era que el grupo permitiera a Galit modificar su necesidad exagerada de acomodarse a este marco, en favor del progreso de su capacidad de integración del self. El grupo representaba para Galit una situación que la llevaba a desplegar la actitud constante de preservarse y sobrevivir. Evitando todo impacto que amenazara desequilibrar su vivencia de integración (Winnicott, 1958).

Nuestro segundo caso clínico es el de Miriam, viuda, 49 años, nacida en el kibutz. Llegó al tratamiento grupal, derivada por un profesional. Le resultaba difícil enfrentar la muerte de su marido, acaecida un año antes, como consecuencia de una enfermedad neoplásica de cinco meses de evolución. Durante las primeras etapas del tratamiento, Miriam habló poco en los encuentros grupales. Solo participaba cuando surgían sentimientos de enojo e incomodidad en el grupo, tratando de apaciguarlos.

Miriam solía defender a los terapeutas, preservando la estabilidad grupal. Se sorprendía y sentía confusa al detectar que esta actitud irritaba a los miembros del grupo. Dan, hombre expresivo y comunicativo, ingresó al grupo algunos meses después que ella. Intentó desde un comienzo relacionarse con Miriam, diciéndole que se parecía mucho a su hermana, persona importante para él. Dan se tornó en el protector de Miriam, expresando abiertamente que no iba a permitir que nadie lastimara a ésta y que se enfrentaría a quien lo intentara.

En el transcurso del tratamiento, Dan trataba de comprender qué lo llevaba a relacionarse de esa manera con Miriam, mientras ésta repetidamente cuestionaba la actitud de terapeutas y miembros del grupo, quienes según Miriam se centraban en las manifestaciones de preferencia y agresión de Dan hacia ella. La atención brindada por el grupo a Dan era vivenciada por Miriam como un intento de diferenciar a éste del resto de los participantes. Ella percibía que esta actitud podía hacer peligrar la unidad del grupo y que así se ponía en riesgo la supervivencia del mismo. Trataba de evitar toda interrelación diferenciada entre los miembros del grupo. Temía que éstas resultaran destructivas para el grupo y las vivenciaba como amenazantes y catastróficas. En estas circunstancias se la veía desplegar conductas estereotipadas y a menudo crueles, basadas en normas rígidas, características del comportamiento de los niños entre sus pares. Observamos que Miriam se regía por un código estricto, semejante al que, a nuestro entender, se vio obligada a desarrollar en su temprana edad para enfrentar una socialización prematura. Estas normas, características de la grupalidad infantil, están destinadas a evitar cualquier expresión de preferencia dentro del grupo.

Si bien Dan se negó a establecer una coalición de tipo adhesiva, la interacción con él se transformó en significativa para Miriam. Dan rechazaba la actitud rígida de ella. Esto provocó que Miriam comenzara a dudar de la efectividad de sus reacciones. Situación que debilitó su "código" normativo hasta entonces inquebrantable, produciendo una ruptura de la "pared defensiva" que para su propia protección Miriam fue construyendo.

Este cuestionamiento esencial que Miriam pudo realizar, por medio de una relación diferenciada con Dan dentro del marco grupal, potenció el desarrollo de un espacio psicológico virtual, que posibilitó dar cuenta y comenzar a elaborar el enfrentamiento con la amenaza catastrófica. Al reconocer que su supervivencia y la del grupo no dependían solo de los esfuerzos defensivos que realizara, se produjeron cambios en su capacidad para elaborar las representaciones internalizadas e incluirlas en el nivel transferencial y de relación con "un" otro.

Adam es nuestro tercer ejemplo clínico. Este abandonó el kibutz a los 35 años de edad. Seis meses después comenzó el tratamiento grupal a raíz de dificultades en sus relaciones interpersonales que lo perturbaban en su actividad laboral. Reiteraba vehementemente la importancia del grupo como marco y los beneficios que otorgaba el mismo a sus miembros. En cierta ocasión, frente al llanto de uno de los participantes, Adam intentó "ayudarlo a sobrellevar esta emoción". En el encuentro siguiente Adam manifestó la humillación que sentía frente a la presencia de los terapeutas. Dijo :"temo que Uds., me descubran". Como si los terapeutas tuviesen poder mágico y pudiesen ver más allá de lo que Adam estaba dispuesto a expresar. Agregó que al imaginarse al grupo. veía a todos los integrantes formando parte de él. Solo a sí mismo no se percibía como parte. Esto le provocaba una sensación extraña que no podía definir. Sentía que si por alguna causa tuviera que abandonar al grupo, éste se desintegraría.

En el transcurso del tratamiento, Adam relató un sueño: "Tenía 12 años, caminábamos hacia la pileta de natación con mis compañeros y educadores". Se oponía furiosamente en el sueño, a entrar a la pileta, situación que le era familiar, ya que recordó que le ocurría con frecuencia en su infancia. Uno de los educadores lo obligó a entrar a la pileta, y fue en ese momento que se despertó. Finalizado el relato del sueño, los miembros del grupo relacionaron inmediatamente lo acaecido en la pileta con la situación grupal.

Adam llegó sonriendo al encuentro siguiente. Al comenzar la sesión, dijo inmediatamente: "Soñé nuevamente. Me encontraba en la pileta de un amigo. Jugábamos con los chicos en el agua con una pelota, repentinamente me di cuenta que la pelota era, en realidad, la cabeza de un hombre con barba, de todo modos no suspendimos el juego". Adam comentó que durante el sueño y al levantarse no notó ninguna sensación especial, pero en el momento de su relato, comenzó a sentirse angustiado. Asocio el sueño con su servicio militar diciendo que quizás su rigidez y compulsión a la perfección eran exageradas entonces.

Posteriormente, durante cierto período de tiempo, Adam comentaba durante las sesiones su miedo a que el grupo se desintegre. Fue en esa época que manifestó su dependencia y agresividad por medio del temor que uno de los terapeutas estuviese enfermo, percibiendo al otro terapeuta incapaz de ayudar al grupo a sobrellevar momentos difíciles, que por ende deberían enfrentar. Toda vez que algún miembro del grupo se retrasaba, decía que consideraba ésto como falta de compromiso e interés por el grupo, resaltando lo normativo de éste. Pasado un tiempo, llamó por primera vez, al consultorio preguntando si había olvidado pagar su tratamiento. En otra oportunidad se comunicó para saber si el horario de la sesión grupal había sufrido algún cambio. Claramente expresaba de este modo, su ambivalencia entre el temor a que el grupo se desintegrara y su sensación de sobrecarga y responsabilidad por el hecho de pertenecer a éste. La situación grupal evocaba en Adam una vivencia amenazante catastrófica, ésto despertaba en él una intensa reacción defensiva.

Observamos, que durante sus primeros pasos por el proceso terapéutico grupal, Adam no aceptaba la posibilidad de reconocer o verbalizar sus emociones, o que algún miembro del grupo o terapeuta lo hagan. Solo al contactarse con sus sentimientos y reconocerlos como propios, flexibilizó y adaptó sus conductas, y por ende sus defensas. Situación que se puso de manifiesto a partir de su segundo sueño. Este ejemplo ilustra el proceso acaecido en el grupo, durante su tratamiento, y la forma peculiar en que Adam instrumentaba sus defensas, para enfrentarse con la vivencia de desintegración potenciada por la grupalidad.

Bick (1968) y Meltzer (1975), describen la "identificación adhesiva" como un modo de funcionamiento de estadíos tempranos del desarrollo infantil. Identificación impregnada por la falta de diferenciación del "self". Nuestro modelo acerca del desarrollo de la terapia grupal, propone, que en los primeros pasos de este proceso terapéutico, los fenómenos que acaecen poseen características adhesivas. Es por ello que llamaremos a esta primera etapa "adhesiva". Las etapas posteriores, según nuestro modelo, son: etapa cohesiva, etapa desintegrativa ,etapa integrativa.

Quienes han sido expuestos a la grupalidad en un período muy temprano de su desarrollo evolutivo, se ven intensamente amenazados durante la etapa adhesiva. Adam se sentía perturbado ante la falta de diferenciación, jerárquica y autoritariamente pre-establecida. Manifestaba explícita e implícitamente, que ésta era la única forma de diferenciar entre los miembros del grupo y los terapeutas.

El grupo no representaba para Adam, la madre con sus funciones de contención y sostén, sino la madre arcaica no diferenciada (Chasseguet-Smirgel, 1984), a quién percibía como amenazante y destructiva. Vemos expresada esta situación amenazante, en su primer sueño, en el terror a introducirse en la pileta, y el hecho que "un otro" lo obligara a hacerlo. En el segundo sueño, avanzado el proceso terapéutico, Adam expresó sentirse cómodo en la pileta jugando con sus compañeros, dando lugar a la manifestación de su agresividad, cuasi sádica, hacia la figura de los terapeutas, representada en el juego, por la cabeza de uno de ellos utilizada como pelota, que pasaba de mano en mano.

Podemos apreciar, en este caso clínico, el gran esfuerzo realizado por Adam para reprimir sus deseos de tipo sádico y su agresividad. Percibía estas características como el factor desencadenante de la desintegración de sí mismo y del grupo. Contrarrestaba esta sensación a través de su tendencia a disipar cualquier manifestación emocional que surgiera de la interacción grupal. Su capacidad de acomodación, con rasgos de "sobreadaptación" al funcionamiento social, permitían a Adam ser cordial en toda circunstancia con los miembros del grupo. Reacción que encubría la intensa agresividad y lucha permanente, contra la presencia de roles potencialmente diferenciables, representados en la figura de los terapeutas.

Lentamente comenzó a revelar y enfrentar una vivencia con características paranoides, expresada en su actitud hacia los terapeutas. Depositando en ellos la fantasía de descubrir aquello que Adam sentía, pero no podía aún revelar.

A través del proceso terapéutico lograba contactarse con la complejidad de sus sentimientos. Se intensificaba la presencia de la amenaza de desintegración, mas aumentaba su capacidad para elaborarla.

La dificultad de verbalizar las emociones, podría aparecer como reacción típica a todo enfrentamiento con la grupalidad. Sin embargo, los rasgos característicos de los individuos nacidos en el kibutz, como Adam, se expresaban en la tendencia exagerada a la actuación de la dicotomía antagónica: "grupalidad -subjetividad". Acción puesta de manifiesto en esfuerzos por preservar al grupo en su totalidad, conjuntamente con una constante actitud defensiva ante la grupalidad. Si bien esta actitud aparentaba crear armonía entre él y el grupo, representaba en realidad, una resistencia al proceso terapéutico. El tratamiento avanzó y Adam logró enfrentarse con la vivencia de desintegración reflejada en actitudes tales, como su llamado a la clínica dudando de sí mismo respecto al pago de los honorarios, o confundiéndose acerca de los horarios de sesión. Revelaba así, su falta de confianza en el anteriormente "protegido" sí mismo. Tomar contacto con su vulnerabilidad potenció el desarrollo de mecanismos de defensa y adaptación más flexibles.

Uno de los rasgos característicos de la reacción ante el grupo, de esta población específica, es la actitud defensiva que adoptan, coartando a la vez el desarrollo de su diferenciación dentro del marco grupal. La aparición manifiesta de su subjetividad es vivenciada como una fuerte amenaza. Esta reacción puede tomar variadas formas, determinadas por el estilo defensivo de cada individuo.

Concluimos a raíz de nuestras investigaciones clínicas, basadas en observaciones sistemáticas, que los individuos nacidos en el kibutz, por el hecho de haber sido expuestos prematuramente a la grupalidad, activan masivamente defensas tales como disociación, aislamiento y negación, al participar en un grupo terapéutico. Los mecanismos desarrollados para mantener la estructura grupal "intacta ", se constituyen a expensas de la capacidad de su "sí mismo" para expresarse, se relacionan con una experiencia temprana ante la grupalidad, provocando una actitud marcadamente defensiva en las relaciones interpersonales.

 

Conclusiones

El kibutz es el ejemplo de una sociedad especial, en la que los niños son expuestos a la filiación con su grupo de pares, antes que hayan podido establecer vínculos y relaciones objetales diferenciadas. El enfrentamiento temprano a la grupalidad, potencia el desarrollo de defensas rígidas ante la vivencia de desintegración.

A nuestro entender el desarrollo del niño en el kibutz, intensifica aspectos inherentes a la evolución de todo individuo: la presencia constante de la amenaza de desintegración. Creemos que tanto la tendencia hacia la integración como la función de la amenaza de desintegración, son centrales en el proceso evolutivo. La vivencia de desintegración es percibida como una amenaza constante. Amenaza que proviene tanto del mundo interno como del mundo externo, desencadenando un proceso defensivo.

Consideramos como una de las metas del proceso terapéutico, facilitar la elaboración de defensas inadecuadas y rígidas que son instrumentadas para proteger al individuo de la vivencia de desintegración.

Postulamos el encuadre de la psicoterapia grupal como un espacio transicional con características de espacio potencial, que por sus condiciones favorece la elaboración de la vivencia de desintegración. Intentamos ilustrar, por medio de la experiencia particular de los individuos nacidos y educados en el kibutz, procesos singulares acaecidos al participar éstos en un grupo psicoterapéutico: la intensificación de la amenaza catastrófica de desintegración provocada por el grupo y la elaboración de la misma facilitada por las características del espacio terapéutico grupal.

Sostenemos que la capacidad de contención, no es propia de la grupalidad, sino una cualidad desarrollada en el vínculo temprano con la madre y la familia. La experiencia en el kibutz, demuestra que el grupo no puede actuar como marco sustitutivo de las funciones familiares.

 

 

Bibliografía