Otra vez amarilis

El tiempo ha pasado y vuelves a mi memoria. Tu auto trepando hacia la
sierra, la Cream-rica ¿recuerdas?, volteando hacia la derecha, todos esos
moteles.
Entonces éramos nosotros; no tú, no yo.
Me quiérote, te gózame, me amándonos, decíamos.
¿A quién llevas ahora contigo entre las piernas?
¿Quién pega de alaridos y
triza los espejos donde nos repetíamos bestiales y dulcísimos?
¿Qué otro vientre recibe tu miel mía, peruano?
Di qué frívola puta, qué sórdida hipócrita limeña, qué casada cuidadosa del
cornudo.
Hijo de perra, ¿lo haces? pero allí no, nunca, con nadie vuelvas a la
habitación 35.
Que se te muera para siempre. Que se te pudra si regresas.
Una vez dije allí no ¿recuerdas? dije después donde quieras.
Tú me observabas igual que un entomólogo,
eras un médico lascivo examinando una muchacha
llena de amor: no hables, eres una muñeca, un
cuerpo sin voluntad, y me tocabas probándome
y fui un durazno de esos que se abren con la mano.
Un durazno, dijiste a mis espaldas, a la luz de la tarde, separando con
suavidad mis carnes,
descubriendo lo que ni yo conozco, mi zona más
oscura, la que guarda esas caricia atroz, obscena y
tuya que no olvido.
Júralo; no has de volver a esa cama con nadie.
Me has negado tu cuerpo, el que gustaba mirar
impúdico y erecto, el tuyo, que era mío.
Concédeme esto entonces: anda a otro sitio a hacer
porquerías...
O vuelve a la habitación 35.
El tiempo ha pasado, ya no hay sino recuerdos y
Amarilis que puede sino juntar palabras.
Ahora somos tú y yo no existe más nosotros.
Uno y uno, dos solos:
yo y esa mierda que tú soy y yo añoras, desgraciado.

Márgara Saenz

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