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Diálogo con Mario Buchbinder
"En la situación clínica,
lo poético es un camino hacia la cura"
Entrevista de Patricia Mercado
Cuando nos reunimos a conversar, el siglo XX tocaba a su fin.
Los cohetes tronaban en la vereda y el calor de Buenos Aires
no admitía réplica. Quizás por eso hay en
sus palabras un dejo de balance, de cierres que prometen nuevos
horizontes. Mario Buchbinder, que de él se trata, se dedica
a la clínica desde hace treinta años, como oficio
y como pasión. Y porque la pasión siempre es plural,
también dirigió teatro, escribe poesía,
teoriza, le discute al costado ortodoxo del psicoanálisis
y, cada tanto, junta algunas máscaras en una vieja valija,
se sube a un avión y se entrega, como el Ulises de Homero,
a buscar en cuerpo y alma el camino de regreso.
M: ¿Cómo se demarca el territorio de la clínica?
MB: La clínica tiene una complejidad muy grande porque
en ella aparece toda la problemática de lo humano. Entonces,
uno sabe de algo, pero se da cuenta de que en la relación
con el otro hay muchísimas cosas que no sabe, que le despiertan
interrogantes. Entre esos interrogantes están la historia,
la filosofía, la geografía, el teatro, muchas de
las disciplinas que tienen que ver con las Humanidades y que
no se reducen a la clínica, no se reducen simplemente
a un saber, que también tienen que ver con un hacer.
PM: Hace poco viajaste a Polonia, al pueblo natal de tu padre,
y a Auschwitz. ¿Creés que la geografía construye
sentido?
MB: Mi viejo escapa de Polonia, viene a la Argentina y nunca
puede volver. Después se interrumpen las comunicaciones
en la Segunda Guerra y hay un corte con ese mundo que tiene que
ver con las persecuciones, con la culpa por los que murieron,
la culpa de seguir estando vivo, y las palabras no dichas. Aparece,
entonces, la necesidad de reconstruir, una necesidad interna
de dar continuidad, no sólo a la historia familiar, también
a la historia social. Es un viaje que tiene que ver conmigo y
también con muchos otros.
PM: Cuando la narración se corta, ¿hay un intento
de poner algo del orden del espacio en esa ausencia de palabra?
MB: Sí, hay un no relato, como decís vos, y
un intento de recuperar relato, intento de una búsqueda
de tiempo y de una búsqueda de espacio. Una búsqueda
de espacios concretos. En este viaje terminé dándome
cuenta de que estaba buscando los domicilios donde vivió
mi viejo y donde vivió la familia de mi padre, que es
mi familia, buscando los barrios, las casas donde estuvieron.
Por supuesto, no encontré nada. Y entonces, frente a ese
no encontrar, cuando los burócratas, iguales en todas
partes del mundo, me contestan eficientemente "no, de eso
que está buscando no tenemos nada", yo decido hacer
una ceremonia, como la concreción simbólica frente
a esa nada, frente a ese agujero. Era un día de lluvia,
terminamos de hacer los trámites burocráticos,
yo había visto unas fotografías de la época
en que mi padre estaba aún en ese pueblo, cerca de 1923,
de lo que era la plaza central del pueblo, la feria. Partí
de ahí, comencé a caminar como los buscadores de
agua, era la imagen que yo tenía, caminé, caminé.
Subí una especie de colina pasando entre las calles, las
casas, hasta que encontré un descampado y vi ese espacio
como lugar de encuentro, de regreso con mi padre. Al volver yo,
volvía mi padre, algo que mi padre nunca pudo relatar
yo lo estaba haciendo. Hice una especie de invocación,
de oración laica sobre mi padre, mi familia, sobre los
muertos, los judíos, los gitanos, los desaparecidos en
nuestro país. Y aunque ya lo supiera, es como si recién
en los últimos años terminara de tomar conciencia
de esta unión de historias. Ahí rompí un
pedazo de pan, dispersé las migas, rompí una tarjeta
personal y la distribuí en 360 grados, y fotografié
el piso, todo ese lugar. Fue un momento muy intenso. Ahí
tuve necesidad de recuperar una geografía.
PM: Necesitaste un lugar vacío para hacer allí
una fundación. ¿En la clínica pasa algo
así?
MB: Claro, en la clínica se dan recorridos muy similares.
Freud lo hace con muchos de sus historiales. Por ejemplo, con
El Hombre de los Lobos hace un recorrido histórico
metódico, va a los tres años y medio y reconstruye
escenas de esa situación. Pero también construye
una especie de mito. Lo que uno hace, en gran medida, en el trabajo
con los pacientes, tiene que ver con la reconstrucción
histórica, pero también reconstruye un relato sobre
lo reconstruido, lo no dicho de la historia.
PM: Y ahí, ¿se recuerda o se crea el origen?
MB: Yo creo que las dos cosas. La indagación histórica
es clave, hay un placer del psicoanalista por la indagación,
por la reconstrucción histórica y, al mismo tiempo
que indagación, es creación ficcional. El psicoanalista
colabora en la creación ficcional del paciente, pero no
en el sentido de que crea una ficción al paciente, sino
en el sentido de acompañarlo en la creación ficcional,
mítica, donde está ayudando a recrear esos lugares
que la historia no construye.
PM: Y esa fundación podría repetirse muchas
veces en la vida.
MB: Es que uno va reconstruyendo constantemente. Siempre
la reconstrucción histórica tiene la relatividad
del momento en que se hace. Tiene incluso los instrumentos teóricos
y prácticos con los que se está haciendo la reconstrucción.
La mirada tiene que ver con el momento histórico concreto
en el que vos estás haciéndolo y entonces no es
extraño que en distintos momentos puedas hacer distintas
fundaciones de la subjetividad. Ninguna reconstrucción
histórica es absoluta.
PM: ¿Y es posible que una narración conviva
con otra hasta contraria?
MB: Claro, en ese sentido aparece el tema de la posibilidad
de simultaneidad de relatos.
PM: ¿Estaría ligada a tu concepto de trabajo
en lugares simultáneos?
MB: Cuando hablo de la simultaneidad de espacios me refiero
a la situación grupal, pero clínicamente. Me refiero,
también, a que en un sujeto hay una simultaneidad de relatos.
Simultaneidad de espacios en el sentido de que no somos un relato
único. En un mismo momento, no somos una historia única.
PM: ¿El trabajo clínico no está atravesado
por cierto mandato en torno a la integración del sujeto
a ultranza?
MB: Una de las tareas clave de la clínica es que cuando
ves un tipo demasiado disperso, que no sabe quién carajo
es, en todo caso pueda dar cuenta de esas diferentes partes y
pueda encontrarles un sentido. Pero al que está ubicado
sólo en un sentido hay que ayudarlo a poder ubicar otros.
PM: En tu libro Poética del Desenmascaramiento
intentás dar cuenta de un cierto criterio de verdad
y aludís a la búsqueda de lo auténtico.
En la clínica, ¿qué se hace con el misterio?
¿Técnica, nada más?
MB: En los últimos años me resultó
muy interesante un libro que se llama Mito y poesía
en la crisis de la modernidad y la post modernidad, es de
W. Janke. El dice que hay que tematizar la existencia humana
en el sentido complejo de lo noético, lo mítico
y lo poético. Lo noético tiene que ver con el campo
general de las ideas. Lo religioso, por ejemplo, yo lo tomo dentro
del campo de lo mítico y de lo numínico que aparece
en todo ser humano, que no tiene reducción y que se entrelaza
con lo mítico y con lo poético. Entonces, hay algo
de la racionalidad que tiene que ver con lo noético, hay
algo de lo mítico que nos atraviesa, que tiene que ver
con lo creencial y con determinadas historias que nos hacemos
acerca de la vida y de la existencia. Y algo de lo poético
ligado a la creación y la palabra. La existencia tiene
que ver con esto. En los últimos años estoy trabajando
especialmente este tema, estoy cubriendo ese entrecruzamiento
en la situación clínica. La autenticidad que tomo
especialmente de Heidegger en Ser y Tiempo. La correlación
de un sujeto, de un existente con su mundo. Hay situaciones de
mayor o menor autenticidad en relación con este entrecruzamiento.
PM: ¿El riesgo de estetizar el misterio sería
vaciarlo?
MB: Lo que pasa es que lo estético tiene algo de misterioso
también. Si lo poético no sobrepasa los sentidos
no tiene en sí razón de ser. La existencia de lo
poético alude a esto, ese lugar de creación y de
dar cuenta de lo inaprehensible. Tiene que ver también
con el tema de la musicalidad de las palabras, con ese juego
que a mí me gusta tanto de Kristeva entre lo simbólico
y lo semiótico. Una palabra carga un sentido pero aparte
del sentido de la palabra en sí, está el sentido
de las letras que no tienen sentido, que tiene que ver con la
sonoridad, con el dibujo, con la corporeidad, con lo que a mí
me interesa de la corporeidad. Eso escapa al sentido.
PM: Y cuando coordinás en otra lengua, ¿qué
te pasa? ¿Tanto viaje es como una pasión por la
extranjería?
MB: Me encanta estar afuera, pero no es por adorar el exterior.
Por ahí es simplemente para jugar el distanciamiento.
Esto de Brecht que tanto resalta Walter Benjamin, los cortes
que produce en el relato. En un momento de pasión, corta,
coloca la tercera persona, y recién después vuelve
a la escena. Ese distanciamiento me permite encontrarme con mis
raíces. Y mis raíces tienen tanto que ver con América
como con la vieja Europa.
PM: Quizás estos viajes te ayudan a ir llegando a tu
patria en tu padre, que llegó hace tantos años.
MB: Eso es lo que yo digo. Es como si yo estuviera llegando
a través de mi padre, que, parece, no pudo terminar de
llegar del exterior. He tenido momentos clave, por ejemplo, trabajando
en Turín con un tema musical que siempre uso, de Nino
Rotta. Los tanos lo bailaban como salidos de una película
de Fellini.Y no vi eso en otros países. Otra es con el
lenguaje. En Finlandia yo coordino en inglés y el traductor
transmite al grupo cierta consigna en finés. Después
yo rectifico y establezco una comunicación por sobre el
lenguaje.
PM: ¿Qué te habilitó el abordaje clínico
desde una perspectiva poética?
MB: En determinado momento la palabra poética hizo
que conectara más a nivel de la clínica con el
hacer presente el estilo de un paciente y el aspecto de la posibilidad
de creación de otras significaciones, de otros mitos.
Lo poético como un camino de facilitación hacia
la cura. En la situación clínica la posibilidad
de creación tiene que ver con la posibilidad de la cura.
Poder escribir el libro Poética del desenmascaramiento
abrió distintos caminos en mí. Yo escribo cuentos
y poesía desde hace muchos años y me habilitó
a publicarlos. Eso me llamó la atención. Y a nivel
de la clínica me abrió a una mejor escucha, a poder
deslumbrarme por determinadas palabras, poder encontrar caminos
que tengan que ver con otros sentidos, con la creación,
con la historia.
PM: ¿Por qué surge y permanece la máscara
en tu trabajo?
MB: Lo interesante de la máscara es que siempre plantea
un interrogante. Por ahí tiene que ver con el misterio.
La máscara posee una carga antropológica muy grande.
Reproduce el rostro del ser humano. Lo reproduce en forma transformada
y tiene esta cosa de los sentidos múltiples, alberga lo
religioso, lo mítico, lo corporal. Hay un uso metafórico
de las máscaras. Las máscaras del carnaval, la
máscara cotidiana, la cara como máscara y la posibilidad
de encontrar otras máscaras en el ser humano. También
esa otra perspectiva de que el lenguaje, las instituciones, son
máscaras. Las máscaras como órgano de superficie
del conjunto de las relaciones humanas.
PM: ¿La máscara permite al hombre encarnar?
MB: Ser lanzados a la vida, ser lanzados a la tierra, a la
cultura, desposeídamente en relación con los otros,
y en el curso de ese camino ir preguntándose ¿quién
soy?, ¿dónde estoy ubicado?, y tratar desesperadamente
de encarnar sentido. Darse cuenta de que hay lugares de desconocimiento
y en esos lugares fundar y balizar territorios. Balizar, una
palabra que a mí me gusta mucho, tiene que ver con lo
antropológico también. Como si en el lugar de desconocimiento,
la máscara diera fe para la ceremonia. No habría
que horrorizarse de esa palabra. Como en las ceremonías
primitivas existía el fuego, la danza, la música,
los hombres, las mujeres... y la máscara. La máscara
sería ese lugar de unión entre los mortales y los
inmortales, el ser humano entre la tierra y el cielo son conjunción
de lo humano con el territorio, los sentidos y los dioses. En
ese lugar el ser humano es portador y lugar de autenticidad de
esa máscara. Al mismo tiempo que juega un rol en el presente,
es historia social, cultural y mítica. Es poesía,
es creación y es lo numínico en el sentido de hacer
presente lo que está pasando fuera de cualquier tipo de
explicación.
PM: Quizás esa potencia explique que haya gente que
le tenga miedo particularmente al hecho de portar una máscara.
MB: En la clínica hay que permitir dejarse poseer
por la máscara. No poseer a la máscara, sino dejar
que la máscara lo posea a uno. Algunas personas tienen
temor de que eso otro que tiene que ver con la historia, la cultura,
lo inconciente, se haga presente en la sesión, lo posea
y lo destruya. Por otro lado, el permitirse ser poseído
por ese otro es poder recuperar lo que ha quedado alienado en
acto, no sólo porque se está haciendo un ejercicio
corporal o dramático, sino acto por apropiación
de la circunstancia, reapropiación de ese mundo que no
viene sólo como racionalidad pura, viene como vivencia,
conceptualización, resignificación.
PM: Entonces, la construcción de la autenticidad, en
términos existenciales, ¿requeriría la fe
de abandonarse, de alienarse en esto otro desconocido, incontrolable,
confiado en lo que advenirá?
MB: Más que alienarse, de desalienarse, de reapropiarse.
Sería poder tomar aquello alienado, desconocido, aquello
que te atemoriza. Poner los temores en las máscaras y
poder reapropiarse de esos objetos puestos en esos lugares. Como
si la máscara en ese aspecto fuera un transportador, un
carrier de esas significaciones que vuelan en el mundo, de esas
fantasías, individualidades, mitos. Como si la máscara
fuera algo así como un vocero y por su boca pudiera decirse
algo de lo no dicho.
PM: Lo no dicho, no sólo porque no está concluida
la tarea de fundar el mundo, sino porque nunca podrá ser
dicho, salvo por la boca de la máscara. Por eso es un
misterio.
MB: Claro, porque puede ser dicho por la boca vacía
de la máscara. Ahí hay un lugar de decir lo no
decible. En la experiencia clínica un sujeto puede, en
determinado momento, decir a través de la máscara
lo que no puede decir. En el orden de la cultura, también.
La cultura oficial se basa en la construcción de determinados
estereotipos. Descorrer ciertas máscaras e incorporar
otros lenguajes tiene que ver con acceder a otras palabras,
la construcción de cierta apertura, de cierta autenticidad.
PM: Y en el lugar donde lo no dicho adviene, ¿el terapeuta
es testigo?
MB: Claro, eso tiene que ver con el propio análisis,
con la propia experiencia, con los caminos y los recorridos.
Si no hay reconstrucción de la propia historia en el analista,
si no hay un abrirse al mundo, un cuestionamiento frente a determinadas
formas culturales y a las palabras que están en el orden
de la cultura, no hay apertura para la escucha del otro, para
la escucha de esas verdades que no son sólo verdades del
paciente, sino que tienen que ver con el inconciente del propio
analista, en el sentido de que esa verdad lo está interpelando,
lo está desemascarando.
PM: ¿Estas verdades del paciente irrumpen en la temporalidad
de la reconstrucción histórica?
MB: Me parece un tiempo otro, donde hay un lugar de ruptura,
de destrucción y aparece, aparentemente de la nada, una
palabra que crea otro espacio. De la nada solo aparentemente,
porque esa palabra se contruye a partir de la relación
con el otro, de un determinado grado de confiabilidad, de un
intercambio intenso que tiene que ver con la palabra del inconciente,
pero no sólo del inconciente, también de la cultura,
del Otro con mayúsculas, diría Lacan.
PM: ¿La clínica debe hacer algo frente al padecimiento?
MB: Yo recupero eso de hacer algo frente al padecimiento.
Frente a la entronización del psicoanálisis como
situación simplemente de búsqueda, yo recuperaría
no sólo la problemática de la búsqueda,
sino del encuentro con el sufrimiento y la soledad. El trabajo
clínico tiene que ver sobre todo con esto. Los síntomas
son como la punta del ovillo con los que hay que trabajar, donde
el paciente tiene libertad de elección acerca de los caminos
a recorrer. Poder escuchar los caminos del otro, adentrarse,
poder autentificar, si es que uno puede autentificar algo, a
través de la escucha, esos surcos que están marcados
en el cuerpo, en la historia de la gente, en el que viene a pedir
ayuda. Poder escuchar esa verdad de dolor, de sufrimiento, de
soledad. Diría que parte del arte de la clínica
tiene que ver con poder interesarse, un término que tiene
mucho que ver con Levinas, poder aprehender el rostro del otro,
esos caminos construidos o no, esos lugares perdidos, poder encontrar
otros caminos. Por ahí el goce del analista es poder recorrer
los caminos del otro, poder escribir esas autenticidades del
otro, donde la clínica es como una escritura evanescente,
el goce de una escritura efímera. Como si la máscara,
independientemente de que uno use este objeto o no, la máscara,
como objeto de la cultura, fuera un acompañante en esta
ceremonia de la contemporaneidad.
(Entrevista publicada en 'Campo Grupal' Nº 13.
Buenos Aires, mayo de 2000)
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